"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















viernes, 29 de junio de 2012

Predio y prefacio (poema de apertura del poemario "Algo sagrado")






Si eres luz, soledad, yo no lo sé,
o si sencillamente eres tristeza,
porque a veces alumbres mi interior,
y otras me doblegues como a un campo
dormido bajo el agua.

RAÚL ALONSO, Soledad




Que yo era de ti, que aún lo sigo siendo
si consideramos que nadie puede revestirse en mi dolor,
ni rumiar mi ceniza, ni haber nacido por mí,
ni aun mucho menos -y todavía-
deconstruir mi muerte futura para acolmillarla 
a fondo en su propia experiencia.
Que yo caminaba gris y recio por una trama de calles
que conducen por norma a nadie y al nunca,
tránsfuga de mí, de la mano de ninguno
al encuentro de los días sin semanas,
cruzando por el apremio inútil de las tardes tristes
para sólo arribar en las aprensiones de tantas noches
boca arriba, insociable en mi soberbia de hombre solo
que no sabe todavía que se niega a ser feliz,
intratable en el marco de tu amor y de tu asedio,
en tu ruta de bares que ya cierran
donde darse citados desencuentros, citas desganadas,
tu turbio callejero donde ni el viento decía
siquiera la sola inicial de mi nombre.


Y allí en mi moridero de entonces, allí
en mi éxodo particular y sin migración,
quise al fin demudarme de todo sentimiento,
constatar, en la mirada dura de los otros,
que mi aterido paso era camino exiguo
para uno solo, lavado al cabo de toda compañía,
impostor anacoreta que trata de lograr templanza,
para la banal estolidez de sus deseos,
componiendo solidez de alma y baluarte
a partir de una exigente penitencia trasnochada;
y pacía mi ansiedad acodado en una barra cualquiera,
bebiendo el lenitivo tóxico de los nunca conjurados,
y leía en el periódico las noticias que no hablaban
de ti, de mí o de ella, de su presencia ahora
rescatándome de un tiempo que parecía inconcluso
y que era, sin embargo, puro carpetazo,
cierre echado a lo que fui sin nadie
y ya nunca más quisiera recordar
amparado en el ideal protectorado de su espalda.


No fueron dolor esos días
-no puede denominarse dolor
a aquello que no consigue conmovernos-,
sino más bien inercia inútil,
cuchilla roma, autovía sin océano al cabo.
Estaba solo, eso es todo:
solo al modo en que el porvenir no te pronuncia
y se suceden en la vida
horas iguales, días estáticos e idénticos;
solo a la manera en que, tú me enseñaste,
en el cómputo de tus deslumbramientos y tus desgracias,
suelen nacer y morir todas las criaturas.


Pero ahora me encomiendo
a sus cuidados, al alcaloide de su risa
que sinceramente me contagia,
vuelto a ser niño amadrigado
en un ceño de ternura, a ser
página en blanco donde pasado y futuro
han perdido su amenaza;
a las níveas palomas
liberadas en su abrazo sin artificio,
a su séquito de esperanzas repartidas
por el umbral del sueño que no cabía en mí
y hoy es portal desde donde me hablan sus ojos.


Tu precio ya no me interesa
pagarlo, soledad que me mostraste
lo mejor y lo peor de mí mismo.
Descreo ya de tu amor con condiciones.
No obstante, aún te espero llegar
tendiendo tu íntima llanura inextinguible
así en la muerte o la ruptura,
como si ambas no fueran una misma cosa.


Tanto me enseñaste, que de ti aprendí
a procurar vadear los presagios que intuyen 
sombra, a saber que tan concisa,
y tan absurda también a veces,
ensombreces o iluminas -antídoto o cicuta-
tanto difuso arrumbamiento
a ninguna parte
y el corazón temerario de los hombres.


Alcalá de Henares, febrero de 2012

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