"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















viernes, 27 de julio de 2012

Soul shield (del poemario "Algo sagrado")




I

Amiga mía, ahora
que has ganado con creces ese rango,
que son hábito y hogar ahora tus palabras
donde es preciso arrimarme
prieto para abrigarme contigo de mí mismo,
hogar y hoguera ahora tus palabras
para lanzar a ellas los recuerdos
que ya no necesito -que ardan,
que ardan, malditos-, ahora y en tu voz
y tu escritura el exacto lenitivo,
la nocturnidad donde ya no ha de guarecerse
lamento alguno a resultas de qué culpa.


Me hablas, me sosiegas;
eres libro viejo, amigo, que espera en mi mesita
la noche insurgente en que deba concederme escudo
cuando la ansiedad o la aprensión
me encañonen a la nuca, o ese mirlo
que trepa un canto luminoso a mi ventana
y se mimetiza en lo oscuro y allí conspira
para aniquilar la madrugada desde dentro.


Así tu amigable retórica, tus palabras,
esa frase dicha siempre a tiempo
para pronunciarte a la diestra de mis ilusiones,
lamen sin asco esa llaga que padece mi vida,
desescombran este corazón en detrimento a la amenaza
del futuro, este costado al aire,
expuesto al sol de medianoche y los gusanos,
sobre el cual me repliego y me guarezco de los otros,
muladar a ratos de mis logros a medias,
vertedero a crédito de mis horas más bajas,
este miasma inocuo de mi aliento que ya sueña,
desde hace tiempo y lunas, cubrirte
esas mismas palabras (y otras tantas) con un beso.


II

Pero también tú herida, también tú
alero agusanado a veces
de pájaro muerto,
                               y no sé si ya es suficiente
o si aún te sirve esta correspondencia
de voces desacostumbradas, de tarde y en la noche,
en que yo ya te quiero sin llegar a decírtelo.


Si ahora preguntases por mí, si abolieras
de un solo tajo esta distancia física de ahora
que nos mantiene a descubrir despiertos un mismo amanecer
ocurriendo al tiempo en dos ciudades diferentes,
y me nombraras ansiosa y expectante en mis rutinas,
y buscases de ese modo mis ojos entre los ojos
que dan miedo de la gente, y allí preguntaras
por mí, por mis asesinados y mis protegidos,
a los cadáveres que fui dejando a mi paso,
a esos amigos que enemistaron con las mías sus pasiones,
a esos enemigos que alguna vez me invitaron a una copa,
y les preguntases a ellos y a mi propia vida
siempre establecida en la astenia de una carencia,
sabrías que soy de ese tipo de personas que nadie,
nunca, recomienda.


                                    A ti
puedo decírtelo: calidad de confesor
traigo en el amor que te profeso.
Porque también tú herida, también tú
cómputo noctámbulo de error cometido,
hábito de detrito, basura, mala compañía,
zona de sombra, criatura errabunda
que busca lamerse la culpa inmerecida a expensas
de qué alto precio que establezca el olvido.


No sé si ya es suficiente
o si aún te sirve esta correspondencia
de voces desacostumbradas al cariño,
pero el teléfono comunica, de tarde y en la noche,
repitiendo tu nombre y su fulgor,
y yo ya necesito verte y que me veas
para desarmar juntos tantas oscuras delaciones.

Vivir es una actitud (del poemario "Desdén de las cunetas")


(Si la esperanza que se transluce en este poema valiera al menos para no arrepentirse de la construcción del mismo...)



¿Qué decir ahora, qué verso o qué frase usurparle al silencio
en que el desconsuelo tiende a habituarse
como el organismo a un vicio,
                                                 o qué palabra
dicha a tiempo o, mejor, nunca dicha,
omitida como esa cita que se piensa con pormenor ficticio
sólo para luego sospechar que alguien ya la incluyó
en algún otro libro, anteriormente, con otras palabras?
¿Qué láudano ingerir, en estos días sin tregua,
que sepa concederte la inconsciencia con la que
no sufre ya el que ignora,
qué canción triste que al menos pueda sostenerte
a un solo latido de la más inexistente de las esperanzas?


Reacciona, emerge de tu ansiedad y respira tranquilo
en mitad de la línea de fuego.
(Si no es suficiente, que nunca lo es, aún podrás
consentirle a tu furia algunos devaneos con la sombra.)
Hay quien sufre contra el tenso lecho de las cuerdas
y de antemano conoce la impostura de la lona,
y quien lo hace conectando una serie de golpes,
muriendo mientras mata, con un paso adelante.


