"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















martes, 31 de enero de 2012

Los infieles


En aquel tiempo, buscaba atardeceres, los arrabales y la desdicha; ahora, las mañanas, el centro y la serenidad.


JORGE LUIS BORGES


Ha tiempo ya que no nos veíamos, que no se daba un encuentro entre nosotros, que a mí, tras la mala noche y el cansancio y los constantes cambios de postura y la madrugada de costado rumiando aprensiones y pensamientos rayanos en la obsesión, lúcidos en su gestación pero poco o nada efectivos en cuanto a practicidad se refiere para solucionar problemas de orden mundano y limar preocupaciones innecesarias –quizá sean los artistas y los sabios quienes explican el mundo, mas no los que saben vivir en él-, no se me concedía la accesible y humilde recompensa de toparme con la luz de tu presencia retirando de a poco las sombras residuales que, todavía a esa hora imprecisa en que ya es de día pero aún es de noche, se resisten a abandonar su morada clandestina de esquinas y recovecos para la telaraña, recodos tras el mobiliario donde aguardan pacientes y escuchan la respiración pausada, profunda y unánime de los habitantes de la casa que todavía duermen. Tiempo ha que no hallaba en tu presencia una ventana de persiana alzada, abierta a la sencilla esperanza de lograr una serenidad relativa contemplando cómo el mundo acciona sus goznes, cumple sus deberes, habilita su cotidianidad, gana su pan expuesto al frío intenso y la luminosidad cegadora de las mañanas de Madrid.

No hace mucho, esos encuentros nuestros y ese primer momento de la jornada explicaban mejor mi propia identidad que, ahora, mi cartilla de parado. Nos veíamos desde muy temprano, y yo agradecía íntimamente que se me otorgase el denostado privilegio de poder observar el decurso de tu ascensión, de toparme, casi de repente y en cualquier carretera perdida de la mano de Dios, por ejemplo (porque sabes que me gustaba conducir durante distancias asombrosas, siendo aún noche cerrada, paralelo a estepas y pantanos, para ir a tu encuentro), con una suerte de océano invertido y de colores fabulosos extendido sobre mi cabeza, de conducir muchos kilómetros enfrentado a un horizonte que era como la raya de luz bajo la puerta de una habitación a oscuras, e incluso de ponerme a escribir al abrigo de tu milagro ignorado por casi todos. También solía levantarme a esa hora que los demás consideran fastidiosa e indecente para ese propósito –sobre todo, si es fin de semana o día festivo-, aún resacoso de la noche insomne y boca arriba o de costado, con frío y sueño y como padeciendo una viscosidad en la piel de estar viviendo una vida que no quería llevar, y abandonaba el agobiante lecho marital para sentirme culpable e infiel satisfaciéndome con el acto de salir de casa y pasear muy de mañana por el campo para encontrarme contigo, sintiendo menos escarcha en los sembrados abiertos a la intemperie de febrero el loco que entre las sábanas de mi propia cama. Era mi momento, nuestro momento, el momento en que nos veíamos, en que yo hallaba en ti una tregua y, aun sobre todo, un desenlace para todas esas noches que ya en la infancia resultaron irregulares e inconfortables; y era un placer no estipulado prepararme un café a solas contigo y encender el primer cigarrillo del día, que prestásemos oídos al silencio, a los rumores y chasquidos y la respiración que tienen todos los hogares, tanto como cuando vivía en casa de mis padres como, varios años después, en mi propia casa, tal vez construyendo un verso de cabeza, gestando una idea para un relato o un proyecto de novela, ordenando y priorizando, a la primeriza luz de ensueño de tu presencia, mis problemas con una efectividad de pensamiento que no podía lograr durante la noche cerrada, viscosa y aprensiva, e incluso planeando ya, secretamente, en sorda conspiración, un cambio radical de vida, un abandono de las costumbres conyugales, del amor que se dice como tal pero es en realidad prisión.

