"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















lunes, 24 de septiembre de 2012

"Memorias de Adriano", por Marguerite Yourcenar




Si a uno de los libros más hermosos e instructivos que he tenido el ingente placer de leer en los últimos años se le suma el aliciente de haber sido traducido por uno de mis escritores en lengua española favoritos, el resultado, a título personal, es una de esas obras que siempre me acompañarán a cualquier sitio y que tendrán siempre un hueco de honor en mi biblioteca. Y es que no hay nada que le siente mejor a una historia bien escrita en una lengua extranjera, que quien la traduzca al idioma materno sea también un peso pesado de la literatura. Hay algunos casos muy sonados de este fenómeno -Baudelaire hizo conocer así a sus estirados compatriotas gabachos la obra del grandísimo Edgar Allan Poe-, pero no es la primera vez que Julio Cortázar contribuye a que, con sus espléndidas traducciones, una obra de un autor extranjero atraiga constantemente a nuevos lectores; ya lo hizo con los dos volúmenes Cuentos 1 y 2, publicados por Alianza Editorial, que reunían la totalidad de la producción cuentística del -nuevamente- autor de El Cuervo, amén de elaborar para el primer volumen un magnífico prólogo en el que resumía, con muy buenos resultados, la atormentada vida del escritor estadounidense. Hay muchos libros loables de autores extranjeros que pierden fuelle al haber sido traducidos al español por personas que no son escritores; por eso, en lo que se refiere a leer obras que no estén escritas originalmente en español (sobre todo si se trata de grandes obras de la literatura universal), me cuido siempre de escoger alguna edición que haya sido traducida sin negligencias, esto es, con pasión, no maquinalmente, no como un mal traductor virtual de los muchos habidos en la red, sino sabiendo introducirse en la cabeza del autor que ha escrito la obra.

No exagera ni está equivocada la crítica, tan dada a ensalzar auténticos bodrios y a confundir profundidad con aburrimiento, al alabar Memorias de Adriano como una de las obras más singulares y bellas de la literatura del siglo XX. Nunca fui un consumidor de novela histórica; la Historia (con mayúsculas) me gusta en la narrativa cuando sirve de  paisaje o decorado a una historia cuyos hechos no están estrictamente ligados a los acontecimientos históricos que le sirven de telón de fondo, pero no cuando éstos son los agentes primordiales que deciden el curso narrativo del relato. Quizá es por eso por lo que Memorias de Adriano, pese a entrar de lleno en el género denominado novela o narrativa histórica, me resultó tan atrayente desde la primera página: a pesar de tratarse de las memorias del emperador romano del siglo II, enfrentado ya al ocaso de su existencia y próximo a sentir la muerte por una hidropesía del corazón, la historia de su vida escrita en primera persona, a modo de larga carta o diario íntimo, pasa de un modo fluido y apenas perceptible por los acontecimientos históricos para centrarse más en los asuntos de orden puramente humano, tratando infinidad de temas tales como el amor, la muerte, el miedo, el triunfo, la amistad, la enemistad, el matrimonio, las aventuras extra conyugales, las artes, los vicios, las virtudes, la belleza, el placer, el dolor, etcétera, todo con un estilo narrativo magistral que ahonda de tal manera en las flaquezas y logros del alma humana, que a veces uno, leyendo esta obra, no sabe si está consumiendo una novela o un tratado de filosofía en toda regla.

Muy a menudo, tendemos a ver a los grandes gobernantes como seres faltos de sensibilidad, carentes de humanidad, de esa esencia humana que les haga sentirse como nuestros congéneres, hermanados en vivencias y sentimientos con nuestras propias fatigas y triunfos, y aunque si bien es cierto que esta fama, la mayor de las veces, se la han ganado a pulso los poderosos de toda época y todo lugar,      Marguerite Yourcenar (Bruselas, Bélgica, 8 de junio de 1903 - Bar Harbor, Mount Desert Island, Maine, Estados Unidos, 17 de diciembre de 1987)  -Marguerite Cleenewerck de Crayencour, antes de nacionalizarse como estadounidense- supo retratar con esta obra al que quizá fue uno de los últimos espíritus libres de la Antiguedad (disculpen la diéresis, mi portátil está en las últimas), habiendo sabido explicar a los cada vez más numerosos lectores de esta obra que uno nunca está más solo, más absolutamente solo, que cuando está en la cima.

2 comentarios:

La Maga Lunera dijo...

fueron fragmentos de esta obra de las primeras cosas que me leíste, y me pareció muy bella, en ocasiones incluso poética. Muy buena reseña. TE AMO.

Raúl Viso dijo...

Claro, también hay mucha poesía que se deja entrever en esta novela. ¿Y quién sabía que para mí significaba tanto y me la regaló? Tú, como siempre. TE AMO.