Recuerda, sobre todo, en tu hora más baja,
que vivir es una actitud, y que
el dolor es menor
cuanto mayor sea tu estoicismo.

lunes, 23 de julio de 2012

Insurrecto (del poemario "Algo sagrado")




No me rendiré. Por más
que tus ojos a veces emulen
el hielo de siglos
de alguna estrella ya extinta,
o si se endurece tu mirada
con total descrédito de mí,
acerada y como puesta a batallar en el barro
del asombro con que mis ojos aún te miran
como a Dios se mira o se mira al mar,
como puesta a parir el alma en desespero
de un odio transitorio regido por la duda
de no saber a ciencia exacta y certidumbre
si la felicidad es palabra de agua contenida
en el recipiente pródigo de un diccionario
que apenas uno abre
con tan alta expectativa
ya se escapa
entre las manos.


                                No me rendiré. Me gustas
                                con coraje, por más
que a veces te tornes oscura como transido obituario
intervenido entre las páginas de un libro de la infancia,
o reniegues de mi fe puesta en ti, mi esperanza
que hilvana no vanas certezas de amor
que tú harías trascender sin miramientos
al manido espejismo del idilio.


Quizás tú todavía ignores
que vives errónea sólo por creerte repleta de errores;
pero no olvides que yo sé cribar las apariencias
y te siento indulto, guardesa estilizada,
gacela custodiando el valor agredido
del león que tiembla dentro de mis miedos.
Conozco y amo
el refractario azul turquesa de la luz
redentora que tus ojos me muestran cuando no sonríes
          con la boca.


                                    Así es que no me rendiré.
Insurrecto de la inquina de tu pena,
yo sabré levantarte con pasión
desaforada, por más
que declares la guerra a estas ansias de vivir
que en mi pecho resurgieron por virtud
de tu presencia, cuando yo también
obvié el milagro de las pequeñas cosas
y rompí, a horas bajas, todos
mis poemas. (Una retirada a tiempo,
digan lo que digan, nunca
es una victoria.)

jueves, 19 de julio de 2012

Sweet child o´ mine, Guns n´ Roses


Como siempre para ti, Maga. La introducción al tema principal es un fragmento de la canción "Sail away sweet sister", de Queen, que tanto te gustan. Que el futuro nos sonría.

miércoles, 18 de julio de 2012

El libro de Dalila (12): "Los viajes, la carretera"





Recuerdo la expectativa, pasar la noche sin pegar ojo debido a la emoción, el nerviosismo que me causaba saber que en pocas horas nos echaríamos a la carretera, siendo aún noche cerrada o intuyéndose ya un principio de amanecer en el cielo límpido e inigualable del verano. Las maletas y bártulos estaban ya preparados en la puerta; su sola presencia suscitaba en mí una alegría mayor, que ni siquiera podía ser superada por la que pudieran producirme las navidades o la Noche de Reyes Magos. Mis padres solían levantarse un poco antes que mi hermana y yo, y mientras uno preparaba el desayuno, el otro iba bajando el equipaje y cargando el coche, el viejo Seat 131 o el Seat Ibiza que yo heredaría algunos años después. Pero madrugar en ese momento no suponía ningún castigo, como ocurría el resto del año, como en las mañanas luminosas y gélidas de Madrid en el invierno, de camino al colegio con la mochila a cuestas. Sarna con gusto no pica.

La noche anterior a salir de viaje, mi familia y yo solíamos irnos pronto a la cama, más por el descanso de mi padre que por el del resto de la familia: al fin y al cabo, nosotros podíamos dormir durante el trayecto y sólo él debía mantenerse bien despierto y atento, que debía conducir durante muchas horas porque las carreteras no eran las de ahora, y al coche, cargado hasta los topes, no se le podía pedir más servicio que el que nos hacía.  Tumbado en la cama, incapaz de dormir, yo sólo pedía que el viaje fuera largo, cuanto más largo mejor: me interesaban más los trayectos de la ida y la vuelta que las vacaciones en sí, que la playa y la piscina y los amigos o cualquier otro elemento de ocio de éstas. Entonces no podía saberlo, pero ahora estoy convencido de que parte de lo que soy ahora, del escritor que soy no sé si con pena o con gloria, se lo debo a esos viajes, a la carretera, al instinto de aventura que despertaban en mí las grandes distancias, a la capacidad de abstracción que podía otorgarme la ventanilla de un coche y los paisajes que corrían tras ella, porque yo nunca, al contrario que mi hermana –ella solía marearse y pasarlo mal-, dormía durante la ruta. Qué no hubiese escrito aquellos días, con la frente pegada a la luna del vehículo y un cuaderno entre las piernas, fascinado con un incipiente amanecer en la autovía o con los erales amarillos de trigo y cebada extendiéndose tras las cunetas, de haberme picado entonces la inquietud de la literatura… Pero ahora los niños, Dalila, ya no miráis al mundo tras la ventanilla del asiento trasero de un coche; preferís fijar la mirada en el deuvedé que muchos vehículos modernos traen incorporado en los reposacabezas de los asientos delanteros, o pasar el trayecto jugando con la videoconsola o el ordenador portátil, preguntando a cada rato cuánto queda de viaje, a pesar de que las distancias se han abolido y una distancia que entonces suponía seis horas de viaje en coche, ahora, con la mejora de la infraestructuras y usando el mismo medio de transporte, puede cubrirse casi en la mitad de tiempo. Hemos abolido las distancias, con ese placer que hemos desarrollado por la inmediatez en todos los ámbitos, con esas ansias que tenemos de recompensas inmediatas; muy pronto ya nadie escribirá poemas sobre una ausencia física, real, puesto que todo se ha tornado relativamente cercano, virtual, bastando apretar una tecla para visitar el otro lado del océano o ver y hablar a la persona ausente, montando en un avión o en un tren de alta velocidad y mudándonos en apenas una hora a una distancia de cientos de kilómetros.