Ha tiempo ya, entonces, que no nos encontrábamos. Durante este periodo te vi otras veces, de lejos, durante el día ya avanzado, altiva y distante, no ya solamente mía, sino compartida con otros, y tu luz y tu calor me llegaban ya sin fuerza, haciéndome sentir que habíamos perdido algo sagrado, que algo en nuestra relación había cambiado. Así es como decidí regresar al peligroso y desordenado hábito de vivir de nuevo de noche, y me di la vuelta en la cama y me abracé a la luz y el calor de otro cuerpo, con los ojos abiertos en la oscuridad, oyendo dormir a aquella que ahora me acompaña en la cama y la vida, y me sorprendió la mañana desvelado otra vez, paciendo los restos de la madrugada y esa presencia tuya que me reclamaba de nuevo, después de tanto tiempo. Pero yo ya no sabía celebrar cada día tu aparición, ni ser infiel como en otra época, ignorando esa voz somnolienta que se despereza ahora cada mediodía a mi lado y me dice y me ruega: “No te vayas, por favor… No quiero que te vayas, quédate aquí, durmiendo conmigo…”, incapaz de abandonarla en el lecho para ir a un temprano y renovado encuentro contigo. Aun así –no se lo digas a nadie, por favor, no me delates-, yo aún todavía te quiero. Siempre te querré. Que otros se queden con la luna: ella refulge solamente porque recibe tu luz, y además todo el mundo sabe que ella es un satélite y tú eres una estrella. Mas sólo yo sé que el sol es una hembra con nombre de varón.

viernes, 27 de enero de 2012

Poemas de préstamo 3: "Fragmentos de una alabanza inconclusa", de Eduardo Chirinos (Lima, 1.960)



Debe haber un poema que hable de ti,
un poema que habite algún espacio donde pueda hablarte sin cerrar los ojos,
sin llegar necesariamente a la tristeza.


Debe haber un poema que hable de ti y de mí.
Un poema intenso, como el mar,
azul y reposado en las mañanas, oscuro y erizado por las noches,
irrespetuoso en el orden de las cosas, como el mar
que cobija a los peces y cobija también a las estrellas.
Deseo para ti el sencillo equilibrio del mar, su profundidad y su silencio,
su inmensidad y su belleza.


Para ti un poema transparente, sin palabras difíciles que no puedas entender,
un poema silencioso que recuerdes sin esfuerzo
y sea tierno y frágil como la flor que no me atreví a enredar alguna vez
en tu cabello.
Pero qué difícil es la flor si apenas la separamos del tallo dura apenas unas
horas,
qué difícil es el mar si apenas le tocamos se marcha lentamente y vuelve
al rato con inesperada furia.
No, no quiero eso para ti.
Quiero un poema que golpee tu almohada en horas de la noche,
un poema donde pueda hallarte dormida, sin memoria,
sin pasado posible que te altere.


Desde que te conozco voy en busca de ese poema.
Ya es de noche. Los relojes se detienen cansados en su marcha,
la música se suspende en un hilo donde cuelga trístemente tu recuerdo.
Ahora pienso en ti y pienso
que después de todo conocerte no ha sido tan difícil como escribir este poema.

martes, 24 de enero de 2012

Sobremesa (del poemario "Desdén de las cunetas")



Se aposenta en el mantel una luz tardía
como una mosca afanada en una calma deshora,
quemaduras de cigarrillos, los restos del festín
entre los que se apuran con idéntica fruición
el café y las conversaciones,
el licor turbulento que otorga hogar y hoguera
a tu garganta sin opinión entre opiniones,
las volutas densas de humo
que no apartarás con la mano
por lograr una niebla que te reserve de los otros.


