"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















miércoles, 11 de julio de 2012

05:00 (fragmentos del capítulo quinto de la novela "Ampliación del insomnio")




Cuando Edurne no tiene que ir a trabajar o le toca otro turno distinto, se asoman a la calle y buscan, inclinados en la ventana hacia esa noche de vecindario -noche mundana con sonidos de cubertería y destellos de luz azul de televisores en las ventanas-, esas ánimas prolijas en caza menor, esas delgadas apariciones entre los coches aparcados en batería, las mismas que caminan a veces con presteza, siempre pegadas lo máximo posible a un fondo -una pared o los bajos de un coche, algo que les permita centrar su atención en un solo flanco-, o vigilan agazapadas desde la frondosidad de un seto o desde el recoveco de un portal, sondeando la madrugada con las linternas de sus grandes ojos verdes, azules, amarillos. ("Y no debe ser fácil ver la noche como la ven los gatos", medita Héctor, que gusta siempre de buscarle a todo la otra quijada, "penetrar la tiniebla acaso verde que les proporciona su visión como de infrarrojos, siendo como son tan susceptibles a cualquier movimiento que se cometa en la oscuridad, al igual que yo soy tan susceptible a cualquier mínima sensación cenestésica que me llega desde mi corporalidad...") Así Edurne y él van recobrándose, regresando paulatinamente cada uno de su propia parcela de placer, recuperando otra vez el aliento, enfriando al aire nocturno el sudor de sus cuerpos después de haberse vaciado el uno en el otro (aunque cada vez menos, porque Héctor con su enfermedad, con su corazón desbocado por el esfuerzo, con la alarma acaso falsa de sus palpitaciones alcanzándole otra vez en ese sentido de la fragilidad tan marcado desde siempre en él y que le incapacita cada vez más para la acción, para la vida social y laboral, y le impide consumar el coito con una fruición que en brazos de Edurne debería ser como un coro de arcángeles entonando We are the champions), mientras ella busca con la mirada sombras en la sombra tres pisos más abajo y él se toma las pulsaciones con disimulo o se lleva como al descuido una mano al pecho y comprueba que el corazón va recuperándose, ralentizándose de a poco, retomando de nuevo un ritmo que nunca le parece adecuado para un corazón fatigado como el suyo. En algún momento Edurne suelta algo así como un gemidito de satisfacción, una onomatopeya irreproducible de gozo, y entonces a Héctor no le hace falta mirar hacia la calle para saber que algunos de los gatos del barrio a los que les han puesto nombre ya han encontrado la comida que ellos dos le suelen repartir en grandes trozos de papel de plata, charquitos argénteos vistos desde la altura con diversos contenidos: pienso de colores con forma de pececitos, masa informe y viscosa que presume ser hígado de excelente calidad. Se entera así por ella de que Verso ya ha localizado el trozo de papel de plata que esa misma tarde han ubicado bajo el contenedor de basura, que Isis le ha seguido lo mismo que si fuera su sombra -nunca mejor dicho, porque es negra como un túnel y casi del mismo tamaño que Verso-, que Cecilia y Ligeia, madre e hija, han mostrado una indiferencia más que gatuna hacia los manjares, y que Nebulosa se había decantado en principio por la manduca colocada en el extremo de una jardinera, pero al final ha preferido darle caza a una rata que cruzaba entre los bajos de dos coches, aprovechando la distracción de los asesinos con el buen yantar.

Aman el amor de los gatos -Edurne con una pasión desorbitada que se extiende al resto de las especies animales; Héctor fascinado por su insomnio sin género ni doble filo, un insomnio que no lo es en absoluto, sino más bien un simple estar ahí y ser la misma noche, sin consecuencias ni temores imaginarios-, su tan sutil cariño que pareciera inexistente, hecho acaso con la misma materia silenciosa con que un dios oscuro y sabio debió moldear sus pies-espíritu, los cuales nunca pisan en vano, nunca se mueven en calle abierta, tan conscientes de que cada paso puede ser un paso en falso o el último paso, tan sabedores de los peligros de la calle, la galería de mil y un rostros de la muerte, las ruedas de ese automóvil que gira en la esquina y avanza lentamente en busca de la prostituta ucraniana, la mano regordeta de la otra prostituta que chasca suavemente los dedos y les bisbisea y les reclama con qué intenciones si les descubre en un momento dado. Héctor ama, como ya se ha dicho, su cohesión con la noche, sombra para ocultar la sombra que es un gato, escenario propicio para el asesino ducho en exquisiteces, lugar de tránsito para poder cuestionar su supuesta domesticación en el mundo hipócrita de los hombres, que parecen ignorar temerariamente la muerte o temerariamente la niegan y censuran y, además, aman sin saber amar y dicen "te quiero" sin llegar nunca a sospechar que, en realidad, están queriendo decir "me quiero"; ama el erotismo de sus movimientos, sus reflejos asombrosos de sobresalto, su guardia siempre alta, sus ojos-faro barriendo lo oscuro; ama la inacción que suele darse en su naturaleza propicia para la acción, la quietud por ratos de su anatomía diseñada exclusivamente para la más coordinada, dinámica y ágil psicomotricidad, la pereza y la vagancia alternándose con rápidos reflejos en sus cuerpos casi eléctricos, la siesta de su insomnio (que no lo es en absoluto, sino más bien un simple estar ahí y ser la misma noche)[...]