Te pregunto por tu pronta marcha a la playa, de vacaciones con tu madre, si tienes ganas ya, y te hago prometerme que lo pasarás bien, que disfrutarás lo máximo posible, porque dices que vas a echarme mucho de menos. Es el primer verano que nos separamos. Y así debe ser, aunque me duela no poder llevarte yo también unos días conmigo a ver el mar, porque este año toca quedarme varado en este Madrid infernal y cementado, en esta ciudad que huele a basura prematuramente bajada a la calle y que ni siquiera proporciona el consuelo de quedar completamente vacía, a plena disposición de uno, porque las vacaciones del resto son muy escalonadas y además hay mucha gente que, al igual que yo, no puede permitirse ir de vacaciones. Así debe ser, porque me removía el alma pensar que tú también pudieses quedar aquí sitiada, estancada en los sitios de costumbre, no permitiéndote mi nefasta situación económica que veas mundo, que cambies de aires, que conozcas, aunque de un modo muy diferente a como las conocí yo, las virtudes del viaje, la lucidez y la apertura de la mente que otorga visitar otras ciudades, otras gentes, otras costumbres, aunque no salgas del país. No, no conocerás el instinto de aventura como yo lo conocí: perteneces ya a esas generaciones que pronto no podrán medir los pasos cometidos en kilómetros, sino en una medida mucho más cercana. Pero me consuela el que me digas que estás nerviosa ante los días que aún quedan para que te marches, porque nadie mejor que yo te entiende, nadie mejor que tu padre sabe lo que es que un hormigueo placentero de expectativa te recorra la sangre, te quite el sueño, te haga contabilizar las horas como el preso que graba palotes en la pared de una celda y va tachando en ellos lo que le resta de condena. Estás nerviosa, me dices. Y entonces yo pienso que, tal vez, sólo tal vez, no todo esté perdido.


martes, 17 de julio de 2012

Los placeres de la pobreza (fragmento), del poemario "Algo sagrado"




A Paloma Rodríguez Ortega,
en estos tiempos  que corren.


El placer de la pobreza
comienza por encumbrar y hacer grandes
las cosas más sencillas.
                                       Y sí, tal vez
sea cierto que lo mejor es lo más caro,
pero necesito ahora que nos lavemos en este agua
de carencia, si así
tus manos junto con las mías
no recogen más fruto que la presencia inasible del aire
que apenas cabe entre nuestros besos.


Nos debemos a esos momentos.
Si es cuanto tenemos, no faltemos entonces
al deber placentero del pobre
que desdeña y prescinde de las rigideces del asceta
-aconsejarle austeridad a quien nada tiene
es recomendarle al hambre, ayuno;
al mar, toda la sed
acumulada en la sal de sus aguas;
al silencio, un grito que constate de pronto
su propio, incesante sonido-,
que no quiero economizarte, ni beberte sólo a sorbos
por temor a que te me gastes
en un abrazo más grande que el mundo,
desde una ternura nunca presentida,
que no pediste ni pedí (pero ahora
nuestra e infaltable),
sino apurarte como tú los cigarrillos
hasta el mismo filtro.


No te contengas. Ansíame.

Nueva longitud (inédito)




Extenderé un hogar propio en el hogar
de la lluvia.


                         (Escúchala
cantada de noche contra los cristales,
cuando todos duermen
y nadie parece padecer reversos.)


Desde mi nueva longitud
veré partir aves de húmedo vuelo
-y quién se atreverá a repatriarlas-
para abrazarme al adiós
con más siniestralidad si cabe.