A falta de un biombo, mejor
guardar silencio.
                             Hay palabras
de alcohol y nicotina
que es preferible amartillar con prudencia
o servir con mucho hielo, hilvanándolas distante
para que nadie averigüe tu tristeza
por detrás de los huecos
de la máscara.
                          Sabrás hacerlo.

viernes, 20 de enero de 2012

Prosas desdeñables: "Noche de Cabanes"



Hay una presencia astuta en los humedales, en la noche azul de los humedales, una presencia sigilosa como un subterfugio que se esconde al paso y vigila tan de cerca mis más nocturnos movimientos. Es un perseguidor, pero no lo es, sino sólo un estar como comprenden las leyes de lo inerte o la condenatoria posición y postura del vigía; es la caricia eléctrica que imprime la luna llena a la marisma, una serpiente que cruza la cañada de la madrugada y conoce mi nombre y mis errores mejor que yo mismo; es el mar llamándome de lejos, la eterna voz de su resurrección que se marcha y que regresa a mi oído ensimismado, a mi encogido corazón pasto del miedo de altas hierbas, a mi ceguera abyecta bajo la constelación que reina el cielo de Cabanes.

Parque natural Cabanes, 2001

miércoles, 18 de enero de 2012

Fragmento de la introducción al relato "De lo trascendente de la muerte de un perro". Pequeño homenaje

Hace ya un lustro que me dejó -nos dejó, a mi familia y a mí- Chulo, el perro de mi altura, mi hermano. El año pasado olvidé el aniversario de su muerte, despiste que me propuse no cometer este año y del que escribí la correspondiente entrada en su día. Poco más hay que decir al respecto: los seres vivos mueren y la vida no se detiene ante nadie; lo que tenía que escribir sobre él ya está hecho, o no, porque el mes siguiente a su fallecimiento me propuse escribir un relato titulado De lo trascendente de la muerte de un perro que me fue imposible acabar entonces por razones obvias y que, aun a día de hoy, continúa incompleto. Espero poder darle a esa narración el cierre que merece y finalizarla, en homenaje a él. Entretanto, publico ahora gran parte de la introducción que escribí para explicar las razones que me condujeron a escribir sobre un animal. Espero de corazón que sea del agrado de los lectores de A DESHORAS.



Tantas cosas que han de marcharse así, como lo hizo él, con el silencio burdo y acaso sospechado de lo que ha de perecer algún día, porque todo lo que existe ha de extinguirse irremediablemente, todo lo que vive habrá de morir tarde o temprano, y la única ley verdadera que se sostiene como tal en la constante resignación de esta vida es, precisamente, la culminación de dicha existencia. Tantos momentos venidos a una ingrata concavidad en el tiempo y la distancia que distan entre nuestro presente inmediato y la época en que esos momentos ocurrieron; tantos amigos que han ido quedando atrás, puesto que, como dijo aquél, la vida tira de un brazo mientras que la amistad tira del otro; tantos rostros detenidos en el espacio neutro e inmediatamente pretérito de una fotografía; tantos muertos de todo tipo, muertos en vida y muertos que aún viven porque los insufla el ejercicio constante de la memoria de los vivos, que los recuerdan y los sostienen en la forma más cercana a la inmortalidad que yo sepa imaginar... Ahora, mientras escribo este principio para relato (si es que estas páginas son eso, un relato y no la mera crónica de un triste, de un bucólico, de un asiduo a ciertas nostalgias), me doy cuenta de que siempre o casi siempre he escrito por desposesión, por pérdida irrevocable y consecuente regresión a lo que tuve, a lo que me fue dado o fui en alguna latitud ya muy remota, a lo que tal vez me perteneció de manera legítima en ciertas coordenadas ya irrecuperables.

