"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















miércoles, 19 de diciembre de 2012

One in a million




Hace ya casi un año comencé a escribirte este relato. De algún modo, por aquel entonces tenía sentido para mí el escribirlo. Ya no lo siento así, pero de todas formas he recordado por un momento y he decidido publicarlo, aunque inacabado, porque en ese entonces me gustó su desarrollo.  Quizá sirva para un proyecto futuro, espero que de ficción, o quizá quede relegado a esos legajos que proliferan en los cajones olvidados de un escritor mediocre como yo, pero el caso es que un año después lo he releído y el manuscrito sin acabar no me ha disgustado tanto como yo creí que lo haría. Anexo a este texto, publico también la canción One in a million, de Guns n´Roses, que da título al relato y que hasta hace poco ignoraba que te gustase tanto como a mí. No me olvides, por favor. Te amo.



Desde muy niño, Madrid siempre me pareció más Madrid -por así decirlo- si el contaminado entramado de sus calles, plazas y avenidas se encontraba aderezado por la luz de fugaz ensueño de los adornos navideños. Más reconocible la Plaza Mayor, para alguien como yo -madrileño de nacimiento, alumbrado en la calle O´Donnel y criado durante los largos y sofocantes veranos del centro peninsular en el Barrio de la Concepción y en Carabanchel, pero no por ello menos forastero en la cuadrícula de calles de la capital que cualquier turista que se precie, y así me gusta que sea-, cuando allí se levantan las casetas de Navidad con el género de sus artículos de broma o las figuritas para los belenes proliferando entre el griterío festivo de los vendedores y el bullicio atosigante de la muchedumbre. De igual modo, la Puerta del Sol no atendería para mí a su inmediato reconocimiento (ni siquiera durante la famosa noche de fin de año) si cada vez que transito por ella, ya sea durante las navidades o en cualquier otra época, no me viniese a la mente una escena en blanco y negro, de cruento invierno de hambruna y posguerra, instaurada en mi memoria no porque yo la haya presenciado ni vivido, sino porque me la han relatado tantas veces que mi vívida imaginación la reconstruye casi fidedignamente con la impronta y la garantía rememorativa que otorgan las imágenes, así sean ficticias o no, apócrifas o verídicas: la de mi abuela María, madre de mi padre, vendiendo en un puesto callejero a la intemperie juguetes baratos, de plástico de mala calidad, que, supongo, alguien compraría con prisa, de manera socorrida, tal vez resarciéndose de un olvido o apelando a la escasez de su faltriquera, la misma tarde de la cabalgata de los Reyes Magos. Y no me gusta la Navidad, y más bien la aborrezco por una sensación no definida de añoranza -añoranza de qué, de quién- que no sabría describir como quisiera; pero, lo mismo que tú sostienes que aunque no te guste esta festividad te entristece que retiren, pasadas ya las fechas señaladas, los adornos y las luces de las calles de esta ciudad, yo considero que una vez retirados Madrid parece menos Madrid.

Fue ese evento, la cabalgata de los Reyes Magos, lo que me condujo ese día allí, buscando con serena desesperación (si es que es lícito el oximoron) el mar contenido de tus ojos entre los ojos vacíos de la gente, abriéndome paso casi a empellones, a codazos, con la torpeza y la ansiedad de a quien, como nosotros, una angustia indefinible, de inexplicable procedencia, se le dispara en el centro del pecho cuando se siente engullido por un torrente de cuerpos ajenos. Edgar Allan Poe vislumbró a un ser temible en El hombre de la multitud; asimismo, Charles Bukowski solía desmayarse, desplomándose como un trapo sucio y mojado caído desde lo alto de una encimera de cocina, cuando debía esperar en una cola repleta de personas. Pero yo sabía que, pese a tu rechazo a las aglomeraciones y los síntomas fatales que se desatan en tu corporalidad cuando te ves rodeada por una turba -el infierno son los otros, dijo Sartre-, era casi seguro que esa tarde estarías, una entre un millón, abriéndote camino en la corriente de seres humanos, haciéndote un hueco entre las numerosas cabezas que te permitiese ver el paso de procesión de las carrozas iluminadas, quizá agachándote un instante para recoger alguno de los caramelos que se lanzan desde los vehículos y los remolques decorados y guardártelo en el bolso, confiando en que podría servirte en días venideros para paliar la ansiedad llevándotelo a la boca y entreteniéndote con su sabor cuando tuvieras que meterte en el metro o aguantar estoicamente de pie durante el trayecto del 138; no hace mucho me dijiste que aquel día era uno de los pocos que te gustaba de la Navidad, que se había convertido en una tradición particular acudir cada año, del brazo de tu padre, a la cabalgata del Paseo de Extremadura.

