"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















viernes, 29 de junio de 2012

Dirigido a Dios (inédito)



Me lo rezo a mí mismo: busco, busco.
Vana ilusión buscar tu gran belleza.
Siempre necio creer en mi cerebro:
no me llega más dato que la duda.

DÁMASO ALONSO, ¿Existes? ¿No existes?




Aquí te desconozco, sitiado
mi pecho en esta vieja soledad
que, elegida, me conoce
en el ejido,
                     lo mismo
que tú debieras conocer mi tristeza,
dios perdido entre los hombres.


Te recé sin oraciones, te busqué
ciertas noches fraudulentas de la infancia
(si el insomnio
no me dejaba eludir la idea
de la muerte)
                       y te pedía
que mi padre, mi madre,
mi hermana, no se murieran.


Sé que pedir no es buena manera de hacer
amigos.
               Mas yo no pedía por mí:
pedía por mis hijos futuros,
pedía por la absolución
de mis muertos, pedía por el planeta
seco y cercenado
que habitarán los nietos de mis nietos.


No sé si hubo respuesta
o si moviste un hilo y me convertiste
a las palabras,
                         a esto que soy,
noctámbulo siempre de la frase
exacta, narrador maltrecho
de cosas etéreas, poeta en horas
bajas y, por lo tanto,
un asesino.


Pero yo aún te busco, te juro que te busco
en la noche sin fin de mi cuaderno.

Predio y prefacio (poema de apertura del poemario "Algo sagrado")






Si eres luz, soledad, yo no lo sé,
o si sencillamente eres tristeza,
porque a veces alumbres mi interior,
y otras me doblegues como a un campo
dormido bajo el agua.

RAÚL ALONSO, Soledad




Que yo era de ti, que aún lo sigo siendo
si consideramos que nadie puede revestirse en mi dolor,
ni rumiar mi ceniza, ni haber nacido por mí,
ni aun mucho menos -y todavía-
deconstruir mi muerte futura para acolmillarla 
a fondo en su propia experiencia.
Que yo caminaba gris y recio por una trama de calles
que conducen por norma a nadie y al nunca,
tránsfuga de mí, de la mano de ninguno
al encuentro de los días sin semanas,
cruzando por el apremio inútil de las tardes tristes
para sólo arribar en las aprensiones de tantas noches
boca arriba, insociable en mi soberbia de hombre solo
que no sabe todavía que se niega a ser feliz,
intratable en el marco de tu amor y de tu asedio,
en tu ruta de bares que ya cierran
donde darse citados desencuentros, citas desganadas,
tu turbio callejero donde ni el viento decía
siquiera la sola inicial de mi nombre.


Y allí en mi moridero de entonces, allí
en mi éxodo particular y sin migración,
quise al fin demudarme de todo sentimiento,
constatar, en la mirada dura de los otros,
que mi aterido paso era camino exiguo
para uno solo, lavado al cabo de toda compañía,
impostor anacoreta que trata de lograr templanza,
para la banal estolidez de sus deseos,
componiendo solidez de alma y baluarte
a partir de una exigente penitencia trasnochada;
y pacía mi ansiedad acodado en una barra cualquiera,
bebiendo el lenitivo tóxico de los nunca conjurados,
y leía en el periódico las noticias que no hablaban
de ti, de mí o de ella, de su presencia ahora
rescatándome de un tiempo que parecía inconcluso
y que era, sin embargo, puro carpetazo,
cierre echado a lo que fui sin nadie
y ya nunca más quisiera recordar
amparado en el ideal protectorado de su espalda.


No fueron dolor esos días
-no puede denominarse dolor
a aquello que no consigue conmovernos-,
sino más bien inercia inútil,
cuchilla roma, autovía sin océano al cabo.
Estaba solo, eso es todo:
solo al modo en que el porvenir no te pronuncia
y se suceden en la vida
horas iguales, días estáticos e idénticos;
solo a la manera en que, tú me enseñaste,
en el cómputo de tus deslumbramientos y tus desgracias,
suelen nacer y morir todas las criaturas.


Pero ahora me encomiendo
a sus cuidados, al alcaloide de su risa
que sinceramente me contagia,
vuelto a ser niño amadrigado
en un ceño de ternura, a ser
página en blanco donde pasado y futuro
han perdido su amenaza;
a las níveas palomas
liberadas en su abrazo sin artificio,
a su séquito de esperanzas repartidas
por el umbral del sueño que no cabía en mí
y hoy es portal desde donde me hablan sus ojos.


Tu precio ya no me interesa
pagarlo, soledad que me mostraste
lo mejor y lo peor de mí mismo.
Descreo ya de tu amor con condiciones.
No obstante, aún te espero llegar
tendiendo tu íntima llanura inextinguible
así en la muerte o la ruptura,
como si ambas no fueran una misma cosa.


Tanto me enseñaste, que de ti aprendí
a procurar vadear los presagios que intuyen 
sombra, a saber que tan concisa,
y tan absurda también a veces,
ensombreces o iluminas -antídoto o cicuta-
tanto difuso arrumbamiento
a ninguna parte
y el corazón temerario de los hombres.


Alcalá de Henares, febrero de 2012

jueves, 28 de junio de 2012

Prosas desdeñables:"Coordenadas"




Una página en blanco establece mi mundo esta noche de gastados orígenes, esta noche en que el olor estival del viento acarrea o dispersa amores dolorosos por hermosos, enigmas tan desnudos como la certeza de nacer y morir completamente solos -y la fe parece posible, pero el silencio arrastra reproches hasta la memoria de los árboles. Esta noche quisiera rectificar mi sonrisa o cualquier horizonte de una vida anterior. Esta noche contra el sueño; esta noche de luna borrosa y desvelo.

Huelo, presiento el verano, su madrugada bochornosa, la estación hostil en que la memoria ha de retener océanos extintos. Y renace el desprecio, esta noche funda la lucha secreta, la guerra interior, hundiendo dudas como mandíbulas en el vetusto corazón, preguntas que no responderá nadie. Manan recuerdos para el cierzo: la libertad fue ignorar la longitud de las cadenas en una pubertad de exceso, en marginaciones de la infancia; la locura una opción, por lo tanto una salida, una elección, un abnegarse a lamer el herrumbre de próximas edades.

Qué quijada mostrarle a los años perdidos cuando la vejez nos azote y nos devuelva el otoño, perturbando el oro vivo de los antiguos maizales, trastornando el rumbo de las mareas en mares que no conoceremos.

Esta noche tengo miedo de no poder alcanzar aquello que un día juré ser: la extensión azul de mi cuaderno-horizonte, el amor sin acuse de recibo, el inacabable.

El libro de Dalila (11): "Infirmus"




Eres una niña sensible, Dalila, mas no quejica. Hace unos días te llevé al médico por causa de un sarpullido bastante feo que te ha salido por todo el cuerpo; no sé si se trataba de una simple alergia, de un cuadro vírico, del sarampión o qué sé yo. Tampoco la médica que te atendió supo a ciencia cierta qué te pasa: con esa parsimonia de los que se sacan una carrera más por los beneficios que ésta les pueda reportar que por pura y hermosa vocación, estando ella doctorada no se cortó delante de mí en llamar a la enfermera de pediatría del servicio de Urgencias -¡la enfermera, una subalterna supuestamente con menos conocimientos!-para que la asesorase; y ésta, con la profesionalidad de la que carecía la doctora, y recordándote del turno de la mañana -dudo mucho que la doctora hubiera podido reconocer su enorme culo de entre las fotografías de sus familiares impresas en una orla-, te preguntó con ternura si tenías malestar general, qué habías comido, te tomó la fiebre y te pasó la mano por los diversos ronchones repartidos por todo tu cuerpo, a fin de comprobar si desaparecían momentáneamente con la presión de la mano o si, por el contrario, permanecían inmutables, síntoma fatídico. "No parece sarampión, al no tener fiebre", me dijo con una mirada que era como disculpar a la infaltable doctora, la cual permanecía con cara de bovino pastando, más perdida que una cabra en un salón de baile, "pero si el sarpullido no remite en unos días con el tratamiento que vamos a mandarle tendrás que volver a que la inyecten." Añadió también que si en las 72 horas de plazo de actuación del jarabe que te mandaron aparecía fiebre, seguramente se tratase del sarampión.