Quizá por eso, porque hoy me late la sospecha de que mi escritura, la mayoría de las veces, no es más que un acto fehaciente de recuperación, un intento de perduración de lo que un día dejó de ser perdurable, de permanencia en suma, voy a permitirme el lujo -tal vez la condena- de no inventar personajes para esta historia, a todas luces, autobiográfica: todo lo que ocurra y se diga en ella me habrá sucedido en verdad (o casi, porque es cierto que hay ocasiones en que algunos recuerdos se vuelven apócrifos, y entonces uno no sabe distinguir muy bien entre los recuerdos intocados y los recuerdos que, a fuerza de visitarlos con cierta asiduidad, se han modificado con tanto tesón que llega un momento en que no se sabe si verdaderamente han ocurrido), siendo así que no utilizaré narradores ni interlocutores que hablen por mí, ni mi voz se disfrazará de ellos. Le debo a Chulo esta ingente desnudez, el perro de mi altura, que murió hace apenas un mes cerrando una etapa clave de mi vida y abriendo otra, llevándose con él (o legándome, sin saberlo) algo muchísimo más trascendente de lo que cabría suponer erróneamente de la muerte de un perro, de una mascota. Porque Chulo era ambas cosas, de acuerdo, pero también mi hermano. Y punto. Y a quien no sea capaz de entender -los lectores que tengan o hayan tenido perro me entenderán, o en su defecto los que tengan cualquier otro animal; me queda ese consuelo- vínculos tan sumamente estrechos entre un hombre y su perro, entre el Hombre, en definitiva, y sus demás hermanos animales en la Tierra, yo lo conmino a que lea con urgencia la Asnografía tan acertadamente escrita por don Juan Ramón Jiménez en su hermosísimo libro Platero y yo, y lo invito sin amabilidad a que salga de estas páginas, porque es muy probable que no comprenda nada o que me tache de loco o de tonto.

Espero, entonces, quede claro que esta narración es para Chulo, para no arriesgarme a olvidarlo, para que viva por siempre en mí y en mis palabras, que son la única pertenencia tangible que ya puedo darle en este trance no del todo domeñable de la pérdida, de la fugacidad del tiempo y sus inevitables consecuencias.

Se me permitirá, por razones obvias, que no entre en detalles de cómo fue el fallecimiento de mi perro. Sólo incluiré algunos datos fatuos, tales como que tuvo una buena vida plena de cuidados y cariño (quién sabe, tal vez de encontrarse Chulo con vida no opinaría del mismo modo; pero es que los vivos, a menudo, tendemos a conceder a los muertos cualidades y valores concretos que quizá en vida nunca sintieron como suyos, imponiéndoles sin darnos cuenta, en la indefensión de su inexistencia, parte de nuestra propia personalidad) y una vejez espléndida, casi sin ningún tipo de achaque -duró cerca de quince años, que serían unos ciento cinco para un perro-, y que el pasado dieciocho de enero de 2007, durante la tarde, tras comprobar que el animal no podía prolongar más su existencia y se encontraba en estado agónico, parte de mi familia y yo nos reunimos en la clínica veterinaria para que al fin lo liberaran, le otorgasen paz mediante una fuerte sedación y la consiguiente práctica de la eutanasia, que por cierto la ley, en la mayoría de países del mundo, no permite en seres humanos y sí en animales, lo que demuestra una vez más que el hombre es incurablemente propenso a desear para los demás lo que no desea para sí mismo. En cualquier caso, a mi familia y a mí la práctica de la eutanasia, incluso en humanos, nunca nos ha parecido peor destino que morir asediado por la impotencia y el dolor, y preferimos que fuese de ese modo, preferimos dar a nuestro amigo una muerte digna y conciliadora, en la medida de lo posible, para no prolongar más el ahogo acuciante de su sufrimiento.

No está siendo éste un invierno especialmente duro; y sin embargo, esa tarde la recordaré siempre como una de las más frías de mi vida, plomiza y lejana como si distasen muchísimos años desde lo acontecido, pese a que sólo ha transcurrido un mes desde entonces. (No puedo o debo negar que esta sensación de disociación con la coherencia del tiempo me posiciona un poco más cerca del olvido, que es la muerte verdadera, causándome una tristeza injusta por resignada; tanto más como recordar el escenario antiséptico donde murió Chulo, la mesa metálica del quirófano que sugería un frío absoluto en contraste con el calor insoportable que hacía en aquel lugar.) Se fue como no podía irse de otra forma, acorde con su personalidad honorable y combativa: luchando, tratando de zafarse, negándose a la muerte y, a un mismo tiempo, recibiéndola de a poco con una última acometida. Tras contemplar, adorar y llorar largo rato su cadáver, mi familia y yo salimos a la calle Santa Fe enrarecidos por el duelo, sumidos en ese silencio legamoso que sigue siempre a la muerte de un ser querido, tiempo neutro de reflexión donde cada uno, de una manera íntima e individual, rinde para adentro de sí mismo su particular homenaje al desaparecido y lo llora con un llanto cansado, ya sin lágrimas, un llanto interior, si lo prefieren, que nadie más que uno mismo puede ver. [...]