Porque mi cometido es estúpido,
lo sé:
             llorar lo que no tendré
             cuando aún lo tengo.

lunes, 16 de julio de 2012

La playa (del poemario "Algo sagrado")




Fueron siempre solos mis pasos
sobre la mudable cualidad de la arena,
aéreas huellas de nadie
que nada ni nadie nunca borrará
si se considera (o es lícito pronunciarse ahora,
instaurada la ausencia en esta noche
a levante de tus ojos)
que, a soledad por hábito y costumbre,
marcadas sin peso en ese reloj cambiante de las dunas,
nunca, para nadie en realidad, existieron;
pues así resulta imborrable lo que jamás aconteció
-como tu amor por el momento, apócrifo
lo mismo que el deseo a pálpito en pecho de aprensiones
de quien ya no sueña obcecado en su desgracia-
si establece permanencia a vigencia segura de lo siempre
incumplido o nunca sucedido.


Pero aquí y así te quiero, jamás ocurrida
y nocturno en mí el mar en esta playa oscura
donde doy ritos funerales a la combustión de las estrellas
que arden mientras te imagino, kilómetros por medio,
contemplarlas ya extintas, casi gata
en tu terraza desde los tejados de Madrid.
Aquí y así te quiero, intocada todavía,
a estrenar por mi boca entumecida y que me estrenes
como si nadie ya hubiera de amar más
ni haber sido nunca amado, ni tú ni yo mandásemos
cumplir promesas al olvido para constatar que ambos,
antes de unidos nosotros con nosotros aún sin nosotros,
tuyo yo conmigo sin ti mía tú contigo sin mí,
tuvimos un pasado.


Porque nunca te tuve en esta playa, esta playa
es tuya;
               y ya mi imaginación te asocia
a escenas de niña adulta jugando
con las olas, espuma de tu médula
en la noche dócil de brisa redentoria
si ya el futuro acarrea el fulgor de tu nombre,
albura, blanco sobre negro,
esperma de mi vigilia pensándote en un abrazo
que nos ungiera ya por fin, lejos del dolor,
en línea paralela contra el piélago
y su horizonte, enamorados igual que la luna de junio
enfrentada a su reflejo devuelto por las aguas,
amarilla y nominativa de la desnudez
que te supongo, que añoro ya
sin haberla navegado todavía.


Porque jamás me susurraste palabras de amor en esta
orilla
            ni en ninguna otra, remece
la marea tu voz y siento que me llamas,
siento faltarme la costilla de donde
te crearon, y en vano te busco
saliéndome al encuentro en este paseo marítimo
o persiguiendo mis pasos -siempre solos mis pasos-
sobre la mudable cualidad de la arena,
persiguiendo mis huellas, aéreas huellas de nadie
que nada ni nadie nunca borrará
si se considera (o es lícito incluirte ahora,
macerado el sentimiento en esta noche
a levante de tus ojos)
que así marcadas junto a las tuyas quedarían.

miércoles, 11 de julio de 2012

05:00 (fragmentos del capítulo quinto de la novela "Ampliación del insomnio")




Cuando Edurne no tiene que ir a trabajar o le toca otro turno distinto, se asoman a la calle y buscan, inclinados en la ventana hacia esa noche de vecindario -noche mundana con sonidos de cubertería y destellos de luz azul de televisores en las ventanas-, esas ánimas prolijas en caza menor, esas delgadas apariciones entre los coches aparcados en batería, las mismas que caminan a veces con presteza, siempre pegadas lo máximo posible a un fondo -una pared o los bajos de un coche, algo que les permita centrar su atención en un solo flanco-, o vigilan agazapadas desde la frondosidad de un seto o desde el recoveco de un portal, sondeando la madrugada con las linternas de sus grandes ojos verdes, azules, amarillos. ("Y no debe ser fácil ver la noche como la ven los gatos", medita Héctor, que gusta siempre de buscarle a todo la otra quijada, "penetrar la tiniebla acaso verde que les proporciona su visión como de infrarrojos, siendo como son tan susceptibles a cualquier movimiento que se cometa en la oscuridad, al igual que yo soy tan susceptible a cualquier mínima sensación cenestésica que me llega desde mi corporalidad...") Así Edurne y él van recobrándose, regresando paulatinamente cada uno de su propia parcela de placer, recuperando otra vez el aliento, enfriando al aire nocturno el sudor de sus cuerpos después de haberse vaciado el uno en el otro (aunque cada vez menos, porque Héctor con su enfermedad, con su corazón desbocado por el esfuerzo, con la alarma acaso falsa de sus palpitaciones alcanzándole otra vez en ese sentido de la fragilidad tan marcado desde siempre en él y que le incapacita cada vez más para la acción, para la vida social y laboral, y le impide consumar el coito con una fruición que en brazos de Edurne debería ser como un coro de arcángeles entonando We are the champions), mientras ella busca con la mirada sombras en la sombra tres pisos más abajo y él se toma las pulsaciones con disimulo o se lleva como al descuido una mano al pecho y comprueba que el corazón va recuperándose, ralentizándose de a poco, retomando de nuevo un ritmo que nunca le parece adecuado para un corazón fatigado como el suyo. En algún momento Edurne suelta algo así como un gemidito de satisfacción, una onomatopeya irreproducible de gozo, y entonces a Héctor no le hace falta mirar hacia la calle para saber que algunos de los gatos del barrio a los que les han puesto nombre ya han encontrado la comida que ellos dos le suelen repartir en grandes trozos de papel de plata, charquitos argénteos vistos desde la altura con diversos contenidos: pienso de colores con forma de pececitos, masa informe y viscosa que presume ser hígado de excelente calidad. Se entera así por ella de que Verso ya ha localizado el trozo de papel de plata que esa misma tarde han ubicado bajo el contenedor de basura, que Isis le ha seguido lo mismo que si fuera su sombra -nunca mejor dicho, porque es negra como un túnel y casi del mismo tamaño que Verso-, que Cecilia y Ligeia, madre e hija, han mostrado una indiferencia más que gatuna hacia los manjares, y que Nebulosa se había decantado en principio por la manduca colocada en el extremo de una jardinera, pero al final ha preferido darle caza a una rata que cruzaba entre los bajos de dos coches, aprovechando la distracción de los asesinos con el buen yantar.