A todo esto, tú me mirabas desde la camilla algo confusa, con esa media sonrisa que en ti denota miedo aunque no lo demuestres. Y me sentí orgulloso de ti: no es fácil esbozar una sonrisa, aunque sólo sea un intento de ella, cuando el miedo lo tiene a uno acorralado contra la pared de un callejón sin salida. Sonreíste de igual modo cuando no hace mucho colisioné mi coche contra otro vehículo y tú te hiciste daño en la garganta con el cinturón, asegurándome que te encontrabas bien cuando te pregunté si te habías hecho daño. El caso es que el sarpullido no ha desaparecido, y ya han pasado los tres días de rigor. Ahora quien tiene miedo soy yo, y también quien tiene que esbozar una media sonrisa para no preocuparte, porque mañana te llevaré al hospital y me demostrarás de qué pasta estás hecha cuando te pinchen algo. 

Sé que aunque te duela no dirás nada, y siento en ti, cuando me miras, el orgullo que sientes por mí cuando te pregunto sobre tu estado, recrimino a tus familiares por darte cosas que te han prohibido tomar -conservas, cosas elaboradas, ultramarinos, congelados, etcétera; todo lo más natural posible y cocinado en casa- o te explico que es necesario que mañana vayamos al médico otra vez, que aún no estás curada, que no debes preocuparte, aunque yo esté muerto de preocupación. Esbozarás esa media sonrisa tuya, estoica, de cuando algo te da miedo o te sientes amenazada, y pasarás el trance buscando mi mirada para evitar la mirada del profesional que te atenderá, tal vez aguja en mano y con poca paciencia para tratar con niños de tu edad. Y yo me sentiré grande, grande de que busques mi mirada, grande de que seas más grande que yo cuando te enfrentas al miedo y eres capaz de sonreírle de un modo que yo no podría.

Prosas desdeñables: "Llamo a lo indómito"




Hay una luz estelar de distancia insoportable en todo lo que acecho. La tarde ya cae, con motivos de nostalgia y derrumbe cae, sobre estos papeles sucios, estos manuscritos para el polvolvido de denuncia a qué, a quién. Fumo: la brasa del cigarrillo es la ira de su propia ceniza futura. Sólo para mí mismo he de anunciar los reproches. ¿Seré yo quien juzgue al recuerdo sobre los malecones del tiempo, los rompeolas de la memoria? No quiero huellas ni rastros de infancia o pánico en esta tarde de mi vida.

El mar ha quedado tan lejos... No huelo su mística presencia ni soy mudo testigo de su hambre; no formo parte de la línea divisoria; no pertenezco esta tarde a la ola voraz, a la congregación de agua y sal entre las rocas de belleza ciclópea. Mi pecho es la lejanía que hace próximo el recuerdo, y cumpliré fantasmas como promesas en la finitud del amor.

Llamo a lo indómito y a lo desbocado, al océano y a la violencia natural hoy que la paz quiere matarme de aburrimiento; necesito esa pulsión de vida total, latido perfecto del mar que siempre llevaré dentro, metrónomo ambicioso. Lo demás puede callar, todo lo demás: las máquinas del trabajo que fabrican días idénticos, los espejos cotidianos, las horas muertas en que uno ha de hartarse de ser hombre y buscar nuevos instintos en el tacto, en el olfato, en la mirada, en el sordo lenguaje de lo apenas perceptible.

Que la erosión sea mi voz hecha agua combatiente en la carrera y el rumor del oleaje comprimido en la ausencia de noches mediterráneas.

Prosas desdeñables: "Encuentros"




A ellos


I

Las paredes de esta casa no acumularán más evasión, puesto que refugio es memoria -memoria es, a veces, prisión de retroceso, contención de ambiciones y venganzas-, y el recuerdo impronta de fantasmas vivos sobre los objetos en calma, sempiternamente en desuso, ya sin dueños, sin amos. Hablará el silencio azul de la madrugada épocas más nocturnas si cabe, y qué más da si la infancia o el asedio, si la adolescencia o el cambio, al fin y al cabo la experiencia, eso que tenemos de usados, de amancillados, de inseguros y contradictorios. Yo mismo he reprimido canciones, poemas, por mirar hacia atrás e intentar asimilar mi biografía.

Vi a mi padre llorar tres veces en mi vida, retomar la resistencia y luchar a degüello por poder amar sin límites ni intereses. Vi a mi madre congregar la enfermedad en la hondonada de su vientre, la esperanza luego, repartiendo después, con la mirada llena de ascuas, augurios de luz equinoccial. Vi a mi hermana elevar mi autoestima, mantenerla en el vértigo para acostumbrarla a mi altura, con cariño, con sombra aniquilada.

Las paredes de esta casa, los rincones donde el llanto pudo a las pelusas y la alegría al llanto, el hábitat en que no soy horriblemente solo, no acabo sólo en mí mismo... Totalitariamente suyo, de su arquitectura de abrazos sin reservas y puertas diáfanas, sus estancias dormidas en las mañanas de frío. Suyo mi particular universo, mi unidad temerosa de desgarro.

Saber un hogar en el mundo que decir tuyo. Retornar desde uno mismo y reconocer una familia.


II

Mi pobre padre duro
allí estaba, en el eje de la vida,
la viril amistad, la copa llena.

PABLO NERUDA, El padre


Y aunque no supe ayudarte, padre, y aunque no quise escucharte, ahora me vendría muy bien el eco de tu risa sobreviviéndome. Padre, y aunque a veces baje la mirada, aunque mi garganta sea la torpeza de no decirte, de no anclarme en conversación al constante consejo de tu voz, quiéreme para poder aprender a quererme yo mismo.

Me reiteras tus consejos, la experiencia, la evidencia, mientras yo te odio como un hijo debe odiar a un padre, como un padre debe odiar a un hijo: como al mejor amigo -aquél que no te dice lo que quieres oír y subraya tanto las aptitudes como los defectos-, con un odio dócil, cariñoso, inocuo.

Tú tranquilo, papá, no volveré a ser el rencor de esos portazos, ni la crisis que agostó los proyectos del pasado desmotivará nuestro mutuo esfuerzo presente. Porque mis manos son éstas, y quieren ayudarte en lo que sea; son fuertes, han crecido, ya no son unas fofas manos de niño. (Con ellas desnudas arrancaré cabezas si es necesario, trastornaré el destino de todo el que deseé tu felicidad criando cieno.)

Porque hoy siento que eres el único amigo que todavía se deja abrazar. Porque de ti he aprendido a no creer en el ridículo, mucho menos en el miedo.


III

Quien te pudiera repetir desnuda
bajo el dolor de tu poder más fuerte,
en el oscuro rito, madre,
remotamente madre desde siempre.

JOSÉ ÁNGEL VALENTE, Maternidad


Un incensario de aromas vírgenes para mi madre, un lecho de risas amigas, un ramo de rosas azules en su cómoda y, en su pecho, un verano interminable, un errar de astros puros en la cálida noche, un volumen de canciones que no mientan, una ofrenda a los océanos que fosforecen en sus ojos negros...

Sabrás, mamá, de mis propios ojos, los secretos abducidos en la cómplice mirada que son secretos a gritos, comunicación usuaria de ningún lenguaje si los sentidos prevalecen. Con sólo mirarme sabrás si estoy enfermo, si el amor minó mis fuerzas, y sentirás mi mirada clavada en la secuencia de tu respiración mucho antes de que despiertes y me encuentres a tu lado, fugado otra vez de la pesadilla.