martes, 17 de enero de 2012

Missing (del poemario "Ejercicios con lo oscuro")



Te vas, atardeces,
lluviosamente te vas
porque te arrastran, te arrebatan
de la inmediatez
para involucrarte en no sé qué olvido,
y en tu lugar dejan
un proceso de pudrición,
una ausencia por siempre,
una creencia que no es ni mucho menos
certeza -es tan teóloga
la muerte-.


Luego quedará
el translúcido lugar donde tú rieras,
donde tú bebieras acaso la vida
temeroso de lunas nuevas, esa oscuridad
que ahora te pertenece toda
como nos pertenece a nosotros
toda la tristeza, la mísera
transparencia ahora del hueco
que llenabas, la felicidad que llenabas,
aquí, entre los vivos.


Adiós, desaparecido.
Te recordaremos en las noches
más largas, aquéllas que devuelven
mediante una imagen, mediante una fragancia
sobre todo, un rostro
desprendido por tantas latitudes
tan estrechas como el mohoso lecho
donde ahora descansas.


Adiós, desaparecido.
Permanece aquí todo lo bueno que fuiste,
pues mejor que tú nadie sabe
que la muerte dignifica
egoístamente.

lunes, 16 de enero de 2012

Prosas desdeñables: "En suspenso"


Mi vida en suspenso, asida con frágiles dedos de humo a la circunstancia inane del aburrimiento, a su trapecio detenido en el derroche. Derroche: el tiempo escapista, no llenado de nada aunque nada es su nombre verdadero. Mi vida en bostezo, mi vida lejos de mi vida. La mía, mi vida, frente a la vida de los demás, vestida de desleal competencia en esta época en que una mirada devuelve una absurda rivalidad, mi vida quieta frente a la tormenta de sus acciones, la discordancia de sus movimientos.

Espero un gesto al menos que trunque esta pausa filosa y procure el emplazamiento, fuera por fin de este deceso temporal de los deseos.

No hay color. No hay canción. Ni mis manos trabajan ni especulan mis planes, dormidos un momento en el antelatido a cometerlos.

Y, entretanto, me aburro de estar aburrido.

martes, 10 de enero de 2012

Poemas de préstamo 2: "Casida del nombre sin aire", de Vicente Quirarte (México D.F., 1954)



Cuando digo tu nombre pierdo el aire.
En mi breve naufragio
resplandece el desierto de tu infancia,
puñales que los beduinos
oponen al viento negro
que subvierte los cielos, mar aciago.
Esófago, esternón, costilla izquierda
donde tu madre invoca
una antigua canción para nombrarte.
Antes de ser con Dios,
tu padre hunde las manos en el agua
y el sol te otorga el oro
del compás que trazó tu simetría.
Cuando digo tu nombre pierdo el aire.
Una vez que regresa,
la boca me sabe a fresas de tu sangre.
En mis labios se troza un pájaro de vidrio.

viernes, 6 de enero de 2012

Poemas de préstamo 1: "Yo", de Rafael Espejo (Palma del Río, Córdoba, 1975)



A Horacio Oliveira


Porque asumo una voz que me envilece,
que convierte mi nombre en eco ajeno;
o intuye que el olvido nunca apaga
las colillas que arrojo
-huellas de humo que a nadie
orientan ni confunden-
por unas coordenadas reducidas
de un planeta que vaga
por yo no sé qué lapso de no sé qué universo;


porque me tiembla grávida la sangre
de lo que nunca fui,
o incluso -y qué miseria-
de aquello que ya he sido y que me temo
no sabré destilarme:
ciudades cuyas lenguas de alquitrán
se adhieren a mis botas,
los círculos de pez en la pecera,
la mística del gato,
aromas que después se desconocen,
los rumores que tensan, que destensan
los nervios del silencio:
unas flores cansadas,
la música y su sombra;
o una sonrisa triste
y ácidas reflexiones de diseño,
esa silla vacía que no veo
con los ojos, los charcos de la cama,
las úlceras del libro, aquel espejo
donde me descubrí;