Aman el amor de los gatos -Edurne con una pasión desorbitada que se extiende al resto de las especies animales; Héctor fascinado por su insomnio sin género ni doble filo, un insomnio que no lo es en absoluto, sino más bien un simple estar ahí y ser la misma noche, sin consecuencias ni temores imaginarios-, su tan sutil cariño que pareciera inexistente, hecho acaso con la misma materia silenciosa con que un dios oscuro y sabio debió moldear sus pies-espíritu, los cuales nunca pisan en vano, nunca se mueven en calle abierta, tan conscientes de que cada paso puede ser un paso en falso o el último paso, tan sabedores de los peligros de la calle, la galería de mil y un rostros de la muerte, las ruedas de ese automóvil que gira en la esquina y avanza lentamente en busca de la prostituta ucraniana, la mano regordeta de la otra prostituta que chasca suavemente los dedos y les bisbisea y les reclama con qué intenciones si les descubre en un momento dado. Héctor ama, como ya se ha dicho, su cohesión con la noche, sombra para ocultar la sombra que es un gato, escenario propicio para el asesino ducho en exquisiteces, lugar de tránsito para poder cuestionar su supuesta domesticación en el mundo hipócrita de los hombres, que parecen ignorar temerariamente la muerte o temerariamente la niegan y censuran y, además, aman sin saber amar y dicen "te quiero" sin llegar nunca a sospechar que, en realidad, están queriendo decir "me quiero"; ama el erotismo de sus movimientos, sus reflejos asombrosos de sobresalto, su guardia siempre alta, sus ojos-faro barriendo lo oscuro; ama la inacción que suele darse en su naturaleza propicia para la acción, la quietud por ratos de su anatomía diseñada exclusivamente para la más coordinada, dinámica y ágil psicomotricidad, la pereza y la vagancia alternándose con rápidos reflejos en sus cuerpos casi eléctricos, la siesta de su insomnio (que no lo es en absoluto, sino más bien un simple estar ahí y ser la misma noche)[...]



A veces Edurne decide echarle las cartas y él accede de mala gana, a regañadientes, con el humor atravesado, sarcástico y a ratos cruel con las predicciones de ella, haciendo uso de la actitud sobradamente altanera del maestro mediocre que escucha las respuestas de su alumno menos aventajado sólo para poder burlarse de su ignorancia. Ella no hace caso de sus mofas; confía plenamente, con una fe de hierro que ya quisiera Héctor para sí mismo en secreto, en los estatutos de la baraja: sostiene en la mano derecha el mazo contra su pecho, en el punto exacto en que está ubicado el corazón, mientras comienza a barajar con la izquierda; luego reparte los naipes a lo largo de la mesita de cristal del cuarto de estar, todo en un orden concreto que, por más que trata Edurne de explicarle, Héctor no alcanza a entender, reacio siempre a creer qe su vida esté regida por los designios del destino, palabra que le parece una burla a su inteligencia, aunque por la misma endeble mecánica de augurio él esté convencido de que le queda poco tiempo de vida; una vez repartidas las dichosas cartas, Edurne comienza a unir figuras aparecidas en el reverso de las mismas -la mitad de un árbol deshojado que aparece en un naipe, por ejemplo, con la otra mitad exacta aparecida en otro naipe distinto-, deslizando la mitad de las figuras por la superficie de cristal como si siguiera un itinerario preciso que sólo ella conoce; por último, cuando ya ha unido todas las figuras posibles -algunas de ellas permanecen sin su otra mitad, en una orfandad inverosímil, abandonadas e incompletas como amantes utilizadas cuando el hombre ya se ha saciado y regresa a su vida conyugal ordinaria-, comienza a interpretárselas a Héctor, se las traduce ya convertidas en predicciones y presagios, le augura designios buenos o no tan buenos -nunca son malos, y Héctor duda de si eso se debe a su suerte o a una inmerecida condescendencia de Edurne hacia él, hacia su enfermedad que subyace de otras enfermedades que subyacen de la gran enfermedad del siglo veintiuno, que es la locura- según las figuras que haya logrado reunir, un árbol desvestido de hojas o un zorro, una espada con una larga enredadera asida a su filo, por ejemplo.