Lo que reservo para mí es la tristeza y la vergüenza: tristeza por no poder recordar tu latido cuando yo aún era tu vientre; vergüenza de mí mismo por haber permitido que vagaras por las calles cuando zozobró el amor. Perdóname, mamá, porque no consigo recordar mi nacimiento. Pero, a menudo, cuando en mitad de la noche me asalta el sobresalto y el cobalto del sueño hurga por dentro de mis párpados con sus uñas de pánico, con su invitación al insomnio, es tu mano sobre mi pelo lo que ansía mi calma, y siento ganas de llorar, y tengo que esperar que el alba suceda recordando las canciones que solías cantarnos.


IV

Hermana, no llores más,
que la lluvia ya está aquí.

M-CLAN, Hermana


Ven, hermana, a sustraerme de la sombra, a pacer conmigo el alimento luminoso de la lealtad sin medida; hace ya mucho tiempo que quiero decirte mis miedos más profundos, mis crímenes decirte con palabras que no estén corrompidas de tanto usarlas en vano, y en vano mi íntima autarquía ha procurado que nunca, nunca te pidiera ayuda. Pero ahora ven, hermana, las cosas han cambiado: encuentra las coordenadas heridas que te doy, la latitud clausurada de mis recuerdos, la longitud interrumpida de mi lento crecimiento. Te ofrezco, además de mi mano, mi ancho corazón, mi corazón encogido por la nostalgia y tensado como un arco en el peligro; te ofrezco también mis opacos secretos, mis dudas sempiternas de tanta madrugada insomne contra el techo.

Haber estado allí, a un suspiro de tu hermoso nacimiento, y haber hecho un hueco en esta casa y haberte dado la bienvenida, son mayor triunfo sobre la sombra que mi pelea contra mí mismo.

Poema que te escribí antes de saber que existías (inédito)





Dime hasta cuándo te andaré buscando por el mundo
o si te encontraré al menos, idealizada,
porque ya me agostan los kilómetros dichos ausencia
y las palabras que te escribo sin que tú las oigas
rasgar en el papel antiguo de mi soledad,
y dudo ya si estarás esperándome sola
en el faro de la última orilla.


Dime si contemplas la misma luna hospitalaria,
el misticismo del mismo mar nocturno
en que te busco o te pierdo
según las variaciones de mi fe
o la esperanza que me des pura o truncada.


Dime tu amor o dame un indicio,
un rastro a seguir en esta noche de alabastro interminable
donde encontrarte sea el fin
que nunca o casi nunca justifica los medios.


Tengo razones para tu pecho, una caricia imantada
que sonroje tus mejillas
en un tiempo en el que ya nadie se sonroja,
sexo salvaje con amor
y la demás parafernalia, horas de mi escucha,
confort bajo la lluvia invisible de los días tristes,
canciones en las que reconocernos, silencios
y reproches por el mismo precio, lugares comunes,
rincones para devorarnos el instinto,
una pistola con balas de plata
para disparar y que dispares
contra las fuerzas monolíticas de los enemigos
que digan que este amor no es cierto.

La sombra del cuervo, otra vez




Nunca me han dolido prendas a la hora de reconocer influencias. Creo que uno debe ser agradecido con sus maestros, aun cuando se intuya que éstos flaquean en algunos aspectos de su magisterio. Si consideramos que el aprendizaje abarca un espectro muy amplio que pasa también por enseñarnos aquellas cosas que no debemos y/o no queremos saber, ningún maestro es absolutamente brillante ni absolutamente mediocre, lo mismo que ocurre con cualquier artista, un poeta o un músico, por ejemplo; de entre toda su obra, por menos que ésta nos guste, es seguro que se encontrarán cosas aprovechables, aspectos interesantes a tener en cuenta ocultos entre toda la paja a remover. Tener conciencia de esto es querer ser un buen alumno, abrir la mente, estar dispuesto a aceptar un legado impagable.

De Edgar Allan Poe (Boston, Estados Unidos, 19 de enero de 1.809 - Baltimore, Estados Unidos, 7 de octubre de 1.849) se dice que fue un poeta flojo y que tenía problemas con los finales de sus relatos. Con lo primero estoy de acuerdo, aunque me cuidaré de matizar esta opinión; con lo segundo, siento que los que hicieron o han hecho esas delaciones -Aldous Huxley, entre otros literatos de menor renombre, dijo que su escritura "incurría en lo vulgar"-, han entendido poco o nada de la técnica narrativa de Poe. Si tenemos en cuenta que las reglas básicas e inamovibles del relato corto es la economía de medios y el desenlace inesperado, que trastoca la realidad existente con un fogonazo para desmembrar las apariencias, el bostoniano era, como digo, un maestro. Al menos, en lo que a sus cuentos fantásticos se refiere, no siendo tan popular esa otra vertiente del relato corto que cultivó en su carrera, la sátira, faceta menos conocida del autor y también menos alabada. En cuanto a su poética, a mi parecer, arrastra el eterno lastre del pudo ser y no fue. Estoy convencido de que Poe podría haber sido mucho mejor poeta, aunque autores como Charles Baudelaire y T.S. Elliot defendiesen y ensalzaran sus versos, y aunque nos dejase joyas versificadas como Annabel Lee. El problema de la poética del autor radica, en mi opinión, en haberse obcecado en trabajar constantemente en versos que fueron escritos a muy temprana edad, tratando a toda costa de que viesen la luz y de que su publicación lo trascendiera al Olimpo de los poetas; pero esas producciones, que a la edad en que fueron escritas pudieron ser loables, no soportaron el implacable peso del tiempo. Tal vez si el bostoniano hubiese centrado sus energías en escribir nuevos poemas, en vez de hacer un ejercicio de renovación de esos manuscritos que dormían en los cajones, el resultado, a buen seguro, hubiese sido muy distinto. Prueba de ello es la fama que adquirió en su día el conocidísimo poema El cuervo, casi el único logro literario que el autor conoció en vida, si obviamos el hecho de que sus críticas feroces en las revistas literarias de la época conseguían que la tirada de éstas aumentase ostensiblemente.

Pero el motivo de parir esta entrada acerca del autor que hizo que yo quisiera comenzar a escribir, es otro muy distinto a la opinión subjetiva que yo pueda tener del cómputo total de su obra: ha sido el cine, casi siempre equivocado a la hora de llevar biografías a la gran pantalla, quien ha motivado este texto. No soy muy cinéfilo, a decir verdad; apenas veo películas, y cuando las veo es muy posible que ya hayan pasado algunos o muchos años desde su estreno, siendo así que todo el mundo las ha visto menos yo, sin mencionar que mi memoria para recordar títulos o nombres de actores es sencillamente infame. Con lo que la crítica que haga en las próximas líneas puede no tener ninguna validez, contando dos aspectos: el primero es lo que ya he dicho: no tengo ni pajolera idea de cine, y además es uno de los pocos entretenimientos que me aburre disfrutar solo; la segunda, que no he visto todavía el film del que voy a hablar, limitándome a construir mi crítica a partir de los pocos tráileres visionados y la mala elección y caracterización del actor que se ha escogido para meterse en la piel de Poe.

