"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















miércoles, 3 de octubre de 2012

La niebla en el alma (apunte para una novela)




Es tan sencillo suicidarse como asesinar. Más
sencillo aún, porque la víctima no se resiste.

STEPHEN MARLOWE, El faro de la última orilla





Las ideas son a prueba de balas, es sabido. Un hombre puede disparar a otro hombre, matarlo, pero no a sus ideas. En cambio, las ideas sí que pueden a uno descerrajarle un tiro limpio en la sesera, procurarle un único billete de ida  a  la santa tierra de  los  títeres sin cabeza.  Sobre todo –tanto más peligrosas- si son las ideas propias las que acaban por guarecerse en las palmas de tus manos para dirigirlas oscuramente y que se deslicen y se cierren en torno a la culata de ese arma que comienza a apoyarse, imagino, con una frialdad irreal, casi ficticia, sobre cualquiera de tus sienes.

A mi padre las ideas también se le guarecieron en la palma de la mano durante el extraño atardecer del 19 de enero de 1982, pero a él no le encañonaron a una de las sienes, sino bajo la barbilla y con los dos cañones de la vieja escopeta colocados oblicuamente, que no es lo mismo aunque lo parezca, porque hay suicidios y suicidios, y suicidas y suicidas; y mi viejo, obsesivo y metódico como pocos, sabía que, además de resultar incómodo por tratarse de un arma de grandes dimensiones, pegándose un tiro en la sien era improbable que sobreviviera pero no imposible, milagro que no ocurriría ni en el mejor de los casos si el tiro se lo pegaba bajo la barbilla y con los cañones colocados de modo oblicuo, inclinados levemente hacia la garganta, que entonces los proyectiles harían un trayecto completo, destrozando primero parte de ésta e inmediatamente astillando la mandíbula, para después continuar su ascenso letal hasta la bóveda del cráneo y más allá, buscando la salida y, de paso, colmando de fuego el epicentro del cerebro y haciéndolo estallar como a una manzana pisoteada. Mi padre sabía eso (tal vez como dilucidaron el forense o la policía científica y prefirieron no explicarle a mi madre), al igual que sabía que de haberse cortado las venas en vez de pegarse un tiro, la forma más eficaz hubiese sido haber practicado en la cara interior de la muñeca un tajo vertical, no horizontal, para que las venas allí alojadas sufrieran un daño irreparable y fuese casi imposible detener la hemorragia. Mi padre, sin duda, sabía ese tipo de cosas; los volúmenes que encontré en su ajada biblioteca sobre suicidio, pulsión de muerte, formas de tortura y enfermedades mentales estaban casi tan manoseados como algunas de sus novelas favoritas.