A veces Edurne decide echarle las cartas y él accede de mala gana, a regañadientes, con el humor atravesado, sarcástico y a ratos cruel con las predicciones de ella, haciendo uso de la actitud sobradamente altanera del maestro mediocre que escucha las respuestas de su alumno menos aventajado sólo para poder burlarse de su ignorancia. Ella no hace caso de sus mofas; confía plenamente, con una fe de hierro que ya quisiera Héctor para sí mismo en secreto, en los estatutos de la baraja: sostiene en la mano derecha el mazo contra su pecho, en el punto exacto en que está ubicado el corazón, mientras comienza a barajar con la izquierda; luego reparte los naipes a lo largo de la mesita de cristal del cuarto de estar, todo en un orden concreto que, por más que trata Edurne de explicarle, Héctor no alcanza a entender, reacio siempre a creer qe su vida esté regida por los designios del destino, palabra que le parece una burla a su inteligencia, aunque por la misma endeble mecánica de augurio él esté convencido de que le queda poco tiempo de vida; una vez repartidas las dichosas cartas, Edurne comienza a unir figuras aparecidas en el reverso de las mismas -la mitad de un árbol deshojado que aparece en un naipe, por ejemplo, con la otra mitad exacta aparecida en otro naipe distinto-, deslizando la mitad de las figuras por la superficie de cristal como si siguiera un itinerario preciso que sólo ella conoce; por último, cuando ya ha unido todas las figuras posibles -algunas de ellas permanecen sin su otra mitad, en una orfandad inverosímil, abandonadas e incompletas como amantes utilizadas cuando el hombre ya se ha saciado y regresa a su vida conyugal ordinaria-, comienza a interpretárselas a Héctor, se las traduce ya convertidas en predicciones y presagios, le augura designios buenos o no tan buenos -nunca son malos, y Héctor duda de si eso se debe a su suerte o a una inmerecida condescendencia de Edurne hacia él, hacia su enfermedad que subyace de otras enfermedades que subyacen de la gran enfermedad del siglo veintiuno, que es la locura- según las figuras que haya logrado reunir, un árbol desvestido de hojas o un zorro, una espada con una larga enredadera asida a su filo, por ejemplo.

-¿Todo eso te han dicho las estampitas? -le dice Héctor, se burla de ella.

-Ríete cuanto quieras, pero esa risa tuya tan torcida no sirve para otra cosa que para denotar aún más tu tristeza, aunque tú pienses que logra justamente el efecto contrario -le responde Edurne con un tono de voz que no indica ofensa, sino solamente algo de cansancio y lástima por él.

Héctor no la contesta, no entra en dialécticas que solamente le conducirían a una encerrona. Se limita a sonreír ampliamente y luego a reír con grandes carcajadas demasiado exageradas, a mimetizarse con el disfraz chillón e incongruente del mal disimulo... Touché. Edurne, como de costumbre, ya le ha rozado los pensamientos con su intuición asombrosa e involuntariamente cruel, ya se ha asomado a su alma con sus inmensos ojos castaños de visión de rayos x. Luego, consciente en un momento dado de su propia capacidad para la crueldad, y como para resarcirse de ella, alarga el brazo, posa la palma de su mano en la mejilla de Héctor con una ternura casi maternal, y le dice:

-Tonto, idiota. Pobre hombre sin fe, sin dios ni amo, doblemente solo, que no sabe vivir porque se pasa el tiempo tratando de proteger demasiado su vida y practicando ejercicios con lo oscuro...

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