-¿Todo eso te han dicho las estampitas? -le dice Héctor, se burla de ella.

-Ríete cuanto quieras, pero esa risa tuya tan torcida no sirve para otra cosa que para denotar aún más tu tristeza, aunque tú pienses que logra justamente el efecto contrario -le responde Edurne con un tono de voz que no indica ofensa, sino solamente algo de cansancio y lástima por él.

Héctor no la contesta, no entra en dialécticas que solamente le conducirían a una encerrona. Se limita a sonreír ampliamente y luego a reír con grandes carcajadas demasiado exageradas, a mimetizarse con el disfraz chillón e incongruente del mal disimulo... Touché. Edurne, como de costumbre, ya le ha rozado los pensamientos con su intuición asombrosa e involuntariamente cruel, ya se ha asomado a su alma con sus inmensos ojos castaños de visión de rayos x. Luego, consciente en un momento dado de su propia capacidad para la crueldad, y como para resarcirse de ella, alarga el brazo, posa la palma de su mano en la mejilla de Héctor con una ternura casi maternal, y le dice:

-Tonto, idiota. Pobre hombre sin fe, sin dios ni amo, doblemente solo, que no sabe vivir porque se pasa el tiempo tratando de proteger demasiado su vida y practicando ejercicios con lo oscuro...

martes, 10 de julio de 2012

El plan (del poemario "Algo sagrado")





Recuerdo ahora todas las calles
de todas las ciudades que nunca visitamos
juntos.
               Yo conducía;
el mar emergía de entre las estribaciones
de algunos montículos o cerros;
la luz de esa visión
alumbra mis noches cuando haces hogar
en otra parte.


                            Éramos seres
nocturnos y fluviales, ligados a un río y un verano,
amantes incendiarios que contemplaban
elevarse las pavesas de su más lograda obra
la noche de pirotecnia y del solsticio,
mientras ardida la ciudad, contra el horizonte
recortada la capital en futuras cenizas esculpida,
sosteníamos nuestros crímenes y nuestras antorchas
y reíamos buscando un lugar
que denominar de ambos, nuestro,
tuyo y mío, un neutral territorio sin pasado,
Edén cromático de tus ojos
reconociéndose en mis ojos,
así estallase el resto del planeta.


Si pudiera pedir en este momento lo que quiero,
elegiría la fuga.
                           Así sabrías que por continentes
solamente entiendo la ósea simetría
de tus omóplatos, placas a chocar o separarse
en el masaje horizontal de un abrazo constrictor
y eterno, más grande que el mundo,
y del mundo a devastar cualquier cosa en él
que no tuviera nada que ver con nuestra historia.
Porque de hogares está tu boca
llena, y tus pechos oscuros, y tus pezones
enhiestos, apuntando como loca brújula
hacia las desquiciadas coordenadas
de todos mis sentidos.
                                       Viaje éste
que cometería sin bagaje de otras bocas, otros
rostros, otras vidas, incitado al olvido
pero contigo, compañera de camas y kilómetros,
hacedora de la estrella de Belén
que brilla en la espuria libertad
que siempre me sugirió la visión de una autopista.


En París profanaríamos los cementerios, pintaríamos
bigotes a los arcángeles de seriedad marmórea;
resucitaríamos en Dallas y Los Ángeles a los Kennedy
para acribillarlos de nuevo, echándole la culpa
a Lee Harvey Oswald o tal vez –que se joda- a Charlton
Heston; miccionaríamos en el Ganges
lo mismo que niños de vejiga impresionable
en el foco de pústulas de turbamulta
de una piscina pública; robaríamos el cartel
de Praga, sustituyendo la pe por la be,
y allí acudirían esos cerdos llamados turistas
que marchan a desflorar niñas a Tailandia,
rectificando su repugnante trayectoria,
cambiando prostitutas púberes por puentes y amores
eternos.


                   Puertos no quiero ni cunetas
si no puedo estar contigo a solas,
versificando con un beso el horizonte,
sabiendo que podemos llenar de promesas
la estela de un barco o de un avión en el cielo
del verano
                     y cumplirlas.
Así ocurrió en mi sueño. Lo tengo todo
planeado.

lunes, 9 de julio de 2012

Desiderata: fragmentos del bloque tercero del poemario "Algo sagrado".