También sabía que ya no estábamos juntos, que yo no había sabido estar a tu altura y tú me habías despedido de tu vida de la misma manera en que llegué a ella: como por casualidad, sigilosamente, dándome tiempo a adaptarme a la situación, a asumir las consecuencias de cada frase dicha y cada gesto dado como una gratitud exenta de palabras. Solamente que yo no conseguía acostumbrarme a tu ausencia, y por eso me acerqué a la cabalgata aquella tarde, y te busqué entre la multitud, y cuando al fin te encontré no me atreví a acercarme a ti y decirte lo que ahora te escribo, a pesar de que inexplicablemente no ibas del brazo de tu padre, sino sola, etérea entre el gentío con tu delgadez casi infantil, con tu mirada ojizarca prendida de ningún punto en concreto, esos ojos azules tuyos que hacen blanco en el vacío cuando caminas sin rumbo aparente. Me gustó comprobar entonces que no te habías abandonado tras nuestra ruptura, que estabas cuidándote y aún cabía en ti un poco de saludable vanidad: pude advertir que te habías cortado y teñido el pelo, a media melena y con una tonalidad de castaño a medio camino entre el chocolate y la caoba; sobre tus párpados superiores se vestía tu mirada con una sombra de ojos violácea, con purpurina, que aderezaba la luz -celeste a veces, y otras cobalto- que proyectan tus iris; en tus labios -gruesos, largos, que yo me moría por asaltar y besar sin previo aviso- lucía un brillo apaciguador, como un destello de luna reflejada en el piélago nocturno de un océano, que amortiguaba el gesto duro que suele darse en tu boca; tu talle estaba embutido en un vestido de lana o en un jersey tan largo que llegaba hasta la altura de tus muslos, de color negro, y tus piernas se cubrían con unos leggin del mismo color, que contrariamente a creer que te harían más delgada, ensalzaban tu figura. No pude reparar en tu calzado; cuando quise hacerlo, un grupo de personas te tapó y te perdí de vista durante algunos segundos que se me antojaron eternos, y ya luego te apareciste de nuevo y creí advertir que me mirabas durante un brevísimo instante, y ya no me importó lo que calzaran aquellos pies que besé tantas veces. Pero tú no me habías mirado: eso es lo que yo quise creer desde mi condición patética de hombre abandonado. No mirabas nada, en realidad, y de todas formas yo sabía que tus ojos no me buscarían ahora entre los ojos vacíos de la gente, que ya descreías de la sonrisa que, alguna vez, cuando todavía me amabas, esgrimía según tú con los ojos y no con la boca. Y casi prefería que fuera así: me gustaba mirarte sin que tú lo supieses, verte sin que tú me vieras a mí, descifrar el gesto que ni tú misma sabes que ejecutas cuando lo ejecutas, a solas, cuando tal vez prefieres ignorar tu propio reflejo en los escaparates de las tiendas o en las vidrieras de las marquesinas de las paradas de autobús o en las ventanillas de los vagones de metro, porque nunca fuiste una mujer excesivamente presumida. [...]







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