"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















martes, 26 de junio de 2012

Miasma (primera parte)







Soy un hombre rudo, frío, huraño -lo sé-, adusto como un ataúd y quisquilloso como una corneja, de muy poca o ninguna paciencia, gruñón, fácilmente exasperable, cínico, mitómano, tozudo, obsesivo, maniático y autodestructivo... "Hay que saber llevar tu exquisito carácter", es lo que suelen decirme aquellas personas que consiguieron reunir la templanza necesaria para poder llegar a conocerme un poco. Y sin embargo, a pesar de mi ofuscada negatividad, mi obstinado pesimismo, mi melancolía incurable, mis complejos (que no son pocos), mi voluntad minada por el tedio y los prejuicios, mi actitud reaccionaria frente a esas opiniones de los demás que no son acordes con mis propias opiniones, mi cerrilismo y mis muchísimas contradicciones e innumerables críticas hacia cualquier virtud de la que yo carezca y no considere como propia, mi misantropía arrogante, mi ociosa y altiva pedantería, repito, a pesar de todos estos defectos (que para mí no lo son en absoluto, sino los componentes infaltables y las cualidades que debe reunir una gran personalidad), estoy casi convencido de que no le puse un dedo encima a Blanca. Digo casi, porque lo que me dispongo a relatar echará por tierra toda esta declaración.

Con Blanca tuve una relación prematura. Nos conocimos a una edad muy temprana -demasiado temprana, objetarán algunos: mis suegros y mis propios padres y algún que otro familiar o amigo de la familia, uno de esos entrometidos que siempre sostienen cirio en entierros ajenos y de los que hay que evitar sus visitas a toda costa-, con catorce años, desde una casi recién estrenada pubertad, cuando la vida apenas había comenzado a golpearnos (más a ella que a mí; más tarde lo comprenderán ustedes) y nuestra personalidad aún trataba de hacerse sitio y oscilaba en un pulso efusivo de dudas y preguntas sin respuesta aparente hasta que se estabilizó, se asentó de a poco en unas tendencias y valores concretos, configurando así el perfil de cada uno. Recuerdo la primera vez que la vi, y lo hago con no poca indiferencia, puesto que nunca me tragué esa falacia demasiado dulzona del flechazo y el amor a primera vista: nuestra relación se forjó despacio -todo lo despacio que permiten esos años turbulentos- pero segura, solidificándose a fuerza de mutua confianza, mucho diálogo, confidencias recíprocas y lealtad inquebrantable. Ella me hizo adulto, me levantó de entre los restos de la infancia que aún perduraban en el adolescente que yo era entonces -todo el mundo sabe que la mujer aparenta madurar antes que el hombre-, configuró a la persona que ahora soy, para bien y para mal. (Aunque pobre y reprochable, es la máxima alabanza que un hombre de mi cinismo puede brindarle a una mujer de la talla de Blanca, deseable para todos los hombres heterosexuales y también para algunas mujeres, hermosa, atractiva e inteligente, alegre como un matasuegras, solidaria, tolerante, enamorada prácticamente de todo sin que llegase a parecer idiotizada ni resultar empalagosa.)

Pasó el tiempo, partió el tren ahora nostálgico de nuestra pubescencia y nos hicimos horriblemente adultos.

Me sorprendió comprobar, con el transcurso de los años, que no se produjeron cambios considerables en ningún aspecto de Blanca. Siempre sostuve que el ser humano es una criatura corruptible y cambiante que muta según el tiempo y las circunstancias, siendo la vejez el estado último en que se agravan o se amplifican las posibles manías y rarezas de cada uno. Pero en Blanca no parecía darse ese proceso, digamos, de pudrición: seguía siendo la misma chica jovial que conocí en la primavera de 1.98..., la misma que me encandiló con su elegante e ingenioso sentido del humor, que fue fascinándome con su espontaneidad -la sencillez es la más difícil de todas las poses, parecía decirme todo su ser-, que al cabo terminó por enamorarme con su modesta inteligencia y, cómo no decirlo, aquella belleza suya sin propósito, y tan atrayente precisamente por ese motivo, que en hombres despistados como yo, con mi flema y mi carácter poco impresionable, se nos revela de un modo tardío aunque rotundo. Ni siquiera esto último se alteró o cambió en ella, pese a que la edad, como suele decirse manidamente, no perdona, nos coloca un arado a escala donde antes lucíamos una frente lisa, nos amarillea los dientes y nos curte las palmas y plantas de manos y pies, nos arrebata ese olor a niños que a veces se disfruta aun estando ya muy adentrado en la adolescencia. Ese olor, precisamente... Blanca todavía olía a esa piel niña, sin estrenar, que todavía no ha soportado las inclemencias del tiempo; un aroma benigno como a recién nacido o a vainilla, un efluvio de prosperidad, similar -y tan distinto, no obstante- al que pueda imaginarse rezumando de la tierra mojada, que ascendía de ella contaminándome prodigiosamente, despertando mi lívido con ansiedad y urgencia. La recuerdo abrazándome al llegar del trabajo durante el primer año de nuestra emancipación, su cabeza apoyada contra mi pecho y sus brazos rodeándome la cintura, y ahí era que me llegaba ese olor desde su pelo y tenía que tomarla inmediatamente, desnudarla y follarla en cualquier lugar al uso de nuestro recién adquirido apartamento, no digo hacer el amor, digo follar, follar como perros, como animales jadeantes y primarios que se huelen el sexo y se reconocen y se lamen y se chupan y babean e introducen y sacan obscenamente y se quedan pegados al finalizar la cópula salvaje..., porque fornicábamos sin contención ni censura, sin romanticismo aparente ni mucho menos paciencia, lo mismo que cuando aún vivíamos en casa de nuestros respectivos padres y temíamos que nos sorprendieran en plena faena, atenazándonos el uno al otro con llaves sexuales que muy cerca estuvieron de resultar peligrosas. Yo embestía con cierta furia inocua y ella me recibía insuficiente, me clavaba una mirada entre inquisitiva y tierna de placer, petición y exigencia a un mismo tiempo, dirigiéndome palabras tan soeces que nunca creí posibles en su vocabulario.

