"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















martes, 18 de septiembre de 2012

"Los relatos", de Julio Cortázar




Al igual que Borges, prefiero que, en mi calidad de lector, se me considere y se me respete más por lo que releo que por lo que leo. No sé si a ustedes les ocurrirá lo mismo, pero últimamente me cuesta muchísimo encontrar un libro que llame de manera poderosa mi atención, no digamos ya que me guste y me haga estremecerme; la mayoría de los libros que van a parar a mis manos no logran que me interese por ellos más allá de las cincuenta páginas, margen de cortesía que suelo concederles para que consigan sorprenderme. En otra época hubiera acabado una lectura que no me agrada, pero ese es un error que subsané hace ya mucho: ¿a qué perder mi tiempo consumiendo un libro que no me aporta nada? La vida es muy corta, queda mucho por leer, y no quiero perderla centrando mi atención con lecturas que no me satisfacen, cuando otras tantas la merecen. Se dice que esto es síntoma de ser un lector de los denominados "de pata negra", a juzgar por la misma opinión que tienen al respecto muchos escritores consagrados.

Por lo tanto, cuando uno busca y rebusca entre los anaqueles de su biblioteca personal o en los cálidos escaparates de las librerías, cuando uno manosea volúmenes polvorientos rescatados de las estanterías de una librería de viejo, o bien lee ávidamente sinopsis tras sinopsis en las ediciones expuestas en las casetas de una feria del libro, no encontrando nada -o peor aún, encontrándolo para luego comprobar en casa que el hallazgo se desinfla a medida que van pasándose sus páginas-, lo mejor es tirar de esas obras y autores que, leales como viejos amigos a los que hace mucho tiempo que no se llama, esperan a ser recuperados para que se les devuelva esa mención de honor que, sin duda, merecen. Si hablo desde mi experiencia personal de escritor al que aún le queda mucho por aprender -me pregunto a qué escritor, novel o consagrado, no le queda mucho por aprender, aun incluso en el ocaso de su carrera literaria-, tengo la absoluta certeza de que ninguna o casi ninguna de las novedades editoriales que cada día ven la luz me enseñará tanto del oficio como esas obras y esos autores que llevan a mi lado casi toda la vida. 

Es el caso de Julio Cortázar (Ixelles, Bélgica, 26 de agosto de 1914 - París, Francia, 12 de febrero de 1984), uno de los escritores de los que más he tratado de aprender, acercándome siempre a su obra con el máximo respeto y cariño. Tanto es así, que su novela Rayuela es uno de esos libros que me hubiera gustado firmar como propios. Pero no voy a hablar aquí de su producción novelística, sino del género por el que más reconocimiento adquirió y por el que yo lo conocí: el relato. Estaba en el instituto cuando alguien -no recuerdo muy bien si fue mi hermana-, sabiendo que yo era un lector aventajado pese a ser muy mal estudiante, me pidió el favor de leer el volumen La autopista del sur y otros relatos y realizar un trabajo que le habían mandado en clase. Al parecer, esta persona había tratado de leer el libro pero no entendió absolutamente nada. Reconozco que yo tampoco entendí mucho en aquel entonces -ciertamente se trataba de una lectura difícil de asimilar para el déspota adolescente que yo era entonces, que andaba embebido por esos días con Poe, con J.D. Salinger, con Jack Kerouac, entre otros-, pero cierta intuición lectora me hizo realizar el encargo con buenos resultados académicos para la persona que me lo pidió y me advirtió que debía grabarme a fuego, en el cerebro, ese apellido, Cortázar, para acercarme con tiempo y serenidad a su obra en cuanto me sintiese capacitado para ello. Así fue. Año y medio más tarde retomé de nuevo la lectura de algunos de sus relatos más famosos, esta vez mortificándome por mi torpeza al no haber sabido valorar como debiera al autor belga en su momento, y un breve tiempo después me vi peregrinando por las librerías en busca de todo cuanto él hubiera podido escribir. Y entonces encontré los cuatro magníficos volúmenes Los relatos, que comprenden toda su producción cuentística y que, en su recopilación, fueron reordenados por el autor poco antes de fallecer.

Me gusta, sobre todo, que Cortázar reordenase el compendio de sus relatos siguiendo un criterio independiente al del orden cronológico de su aparición. Esto significa que el autor no basó la organización de estos volúmenes en el orden en que fueron escritos o publicados durante toda su vida, sino que para organizar esta nueva estructura su criterio se apoyó en las diversas temáticas -"líneas de fuerza", pone en la sinopsis de los libros, denominación que me parece acertadísima para hablar de los temas a tratar por un escritor de su originalidad- a las que alude cada volumen. Prueba fehaciente de este singular criterio son los títulos de cada uno de los cuatro libros de la recopilación: Ritos, Juegos, Pasajes, y un cuarto nuevo volumen que apareció algo después y que tituló Ahí y ahora. No creo que haya una mejor recopilación de todos sus relatos -ni siquiera esa otra que existe de la editorial Alfaguara- que esta de Alianza Editorial. Entre estas páginas, Julio Cortázar no participa solamente de su singular modo de entender la literatura, sino también del producto final que se ofrece al público, potestad esta que suele reservarse a la maquinaria editorial en su actitud estrictamente empresarial.

Silvia, Casa tomada, El perseguidor, Liliana llorando, Grafitti, La isla a mediodía, Continuidad de los parques, La autopista del sur... Son tantos los relatos y tan magníficos cada uno de ellos, que necesitaría de una columna exclusiva para mencionarlos todos. El lector puede abrir cualquier página al azar de cualquiera de estos cuatro volúmenes teniendo la certeza de que se topará de lleno con la actitud literaria que hizo destacar a Cortázar. Sus relatos se caracterizan por ese propósito de cumplir objetivos narrativos en los que la economía de medios sea pilar donde se apoye la tensión de su trama argumental, consiguiendo que quien los lee se aparte del supuesto mundo de seguridad que le rodea y ahonde en hechos cotidianos que, de a poco, de un modo que apenas parece perceptible, pierden contacto con la realidad que conocemos.

Siempre es un placer leer a Julio Cortázar, en cada uno de los géneros que cultivó -relato, novela, poesía, prosa poética, e incluso esos géneros no estipulados que utilizó para sus extraños libros-almanaque-, pero para quien el acercamiento de un autor de su talla le abrume, recomiendo comenzar por leer esta inigualable recopilación de todos sus relatos.




2 comentarios:

La Maga Lunera dijo...

Muy buena reseña, y muy poca verguenza la mía, que siendo La Maga, no los he leido. TE AMO.

Raúl Viso dijo...

Bueno, has leído "Rayuela", que no es cosa baladí. De todos modos, estás tardando; tienes que ponerte a ello. Los más grandes escritores de relatos siempre han sido Poe y Cortázar. TE AMO.