"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















martes, 25 de septiembre de 2012

Los tebeos son literatura




Los tebeos son literatura. Este viene a ser el gran titular que resuma lo que vengo a explicar con esta entrada. Porque es cierto, porque los tebeos también son literatura, porque ya está bien de que se trate de fomentar la lectura con métodos erróneos... ¿Meterle entre dos rebanadas de pan con chocolate, a unos críos, El lazarillo de Tormes? ¿Tratar de captar a unos adolescentes en el buen hábito de la lectura diciéndoles que leyendo El Quijote experimentarán más sensaciones y verán más cosas que cogiéndose un ciego de maría en los bancos del parque de su barrio? Seamos serios, por favor, pero además seamoslo de la manera más efectiva que existe para ser serio, que es tomar por una cosa muy seria el buen humor. Con estos métodos arcaicos de Ministerio de Cultura apoltronado en su suficiencia sólo conseguiremos disuadir a la juventud, en vez de ganar nuevos adeptos para esa sana, buena y revitalizante costumbre de leer a diario. 

Para alguien como yo, que fui muy mal estudiante, el haber sido tan aficionado a los tebeos me salvó de convertirme en un auténtico merluzo, de esos que se enorgullecen de no haber agarrado un libro en su puta vida y que afirman -golpes solemnes en el pecho a mano abierta, tratándose de un jambo, y ruidos de masticación de chicle y deglución de saliva, tratándose de una choni- que su escuela fue la calle, en tanto que no saben qué responder si se les pregunta qué es una democracia (juro por mi hija que esto lo he visto en la televisión, y es verídico). Sí, también mi escuela fue la calle -es una escuela tan buena como otra cualquiera-, pero no fue la única; también lo fueron los viajes, la carretera, el paisaje, la naturaleza, algún maestro entre tanto profesor y, sobre todo, entre otras muchas cosas en las que se incluye también la propia escuela, el dibujo y los tebeos. Gracias a la afición que tuve por el dibujo a muy temprana edad, pude aprender a tener sensibilidad y a saber respetar el trabajo de los otros, a no simplificar una tarea ejecutada por un segundo o un tercero -fuera cual fuese ésta, artística o sencillamente laboral-, a interesarme ya no solamente por los ilustradores que plagaban de dinamismo las páginas que leía -Todd McFarlane, John Byrne, Francis Leinil Yu, contándose entre mis favoritos-, sino por los grandes pintores -Dalí, Turner, Sorolla, también entre mis preferidos en este ámbito-, porque al final acabé tomando durante muchos años clases de pintura. 
La constante lectura de tebeos hizo que aprendiese más ortografía que en cualquier clase de lenguaje, me enseñó a sentir cierto desamparo si no tenía frente a mí unas líneas que leer antes de irme a dormir o si no podía disponer de algún tipo de letra impresa en caso de despertar en plena noche, fugado de las fauces de una pesadilla. Con cinco años apenas, visionar a Superman abrazando a Lois Lane fallecida dentro de su coche durante un terremoto, me hizo preguntarles a mis padres, por vez primera, sobre el concepto de la muerte, amén de comenzar a intuir, entre el variopinto cúmulo de sensaciones y sentimientos a los que se ve expuesto un ser humano, la eterna soledad del héroe. No fue necesario a esas edades que leyese La bella y la bestia o que Robert Louis Stevenson me describiese que dentro de cada uno de nosotros habita un Mr. Hyde que pugna por salir (aunque luego me acercase a esa magnífica obra como a tantas otras), porque eso ya me lo enseñó Bruce Banner al verse expuesto a una explosión de rayos Gamma y convertirse en el Increíble Hulk. Me interesé por grandes nombres de la literatura, tales como Mark Twain e Isaac Asimov, de oírlos citados en boca de Reed Richards, líder de los Cuatro Fantásticos, y cuando muchos televidentes alucinaron de que se pudiera reproducir una copia genética perfecta de una linda ovejita, algunos consumidores de tebeos y de literatura de ciencia ficción hacía ya muchos años que sabíamos lo que era un clon. 

De acuerdo, ya sabemos que aquí podría comentar para rebatirme cualquier aburrido fundamentalista, pero para quienes, como yo, no tuvimos la decencia -pido perdón ahora- de interesarnos por Homero a los siete años, los tebeos fueron el mejor puente al que hayamos podido acceder para cruzar a la orilla de la literatura universal. Hoy mismo he desempolvado algunos tebeos que tenía guardados por ahí, y fascinado aún de sus guiones magistralmente escritos -la saga de Fénix Oscura, nada menos; que alguien la abra y que tenga el valor de decirme que Chris Claremont no es un literato-, de sus sublimes ilustraciones, de sus explosiones de color y dinamismo, he pensado que el escritor que me habita le debe mucho, muchísimo, a todas esas viñetas.


3 comentarios:

La Maga Lunera dijo...

Muy bueno. Creo que cualquier manera de llegar a amar la literatura, es buena. Siempre he respetado los comics, ya sabes que en mi casa siempre hubo, y veo en ellos un trabajo largo y duro en el que muchas personas no se pararán a pensar. Amén de que en la mayoría se fomentan esos valores de los que esta sociedad está tan carente. Bravo.

L.N.J. dijo...

No conocía esa frase de Pablo Neruda,

gracias.

Raúl Viso dijo...

Me gusta mucho que hagas ese inciso, que a mí se me ha pasado por alto mencionar en la entrada: la de los valores que un héroe fomenta, el "todo poder conlleva una responsabilidad"; valores que quizá a la mayoría le parezcan ridículos, propios quizá de un enmascarado con calzones largos, pero que ya van haciendo tanta falta en esta sociedad. TE AMO.