"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















martes, 7 de agosto de 2012

Prólogo de la novela "El cazador de tormentas"




Era su mejor amigo por muchas y diversas razones, pero, por sobre todo, lo era porque era el único amigo que todavía se dejaba abrazar.

Y sin embargo, Saúl, desde ese desorden pubescente de sus quince años recién cumplidos, no era capaz de recordar el rostro de Gabi. Se sucedían algo así como fogonazos de magnesio, flashes, y luego un bosquejo difuminado o un boceto vertiginoso que una mano temblorosa dibujase, a modo de imprecisa fotografía o retrato robot, en un álbum de recuerdos; retazos intermitentes de la imagen de su cara que querían acertar a instalarse en la mente de Saúl, pero casi siempre eran sólo amagos pueriles de una memoria que, contradictoriamente por ser demasiado cercana en el tiempo, era traicionera. Cada vez tenía que volver a reinventar sus gestos, parecidos pero nunca iguales –y cómo podía él comparar las abismales diferencias, hallar la poca o ninguna correspondencia habida entre las facciones que inventaba su memoria y las facciones verdaderas, si en sus constantes evocaciones no existían referentes posibles de un rostro que le estaba vedado a su recuerdo; ni una fotografía suya tenía, ni siquiera una en la que Gabi apareciese en segundo o tercer plano, sosteniendo uno de esos ademanes casuales o involuntarios que nunca son inadvertidos al ojo implacable del objetivo y en los que, a menudo, el retratado no suele reconocerse cuando contempla la foto que le han tomado por sorpresa o por azar-, y el que llegara a ser su mejor amigo se le antojaba como uno de esos muñecos para estudiar el cuerpo humano a los que, pieza a pieza, órgano a órgano, hay que ir añadiéndoles la anatomía. Y entonces se daba en él como un acceso a la culpa, una tristeza resignada y serena que permutaba no en llanto, sino en una manera concreta de no sonreír el día de su decimoquinto cumpleaños, una tenaz melancolía que arrastraba escenas vividas con Gabi (pero sin faz, sin rostro; Gabriel nunca tenía rostro en esos recuerdos) y que convergía con la fuerza de un paisaje que fuera, hacía no mucho tiempo, el territorio ideal de ambos. Un paisaje que Saúl hubiese querido describir sin palabras fallidas.

Ese paisaje estaba ahí, casi a tiro de piedra, a poco más de un kilómetro de su casa. Tan sólo tenía que utilizar una buena excusa para con sus padres y los invitados a la fiesta –familiares y amigos, algún vecino tal vez, que sus progenitores habían decidido reunir con el pretexto de su cumpleaños para seguir sosteniendo, temporalmente, frente a los demás, la simulación de su matrimonio ya desahuciado-, ausentarse del piso, echarse a la calle y caminar durante un rato, cruzar la M-300 (aún no demasiado transitada, en aquel entonces), detenerse allí donde el río todavía hierve en sus dominios, respirar hondo el olor cualitativo del légamo, contemplar, con la mirada ideal o propicia de otra época no muy lejana, los relieves y los colores y las transformaciones tan acusadas de la luz ahora que se daba en los días como un simulacro de invierno prematuro, escuchar el latido ulterior de esa ínfima tierra que no parecía significar nada para tantos habitantes de la región, los cantiles arcillosos y el soto fluvial de sauces, chopos y álamos, y ya por fin, cuando hubiese entregado al abandono del limo el manuscrito que su amigo comenzó y que luego él intentó retomar con malogrado esfuerzo, con una perseverancia ciega, regresar a casa con el gesto entre resolutivo y cansado de quien vuelve de un viaje muy largo y crucial, esperar a que se fueran los invitados (si es que no se habrían marchado todavía, convencidos de la felicidad de sus padres por la falsía de las apariencias), enclaustrarse en su habitación y cerrar los ojos con fuerza para tratar de rescatar, una vez más, el rostro de Gabi de entre las adormideras del olvido, habiendo aprendido en su travesía hacia el pasado inmediato que un paisaje siempre suele ser algo más que un paisaje, del mismo modo que cualquier cosa siempre suele ser algo más que cualquier cosa, puesto que nada es trivial o simple: un sistema terroso y ocre de los denominados cerros testigo, unos maizales casi al punto de agostarse con el transcurso del otoño, un tramo de carretera que acababan de inaugurar hacía muy pocos días, un río más antiguo que su propio nombre, una cima desde la que gritarle a la ciudad toda la insolencia, toda la frustración, la rabia y la furia de esos años… Aunque un paisaje –Saúl ya comenzaba a intuirlo, pese a su mocedad- también es un oráculo y un lugar de conjurados, un testigo mudo que ha presenciado un sinfín de historias a lo largo del tiempo. Entre todas ellas, la historia que hubiera querido saber escribir, trasvasar al papel con precisión casi indiscreta, tal como hubiese hecho su amigo, y que apenas intentó retomarla, asirla por el principio o por el final, se le deshizo como una china de hachís entre los dedos.

Pero los invitados no habían llegado todavía ni Saúl se había ausentado de casa, y encerrado en su cuarto se desesperaba, se levantaba del escritorio, daba unas vueltas por la estancia como inspeccionándola, encendía un Coronas largo aun cuando su madre le tenía terminantemente prohibido fumar (mucho menos en casa, a punto de llegar los invitados), se volvía a sentar, miraba la arcaica Olivetti de su abuela como si fuera posible mirar a un objeto inerme, metálico y frío, como una máquina de escribir, con un sentimiento tan determinante como el odio, y luego maldecía no tener todavía un ordenador. Sabía de sobra que eran sólo excusas, trabas derrotistas que él mismo se imponía para no tener que comenzar a escribir su historia, que también es, o era, la historia de Gabi. Mucho más suya que de Saúl, pero cómo escribir la historia de quien no tiene rostro, quizá se preguntaría y se lamentaría el muchacho entonces, aunque entre la duda y la certeza distaba solamente una opinión, puesto que apenas tenía un título y un puñado de notas sueltas, y eso no debía ser, ni de lejos, literatura. Y era cierto que la cuartilla que permanecía en el tambor de la Olivetti estaba intacta, mayoritariamente en blanco, nívea, excepto por la poca tinta que rezaba en la cabeza de página: El cazador de tormentas.

Llamaron de repente al timbre. A través de la puerta cerrada de su habitación pudo escuchar los efusivos saludos, las muestras exageradas de cariño y de amistad exaltada, las risas fraternas que llegaban por el pasillo desde el recibidor. Eran los primeros invitados a la fiesta, aunque para Saúl no eran sino una nueva excusa, esta vez disfrazada de compromiso ineludible, para no tener que retomar una vez más la escritura, la muy posible nada del papel en blanco.

Entonces el muchacho no supo si suspirar de alivio o esconderse debajo de la cama. 

2 comentarios:

La Maga Lunera dijo...

Una de las primeras cosas que te leí, hace ya, parece, un siglo. Me gusta mucho. Te amo.

Raúl Viso dijo...

Lo he revisado y corregido. Me alegro de que te guste; tú siempre me leíste fielmente, antes incluso de ser quienes somos ahora. Te amo.