"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















lunes, 25 de junio de 2012

"Mortal y rosa"(fragmento), de Francisco Umbral




Pocos libros tan hermosos y, a la vez, tan terribles como este. Magistral radiografía del alma de un padre que asiste a la muerte de su hijo, a su proceso, desde que se la sospecha hasta mucho después, póstumamente; cada metáfora, cada oximoron, cada ebriedad filosófica, cada monólogo interior es imprescindible en una obra en la que no sobra absolutamente nada. Novela lírica o poema en prosa, a quién le importa. Que otros se ocupen de endosarlo en un género literario concreto; yo prefiero empaparme de sus letras, hoy más que nunca, que el sueño vuelve a no entrar en mí, insomne acérrimo, y no puedo comprarme una lámpara.








La fiebre, ese fuego secreto que mi madre buscaba en sí, que buscaba en mí, como luego me lo buscaba en mí mismo, como lo busco ahora en mi hijo.
La fiebre, la llama quieta que crece por la sangre, ese miedo que me asusta como nada, ese quemarse el cuerpo y la vida en un incendio lento y mudo. La fiebre, por qué la fiebre, de dónde, y sus crepúsculos internos agrandándose hasta los ojos, torturando las sienes, haciendo restallar las manos.
La fiebre del hijo, el fuego en que me arde, la hoguera inexistente en que se quema, el abismo rojo donde le pierdo. La fiebre y el horror. Cómo se puede vivir en el horror. Se puede. La muerte en torno, la fiebre ondeando sus fatigadas banderas, el miedo. Pero se puede vivir -y esto es lo atroz- en la entraña misma del horror. También el horror puede llegar a ser de alguna manera confortable. Tener a un ser en la muerte es tenerlo ya seguro, a salvo, fijo, como una estrella, libre de todos los peligros, más allá de todas las riadas de la vida.
Comprar una lámpara, un día se sale a comprar una lámpara, tenemos que comprar una lámpara, y se vuelve a casa con la fiebre, con el mal, con el miedo. Esas cosas de que se hace la vida. Dar un paseo, comprar una lámpara. Todo eso que veo ahora, en medio de la noche, tendido, despierto, con los ojos en la tiniebla. El insomne sorprende su propia vida, asiste al curso subterráneo de su existencia, desciende a las bodegas secretas del ser, mira la luz del vivir desde la cámara oscura de la vigilia, ve los días desde la noche, mira la vida desde la muerte. Así lo contemplo todo, ahora, la fiebre del hijo, la confortabilidad del horror, todo lo que nos pasa, y mi vida desaparece en la horizontalidad, sólo soy una mirada sobre el tiempo. La lámpara, comprar una lámpara, a veces, en la casa, falta una lámpara, y se sale, se va a las grandes tiendas, se busca la lámpara entre las lámparas, se habla con dependientas, encargados, gentes, por las catedrales confusas de los bazares, se desenmaraña el lío de música, ambientadores, precio fijo y sonrisa menstrual de la cajera, y se vuelve a casa con la lámpara. Ya está ahí la lámpara, clara, nueva, tersa, creando un engaño de luz fácil, incendiando pacíficamente la vida. Reponer la lámpara es como reponer el aceite de la lámpara, eso que hacían los antiguos. La casa luce de otra forma, nos vemos todos de otra luz, de otro color, con la sonrisa desentrañada por la lámpara demasiado nueva y refulgente. 
La lámpara apagada luce encendida en mi desvelo. El hogar tiene una dimensión nueva con la nueva luz, pero enseguida iremos poblando esas zonas inéditas de la lámpara y todo volverá a ser habitual, cotidiano, bajo la lámpara. Parece que esa luz distinta, como un día de sol, nos salva de algo. Pero la vida va oscureciendo lámparas, matando resplandores. Mi casa es una lámpara nueva y el hijo con fiebre. Mi vida es la luz y la muerte. La sombra y la vida. Y la lámpara.
Hemos puesto una lámpara en el corazón del terror. El niño, los niños. Todos son mis hijos. Haber sido padre una vez es haberlo sido y seguirlo siendo por los siglos de los siglos. Lo glorioso y lo espantoso es que todos son ya mis hijos, que todos son torturados por la vida bajo mi paternidad. Todos los niños son el mismo niño. Sufre uno, sufren todos. Así como mi hijo es hijo de la humanidad, yo soy padre de todos los hijos, a mí me los matan, me los quitan, me los abrasan. 
Un niño es una lámpara de vida. Un niño es un aceite inextinguible. Cómo arde y chisporrotea y muere la candela de su vida, el aceite de su risa, en el fuego de la fiebre. Lamparilla, el niño. Niños de luz en el redondel de la lámpara. Luz de niño, carne de lámpara. La luz es el cuerpo de la lámpara. Los niños son lámparas de la vida. Cambiar la lámpara, comprar una lámpara. Y el fuego, el miedo, el insomnio, el terror, el niño, la fiebre, el miedo. Tendido en la oscuridad, solo, veo mi vida como una historia de nubes. Nada existe, nada ha existido, y lo escribo todo para que de alguna manera exista. Si me levanto, si bebo agua, si enciendo la lámpara, si miro en torno, si profano la luz, asisto a la demolición nocturna y secreta de las cosas.
El agua en la boca, repugnante. La sangre en la boca. Las sábanas, tibias de mí, heladas de noche. Apago la lámpara y, por debajo de mis párpados cerrados, siempre mis ojos abiertos. Por debajo de mis ojos cerrados, siempre mi mirada abierta. Por debajo de mi mirada cerrada, siempre mi alma abierta. Algo mira desde mí cuando ya no miro nada. Cuando ya nada, en mí mira. La noche, el miedo, el niño, la fiebre, la lámpara. Se puede vivir indefinidamente en el terror. Se puede.

2 comentarios:

Sara dijo...

Es bestial. Una genialidad.

Sara dijo...

Es bestial. Una genialidad