Se estrena en estos días el film El enigma del cuervo, que a juzgar por lo que he visto en la red no pasa de ser otro bodrio más pseudo detectivesco, en que los pormenores de la vida de Edgar Allan Poe se mezclan con los pormenores de la vida de los personajes de sus obras, como si por fuerza el autor tuviera que ser el narrador, y el narrador, por extensión, tuviera que ser un personaje de la historia a contar. Pero el perfil psicológico del narrador que el autor utiliza para contar una historia no tiene por qué ser acorde con el perfil del autor que da voz a ese narrador, ni el narrador ha de participar, por fuerza, en la trama de la historia; cualquier persona que escriba puede dar cuenta de esto. Otra razón más para no gastarme un dinero que no tengo en ver una película que no me interesa, es la elección del actor y la caracterización que se le ha dado. No tengo nada en contra de John Cusack, y de hecho es un actor que me gusta bastante en otras películas, pero no entiendo esa manía de Hollywood en tratar de mejorar el aspecto de, incluso, un hombre como Poe, un tipo de baja estatura y ojos negros y febriles, que gastaba en sus rasgos un eterno gesto de ensimismamiento que presagia la tragedia. Soy un friki del autor estadounidense, con lo que he contemplado una veintena de fotografías, retratos y daguerrotipos de su persona, joven -nunca fue viejo, contando la edad a la que murió y obviando sus excesos, que envejecían su aspecto- y en el ocaso de su vida, sonriendo o impasible, con mostacho y sin él, más largo o más al estilo de Chaplin o Hitler, pero nunca he visto a Poe con esa perilla perfectamente recortada y estilista con que se pretende hacerle más atrayente al público.

Reconozco que me ilusionó saber que algún director de los de hoy se interesaba por el escritor, pero luego mi gozo cayó en un pozo. Tengo ganas ya de ver una película basada estrictamente en su biografía, sin que aparezcan consabidos cuervos, asesinos en serie, o sin que se trate de fusionar al autor con algunos de los personajes salidos de su pluma. Como yo, hay muchos que consideran que el mejor y más fantástico relato del bostoniano fue su propia, corta y turbulenta vida.


miércoles, 27 de junio de 2012

Elogio del insomnio




Siempre he tenido problemas para dormir. Ya siendo muy niño mis noches eran largas y estáticas, un trance de horas que fueran siempre una sola, eternamente detenida en la esfera de un reloj en cuyo mecanismo sólo se moviesen las ruedas del segundero y el minutero, permaneciendo así inmutable la de las horas, las agujas siempre señalando los mismos números, para nunca ver amanecer... Si bien decir que el mío era un insomnio elegido, forzado, una vigilia de préstamo, un desvelo que se busca para no tener que asomar el alma al vértice impreciso del sueño -"esa gigantesca cavidad en donde el alma sólo puede caber a pedazos", escribí en mi novela Ampliación del insomnio- , donde los puñetazos son mucho más lentos y las copas de los árboles se mueven aun sin ningún viento en la atmósfera que las agite, como en el paisaje onírico de ese cuento-fábula de Poe, Silencio, uno de mis favoritos de su producción. Mis pobres padres pueden dar buena cuenta de ello: mi madre, con esa asombrosa capacidad que tienen las madres para percibir desórdenes en sus vástagos, cuando abría los ojos en plena madrugada y me descubría a los pies de su cama, contemplándola fijamente en la penumbra porque tenía la insana costumbre, aprensivo ya a temprana edad, de vigilar a los habitantes de mi casa cuando dormían para comprobar si respiraban; mi padre, por su lucha conmigo por que apagase la luz y durmiera, con la resolución poco efectiva de amenazarme con echarme a dormir al descansillo, que precisamente era siempre el escenario de mis pesadillas recurrentes, ésas mismas que me conminaban a provocar adrede mi desvelo. Tanto es así, que lo tomé como una de las temáticas principales de mi obra: ahí están, para probarlo, relatos como Primera vez (publicado en este mismo blog), el poemario Ejercicios con lo oscuro -algo más de una decena de poemas de ese volumen aparecen también aquí, en A DESHORAS- y la ya mencionada novela Ampliación del insomnio.

Pero no siempre mi insomnio -y no solamente éste, sino también las aprensiones que en un hombre de mi carácter acarrea- fue un insomnio elegido. A lo largo de los años, dependiendo de las épocas y las circunstancias en que lo padeciese, ha ido pasando por diversas fases: unas veces -sobre todo en la primera infancia y en mi primera juventud- fue, como digo, elegido, bien por las pesadillas o por la hipocondría surgida de la ansiedad, hace tiempo cronizada en mí, y que no me permitían que yo me permitiera dormir; otras, simplemente viví la noche porque me resultaba más apacible para escribir; de cuando en cuando, eran la culpa y el remordimiento por errores cometidos quienes sujetaban con alfileres mis párpados; ahora mismo, en el presente en que escribo esta entrada, porque las preocupaciones, mi situación laboral y económica extremadamente alarmante, las deudas, la incertidumbre constante por el futuro de mi hija, mis deseos de prosperar como escritor y las fatigas del amor, impiden que el sueño entre en mí, se asiente, le tome el relevo a mi actividad y se expanda. 

Dibujo de Raúl Viso
Y sin embargo, pese a que un servidor ha vivido una noche eterna de imaginaria, y aunque lo que busca ahora, en palabras de Borges, son las mañanas, el centro y la serenidad, le tengo cierto cariño a esta existencia de sobresalto, este permanecer siempre con la guardia alta. La prueba de ello es que casi nunca tomo nada para dormir y apenas me valgo de remedios, naturales o farmacológicos; solamente cuando siento que las aprensiones y la escolopendra constricta al corazón de la ansiedad me van a tener comiendo techo, con dos dedos crispados tomándome constantemente el pulso y mi cabeza rumiando acerca de la idea de la muerte, me coloco media benzodiacepina bajo la lengua, con temor de convertirme en uno de esos zombies que hasta para echarse una siesta de comida copiosa necesitan ponerse hasta el culo de Dormidina. Tengo algo de gato sobre el tejado mirando a la luna, así que como una vez leí que el efecto de la valeriana en los gatos era similar al que causa el LSD, paso muy mucho de las adormideras, que no me hace falta estar más loco.

Bromas aparte, desconfío de aquellas personas que siempre, en cualquier circunstancia, pueden dormir a pierna suelta. Se dice por ahí que aquél que no puede dormir es porque no tiene la conciencia tranquila, pero no las tengo yo todas conmigo. Aunque tal vez sea cierto, tal vez Hitler tenía la conciencia tranquila y el muy hijo de puta roncaba como un oso después de cargarse a montones de personas... En cualquier caso, creo que es necesario que, al menos una vez en la vida, cualquiera experimente una noche de insomnio, meditando tal vez acerca sobre los errores cometidos, sobre lo que pudo ser y no fue, sobre esas oportunidades que se esfuman apenas uno se despista un poco, y tantas y tantas flaquezas del alma, propias y ajenas. Un guerrero que duerme con los ojos abiertos es mejor guerrero, y esa especie de lucidez alucinada que proporciona el no haber dormido durante varios días puede ayudar a parir alguna buena obra, lo mismo que otros para idéntico propósito prefieren tomar drogas. A la mierda con Sigmund Freud y con los planchaorejas seguros de su aportación a los ritmos interiores del mundo.


Paria (del poemario "Ejercicios con lo oscuro")




Encontrarán errores fatales
en cualquier movimiento que cometas,
les bastará acaso el ensimismado
gesto del amor
para probarse ellos mismos
que odias en la misma medida,
y de cualquiera de tus besos
calcularán no sé qué asesina
mordedura.
                     De tus palabras
sólo entenderán lo que ellos
quieran; de cada uno
de tus silencios, la oscura reserva
y el subterfugio oscuro;
de una de tus caricias, el amago
y, después, el golpe;
de una de tus miradas,
la vergüenza y, más tarde,
el arrepentimiento.


Pero en vano tú no te arrepientas,
pues eso es lo que ellos
desean:
              esos ejercicios de la oscuridad
sólo conllevan exilios, encierros,
prisiones, clausuras, destierros,
pretéritos
                 y otros chantajes.

La luz, maldita luz (del poemario "Algo sagrado")



A mi parecer, el mejor poema que he escrito nunca.