porque la luna autista, porque el viento
que no sopla esta noche,
porque ni tan siquiera es el otoño
con su luz enfermiza en esta pausa
de mí, porque me extraño;


porque esta soledad en que se crece
la ilusión de los ritmos interiores
se perturba, acompleja,
se desvive
bajo la sombra impenetrable
que vacíe mis ojos para nunca
-como antes, cuando no...-
e ingenua me traicione mi propia compañía;


porque yo, en realidad, no tengo nada
que ver conmigo mismo.

Demasiadas palabras, poca poesía


Hay demasiadas palabras y poca poesía. O mucha, pero insuficiente, que para el caso es lo mismo. Las mesitas de noche, los vagones de metro, los escaparates de las librerías menores, de barrio, están infestados por la novela; resulta cuanto menos curioso que, en estos tiempos vertiginosos que vivimos donde se busca sobre todo la recompensa inmediata, los logros prestos, la rapidez y la practicidad, nos hayamos decantado por un género literario que nos exige un elevado número de páginas que, raramente, baja de las doscientas, cuando los géneros más apropiados a nuestro modo de vida serían, quizá, la poesía y el relato corto. Un volumen de cuentos o un poemario no nos exigen leerlos de principio a fin, ni en ese orden estipulado; en el lapso de tiempo que nos lleva de una estación de tren a otra, de una parada de autobús a la siguiente, podemos devorar un relato o un poema habiendo concluido una obra e inaugurándola otra vez, de nuevo, en otros pequeños ratos que la jornada nos permita.

Por eso en A DESHORAS, a partir de este momento, se van a incluir entradas con poemas de otros autores, preferiblemente desconocidos para el gran público -aunque también cabrán los de siempre-, poetas que, a mi modo de entender la literatura, merecen respeto y reconocimiento. Espero sinceramente que los lectores de este blog disfruten con ellos, y también que, si les gustan, hagan su propia labor recomendándolos a terceros, recomendando, en definitiva, leer más poesía.

domingo, 1 de enero de 2012

El libro de Dalila (10): Del odio




Tendré que justificarme por este nuevo texto, Dalila. Ante qué o quién, no lo sé… ¿Unos lectores imaginarios, quizá? ¿Dios, ese dios, mantenido lúcidamente al margen de religiones y creencias, al que todos hablamos de manera íntima y personal, y que algunos buscamos como forma de consuelo y no de salvación? ¿Yo mismo, tal vez, que siempre fui mi propio juez y mi propio verdugo, mi mejor amigo y, aun sobre todo, mi peor enemigo? Porque este texto es una contradicción, mi niña, una de las muchas que rigen mi vida –la vida de todos, en realidad, a poco que uno deshabilite la falsía de las apariencias y rasque en la superficie de lo que los otros nos muestran- y que, aunque me definen como individuo, fastidian a veces como una china en el zapato y le otorgan a uno un continuo gesto absorto, como de neurótico inofensivo, un constante ceño fruncido cuando se es capaz de percatarse de ellas por sí solo y aun incluso individualizarlas. Es una contradicción porque, siendo como es esta esperanza de libro que te aguarda un libro de amor, habla del odio, ese sentimiento tan subestimado, inherente al ser humano, que desgraciadamente deberás conocer a lo largo de tu vida, en mayor o en menor medida, bien en tu propio pellejo o desde ti dirigido hacia otros. Y de ti dependerá, en el cómputo total de tus días, plantearte con calma, con serenidad, si te valió la pena sentirlo cuando lo proyectaste hacia fuera o si no te hizo más fuerte cuando fue dirigido desde los otros hacia tu persona; cada cual lucha sus batallas a lo largo de la vida, pero al final de éstas es la calidad de la persona la que define y la que diferencia a aquéllos que les dolió más la sangre propia o la ganada al enemigo, o las mismas a un tiempo.


