"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















jueves, 28 de junio de 2012

La sombra del cuervo, otra vez




Nunca me han dolido prendas a la hora de reconocer influencias. Creo que uno debe ser agradecido con sus maestros, aun cuando se intuya que éstos flaquean en algunos aspectos de su magisterio. Si consideramos que el aprendizaje abarca un espectro muy amplio que pasa también por enseñarnos aquellas cosas que no debemos y/o no queremos saber, ningún maestro es absolutamente brillante ni absolutamente mediocre, lo mismo que ocurre con cualquier artista, un poeta o un músico, por ejemplo; de entre toda su obra, por menos que ésta nos guste, es seguro que se encontrarán cosas aprovechables, aspectos interesantes a tener en cuenta ocultos entre toda la paja a remover. Tener conciencia de esto es querer ser un buen alumno, abrir la mente, estar dispuesto a aceptar un legado impagable.

De Edgar Allan Poe (Boston, Estados Unidos, 19 de enero de 1.809 - Baltimore, Estados Unidos, 7 de octubre de 1.849) se dice que fue un poeta flojo y que tenía problemas con los finales de sus relatos. Con lo primero estoy de acuerdo, aunque me cuidaré de matizar esta opinión; con lo segundo, siento que los que hicieron o han hecho esas delaciones -Aldous Huxley, entre otros literatos de menor renombre, dijo que su escritura "incurría en lo vulgar"-, han entendido poco o nada de la técnica narrativa de Poe. Si tenemos en cuenta que las reglas básicas e inamovibles del relato corto es la economía de medios y el desenlace inesperado, que trastoca la realidad existente con un fogonazo para desmembrar las apariencias, el bostoniano era, como digo, un maestro. Al menos, en lo que a sus cuentos fantásticos se refiere, no siendo tan popular esa otra vertiente del relato corto que cultivó en su carrera, la sátira, faceta menos conocida del autor y también menos alabada. En cuanto a su poética, a mi parecer, arrastra el eterno lastre del pudo ser y no fue. Estoy convencido de que Poe podría haber sido mucho mejor poeta, aunque autores como Charles Baudelaire y T.S. Elliot defendiesen y ensalzaran sus versos, y aunque nos dejase joyas versificadas como Annabel Lee. El problema de la poética del autor radica, en mi opinión, en haberse obcecado en trabajar constantemente en versos que fueron escritos a muy temprana edad, tratando a toda costa de que viesen la luz y de que su publicación lo trascendiera al Olimpo de los poetas; pero esas producciones, que a la edad en que fueron escritas pudieron ser loables, no soportaron el implacable peso del tiempo. Tal vez si el bostoniano hubiese centrado sus energías en escribir nuevos poemas, en vez de hacer un ejercicio de renovación de esos manuscritos que dormían en los cajones, el resultado, a buen seguro, hubiese sido muy distinto. Prueba de ello es la fama que adquirió en su día el conocidísimo poema El cuervo, casi el único logro literario que el autor conoció en vida, si obviamos el hecho de que sus críticas feroces en las revistas literarias de la época conseguían que la tirada de éstas aumentase ostensiblemente.

Pero el motivo de parir esta entrada acerca del autor que hizo que yo quisiera comenzar a escribir, es otro muy distinto a la opinión subjetiva que yo pueda tener del cómputo total de su obra: ha sido el cine, casi siempre equivocado a la hora de llevar biografías a la gran pantalla, quien ha motivado este texto. No soy muy cinéfilo, a decir verdad; apenas veo películas, y cuando las veo es muy posible que ya hayan pasado algunos o muchos años desde su estreno, siendo así que todo el mundo las ha visto menos yo, sin mencionar que mi memoria para recordar títulos o nombres de actores es sencillamente infame. Con lo que la crítica que haga en las próximas líneas puede no tener ninguna validez, contando dos aspectos: el primero es lo que ya he dicho: no tengo ni pajolera idea de cine, y además es uno de los pocos entretenimientos que me aburre disfrutar solo; la segunda, que no he visto todavía el film del que voy a hablar, limitándome a construir mi crítica a partir de los pocos tráileres visionados y la mala elección y caracterización del actor que se ha escogido para meterse en la piel de Poe.

Se estrena en estos días el film El enigma del cuervo, que a juzgar por lo que he visto en la red no pasa de ser otro bodrio más pseudo detectivesco, en que los pormenores de la vida de Edgar Allan Poe se mezclan con los pormenores de la vida de los personajes de sus obras, como si por fuerza el autor tuviera que ser el narrador, y el narrador, por extensión, tuviera que ser un personaje de la historia a contar. Pero el perfil psicológico del narrador que el autor utiliza para contar una historia no tiene por qué ser acorde con el perfil del autor que da voz a ese narrador, ni el narrador ha de participar, por fuerza, en la trama de la historia; cualquier persona que escriba puede dar cuenta de esto. Otra razón más para no gastarme un dinero que no tengo en ver una película que no me interesa, es la elección del actor y la caracterización que se le ha dado. No tengo nada en contra de John Cusack, y de hecho es un actor que me gusta bastante en otras películas, pero no entiendo esa manía de Hollywood en tratar de mejorar el aspecto de, incluso, un hombre como Poe, un tipo de baja estatura y ojos negros y febriles, que gastaba en sus rasgos un eterno gesto de ensimismamiento que presagia la tragedia. Soy un friki del autor estadounidense, con lo que he contemplado una veintena de fotografías, retratos y daguerrotipos de su persona, joven -nunca fue viejo, contando la edad a la que murió y obviando sus excesos, que envejecían su aspecto- y en el ocaso de su vida, sonriendo o impasible, con mostacho y sin él, más largo o más al estilo de Chaplin o Hitler, pero nunca he visto a Poe con esa perilla perfectamente recortada y estilista con que se pretende hacerle más atrayente al público.

Reconozco que me ilusionó saber que algún director de los de hoy se interesaba por el escritor, pero luego mi gozo cayó en un pozo. Tengo ganas ya de ver una película basada estrictamente en su biografía, sin que aparezcan consabidos cuervos, asesinos en serie, o sin que se trate de fusionar al autor con algunos de los personajes salidos de su pluma. Como yo, hay muchos que consideran que el mejor y más fantástico relato del bostoniano fue su propia, corta y turbulenta vida.