"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















martes, 4 de septiembre de 2012

El disparo





-Qué simpática, esa serpiente –dijo la chica con ternura inexplicable, señalando a uno de los numerosos muñecos de peluche que colgaban como ahorcados de los paneles de contrachapado que hacían las veces de paredes de aquella caseta de feria.

Hay algunos pequeños deseos y caprichos que, formulados en la boca de una mujer, se convierten inmediatamente en retos a superar por la hombría absurdamente henchida de algunos hombres; y así él, viendo que aquélla era una caseta de tiro, y dado que no se le daba nada mal disparar y a su novia le gustaba aquella enorme serpiente de inmensos ojos de botón y lengua viperina y afelpada asomando por la boca, le dijo:

-¿Quieres que pruebe?

-No hace falta, cariño.

Pero él ya no escuchó su respuesta, porque se había acercado a la caseta para observar cómo unos chavales probaban suerte con la escopeta y, tal vez, fijándose detenidamente, poder descifrar el truco que sin duda les haría errar el tiro e irse con las manos vacías, sin ese premio seguro que garantizaban los carteles, y los bolsillos más ligeros de moneda suelta. La chica fue tras él, le abrazó por detrás y le preguntó qué es lo que miraba con tanta atención. Pero no obtuvo respuesta: él continuaba absorto mirando a los chavales, soltándose del abrazo de ella y tratando de colocarse en el ángulo propicio a sus espaldas que quizá le desvelase hacia qué dirección se desviaba el minúsculo perdigón de plomo, sin llegar a dar en el blanco, tres botes vacíos de refresco sobre una pequeña plataforma, más abollados que el cráneo de un hooligan.

Era necesario que los botes cayeran por detrás de la plataforma y no por delante, sin llegar a ser suficiente para ganar el premio a elegir que los botes simplemente se volcasen sobre la misma, sin caer. Los botes estaban vacíos, con lo que ahí, al menos, no había truco; eso aseguraban los carteles que explicaban las normas de la atracción, y no había motivos para desconfiar de su fiabilidad, contando con que el propietario de la caseta, un feriante  algo chulesco que fumaba tediosamente mientras los muchachos depositaban más monedas sobre el mostrador, no tenía ningún reparo en mostrar los botes y permitir a los clientes que los tantearan en sus manos a fin de comprobar la ligereza propia de un envase vacío. Las dos monedas daban crédito para tres tiros, que debían acertar todos y cada uno en el blanco para que el premio a elegir fuese entregado al buen tirador. Él estuvo contemplando varias tandas de disparos, hasta que al final pudo advertir que el tiro se desviaba notoriamente hacia la izquierda, hacia donde el propietario fumaba aburrido y cruzado de brazos, seguro de la rentabilidad de su pequeño negocio.

-Creo que puedo conseguirlo –le dijo a la chica, que permanecía a su lado un poco aburrida de su concentración y su silencio, ya sin fijarse siquiera en la serpiente de peluche, pensando quizá que hace falta muy poco para que los deseos de una mujer se marchen tan rápidamente como vinieron.

Esperó un poco más, hasta que los chavales se aburrieron o se quedaron sin dinero y dejaron la caseta totalmente libre, aun a pesar de que había tres puestos en línea de tiro al blanco y no le hubieran estorbado al disparar a su lado. Plantó enérgicamente dos monedas sobre el mostrador, sin decir palabra, y en respuesta el feriante le indicó con un gesto de cabeza que podía coger una escopeta y probar suerte. Antes de coger una de las escopetas, volvió a leer los carteles que explicaban las normas y en los que se puntualizaba tajantemente que los tiros no podían efectuarse de manera cruzada, es decir, que uno no podía colocarse en un puesto de tiro y disparar desde allí a los botes colocados en los puestos contiguos; cada oveja con su pareja, y el tiro bien recto, apuntando a los botes de enfrente y no a los de al lado. Cuando acabó de leer bajo la mirada inquisitiva del propietario, que dejaba entrever su impaciencia ante la tardanza de él para decidirse a disparar, observó un momento las respectivas escopetas de cada uno de los tres puestos y preguntó:

-¿Puedo colocarme aquí?

-Usted mismo –se limitó a escupirle el feriante, mientras echaba el humo de su cigarrillo por la nariz y lo escrutaba con sus duros ojos negros de pies a cabeza.

Entonces él se posicionó en el primer puesto de tiro comenzando por la izquierda, el más inmediatamente cercano al lugar donde el propietario lo observaba con desconfianza. Cogió la escopeta, apoyó la culata contra su hombro y guió el cañón hacia el blanco, mientras el dedo índice de su mano derecha rozaba cuidadosamente, sin ejercer presión, el gatillo. Cuando creyó tener los botes de refresco a tiro, inspiró y contuvo un poco el aliento para que el pulso no le temblase. En el último momento, cuando ya parecía que iba a efectuarse la ínfima detonación, hizo un rápido giro hacia la izquierda con un movimiento de cintura, apuntó a la frente del propietario y disparó. El tiro le dio al feriante justo donde él le había apuntado, efectuándole un agujero negro entre los ojos, del que ni siquiera salió sangre, que no se correspondía en tamaño al calibre de las escopetas que allí se usaban. Luego el propietario se derrumbó por detrás del mostrador, y de un salto él agarró una de las serpientes de peluche colgadas, cogió a su novia de la mano y salieron a correr despavoridos, antes de que alguien se diese cuenta de lo ocurrido. Cuando al fin alcanzaron la salida del recinto ferial, jadeando, sin aliento, se detuvieron y ella le preguntó:

-¿Cómo has podido hacerle eso a ese hombre?

-Sabía que la escopeta estaba trucada. Toma, tu premio –le dijo en tanto que le colocaba la afelpada serpiente, a modo de bufanda, alrededor del cuello.

3 comentarios:

La Maga Lunera dijo...

Me encanta!! de hecho, no podemos negar haberlo pensado...Te amo.

Raúl Viso dijo...

No, desde luego que no... Jajajaja. Te amo.

Lourdes dijo...

Escribes muy bien. Pasaré por aquí a menudo para conocer más post.
Un saludo! Lou