"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















miércoles, 24 de octubre de 2012

Me arrancarán, te arrancarán





Me arrancarán de ti, te apartarán de un tirón de mi abrazo más hondo, nos amputarán a los dos, nos marcarán a hierro candente el estigma en el alma que es preludio de una vida plagada de fracasos, porque nos dividirán y de esa división han de surgir tu inseguridad y la mía: la tuya, porque un niño debe alimentarse de la protección y el respectivo aprendizaje vital que cada uno de los cónyuges, padre y madre, le aporte como legado único; la mía, porque mi vida ya no será tal, sino el absurdo y la vergüenza, el escarnio por no poder haberte defendido, porque el enemigo contra el que lucho solo es una gigantesca máquina de guerra armada de leyes inamovibles, pétreas, cerriles, leyes inconmovibles que no contemplan al menor y convierten en criminales a todos los varones, que no dudan en abolir la presunción de inocencia cuando conviene, que pisan corazones y cosifican al hombre, convirtiéndolo en poco más que en una cuenta bancaria y un receptáculo de semen. Pero no acabará ahí la pesadilla, porque una vez escindidos el uno del otro, te adoctrinarán en mi contra, te avasallarán con informaciones falsas, te inyectarán el suero del descrédito hacia tu padre, escupirán mi nombre virulento para que ya en el suelo, insustancial y pisoteado, veas la escoria que soy. Me olvidarás, seguro, porque no creo en las hermandades de la sangre, sino del acercamiento, y la familia es algo completamente sobrevalorado cuando, como en cada cosa ejercida en la vida, no se trabaja, cuando no se fortalecen los vínculos a diario, con un binomio de cariño y educación, y esa persona que ahora es tu padre, esa figura protectora para ti (aunque yo ya no sea un hombre, sino un pelele), acabará por convertirse en un simple visitador y, en última instancia, un desconocido. Me olvidarás, Dalila, y yo, armado solamente con la desventaja y la impotencia, me iré muy lejos, de la mano de un viaje sin vuelta, allí donde el olvido es igual para todos.
Ya ha comenzado la acción degenerativa, el proceso por el que tú has de convertirte en arma arrojadiza y moneda de cambio. Y a mí no se me permite defenderte de la suma injusticia de que te arranquen de esa figura que para ti, por ahora, en presente, es sagrada. Contemplo tu sonrisa cuando me abrazas y me pregunto cuánto queda para que la borren de tu cara y, en su lugar, dibujen una mueca de payaso triste, un trazo grotesco y chillón en el lugar donde tenías la boca. Para defenderte tendría que saltarme las leyes, convertirme en estadística en las páginas de prensa y en los informativos de la televisión, manchar mi reputación y la de tantos hombres buenos, justos, respetuosos, igualitarios, grandes padres, grandes trabajadores, grandes figuras de amor y protección, y entonces los juzgados se harían cada vez más impenetrables, las togas de los jueces serían de un negro más intenso, un martillazo seco sobre el estrado que aplastaría sin remisión a tantísimos hombres de buena voluntad. Cuando eso ocurra, cuando suenen las trompetas del juicio y la página con la sentencia sea un filo limpio dispuesto ya para amputarme de ti, mi vida no valdrá nada, y yo tomaré la resolución de aferrarme a la última cota de dignidad que ya podría permitirme a mí mismo: prescindir de ella si no puedo vivirla contigo a mi lado.

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