"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















jueves, 28 de junio de 2012

Prosas desdeñables: "Encuentros"




A ellos


I

Las paredes de esta casa no acumularán más evasión, puesto que refugio es memoria -memoria es, a veces, prisión de retroceso, contención de ambiciones y venganzas-, y el recuerdo impronta de fantasmas vivos sobre los objetos en calma, sempiternamente en desuso, ya sin dueños, sin amos. Hablará el silencio azul de la madrugada épocas más nocturnas si cabe, y qué más da si la infancia o el asedio, si la adolescencia o el cambio, al fin y al cabo la experiencia, eso que tenemos de usados, de amancillados, de inseguros y contradictorios. Yo mismo he reprimido canciones, poemas, por mirar hacia atrás e intentar asimilar mi biografía.

Vi a mi padre llorar tres veces en mi vida, retomar la resistencia y luchar a degüello por poder amar sin límites ni intereses. Vi a mi madre congregar la enfermedad en la hondonada de su vientre, la esperanza luego, repartiendo después, con la mirada llena de ascuas, augurios de luz equinoccial. Vi a mi hermana elevar mi autoestima, mantenerla en el vértigo para acostumbrarla a mi altura, con cariño, con sombra aniquilada.

Las paredes de esta casa, los rincones donde el llanto pudo a las pelusas y la alegría al llanto, el hábitat en que no soy horriblemente solo, no acabo sólo en mí mismo... Totalitariamente suyo, de su arquitectura de abrazos sin reservas y puertas diáfanas, sus estancias dormidas en las mañanas de frío. Suyo mi particular universo, mi unidad temerosa de desgarro.

Saber un hogar en el mundo que decir tuyo. Retornar desde uno mismo y reconocer una familia.


II

Mi pobre padre duro
allí estaba, en el eje de la vida,
la viril amistad, la copa llena.

PABLO NERUDA, El padre


Y aunque no supe ayudarte, padre, y aunque no quise escucharte, ahora me vendría muy bien el eco de tu risa sobreviviéndome. Padre, y aunque a veces baje la mirada, aunque mi garganta sea la torpeza de no decirte, de no anclarme en conversación al constante consejo de tu voz, quiéreme para poder aprender a quererme yo mismo.

Me reiteras tus consejos, la experiencia, la evidencia, mientras yo te odio como un hijo debe odiar a un padre, como un padre debe odiar a un hijo: como al mejor amigo -aquél que no te dice lo que quieres oír y subraya tanto las aptitudes como los defectos-, con un odio dócil, cariñoso, inocuo.

Tú tranquilo, papá, no volveré a ser el rencor de esos portazos, ni la crisis que agostó los proyectos del pasado desmotivará nuestro mutuo esfuerzo presente. Porque mis manos son éstas, y quieren ayudarte en lo que sea; son fuertes, han crecido, ya no son unas fofas manos de niño. (Con ellas desnudas arrancaré cabezas si es necesario, trastornaré el destino de todo el que deseé tu felicidad criando cieno.)

Porque hoy siento que eres el único amigo que todavía se deja abrazar. Porque de ti he aprendido a no creer en el ridículo, mucho menos en el miedo.


III

Quien te pudiera repetir desnuda
bajo el dolor de tu poder más fuerte,
en el oscuro rito, madre,
remotamente madre desde siempre.

JOSÉ ÁNGEL VALENTE, Maternidad


Un incensario de aromas vírgenes para mi madre, un lecho de risas amigas, un ramo de rosas azules en su cómoda y, en su pecho, un verano interminable, un errar de astros puros en la cálida noche, un volumen de canciones que no mientan, una ofrenda a los océanos que fosforecen en sus ojos negros...

Sabrás, mamá, de mis propios ojos, los secretos abducidos en la cómplice mirada que son secretos a gritos, comunicación usuaria de ningún lenguaje si los sentidos prevalecen. Con sólo mirarme sabrás si estoy enfermo, si el amor minó mis fuerzas, y sentirás mi mirada clavada en la secuencia de tu respiración mucho antes de que despiertes y me encuentres a tu lado, fugado otra vez de la pesadilla.

Lo que reservo para mí es la tristeza y la vergüenza: tristeza por no poder recordar tu latido cuando yo aún era tu vientre; vergüenza de mí mismo por haber permitido que vagaras por las calles cuando zozobró el amor. Perdóname, mamá, porque no consigo recordar mi nacimiento. Pero, a menudo, cuando en mitad de la noche me asalta el sobresalto y el cobalto del sueño hurga por dentro de mis párpados con sus uñas de pánico, con su invitación al insomnio, es tu mano sobre mi pelo lo que ansía mi calma, y siento ganas de llorar, y tengo que esperar que el alba suceda recordando las canciones que solías cantarnos.


IV

Hermana, no llores más,
que la lluvia ya está aquí.

M-CLAN, Hermana


Ven, hermana, a sustraerme de la sombra, a pacer conmigo el alimento luminoso de la lealtad sin medida; hace ya mucho tiempo que quiero decirte mis miedos más profundos, mis crímenes decirte con palabras que no estén corrompidas de tanto usarlas en vano, y en vano mi íntima autarquía ha procurado que nunca, nunca te pidiera ayuda. Pero ahora ven, hermana, las cosas han cambiado: encuentra las coordenadas heridas que te doy, la latitud clausurada de mis recuerdos, la longitud interrumpida de mi lento crecimiento. Te ofrezco, además de mi mano, mi ancho corazón, mi corazón encogido por la nostalgia y tensado como un arco en el peligro; te ofrezco también mis opacos secretos, mis dudas sempiternas de tanta madrugada insomne contra el techo.

Haber estado allí, a un suspiro de tu hermoso nacimiento, y haber hecho un hueco en esta casa y haberte dado la bienvenida, son mayor triunfo sobre la sombra que mi pelea contra mí mismo.