Estos encuentros animales se dieron, aproximadamente, durante los tres primeros años de nuestra vida fuera ya de la engullidora protección de nuestros respectivos progenitores. Después, de un modo que, día a día, debiera haber sido imperceptible, el curso del tiempo fijó en mí toda la acción degenerativa que en Blanca parecía haber ignorado: segó mi frente, despoblando mi cabeza de cabello, y tendió un mar repulsivo de pliegues y arrugas; engordé ostensiblemente, perdiendo la silueta fibrosa y felina que luciera mi talle en otra época; deterioró mi dentadura hasta límites, a mi parecer, repugnantes -entre otras muchas cosas-, y quizá lo peor fue que acabó con todo lo bueno y honrado que hubiese podido albergar alguna vez en mi espíritu. Un profundo tedio se adueñó de mis ilusiones; y éstas, desesperanzadas o nulas, terminaron por embarrancar o abolir los diversos proyectos que había empezado con Blanca. Encontraba pormenores incómodos, pegas y contratiempos a cualquier trato con ella, preso como yo era de aquel peligroso aburrimiento que me llevaba a sentirme abatido de cansancio cada vez que tratábamos de iniciar una conversación que no estuviera compuesta solamente de palabras escuetas y monosílabos. Eso por no hablar del contacto físico, el cual yo evitaba en todo momento o ejecutaba forzosamente, con un principio de náusea, tanto si se trataba de un simple beso de recibimiento como si se trataba de una cópula breve, maquinal, cometida con la misma sensación de monotonía y la misma gélida efectividad del profesional que no ha cambiado de empleo en décadas o ascendido nunca de puesto en el mismo. Ni siquiera ya sentía alguna vez celos si alguien se le arrimaba o se citaba con algún buen amigo o compañero del trabajo para tomar café, y esas circunstancias (que, por otra parte, yo mismo elegí) me sumieron en una melancolía indecible, una tristeza hecha de mucho tiempo y más distancia que me impedía amar a la Blanca actual y me condenaba a añorar a la Blanca adolescente, casi niña, que conocí aquella primavera ya muy remota. Lo demás vino rodado, como suele decirse: la melancolía constató la carencia, y ésta dio paso a la insatisfacción y la frustración (venidas de la imposibilidad ante la lógica aplastante que me hacía comprender que ya nunca más se repetiría aquella primavera), y a ellas les sucedió la ira, la furia. Me convertí en un hombre cruel, déspota, asqueado de su entorno y de la mujer que lo habitaba, que sólo sabía ver la vida si era mirando largo hacia el pasado y a través de los errores de los demás, jactándose de ellos, sobre todo si era Blanca quien los cometía. Yo ya no la amaba, ciertamente; pero me retenía junto a ella el espectro de la otra Blanca, la Blanca anterior, la de la primavera en que nos conocimos y empezamos a intimar. Por eso no la abandoné. Por eso, todavía, no le había faltado el respeto.

La primera vez fue una mañana en que a ella se le olvidó poner el despertador la noche anterior y yo llegué tarde al trabajo. El suceso no revestía más gravedad de la que yo quise darle, en verdad; fue sólo un despiste por parte de Blanca, un olvido fortuito que le hubiera podido ocurrir a cualquiera. No obstante, cuando abrí los ojos y vi por la ventana el día ya bastante avanzado -yo me iba a trabajar siendo aún noche cerrada-, un creciente mal humor fue subiéndome por la sangre. Me levanté maldiciendo entre dientes, culpándome por mi dejadez al haber encomendado a Blanca una tarea mecánica y simple, rutinaria, que me correspondía realizar a mí. El enfado pareció amortiguarse mientras tomaba un café rápido en el cuarto de baño, al tiempo que me vestía y me aseaba; después de todo, no iba a haber reproche alguno por parte de mis superiores, ya que mi trabajo en los últimos años resultó ser óptimo y había llegado a ser una persona de cierta confianza en la empresa. Un frasco de desodorante que no conseguí encontrar en su correspondiente armario reavivó el mal humor que parecía ya olvidado; eso, y también el hecho de que Blanca ni se hubiese inmutado de su error y siguiera durmiendo plácidamente, ajena a mis prisas. Fui al dormitorio, desenchufé de un tirón el radio-despertador y lo estampé contra la pared más próxima, gritándole a Blanca por su zafiedad y por su manía enfermiza de andar siempre cambiando las cosas de sitio. Pueden ustedes imaginarse el sobresalto de Blanca cuando mis gritos la arrancaron de golpe de las aguas del sueño, sus facciones reblandecidas por la modorra, su confusión por mi comportamiento repentino. Medio incorporada en la cama, con el rostro pálido, con los ojos muy abiertos, de párpados hinchados, y el cabello revuelto cayéndole a un lado de la cabeza, todo en un gesto que resultaba casi cómico, se limitó a decirme:

-Estás loco.


Continuará...

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