El texto más oscuro que te haya escrito hasta ahora, Dalila, sin lugar a dudas. Tanto lo creo así, que es muy posible que nunca llegue a tus manos o que no se incluya en esta esperanza de libro cuando te sea entregado en el momento que yo considere oportuno. De mí habrás oído las peores cosas, los adjetivos más dañinos me habrán definido, con mayor o menor acierto, delante de ti: que un lobo de sangre me late en el pulso, que nunca he sabido amar, que soy un mal padre, que mi vida es disoluta, extraña y taciturna, que vivo y moriré solo como un perro, que os abandoné a ti y a tu madre… (Es curioso como, a ojos de la sociedad actual en general, la mujer que deja al hombre es una mujer decidida, independiente, segura de sí misma y de su valía, que no tolera fingimientos ni un amor falso que no siente, y al contrario, el hombre que abandona a la mujer por idénticos motivos, se equipara poco menos que a un genocida según en qué corrillos de alcahuetas y desocupados, siendo tratado como un inmaduro temeroso del compromiso, un sinvergüenza canalla y un bala perdida.) Me consta que, si no ahora, al menos en una etapa anterior de tu vida y todavía no muy lejana –ahora ya te estás haciendo mayor y adquiriendo tu propio criterio-, te adoctrinaron en mi contra. Lo sé porque en alguna ocasión, con la espontaneidad embarazosa a veces que rige el mundo de los niños, se te escapó delante de mí alguna misiva de odio dirigida hacia mi persona que otros te dijeron directamente o pronunciaron delante de ti con tanta torpeza, altivos e ignorantes, ingenuos al creer que una niña de tu edad sabría guardar un secreto, más aún si éste se refería a tu propio padre. Creo que con ese tipo de vilezas –ahora los expertos lo denominan Síndrome de Alienación Pariental- no buscaban exactamente que tú me odiases, sino más bien que me ignoraras en una justa medida, y que yo, conminado o influenciado por esa indiferencia tuya, acabase alejándome un poco de ti, no mucho, lo suficiente solamente para que no se me reprochase que no quería encargarme de mi hija, pero también para que no se me reprochara lo que se me reprocha ahora: que quiero pasar demasiado tiempo contigo y que eso te está trastornando, como si pasar tiempo con tu padre, siempre y cuando no sea bajo el mismo techo y en familia y siendo sumiso hasta en los más ínfimos protocolos de la vida conyugal y las buenas costumbres, fuese perjudicial para tu salud.

¿Soy tan destructivo como dicen, Dalila? Debiéramos poder salirnos de nosotros mismos para tener una medida exacta de lo que somos, de lo que mostramos al resto, una imagen fidedigna desde la que tomar perspectiva para poder pincelar y corregir los aspectos mas detestables de nuestra personalidad. No es posible, claro, y tú no responderás a esa pregunta; no a esa edad en que, para un niño, un padre se equipara poco menos que a un superhéroe, así el resto del mundo le asegure que en realidad es un monstruo. Tampoco quiero que respondas, y ni tan siquiera que leas este texto; la sola escritura de esta misiva ya me otorga la misma baja calidad de persona que la de mis detractores, y lo que es peor: a ti te convierte en un arma arrojadiza, un bumerang de sentimientos impuestos que es incapaz de detener el minúsculo torbellino de sus locos giros en tanto que una mano lo lanza y decide su trayectoria. Con lo que no añadiré ni una palabra más, aunque el tema me dé casi para una novela. La herramienta más fiable de un escritor no es el bolígrafo, ni la estilográfica, ni siquiera el teclado, sino la papelera… Y un escritor también lo es por cuando entiende cuál es el momento de dejar de escribir.

Hope there´s someone


Necesitaba hoy, imperiosamente, escuchar esta canción. Uno casi nunca da con las palabras exactas para explicar lo que siente o sintió, y entonces debe encomendar ese trabajo a otros. Magnífica canción.

Poema (aunque no lo parezca)



A veces me siento tan solo,
que me sobra todo el mundo.