"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















miércoles, 17 de octubre de 2012

"Hijo de Dios" y "La oscuridad exterior", de Cormac McCarthy




Dos reseñas en una para venir a confirmar lo que tiempo ha llevo sospechando: que me he convertido en un ferviente admirador de Cormac McCarthy, la sorpresa literaria más satisfactoria que he podido hallar en los últimos tres años, aun cuando no todas sus novelas me parezcan obras magistrales. Es el caso de estos dos relatos que reseño en esta entrada, Hijo de Dios -quizá la más floja de las dos- y La oscuridad exterior, historias loables en cuanto a la originalidad de su temática, pero que flaquean, a mi parecer, en su ejecución. Así con todo, no faltan en ellas todos los elementos a los que el autor estadounidense nos tiene acostumbrados: sus abrumadores conocimientos de la naturaleza, un elenco de personajes singulares, poco más que vagabundos, en constante peregrinación para ir en busca de lo mejor o peor de sí mismos, supervivientes a veces de su propio yo interior, y parajes de belleza salvaje y semi apocalíptica. Aunque de calidad muchísimo menor que otros títulos de su producción como pueden ser La carretera, No es país para viejos o En la frontera (esta última novela reseñada también en este blog; veánse las etiquetas), uno puede encontrar en estas dos historias toda la fuerza narrativa de McCarthy, su prosa sincopada a veces, su deliberada  y acertada ausencia de signos de puntuación que darían a sus relatos unas pausas o descansos que resultaría incongruente otorgar a personajes que viven sin tregua, en constante movimiento. 

Hijo de Dios es la historia de Lester Ballard, un joven inadaptado, casi hermitaño, al que su sexualidad reprimida y la expulsión de las tierras de sus antepasados le incita a merodear por la comarca de Frog Mountain, en busca de víctimas que satisfagan su lujuria insaciable. El relato es de una brutalidad abrumadora, rayano en la repugnancia, sobre todo por no asistir por parte del narrador de la historia a ninguna mínima muestra de moralidad. Pero, quizá por eso precisamente, el perfil de esta especie de asesino en serie se antoja tan real, tan susceptible de causar en el lector sentimientos de absoluto rechazo, como esos actores a los que cogemos manía tras haberlos visto siempre interpretando papeles de malo de la película. La novela apenas cuenta con un argumento, excepto tal vez el de las andanzas y traperías de un auténtico hijo de la gran puta de la América rural y profunda, pero la certera prosa del autor consigue entretener al lector hasta la última página.

La segunda novela a reseñar, La oscuridad exterior, ya es harina de otro costal. De hecho, para alguien que sea asiduo a las obras de McCarthy, quizá podrá intuir en esta obra un primer germen de esa otra obra suya tan exitosa y llevada al cine, La carretera, o al menos distinguir en ella denominadores comunes: el instinto de protección, el desconocimiento ante parajes inhóspitos, la hostilidad de congéneres extraños y hostigadores, de oscuros perseguidores que conminan a aguzar los sentidos en pos de esa ausencia de leyes que conlleva la supervivencia. Sin embargo, este relato también conserva, al igual que Hijo de Dios, elementos que pueden producir el rechazo y el asco del lector, en contra de los valores más significativos del ser humano que despierta la novela La carretera. Una mujer da a luz al hijo de su propio hermano en la cabaña que los dos habitan en condiciones indigentes. Éste engaña a la mujer, abandona al bebé en el bosque y le dice que ha muerto, pero la criatura es rescatada por un trapero nómada que recorre la región infatigablemente vendiendo sus artículos de segunda mano. Al descubrir la mentira de su hermano, la mujer emprende un viaje vital en busca de su hijo, en tanto que por los caminos y senderos que recorre proliferan extraños ahorcados de los árboles, víctimas de un grupo de misteriosos y aterradores desconocidos que darán caza a los protagonistas durante todo el relato. Lo más meritorio de la historia es que no se explica en ningún momento el móvil de los perseguidores, por qué ahorcan a la gente ni qué motivos tienen para hostigar a los dos hermanos, todo para acabar con un final extraño y apocalíptico, y que aun así la historia no pierda coherencia ni atractivo.

Insisto entonces en recomendar apasionadamente a este autor, aun cuando no todas sus novelas puedan despertar en el lector su atractivo o incluso su simpatía. A veces aterrador como Stephen King, otras aguerrido como William Faulkner, la mayor de ellas perfecto conocedor de los elementos de la naturaleza y aventurero como Jack London o Conrad, versátil y original a rabiar. Por mi parte, de su producción tengo a la espera de leer la novela Meridiano de sangre, y ya estoy frotándome las manos de imaginar cuánta originalidad y belleza paisajística encontraré en sus páginas.

2 comentarios:

La Maga Lunera dijo...

He leido, ya lo sabes, poco de él, pero me gusta su uso de personajes marginales, de retratar tan acertadamente lo que podriamos considerar lo feo, lo duro. La vida en su lado más cruento.
TE AMO.

Raúl Viso dijo...

Su uso de personajes marginales quizá sea lo más loable en este autor, en tanto que no cae en el recurso fácil de convertirlos, precisamente por su marginalidad, en víctimas.

TE AMO Y ME MUERO POR VERTE YA.