A Paloma Rodríguez Ortega


FRAGMENTO 1


Vivir amadrigado en tu pecho, solícita
la mejilla a la suma protección de tu latido
por debajo de la ropa, la carne, el hueso,
y allí en el tórax tu pulso nítido que impulsa
tu vida y mi ternura, si es así como la habilita
y la atesora;
                       pues nunca un abrazo tuyo
acogiera tanta certeza de amor
como la que ahora yo te ofrezco
(y aunque suene altivo decirlo),
nunca uno mío fuera tan constrictor
y entregado, propicio a la dicha de saberse
al fin, en la albura del regazo, siempre ser único.


Vestido con tu piel, vivo un trance
de puro prodigio:
                              ya no soy
paria, ya no acorralo frases de filósofo ebrio.
Aun así, protégeme de mí,
levanta tus defensas en las postrimerías
de mi fatalismo, hazme saber
que soy tuyo, que soy perro, tuyo,
que eres propietaria incluso de mis aprensiones,
que no abandonarás la suscripción a mi mirada,
que soy tuyo, que eres mía,
que la posesión es palabra tan temida por el resto
pero condición indispensable
de nuestras pasiones hechas bloque único.


Aíslame del mundo, isla azul
y recogida, o repliégame en tu seno
como a un billete introducido en un escote.
Custódiame:
                       no quiero más ángel
que el ala desmayada de tu cabello
cuando lo cepillo.


FRAGMENTO 2


Que no te abandone, que no deje
a hurtadillas el lecho marital en que tu sueño
ya organiza luchas supraterrenas con la luz,
luz filtrada, haces en las mirillas
de la persiana de la fiesta que desdeñas
del nuevo día, intocado, todavía por abrirse
a la ensenada azul de tu mirada.
Que estás cansada, cansada de tu cansancio,
que el sueño te recobra
a la linde sin memoria
de un cálido olvido,
a un estadio sin dolor,
                                     y me llamas,
me reclamas a tu lado, me retienes, solicitas
mi peso tan escueto a la vera de tu horizontalidad,
y tu talle apretado de junco joven va cumpliendo
siluetas deliciosas y ciclópeas bajo las mantas.


Entonces me acomodo en tu sueño,
y porque a veces sea frágil y caprichoso como la fe en algún dios,
allí me mando mudar a soñar yo también
con aquello que quizás nunca fui, con ese
hombre que jamás podré ser, pero tú vislumbras y sostienes
sin ambages ni reversos.
                                         Tal vez
sólo en ese momento vaya lentamente
completándome, aceptándome a mí mismo,
a mi costumbre de pronta mañana
y premura inútil con los ojos ya abiertos,
y allí ocurre que en tu recogimiento de gata me hago
blandura, y abrazo tus márgenes,
y contemplo tus amortiguadas facciones,
el gesto que cometes de llevarte a los labios
dos dedos infantiles, como solicitando así
un silencio afelpado de sábanas usadas.

jueves, 5 de julio de 2012

06:00 (Fragmento del capítulo sexto de la novela "Ampliación del insomnio")




A veces, incluso, se entretiene inventando métodos para no quedarse dormido, algunos de ellos bastante fiables.

Quizá el más eficaz de todos -el más satisfactorio o efectivo para Héctor- sea el denominado por él mismo Método Automovilístico. Escéptico hasta con su propio escepticismo, harto ya del ostensible glosario de frases trilladas y palabras manidas que se han pronunciado a favor de los supuestos prodigios de la imaginación, resulta cuanto menos contradictorio que se visualice conduciendo en plena madrugada por una interminable autopista, ejercicio y escenario que a Héctor le parecen apropiados para forzar el insomnio, para no quedarse dormido frente al volante, tan pendiente de tantos elementos vitales que entraña la conducción de un automóvil. Necesario entonces, metido ya tan de lleno en el juego, imaginar cada detalle del acto, formular una escenografía que resulte lo más aburrida posible para que la inminente modorra acabe por convertirse en un peligro real, o real en tanto que él lo está viviendo como tal: en su imaginación, porque si se queda dormido acabará por colisionar con la mediana de hormigón o los quitamiedos o los otros usuarios de la vía, y morirá; en la realidad, porque si se duerme acabará muriéndose también (y tal vez ni siquiera sepa que ha muerto), con esa idea suya alienada e irracional, obsesiva, de que su salvación se encuentra en mantenerse despierto, como si la vigilia lo eximiera de morirse, como si el desvelo fuese a evitar que el corazón se le parta, máquina orgánica e insomne también, músculo forzado, colmado hasta la saciedad y exhausto de soportar la ansiedad y el estrés que lo espolean cada vez con más asiduidad. Héctor contempla así una noche como boca de Leviatán en la casi solitaria autopista: negra, sin estrellas ni luna, cruzada muy de vez en cuando por los faros fantasma de los pocos coches que le adelantan o le rebasan o que pasan por los carriles contrarios, al otro lado de la mediana de hormigón. La vía -no es necesario decirlo- es recta como una regla, larga y sin una sola curva a la vista; una extensa lengua de asfalto que propicie el aburrimiento, el sopor, la modorra a la que invita la temperatura excesiva de la calefacción dentro del habitáculo del vehículo, donde suenan antiguas canciones melódicas de los años cincuenta y sesenta, complemento añadido para fomentar la relajación temeraria, el brazo que ya suelta una mano del volante y la apoya con parsimonia y dejadez sobre la bola de la palanca de cambio, la nuca que se recuesta contra el reposacabezas, la boca que se abre en un gran bostezo, mientras trata de seguir con la voz las letras de las canciones, y el escozor en los ojos, signos inequívocos de que el sueño ya está reduciendo la capacidad de atención en la carretera, en las líneas discontinuas que corren níveas, recortadas contra la negrura del asfalto,   como disparos láser que quisieran acertar en los bajos de su vehículo, y también en las señales que aparecen de pronto, a cierta distancia, reflectadas fantasmagóricamente al contacto de las luces de su coche.