Porque esta luz que no apacienta
las ansias, la sed nueva e intratable
de la intensidad con que tú y yo nos miramos
a pecho abierto
                            -maldita luz,
fondo de falso confort, preámbulo
a un invierno impostor si negocia,
a la última hora del día y tu presencia,
de la tiniebla su yerma simetría
ganándonos los ojos-,
que agobia el ánimo, que constriñe la esperanza
de acaso intuir con fabuloso presagio
que tu ansiedad surgió
para trenzarse con la mía,
esta luz de ausencia, esta ceniza en las estancias
ulteriores de nuestro latido unánime,
se cobra en la diaria despedida
dos cadáveres abrazados
el uno contra el otro
en un portal cualquiera.


Porque no es el otoño con la ultimidad
de su muerte ubérrima en las calles de Madrid,
abiertas de repente a nuestro paso
engarzado y orgulloso, afortunados en nuestra pobreza
de sabernos uno hambre del otro
en el primer frío de octubre, ni es tampoco la noche
que avecina sus aprensiones renovadas
y propone un insomnio a cálculo ojizarco
de tu mirada centinela de mi sueño,
por más distancia que separe
la extrema delgadez de nuestros cuerpos.
Es más bien el tiempo, su carrera en nuestra contra
de rival invencible
                               -adelgaza las horas comunes
si nos vemos; tiende llanuras
de soledad esteparia si no puede darse
una cita precisa entre nosotros-,
quien así nos lleva por corredores inconclusos,
nos impone esta luz
                                  -maldita luz-
que pesga en el alma, desluce
las avenidas que conducen a tu vientre
de ensueño y de ternura,
donde tal vez (o seguramente) deba acontecer
la amorosa criatura, la presencia incalculable,
replegada plácidamente en la umbría de tu entraña,
que quizá algún día llamemos nuestro hijo.

M-300 (poema inédito)




A Érika Pérez García
y Eduardo López Escobar


He venido a sentarme en la cuneta
para otorgar despedidas.


Si me dolió abarcar algunos abrazos,
de tan intensos como fueron, era porque
ya estaba instruido en el adiós.
(Dieciséis años y un día, pero a los quince
ya conocía la acepción de la palabra ruptura.)


Lanzo guijarros a la carretera y recuerdo,
fumo con parsimonia y chulería,
los tejanos rotos, el alma desgreñada
como a punto de no serlo o de negarse
a sí misma, pellas y sueños en los bolsillos
a falta de efectivo, ningún pañuelo que agitar al aire
y un espejismo en el asfalto al final de esta recta.


Ya interfería en sus planes un silencio entre los dos,
forma perfecta del reproche.
No cabe en una maleta la vida, y hay pliegues
de la piel que un día los vistió a propósito de sí mismos
que se resistían al cierre de la cremallera.
Ya eran sus ojos de ausencia, y sus palabras, de más;
ya sobraba quizá hasta el último beso,
ése que se da a buen perder,
esperando que el final sea el comienzo de algo.


Los vi abrazarse y llorar, desamándose, igual
que condenados contra la tapia de un cementerio;
la mutua decisión de abandonarse
ya trascendía al estadio sigiloso del olvido.
Fui testigo de su unánime adiós
y sentí que ya había vivido antes esa escena;
equidistaban dieciséis años y un día, pero a los quince
ya conocía la acepción de la palabra ruptura:


cuando mis padres también se desamaron,
a expensas de qué lágrimas,
y me fugué a sentarme y fumar en la cuneta,
para lanzar guijarros a la carretera y no agitar
ningún pañuelo al aire
que otorgase despedidas.

martes, 26 de junio de 2012

Miasma (primera parte)







Soy un hombre rudo, frío, huraño -lo sé-, adusto como un ataúd y quisquilloso como una corneja, de muy poca o ninguna paciencia, gruñón, fácilmente exasperable, cínico, mitómano, tozudo, obsesivo, maniático y autodestructivo... "Hay que saber llevar tu exquisito carácter", es lo que suelen decirme aquellas personas que consiguieron reunir la templanza necesaria para poder llegar a conocerme un poco. Y sin embargo, a pesar de mi ofuscada negatividad, mi obstinado pesimismo, mi melancolía incurable, mis complejos (que no son pocos), mi voluntad minada por el tedio y los prejuicios, mi actitud reaccionaria frente a esas opiniones de los demás que no son acordes con mis propias opiniones, mi cerrilismo y mis muchísimas contradicciones e innumerables críticas hacia cualquier virtud de la que yo carezca y no considere como propia, mi misantropía arrogante, mi ociosa y altiva pedantería, repito, a pesar de todos estos defectos (que para mí no lo son en absoluto, sino los componentes infaltables y las cualidades que debe reunir una gran personalidad), estoy casi convencido de que no le puse un dedo encima a Blanca. Digo casi, porque lo que me dispongo a relatar echará por tierra toda esta declaración.

Con Blanca tuve una relación prematura. Nos conocimos a una edad muy temprana -demasiado temprana, objetarán algunos: mis suegros y mis propios padres y algún que otro familiar o amigo de la familia, uno de esos entrometidos que siempre sostienen cirio en entierros ajenos y de los que hay que evitar sus visitas a toda costa-, con catorce años, desde una casi recién estrenada pubertad, cuando la vida apenas había comenzado a golpearnos (más a ella que a mí; más tarde lo comprenderán ustedes) y nuestra personalidad aún trataba de hacerse sitio y oscilaba en un pulso efusivo de dudas y preguntas sin respuesta aparente hasta que se estabilizó, se asentó de a poco en unas tendencias y valores concretos, configurando así el perfil de cada uno. Recuerdo la primera vez que la vi, y lo hago con no poca indiferencia, puesto que nunca me tragué esa falacia demasiado dulzona del flechazo y el amor a primera vista: nuestra relación se forjó despacio -todo lo despacio que permiten esos años turbulentos- pero segura, solidificándose a fuerza de mutua confianza, mucho diálogo, confidencias recíprocas y lealtad inquebrantable. Ella me hizo adulto, me levantó de entre los restos de la infancia que aún perduraban en el adolescente que yo era entonces -todo el mundo sabe que la mujer aparenta madurar antes que el hombre-, configuró a la persona que ahora soy, para bien y para mal. (Aunque pobre y reprochable, es la máxima alabanza que un hombre de mi cinismo puede brindarle a una mujer de la talla de Blanca, deseable para todos los hombres heterosexuales y también para algunas mujeres, hermosa, atractiva e inteligente, alegre como un matasuegras, solidaria, tolerante, enamorada prácticamente de todo sin que llegase a parecer idiotizada ni resultar empalagosa.)

Pasó el tiempo, partió el tren ahora nostálgico de nuestra pubescencia y nos hicimos horriblemente adultos.

