"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















miércoles, 18 de julio de 2012

El libro de Dalila (12): "Los viajes, la carretera"





Recuerdo la expectativa, pasar la noche sin pegar ojo debido a la emoción, el nerviosismo que me causaba saber que en pocas horas nos echaríamos a la carretera, siendo aún noche cerrada o intuyéndose ya un principio de amanecer en el cielo límpido e inigualable del verano. Las maletas y bártulos estaban ya preparados en la puerta; su sola presencia suscitaba en mí una alegría mayor, que ni siquiera podía ser superada por la que pudieran producirme las navidades o la Noche de Reyes Magos. Mis padres solían levantarse un poco antes que mi hermana y yo, y mientras uno preparaba el desayuno, el otro iba bajando el equipaje y cargando el coche, el viejo Seat 131 o el Seat Ibiza que yo heredaría algunos años después. Pero madrugar en ese momento no suponía ningún castigo, como ocurría el resto del año, como en las mañanas luminosas y gélidas de Madrid en el invierno, de camino al colegio con la mochila a cuestas. Sarna con gusto no pica.

La noche anterior a salir de viaje, mi familia y yo solíamos irnos pronto a la cama, más por el descanso de mi padre que por el del resto de la familia: al fin y al cabo, nosotros podíamos dormir durante el trayecto y sólo él debía mantenerse bien despierto y atento, que debía conducir durante muchas horas porque las carreteras no eran las de ahora, y al coche, cargado hasta los topes, no se le podía pedir más servicio que el que nos hacía.  Tumbado en la cama, incapaz de dormir, yo sólo pedía que el viaje fuera largo, cuanto más largo mejor: me interesaban más los trayectos de la ida y la vuelta que las vacaciones en sí, que la playa y la piscina y los amigos o cualquier otro elemento de ocio de éstas. Entonces no podía saberlo, pero ahora estoy convencido de que parte de lo que soy ahora, del escritor que soy no sé si con pena o con gloria, se lo debo a esos viajes, a la carretera, al instinto de aventura que despertaban en mí las grandes distancias, a la capacidad de abstracción que podía otorgarme la ventanilla de un coche y los paisajes que corrían tras ella, porque yo nunca, al contrario que mi hermana –ella solía marearse y pasarlo mal-, dormía durante la ruta. Qué no hubiese escrito aquellos días, con la frente pegada a la luna del vehículo y un cuaderno entre las piernas, fascinado con un incipiente amanecer en la autovía o con los erales amarillos de trigo y cebada extendiéndose tras las cunetas, de haberme picado entonces la inquietud de la literatura… Pero ahora los niños, Dalila, ya no miráis al mundo tras la ventanilla del asiento trasero de un coche; preferís fijar la mirada en el deuvedé que muchos vehículos modernos traen incorporado en los reposacabezas de los asientos delanteros, o pasar el trayecto jugando con la videoconsola o el ordenador portátil, preguntando a cada rato cuánto queda de viaje, a pesar de que las distancias se han abolido y una distancia que entonces suponía seis horas de viaje en coche, ahora, con la mejora de la infraestructuras y usando el mismo medio de transporte, puede cubrirse casi en la mitad de tiempo. Hemos abolido las distancias, con ese placer que hemos desarrollado por la inmediatez en todos los ámbitos, con esas ansias que tenemos de recompensas inmediatas; muy pronto ya nadie escribirá poemas sobre una ausencia física, real, puesto que todo se ha tornado relativamente cercano, virtual, bastando apretar una tecla para visitar el otro lado del océano o ver y hablar a la persona ausente, montando en un avión o en un tren de alta velocidad y mudándonos en apenas una hora a una distancia de cientos de kilómetros.

Te pregunto por tu pronta marcha a la playa, de vacaciones con tu madre, si tienes ganas ya, y te hago prometerme que lo pasarás bien, que disfrutarás lo máximo posible, porque dices que vas a echarme mucho de menos. Es el primer verano que nos separamos. Y así debe ser, aunque me duela no poder llevarte yo también unos días conmigo a ver el mar, porque este año toca quedarme varado en este Madrid infernal y cementado, en esta ciudad que huele a basura prematuramente bajada a la calle y que ni siquiera proporciona el consuelo de quedar completamente vacía, a plena disposición de uno, porque las vacaciones del resto son muy escalonadas y además hay mucha gente que, al igual que yo, no puede permitirse ir de vacaciones. Así debe ser, porque me removía el alma pensar que tú también pudieses quedar aquí sitiada, estancada en los sitios de costumbre, no permitiéndote mi nefasta situación económica que veas mundo, que cambies de aires, que conozcas, aunque de un modo muy diferente a como las conocí yo, las virtudes del viaje, la lucidez y la apertura de la mente que otorga visitar otras ciudades, otras gentes, otras costumbres, aunque no salgas del país. No, no conocerás el instinto de aventura como yo lo conocí: perteneces ya a esas generaciones que pronto no podrán medir los pasos cometidos en kilómetros, sino en una medida mucho más cercana. Pero me consuela el que me digas que estás nerviosa ante los días que aún quedan para que te marches, porque nadie mejor que yo te entiende, nadie mejor que tu padre sabe lo que es que un hormigueo placentero de expectativa te recorra la sangre, te quite el sueño, te haga contabilizar las horas como el preso que graba palotes en la pared de una celda y va tachando en ellos lo que le resta de condena. Estás nerviosa, me dices. Y entonces yo pienso que, tal vez, sólo tal vez, no todo esté perdido.