"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















jueves, 5 de julio de 2012

06:00 (Fragmento del capítulo sexto de la novela "Ampliación del insomnio")




A veces, incluso, se entretiene inventando métodos para no quedarse dormido, algunos de ellos bastante fiables.

Quizá el más eficaz de todos -el más satisfactorio o efectivo para Héctor- sea el denominado por él mismo Método Automovilístico. Escéptico hasta con su propio escepticismo, harto ya del ostensible glosario de frases trilladas y palabras manidas que se han pronunciado a favor de los supuestos prodigios de la imaginación, resulta cuanto menos contradictorio que se visualice conduciendo en plena madrugada por una interminable autopista, ejercicio y escenario que a Héctor le parecen apropiados para forzar el insomnio, para no quedarse dormido frente al volante, tan pendiente de tantos elementos vitales que entraña la conducción de un automóvil. Necesario entonces, metido ya tan de lleno en el juego, imaginar cada detalle del acto, formular una escenografía que resulte lo más aburrida posible para que la inminente modorra acabe por convertirse en un peligro real, o real en tanto que él lo está viviendo como tal: en su imaginación, porque si se queda dormido acabará por colisionar con la mediana de hormigón o los quitamiedos o los otros usuarios de la vía, y morirá; en la realidad, porque si se duerme acabará muriéndose también (y tal vez ni siquiera sepa que ha muerto), con esa idea suya alienada e irracional, obsesiva, de que su salvación se encuentra en mantenerse despierto, como si la vigilia lo eximiera de morirse, como si el desvelo fuese a evitar que el corazón se le parta, máquina orgánica e insomne también, músculo forzado, colmado hasta la saciedad y exhausto de soportar la ansiedad y el estrés que lo espolean cada vez con más asiduidad. Héctor contempla así una noche como boca de Leviatán en la casi solitaria autopista: negra, sin estrellas ni luna, cruzada muy de vez en cuando por los faros fantasma de los pocos coches que le adelantan o le rebasan o que pasan por los carriles contrarios, al otro lado de la mediana de hormigón. La vía -no es necesario decirlo- es recta como una regla, larga y sin una sola curva a la vista; una extensa lengua de asfalto que propicie el aburrimiento, el sopor, la modorra a la que invita la temperatura excesiva de la calefacción dentro del habitáculo del vehículo, donde suenan antiguas canciones melódicas de los años cincuenta y sesenta, complemento añadido para fomentar la relajación temeraria, el brazo que ya suelta una mano del volante y la apoya con parsimonia y dejadez sobre la bola de la palanca de cambio, la nuca que se recuesta contra el reposacabezas, la boca que se abre en un gran bostezo, mientras trata de seguir con la voz las letras de las canciones, y el escozor en los ojos, signos inequívocos de que el sueño ya está reduciendo la capacidad de atención en la carretera, en las líneas discontinuas que corren níveas, recortadas contra la negrura del asfalto,   como disparos láser que quisieran acertar en los bajos de su vehículo, y también en las señales que aparecen de pronto, a cierta distancia, reflectadas fantasmagóricamente al contacto de las luces de su coche.

Se percata así Héctor, durante algunos momentos, de que su atención ha disminuido considerablemente, de que ha estado conduciendo durante algunos kilómetros sin ser consciente de su acción, embebido de lleno en sus pensamientos. Entonces sube el volumen del aparato de música, se restriega la cara con una mano que luego se acomoda en el cogote para darle un breve masaje, acciona el elevalunas y baja la ventanilla para permitir que entre esa noche de afuera -no la noche interior de su dormitorio azul con la atmósfera cargada de humo de cigarrillos consumidos hasta el filtro, sino la otra noche, la verdaderamente azul aunque sea negra, la que acarrea en el aire como un aroma a prosperidad, una promesa difusa de una vida mejor, no tan capacitada para el miedo y la obsesión-, al tiempo que presiona el encendedor del cuadro de mandos y espera su resorte automático para prender un nuevo cigarrillo que le mantenga entretenido, despierto, en alerta, atento a que no caiga la ceniza o un rescoldo sobre sus piernas o sobre la tapicería del asiento, algo que le permita no dejar la mirada tan fija en el asfalto, en las líneas discontinuas que empiezan a adquirir una cualidad hipnótica, un hechizo similar al que condiciona a las mariposas nocturnas que son atraídas por la luz de los faros hacia la perdición de la rejilla del radiador y la luna de su vehículo.

Héctor fuma y canturrea sin afán, dirige la mano que sostiene el cigarrillo hacia el pequeño cenicero para deshacerse del penacho inclinado de ceniza, a punto de desmoronarse y ensuciarle los pantalones, y bosteza de nuevo. Otra vez su vista se queda detenida demasiado tiempo en las líneas discontinuas, viéndolas pasar a velocidad vertiginosa por entre las ruedas de su coche una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, mientras su cuello va inclinándose hacia delante y la barbilla le toca ya casi en el pecho y una última imagen difuminada como una bruma prevalece aún en su conciencia: las líneas discontinuas pasando a velocidad vertiginosa por entre las ruedas de su coche una y otra vez... Pero las líneas deberían estar pasando a uno de los costados de su vehículo, al lado de las ruedas y no por entre las mismas. Héctor alza la cabeza de golpe al mismo tiempo que abre los ojos, se sobresalta, da un volantazo con las dos manos en el volante sin importarle ya dónde ha ido a caer el cigarrillo, y ve, con una precisión y una nitidez de imágenes que parece que sucedieran a cámara lenta, cómo la vía desaparece de su perímetro visual y la mediana de hormigón se interpone sólidamente en su trayectoria, cómo se deforma y se levanta el capó a su contacto, sólo un parpadeo antes de que la luna estalle en minúsculas esquirlas de cristal y todo se vuelva negro.

Game over.

2 comentarios:

La Maga Lunera dijo...

Orgullosísima de que seas mi pareja desde hace más de un año, de tus letras, de tus palabras, de todo tu. TE AMO. ERES MUY GRANDE.

Raúl Viso dijo...

Ya sabes que el sentimiento es absolutamente recíproco. Quiero escribir contigo, hacerlo todo contigo. Te amo, mi deidad.