Me sorprendió comprobar, con el transcurso de los años, que no se produjeron cambios considerables en ningún aspecto de Blanca. Siempre sostuve que el ser humano es una criatura corruptible y cambiante que muta según el tiempo y las circunstancias, siendo la vejez el estado último en que se agravan o se amplifican las posibles manías y rarezas de cada uno. Pero en Blanca no parecía darse ese proceso, digamos, de pudrición: seguía siendo la misma chica jovial que conocí en la primavera de 1.98..., la misma que me encandiló con su elegante e ingenioso sentido del humor, que fue fascinándome con su espontaneidad -la sencillez es la más difícil de todas las poses, parecía decirme todo su ser-, que al cabo terminó por enamorarme con su modesta inteligencia y, cómo no decirlo, aquella belleza suya sin propósito, y tan atrayente precisamente por ese motivo, que en hombres despistados como yo, con mi flema y mi carácter poco impresionable, se nos revela de un modo tardío aunque rotundo. Ni siquiera esto último se alteró o cambió en ella, pese a que la edad, como suele decirse manidamente, no perdona, nos coloca un arado a escala donde antes lucíamos una frente lisa, nos amarillea los dientes y nos curte las palmas y plantas de manos y pies, nos arrebata ese olor a niños que a veces se disfruta aun estando ya muy adentrado en la adolescencia. Ese olor, precisamente... Blanca todavía olía a esa piel niña, sin estrenar, que todavía no ha soportado las inclemencias del tiempo; un aroma benigno como a recién nacido o a vainilla, un efluvio de prosperidad, similar -y tan distinto, no obstante- al que pueda imaginarse rezumando de la tierra mojada, que ascendía de ella contaminándome prodigiosamente, despertando mi lívido con ansiedad y urgencia. La recuerdo abrazándome al llegar del trabajo durante el primer año de nuestra emancipación, su cabeza apoyada contra mi pecho y sus brazos rodeándome la cintura, y ahí era que me llegaba ese olor desde su pelo y tenía que tomarla inmediatamente, desnudarla y follarla en cualquier lugar al uso de nuestro recién adquirido apartamento, no digo hacer el amor, digo follar, follar como perros, como animales jadeantes y primarios que se huelen el sexo y se reconocen y se lamen y se chupan y babean e introducen y sacan obscenamente y se quedan pegados al finalizar la cópula salvaje..., porque fornicábamos sin contención ni censura, sin romanticismo aparente ni mucho menos paciencia, lo mismo que cuando aún vivíamos en casa de nuestros respectivos padres y temíamos que nos sorprendieran en plena faena, atenazándonos el uno al otro con llaves sexuales que muy cerca estuvieron de resultar peligrosas. Yo embestía con cierta furia inocua y ella me recibía insuficiente, me clavaba una mirada entre inquisitiva y tierna de placer, petición y exigencia a un mismo tiempo, dirigiéndome palabras tan soeces que nunca creí posibles en su vocabulario.

Estos encuentros animales se dieron, aproximadamente, durante los tres primeros años de nuestra vida fuera ya de la engullidora protección de nuestros respectivos progenitores. Después, de un modo que, día a día, debiera haber sido imperceptible, el curso del tiempo fijó en mí toda la acción degenerativa que en Blanca parecía haber ignorado: segó mi frente, despoblando mi cabeza de cabello, y tendió un mar repulsivo de pliegues y arrugas; engordé ostensiblemente, perdiendo la silueta fibrosa y felina que luciera mi talle en otra época; deterioró mi dentadura hasta límites, a mi parecer, repugnantes -entre otras muchas cosas-, y quizá lo peor fue que acabó con todo lo bueno y honrado que hubiese podido albergar alguna vez en mi espíritu. Un profundo tedio se adueñó de mis ilusiones; y éstas, desesperanzadas o nulas, terminaron por embarrancar o abolir los diversos proyectos que había empezado con Blanca. Encontraba pormenores incómodos, pegas y contratiempos a cualquier trato con ella, preso como yo era de aquel peligroso aburrimiento que me llevaba a sentirme abatido de cansancio cada vez que tratábamos de iniciar una conversación que no estuviera compuesta solamente de palabras escuetas y monosílabos. Eso por no hablar del contacto físico, el cual yo evitaba en todo momento o ejecutaba forzosamente, con un principio de náusea, tanto si se trataba de un simple beso de recibimiento como si se trataba de una cópula breve, maquinal, cometida con la misma sensación de monotonía y la misma gélida efectividad del profesional que no ha cambiado de empleo en décadas o ascendido nunca de puesto en el mismo. Ni siquiera ya sentía alguna vez celos si alguien se le arrimaba o se citaba con algún buen amigo o compañero del trabajo para tomar café, y esas circunstancias (que, por otra parte, yo mismo elegí) me sumieron en una melancolía indecible, una tristeza hecha de mucho tiempo y más distancia que me impedía amar a la Blanca actual y me condenaba a añorar a la Blanca adolescente, casi niña, que conocí aquella primavera ya muy remota. Lo demás vino rodado, como suele decirse: la melancolía constató la carencia, y ésta dio paso a la insatisfacción y la frustración (venidas de la imposibilidad ante la lógica aplastante que me hacía comprender que ya nunca más se repetiría aquella primavera), y a ellas les sucedió la ira, la furia. Me convertí en un hombre cruel, déspota, asqueado de su entorno y de la mujer que lo habitaba, que sólo sabía ver la vida si era mirando largo hacia el pasado y a través de los errores de los demás, jactándose de ellos, sobre todo si era Blanca quien los cometía. Yo ya no la amaba, ciertamente; pero me retenía junto a ella el espectro de la otra Blanca, la Blanca anterior, la de la primavera en que nos conocimos y empezamos a intimar. Por eso no la abandoné. Por eso, todavía, no le había faltado el respeto.

La primera vez fue una mañana en que a ella se le olvidó poner el despertador la noche anterior y yo llegué tarde al trabajo. El suceso no revestía más gravedad de la que yo quise darle, en verdad; fue sólo un despiste por parte de Blanca, un olvido fortuito que le hubiera podido ocurrir a cualquiera. No obstante, cuando abrí los ojos y vi por la ventana el día ya bastante avanzado -yo me iba a trabajar siendo aún noche cerrada-, un creciente mal humor fue subiéndome por la sangre. Me levanté maldiciendo entre dientes, culpándome por mi dejadez al haber encomendado a Blanca una tarea mecánica y simple, rutinaria, que me correspondía realizar a mí. El enfado pareció amortiguarse mientras tomaba un café rápido en el cuarto de baño, al tiempo que me vestía y me aseaba; después de todo, no iba a haber reproche alguno por parte de mis superiores, ya que mi trabajo en los últimos años resultó ser óptimo y había llegado a ser una persona de cierta confianza en la empresa. Un frasco de desodorante que no conseguí encontrar en su correspondiente armario reavivó el mal humor que parecía ya olvidado; eso, y también el hecho de que Blanca ni se hubiese inmutado de su error y siguiera durmiendo plácidamente, ajena a mis prisas. Fui al dormitorio, desenchufé de un tirón el radio-despertador y lo estampé contra la pared más próxima, gritándole a Blanca por su zafiedad y por su manía enfermiza de andar siempre cambiando las cosas de sitio. Pueden ustedes imaginarse el sobresalto de Blanca cuando mis gritos la arrancaron de golpe de las aguas del sueño, sus facciones reblandecidas por la modorra, su confusión por mi comportamiento repentino. Medio incorporada en la cama, con el rostro pálido, con los ojos muy abiertos, de párpados hinchados, y el cabello revuelto cayéndole a un lado de la cabeza, todo en un gesto que resultaba casi cómico, se limitó a decirme:

-Estás loco.


Continuará...

lunes, 25 de junio de 2012

"Mortal y rosa"(fragmento), de Francisco Umbral




Pocos libros tan hermosos y, a la vez, tan terribles como este. Magistral radiografía del alma de un padre que asiste a la muerte de su hijo, a su proceso, desde que se la sospecha hasta mucho después, póstumamente; cada metáfora, cada oximoron, cada ebriedad filosófica, cada monólogo interior es imprescindible en una obra en la que no sobra absolutamente nada. Novela lírica o poema en prosa, a quién le importa. Que otros se ocupen de endosarlo en un género literario concreto; yo prefiero empaparme de sus letras, hoy más que nunca, que el sueño vuelve a no entrar en mí, insomne acérrimo, y no puedo comprarme una lámpara.








