"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















miércoles, 1 de agosto de 2012

"Ensayo sobre la ceguera", de José Saramago



Una muy grata sorpresa me he llevado con esta novela y con el autor de la misma, el Premio Nóbel de literatura de 1.998 José Saramago (Azinhaga, Santarém, Portugal, 16 de noviembre de 1.922 - Tías, Lanzarote, España, 18 de junio de 2.010), al que nunca antes había leído. El libro llevaba pululando por el pequeño caos de mi cuarto desde pocos meses antes del fallecimiento del autor, y no encontraba hueco para empezar a leerlo pese a que me lo habían recomendado con ahínco ya varias personas. No me ha gustado tanto el estilo del portugués -se me hace algo cansino esas vueltas y revueltas que a veces le da a asuntos menores para acometer el relato, y hubiera agradecido que las conversaciones entre los personajes estuviesen fragmentadas en diálogos con sus correspondientes guiones, en vez de estar incluidos en el mismo enunciado del texto, sin llegar a poner unas comillas siquiera para poder diferenciar claramente las distintas voces- como la originalidad de la historia y, sobre todo, su dificultad. Esto último me parece lo más meritorio. Creo que es un relato muy difícil de escribir, en el que cualquier otro autor menos avezado hubiese dejado muchos cabos sueltos o hubiera caído en lamentaciones gratuitas, propias de una sociedad que, de repente, va quedándose ciega. 

El relato arranca con la repentina ceguera que asalta a un conductor que está detenido con su vehículo en un semáforo, esperando a que la luz cambie de rojo a verde. Pero no es una ceguera cualquiera, sino una ceguera blanca, un "mar de leche", una albura como una luz insistente y enervante en el cerebro que impide ver. Socorrido por otro hombre que le lleva hasta su casa (y que, aprovechando la ceguera del primero, le roba el coche, lo que ya da muestras de cuál será la moraleja de esta magnífica historia), el conductor va contagiando de su ceguera a toda persona que tiene contacto con él: al que le socorre, a su esposa, al oftalmólogo al que acude para curarse de su ceguera inesperada. A su vez, estos contagiados van contagiando a otras personas de su entorno, y estas personas a otras tantas, hasta que al final toda la sociedad, políticos incluidos y fuerzas del orden, queda tomada por el "mal blanco". La historia va adquiriendo tintes apocalípticos por momentos, y es un fiel reflejo de cómo el ser humano, expuesto a situaciones extremas, prefiere decantarse por la ley del más fuerte que por la solidaridad; tema éste muy tocado ya en este tipo de historias -leánse, si no, La carretera, de Cormac McCarthy, o El señor de las moscas, de William Golding-, pero que cometido con la pericia literaria necesaria puede resultar muy gratificante de leer y muy instructivo. Solamente una persona -la mujer del oftalmólogo- queda a salvo de la extraña ceguera; aunque esto, lejos de ser un motivo de alegría, supone la titánica responsabilidad de servir de ojos de los otros y el abrumador sacrificio que sólo las personas con madera de héroe están dispuestas a realizar, dejando aparte el egoísmo justificado de la supervivencia. 

El final del relato puede aparentar ser algo vacuo, repentino y facilón, pero a mi parecer es el único final posible que pueda ponérsele a una historia que, de no servirse precisamente de un final tan simple, adquiriría dimensiones de Quijote. Imagino que, respecto a esto, los lectores que hayan consumido esta obra tendrán muy diversas opiniones, pero en cualquier caso éste es un libro logrado, con un profundo mensaje que viene a decirnos, quizá, que no hay peor ceguera que la del que no quiere ver. Por mi parte, estoy deseando ya leer otros libros del autor portugués -me han recomendado, también con fervor, su otra novela Levantado del suelo- y que vuelva a sorprenderme con su originalidad y su lucidez para acometer temas de orden social.

1 comentario:

La Maga Lunera dijo...

Ya me lo dejarás. Te amo.