"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















miércoles, 19 de diciembre de 2012

Cien metros





Apenas nunca fue necesario que me reprendieras, ni mucho menos aún que me gritases y reforzaras algunos de tus posibles castigos con una bofetada; no eres de los que cree que la letra con sangre entra, y únicamente bastaba con que clavases tu mirada en la mía, tornándola férrea, inconmovible, hecha de esa sólida y metálica frialdad que es más inusual y es más difícil de conseguir si, como tú, no se tienen los ojos claros, azules o grises. Así es como me hacías saber tu censura y tu reprobación por algo malo que yo hubiera hecho. Temía esa mirada y la inflexión de tu voz serena pero firme, tal vez por ser las únicas muestras que me llegaban de tu desacuerdo –perro que no ladra es mordedor-, y en secreto envidiaba no poseer idénticas dotes de mando y un método que, aunque sutil y tácito, era tan efectivo, para yo mismo hacerme ganar el respeto de los matones del colegio. Porque nunca logré, durante mi infancia y gran parte de mi adolescencia, entrever en ti ninguna debilidad; y yo, tan surtido de ellas, me sentía siempre vivir cien metros por detrás de ti, y me veía incapacitado para llegar a ser algún día la persona que tú esperabas que fuera.

Mis vaticinios se cumplieron –me empeñé en que se cumpliesen-, y seguramente también los tuyos. Sé que no lo dices, que ni aunque te torturaran reconocerías en voz alta que yo no he llegado a ser ese hijo que tú esperabas de mí, porque no hay sentimiento peor –sé de lo que hablo: también yo soy padre ahora- que el de un progenitor que alguna vez haya imaginado siquiera  el sentirse avergonzado de sus vástagos,  pero tus ojos –Dios mío, no sé de qué color son tus ojos; sé que no son claros, pero no podría aquí concretar un color exacto- a veces me atraviesan a través de la montura de las gafas y me miran con esa especie de confusión escéptica de quien contempla algo en lo que no cree. Me rebelé (absurda, estúpidamente) contra tu sutil figura de autoridad. No estudié como tú querías que hiciera –tantos veranos que me colocaste frente a los libros para que pasase los exámenes de septiembre, durante las eternas sobremesas de las vacaciones estivales, de camping o en apartamentos u hoteles frente al mar, mientras oía gritar de júbilo a mis efímeros amigos vacacionales en la playa o la piscina y tú sacrificabas tus siestas por ayudarme con las matemáticas- y me autoafirmé en mi temeridad por no convertirme en una persona igual que tú. La mayor y más fehaciente prueba de ello fue la pasión que desperté por las letras en la primera adolescencia, algo que tú no lograbas entender, porque siempre fuiste de números y preferías las asignaturas que guardasen una lógica demostrable e irrebatible: dos más dos son cuatro y puede probarse, pero ni siquiera un académico de la lengua podría haberte dado un argumento que fuese convincente para ti de por qué ciertas palabras llevan tilde y otras no; acatabas las normas ortográficas, pero no entendías su imposición.

De números o de letras, qué más da: peores y mayores distancias se han salvado o abolido entre padres e hijos, incluidas las ideológicas. Pero supone una prueba más de esta falaz intuición que me gana el ánimo cada vez que discuto contigo de cualquier cosa –política, modos de actuación frente a los contratiempos cotidianos, ideas de cómo desenvolverse en la vida-, y viene a mostrarme que tú y yo jamás llegaremos a entendernos. Y, por otra parte, eso qué importa, que nos entendamos o no: ambos somos individuos con una personalidad propia, muy demarcada; defendemos como leones nuestras respectivas verdades, y eso está bien, muy bien, siempre que no se pierda el respeto por el otro, esa palabra que tantos confunden con el miedo, yo mismo cuando sentía en mí esa mirada tuya de desaprobación. Al fin y al cabo, y aunque censures mi pasional forma de exponer mis argumentos, no fue otro sino tú quien me enseñó a luchar por lo que creo y a saber que uno no tiene derecho a llorar si antes no ha batallado.

No soy de los que piensa que la vejez quita cualidades a quien va acumulando cada vez más años; a lo sumo, sustituye unas dotes por otras, y quizá lo más detestable de hacerse viejo sea que se adquiere la experiencia que ya casi no es necesario aplicar a la vida. Con el paso del tiempo he logrado, al fin, entrever esas debilidades que no conseguía vislumbrar en ti cuando yo era pequeño. No lo celebro, de ninguna manera, pero eso te ha hecho más humano a mis ojos, porque siempre dabas la imagen de tener bajo un control absoluto cada uno de tus sentimientos, y yo siempre desconfié de esos individuos que piden calma cuando el barco se hunde y ya todo el mundo anda histérico. Ahora, por ejemplo, ya estás capacitado para decir “te quiero”, algo que nunca te oí decirme de tu propia voz en otros tiempos, excepto si era por escrito, en alguna tarjeta de cumpleaños. Y el otro día, después de una de nuestras últimas discusiones, te vi llorar. Sólo te he visto llorar tres veces en mi vida: la primera fue tras una fuerte discusión que tuviste con la que entonces era tu mujer, mi madre; la segunda, cuando os separasteis; la tercera, hace unas semanas, después de que mi desesperación por la situación en la que vivo desde hace unos años te reprochase ciertas carencias que tuve contigo, el reconocimiento de una palmada en la espalda de vez en cuando y el tomarme una cerveza contigo en la barra de cualquier bar, amigos contándose la vida, hombre frente a hombre. Te marchaste del piso con los ojos acuosos y un hilillo de voz, apenas audible, a modo de despedida; y algo más tarde, cuando llamé a tu casa para comprobar si habías llegado bien, te derrumbaste y me pediste perdón con un llanto desmesurado, más propio de un niño que de un hombre de tu edad. Para alguien como yo, que nunca se avergonzó de llorar si era necesario llorar, supuso un mazazo el comprender lo duro que debió ser para ti romper en llanto, pedirme perdón (aun cuando no tenías necesidad de hacerlo) y decirme que me querías. Sé que me quieres, no lo he dudado ni un instante a lo largo de esta vida absurda; tu forma de querer fue otra mucho más efectiva que la de las palabras dulcificadas: sacándome de atolladeros, no diciéndome lo que a mí me convenía escuchar, defendiéndome ante otros cuando tú mismo, quizá, dudabas de mi inocencia y aun de mi sinceridad, y mostrándome siempre ese tipo de lealtad inamovible que a veces sólo consiguen mostrarnos los enemigos más acérrimos.

No pienses que el haberte visto de aquella manera me ha hecho entrever en ti a una persona más débil. Muy al contrario, pienso que ahora eres más grande que nunca. Y yo, pequeño siempre ante tu imagen, aunque ya hombre y por más zancadas que dé para alcanzarte, como el niño que camina más aprisa por la calle para andar a la par que su padre, siempre sabré que voy a cien metros por detrás de ti.