La fiebre, ese fuego secreto que mi madre buscaba en sí, que buscaba en mí, como luego me lo buscaba en mí mismo, como lo busco ahora en mi hijo.
La fiebre, la llama quieta que crece por la sangre, ese miedo que me asusta como nada, ese quemarse el cuerpo y la vida en un incendio lento y mudo. La fiebre, por qué la fiebre, de dónde, y sus crepúsculos internos agrandándose hasta los ojos, torturando las sienes, haciendo restallar las manos.
La fiebre del hijo, el fuego en que me arde, la hoguera inexistente en que se quema, el abismo rojo donde le pierdo. La fiebre y el horror. Cómo se puede vivir en el horror. Se puede. La muerte en torno, la fiebre ondeando sus fatigadas banderas, el miedo. Pero se puede vivir -y esto es lo atroz- en la entraña misma del horror. También el horror puede llegar a ser de alguna manera confortable. Tener a un ser en la muerte es tenerlo ya seguro, a salvo, fijo, como una estrella, libre de todos los peligros, más allá de todas las riadas de la vida.
Comprar una lámpara, un día se sale a comprar una lámpara, tenemos que comprar una lámpara, y se vuelve a casa con la fiebre, con el mal, con el miedo. Esas cosas de que se hace la vida. Dar un paseo, comprar una lámpara. Todo eso que veo ahora, en medio de la noche, tendido, despierto, con los ojos en la tiniebla. El insomne sorprende su propia vida, asiste al curso subterráneo de su existencia, desciende a las bodegas secretas del ser, mira la luz del vivir desde la cámara oscura de la vigilia, ve los días desde la noche, mira la vida desde la muerte. Así lo contemplo todo, ahora, la fiebre del hijo, la confortabilidad del horror, todo lo que nos pasa, y mi vida desaparece en la horizontalidad, sólo soy una mirada sobre el tiempo. La lámpara, comprar una lámpara, a veces, en la casa, falta una lámpara, y se sale, se va a las grandes tiendas, se busca la lámpara entre las lámparas, se habla con dependientas, encargados, gentes, por las catedrales confusas de los bazares, se desenmaraña el lío de música, ambientadores, precio fijo y sonrisa menstrual de la cajera, y se vuelve a casa con la lámpara. Ya está ahí la lámpara, clara, nueva, tersa, creando un engaño de luz fácil, incendiando pacíficamente la vida. Reponer la lámpara es como reponer el aceite de la lámpara, eso que hacían los antiguos. La casa luce de otra forma, nos vemos todos de otra luz, de otro color, con la sonrisa desentrañada por la lámpara demasiado nueva y refulgente. 
La lámpara apagada luce encendida en mi desvelo. El hogar tiene una dimensión nueva con la nueva luz, pero enseguida iremos poblando esas zonas inéditas de la lámpara y todo volverá a ser habitual, cotidiano, bajo la lámpara. Parece que esa luz distinta, como un día de sol, nos salva de algo. Pero la vida va oscureciendo lámparas, matando resplandores. Mi casa es una lámpara nueva y el hijo con fiebre. Mi vida es la luz y la muerte. La sombra y la vida. Y la lámpara.
Hemos puesto una lámpara en el corazón del terror. El niño, los niños. Todos son mis hijos. Haber sido padre una vez es haberlo sido y seguirlo siendo por los siglos de los siglos. Lo glorioso y lo espantoso es que todos son ya mis hijos, que todos son torturados por la vida bajo mi paternidad. Todos los niños son el mismo niño. Sufre uno, sufren todos. Así como mi hijo es hijo de la humanidad, yo soy padre de todos los hijos, a mí me los matan, me los quitan, me los abrasan. 
Un niño es una lámpara de vida. Un niño es un aceite inextinguible. Cómo arde y chisporrotea y muere la candela de su vida, el aceite de su risa, en el fuego de la fiebre. Lamparilla, el niño. Niños de luz en el redondel de la lámpara. Luz de niño, carne de lámpara. La luz es el cuerpo de la lámpara. Los niños son lámparas de la vida. Cambiar la lámpara, comprar una lámpara. Y el fuego, el miedo, el insomnio, el terror, el niño, la fiebre, el miedo. Tendido en la oscuridad, solo, veo mi vida como una historia de nubes. Nada existe, nada ha existido, y lo escribo todo para que de alguna manera exista. Si me levanto, si bebo agua, si enciendo la lámpara, si miro en torno, si profano la luz, asisto a la demolición nocturna y secreta de las cosas.
El agua en la boca, repugnante. La sangre en la boca. Las sábanas, tibias de mí, heladas de noche. Apago la lámpara y, por debajo de mis párpados cerrados, siempre mis ojos abiertos. Por debajo de mis ojos cerrados, siempre mi mirada abierta. Por debajo de mi mirada cerrada, siempre mi alma abierta. Algo mira desde mí cuando ya no miro nada. Cuando ya nada, en mí mira. La noche, el miedo, el niño, la fiebre, la lámpara. Se puede vivir indefinidamente en el terror. Se puede.

martes, 19 de junio de 2012

La tormenta (poema inédito)




Fue siempre noche dócil, displicente,
madrugada de estancia grata sin monstruo en el armario
en la infancia de mis aprensiones,
aquélla en la que la tormenta descargaba
a voz en trueno, como el rugido
de un dios desesperado
clamando desde el cielo
y pronto a perderse su fe en él
entre los hombres, con nubes de jergones rojos
recortándose contra la negrura
y contra la negrura, entre sí, colisionando
en eléctrico estallido, así a parir el relámpago iridiscente,
hermano de mi prosa, y el rayo que no logro en mis versos
por más fulmíneo que sea su sentido.


Tal vez fueran el verano y su bochorno,
la fragancia conciliadora del ozono asfixiando el miedo de mis noches
en cuarto de luz hasta las tantas
con reproches de mi padre,
quien así apaciguaba mi vergüenza y mi ridículo,
quien así erguía mi desvelo con mano izquierda
de luces y sombras, azul sobre negro,
lluvia tardía que en la sobremesa ya se sospechaba
de tarde a madrugada, mi vigilia a regadío,
a milagro denostado de la tierra que aplacaba su sed,
la transformaba en aroma
como de sexo del planeta,
lo ascendía a mi ventana con alféizar sucio
de vencejos guarecidos, cualidad olorosa de la tierra mojada
colmando mi memoria para su futuro crecimiento,
ocurriendo así un otoño de horas en pleno infierno de agosto.


Yo contaba el tiempo transcurrido entre el rayo
y el trueno, metrónomo a sonido y luz
hipnóticos, consenso gradual de las fuerzas que pocas veces
me aterraban en mitad del alabastro de las noches:
luz, segundos, sonido, milagro, rachas
de pesada lluvia agobiando los grados del asfalto,
en verano frío, prodigio, madrugada sin miedo,
agua a la tierra, agua al agua, al aire expendida
con furiosa ternura, agua de larga espera,
agua originaria en mi creación, ser de agua como soy,
agua liberada en manto oscuro, incontinencia del agua
queriendo pesar sobre mi sueño.


Y ya en la mañana, al despertar en cuna de lluvia acontecida
la noche anterior, buscaba la cinérea claridad
del verano aliviado en la tormenta;
lavada la ciudad de sus miasmas,
era yo perdurando con mi sueño, al fin yo,
tramando un desenlace en trama de calles a refresco
para tanta madrugada inacabable
si la tormenta no iluminaba la longitud de sus augurios
hechos formas ciclópeas en la profusión de los objetos en desorden
que la oscuridad amontonaba con tinieblas.

lunes, 18 de junio de 2012

No te faltaré





Lejos de mis deseos más inmediatos el hacer literatura en esta nueva entrada. De hecho, en los blogs que conduzco con más pena que gloria hay menos literatura de la que los visitantes que decidan asomarse por mis bitácoras personales puedan llegar a imaginar; el verdadero oficio literario, aquél en el que el poeta o el narrador se  siente como a luchar a manos desnudas con un animal esquivo (no siendo éste otro que el poema o el texto a ganarle a la página en blanco), lo ejecuto -bien lo sabes tú- en privado, trabajando en esos proyectos que a mí me parecen más susceptibles de convertirse en la obra de un hombre -una obra buena o mala, pero mía, y de la que sólo muestro una ínfima parte en estos pagos-, ajeno a tendencias y modas también habidas en esta profesión, alejado del todo de extrañas lealtades blogueras, en las que a uno se le reconoce su trabajo únicamente cuando a su vez reconoce el trabajo de otros, estando la calidad de la obra íntimamente ligada, entonces, al ejercicio de peloteo y los trabajos finos de succión que el que escribe esté dispuesto a llevar a cabo.