Supe de la verdadera causa de la muerte de mi padre veintiséis años después de que ocurriese, cuando aún no hacía ni cuarenta y ocho horas que había dado sepultura al cuerpo sin vida de mi madre, hinchado y exhausto de luchar sin una sombra de éxito contra una enfermedad de la que no me molestaré en hablar. Estaba en el dormitorio que había sido de ella, en el modesto piso que las dos ocupábamos en la parte vieja de la ciudad, hurgando en sus pertenencias para tratar de encontrar algo entre ellas que de algún modo pudiera devolverme su esencia –algo: un objeto, un antiguo frasco de perfume, un libro quizá que a ella la marcase y que yo pudiera leer y releer como forma de comunión con la mujer que me había traído al mundo-, que me aportase un rastro todavía fresco de su paso crucial por mi vida, que me confirmara que hubo un tiempo precioso en que existió, ya que hay ocasiones en las que se pasa por trances dramáticos en que necesitamos indicios que atestigüen o nos recuerden que ciertos hechos concretos de nuestra vida han sucedido en verdad, cuando de pronto comenzó a definirse en mi organismo una angustia indecible, una sensación irracional y repentina de muerte inmediata que se manifestó a través de mi cuerpo mediante palpitaciones muy rápidas y vigorosas, falta de aire y opresión en el pecho. Fui presa del pánico en pocos segundos: sentí ganas de salir corriendo, de pedir auxilio a gritos o buscar ayuda sanitaria urgente. Traté de calmarme y mantener la compostura sin conseguirlo, y la dolorosa certeza de esta imposibilidad me hizo al fin romper a llorar, no sé si por miedo a mi posible muerte o por la vergüenza que sentía hacia mí misma al dejarme dominar de forma tan sumisa y patética por ese mismo miedo, y entonces los síntomas desaparecieron casi tan súbitamente como habían aparecido. El llanto fue un paliativo, cumplió como debía su función de desahogo, resultó ser una necesidad que yo no me había permitido desde hacía mucho, desde el fatídico día en que mi madre y yo fuimos al hospital a recoger sus resultados y la diagnosticaron aquella enfermedad terminal, la dieron un plazo como quien sabe la fecha exacta de caducidad de algún alimento y la imprime en su correspondiente etiqueta; y meses más tarde, en la fase final de su sufrimiento, y aun algunos días después, cuando los empleados del cementerio ya empujaban su ataúd hacia el interior del nicho, tampoco derramé ni una sola lágrima, ni siquiera en la intimidad y el silencio legamoso posterior al funeral, mentalizada primero de que debía ser fuerte por las dos, mientras durase el proceso terrible de su enfermedad, y luego, tras el entierro y la ceremonia, convencida soberbiamente de que yo no necesitaba llorar. Sin embargo lloré, más tarde que temprano lloré, y lo hice con toda la engorrosa morralla que conlleva un llanto histérico y prolongado –tan poco propio de mí-, con pucheros e hipos y mocos y lágrimas negras de rimel corrido, así hasta vaciarme, hasta sentir que podía respirar de nuevo. Y entonces comprendí, realmente comprendí, aunque yo ya era una mujer adulta, la importancia psicológica y afectiva que tiene para un niño saberse huérfano en el mundo.

Estaba ya buscando un Kleenex en el primer cajón de la mesita de noche de mi madre, resuelta a no dejar rastro en mi cara que demostrase que había estado llorando, como si me debiera explicaciones a mí misma, cuando vi la caja. Uno de sus ángulos sobresalía de entre los numerosos vestidos de mi madre, alineados impecablemente –era una mujer presumida y orgullosa que no se permitió ninguna dejadez personal cuando mi viejo la abandonó contando yo apenas tres años de edad, aunque me enteré de eso al mismo tiempo que tuve noticia del suicidio de mi padre- a lo largo de todo el armario empotrado, el cual aún permanecía abierto cuando a mí me sorprendió el ataque de ansiedad mientras revisaba su vestuario y sus efectos personales. Corrí las perchas con los vestidos a fin de sustraer con más comodidad la caja del fondo del armario, la cual reposaba sobre la cajonera que mi madre hizo instalar ahí dentro, siempre atormentada por el poco espacio del piso y por las prendas que debía tirar y renovar sin encontrar tiempo nunca para dedicarse a ello. Era una caja ordinaria de cartón, demasiado ancha y profunda, no muy pesada aunque suficiente incómoda de agarrar y manipular. [...]


6 comentarios:

CAROZO dijo...

Ha sido una delicia conocer este bello blog, salgo encantado de él. Seguro que volveré. un saludo

La Maga Lunera dijo...

Deseando leer el resto!!Engancha. TE AMO.

Raúl Viso dijo...

Gracias, mi vida. Estoy ahora con otros proyectos, pero seguro que le encontraré algún objetivo a éste. TE AMO.

Rogelio Dueñas dijo...

Ha sido increíble leerte. Saludos.

P.D.: ¿De quién es la imagen que utilizaste del suicida?

Rogelio Dueñas dijo...

Ha sido muy fructífero leerte. Saludos.

P.D.: ¿De quién es la imagen que utilizaste para ilustrar la publicación?

Raúl Viso dijo...

Gracias. Pues, a decir verdad, no tengo ni idea... Sé que debería publicar también las fuentes desde las que tomo imágenes para mis textos, pero lejos de mi intención apropiármelas o hacer plagios. Saludos.