Se percata así Héctor, durante algunos momentos, de que su atención ha disminuido considerablemente, de que ha estado conduciendo durante algunos kilómetros sin ser consciente de su acción, embebido de lleno en sus pensamientos. Entonces sube el volumen del aparato de música, se restriega la cara con una mano que luego se acomoda en el cogote para darle un breve masaje, acciona el elevalunas y baja la ventanilla para permitir que entre esa noche de afuera -no la noche interior de su dormitorio azul con la atmósfera cargada de humo de cigarrillos consumidos hasta el filtro, sino la otra noche, la verdaderamente azul aunque sea negra, la que acarrea en el aire como un aroma a prosperidad, una promesa difusa de una vida mejor, no tan capacitada para el miedo y la obsesión-, al tiempo que presiona el encendedor del cuadro de mandos y espera su resorte automático para prender un nuevo cigarrillo que le mantenga entretenido, despierto, en alerta, atento a que no caiga la ceniza o un rescoldo sobre sus piernas o sobre la tapicería del asiento, algo que le permita no dejar la mirada tan fija en el asfalto, en las líneas discontinuas que empiezan a adquirir una cualidad hipnótica, un hechizo similar al que condiciona a las mariposas nocturnas que son atraídas por la luz de los faros hacia la perdición de la rejilla del radiador y la luna de su vehículo.

Héctor fuma y canturrea sin afán, dirige la mano que sostiene el cigarrillo hacia el pequeño cenicero para deshacerse del penacho inclinado de ceniza, a punto de desmoronarse y ensuciarle los pantalones, y bosteza de nuevo. Otra vez su vista se queda detenida demasiado tiempo en las líneas discontinuas, viéndolas pasar a velocidad vertiginosa por entre las ruedas de su coche una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, mientras su cuello va inclinándose hacia delante y la barbilla le toca ya casi en el pecho y una última imagen difuminada como una bruma prevalece aún en su conciencia: las líneas discontinuas pasando a velocidad vertiginosa por entre las ruedas de su coche una y otra vez... Pero las líneas deberían estar pasando a uno de los costados de su vehículo, al lado de las ruedas y no por entre las mismas. Héctor alza la cabeza de golpe al mismo tiempo que abre los ojos, se sobresalta, da un volantazo con las dos manos en el volante sin importarle ya dónde ha ido a caer el cigarrillo, y ve, con una precisión y una nitidez de imágenes que parece que sucedieran a cámara lenta, cómo la vía desaparece de su perímetro visual y la mediana de hormigón se interpone sólidamente en su trayectoria, cómo se deforma y se levanta el capó a su contacto, sólo un parpadeo antes de que la luna estalle en minúsculas esquirlas de cristal y todo se vuelva negro.

Game over.

miércoles, 4 de julio de 2012

Cuando en las mañanas... (del poemario "Ejercicios con lo oscuro")




Cuando en las mañanas, cuando después
de haber surcado la madrugada en mi nave de ansiedad,
y hay un sustrato ingrato del miedo
que cumplió en calidad de desvelo la noche anterior,
una forma premonitoria de desgracia
como una sensación de muerte inmediata reptando
muy cerca de la mortaja y el frío
de las sábanas,
                           y vuelvo, retorno,
regreso después de haber luchado con leones
que rastrearon el ciclo roto de mi sueño,
mi lenta noche de imaginaria que cabalgué
con zarpazos en el lomo, con fusta de angustia
a espolear la fuga en que no logré huirme,
en que no me escapé de esta sangre
a sienes elevada con sobresalto en los latidos,
para después encontrarme deslumbrado
por el alba y su azote, el amanecer de luz dañina,
cuando en las mañanas, cuando después
de haber surcado la madrugada en mi nave de ansiedad...