Así entonces, lo que hoy quiero escribirte poco o nada tiene que ver con las palabras. Acostumbrado a ser un orfebre maltrecho con ellas, a tratarlas, a escupirlas, a pulirlas, a buscarlas en noches de diccionario, a amartillarlas, a dirigirlas, a digerirlas también, sé de su poco valor, de su gratuidad y de su condición más de bagatela que de tesoro a ser descubierto y enriquecer las arcas del alma. El oro está en los actos; mis acciones me definen. Y sin embargo, a este presente ingrato solamente alumbrado por la luz de tu presencia y la de mi hija, necesito usar la herramienta afilada y herrumbrosa de las palabras para trabajar mis acciones y pedir con ellas una oportunidad que constate sus objetivos a alcanzar. Necesito saber que has estado, que estás y que estarás orgullosa de mí; me acucia la urgencia de trabajar mis días por ti, de sudar por tu bienestar, de que tengas la plena conciencia de que siempre me tendrás y que no te faltaré, y de que estas palabras que te digo ahora, cuando se hagan evidencia con tiempo y memoria, te hagan sentir la mujer más y mejor amada de este mundo, si consideramos que el amor es una responsabilidad hermosa.

No es la primera vez que te digo esto -no escrito, no en el blog que inspiras, sino de mi propia boca-, y presumo que no será la última. Creo sinceramente que no eres del todo consciente de la consistencia con que te digo que siempre me tendrás, aun incluso si algún día no estuviésemos juntos, y acaso eso suponga para ti, tal vez, una especie de chantaje, como una responsabilidad abrumadora que a uno le han impuesto sin que lo buscase, porque a menudo damos esperando recibir, y quien recibe, si es una persona honorable, se verá en la obligación de dar si no ha pedido en ningún momento lo que ha recibido. Yo no quiero pedirte nada a cambio, en caso de que ya no estemos juntos y necesites cualquier cosa de mí. Pero, lo sé: es difícil sostener en el tiempo esta afirmación. Entretanto, y si el tiempo tiene a desgracia demostrarte que lo que dije en su día, lo que te digo ahora, no eran meras palabras -a desgracia, porque eso significaría que nuestra historia habría perecido-, quiero repetírtelo una vez más: aunque no estemos juntos, aun a pesar de los desplantes que pudiésemos cometer el uno con el otro en el trance de la ruptura, aunque el orgullo no te permitiera pedir ayuda, aunque la soberbia te apretase grilletes en las lindes del corazón, sabes que puedes contar conmigo, a cualquier hora del día y de la noche, tanto si otro ocupara mi destino en tu vida o si estuvieses sola o si fuera yo quien hubiese rehecho su vida, para cualquier cosa, por vergonzosa o desleal que pueda llegar a parecerte, aunque sintieses que es despropósito hacia mí el pedirme ayuda en esas condiciones, o injusto, o incoherente. Yo buscaría los recursos, mentiría si es necesario, para acudir en tu ayuda. No te faltaré. No moriría mi memoria hacia ti, y una parte de mí siempre consultaría el teléfono móvil con la esperanza de una señal tuya, un S.O.S. aunque fuese disfrazado de otras intenciones, aunque tu amor o el mío ya no tuvieran vigencia en ese presente que me aterra imaginar, aunque tú, como siempre me has dicho, no des importancia a la memoria, ese lastre, esa cárcel a veces.

 Si eso ocurriese, recuerda solamente que yo soy Argos.

martes, 12 de junio de 2012

Borrador (del poemario "Ejercicios con lo oscuro")




Es mi vida un borrador,
la tachadura de un sistema desvelado.


Si digo amor o luz a raudales
obtengo la clausura que se acusa
en mis palabras, mis frases
de dudosa convicción.


El eco de mis contradicciones
me apesadumbra a ratos, me silencia
al cabo de un eclipse lírico
que tiene frío y surrealismo.


Digo sueño y extraigo insomnio,
estrellas en desorden.
Dicen mis errores, de mí mismo,
que vivo al fondo de absurdas correcciones.

lunes, 11 de junio de 2012

Gracias

video



Dicen que sólo el dolor es real. Y quizá sea cierto, pero con matices a añadir: sólo el dolor es real... mientras se padece. Cuando el dolor ya ha desaparecido, resulta muy difícil evocarlo de manera fidedigna, en todo su lacerante esplendor y con todo su vigor. Aunque haya ciertos tipos de dolor que nunca se olvidan, a mí, por lo menos, me resulta difícil evocar con todo lujo de detalles, en propia piel, cómo eran exactamente esos latigazos y calambres de un nervio enloquecido agitándose bajo el esmalte cariado de una muela en mal estado, por ejemplo, o cómo la fiebre me abrazaba en sus ensueños de alta temperatura para doblarme ante una vigilia de sudor que en realidad no lo era, sino un duermevela erigido a partes iguales por microsueños y desvelos... Prueba de ello es que uno nunca sabe con certeza cuánto dolor ha padecido hasta que no ha conseguido salir del trance; entonces, y contradictoriamente, ya a salvo, uno se da cuenta de todo lo que ha sufrido pero no logra restaurar en su recuerdo, con la exactitud que debiera, toda la intensidad de ese sufrimiento. 

De igual modo, yo no supe lo solo que estaba hasta que no me encontraste. Sé que pesaba mi tránsito sobre el mundo, que caminaba sin rumbo por la ciudad por el simple placer de autoimponerme una desfasada penitencia y contemplar la vida y la felicidad de los otros, a veces acodado en una barra cualquiera, abrigado al escondite de un par de cervezas y un periódico abierto ante mis narices desde el que espiaba los actos del resto de la gente, para verter luego la opinión que de ello sacaba en las redes sociales y encontrar en ellas algunas buenas voluntades y un sinfín de enemigos más bien mediocres. Sé que mi paso era inercia inútil, potencia sin control, cercado pensamiento. Ahora ya no consigo recordar, antes de ti, cómo llenaba tantas horas vacías, ni cómo influían mi sentir y mis actos en las vidas de los demás. 

Ha pasado poco más de un año desde que me buscases para acompañarme en uno de esos exilios personales que, a veces, tengo la necesidad de imponerme para encontrar el norte, o mejor aún, para desnortarme, para imantar la brújula y cambiar así destinos preestablecidos. Y no ha sido un año fácil, ni en nuestra vida en común, ni tampoco en la que cada uno de nosotros dos lidia respectivamente. Ha hecho falta  amoldarse al otro, pulir caracteres, encontrar zonas comunes en las que los dos nos moviésemos con la misma comodidad... Pero aquí estamos. Me educaron siempre para dar las gracias, pero no es fácil cuando no se trata simplemente de un mero acto de cortesía: dar las gracias de verdad, sintiendo que las palabras quedan parcas y como demasiado usadas, se me antoja una tarea titánica. Ya no sé qué homenajes rendirte para pedirte que nunca me faltes. Ahí está EL RECONOCIMIENTO DE ARGOS, por ejemplo, nuevo blog parido a inspiración únicamente de tu persona, o el proyecto del poemario Algo sagrado, que cada vez toma más forma y van acumulándose versos que han de tratarse con gracia, fuerza y tiempo, a expensas de adoptar su cuerpo definitivo. 

Hoy estoy vacío de literatura, aunque esta entrada no pretenda serlo. No sé dar las gracias como debiera. Lo que tengo que decirte, está en mis proyectos literarios: que pregunten a ellos por ti y por el amor más grande que jamás nadie me ha dado.