"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















jueves, 28 de junio de 2012

El libro de Dalila (11): "Infirmus"




Eres una niña sensible, Dalila, mas no quejica. Hace unos días te llevé al médico por causa de un sarpullido bastante feo que te ha salido por todo el cuerpo; no sé si se trataba de una simple alergia, de un cuadro vírico, del sarampión o qué sé yo. Tampoco la médica que te atendió supo a ciencia cierta qué te pasa: con esa parsimonia de los que se sacan una carrera más por los beneficios que ésta les pueda reportar que por pura y hermosa vocación, estando ella doctorada no se cortó delante de mí en llamar a la enfermera de pediatría del servicio de Urgencias -¡la enfermera, una subalterna supuestamente con menos conocimientos!-para que la asesorase; y ésta, con la profesionalidad de la que carecía la doctora, y recordándote del turno de la mañana -dudo mucho que la doctora hubiera podido reconocer su enorme culo de entre las fotografías de sus familiares impresas en una orla-, te preguntó con ternura si tenías malestar general, qué habías comido, te tomó la fiebre y te pasó la mano por los diversos ronchones repartidos por todo tu cuerpo, a fin de comprobar si desaparecían momentáneamente con la presión de la mano o si, por el contrario, permanecían inmutables, síntoma fatídico. "No parece sarampión, al no tener fiebre", me dijo con una mirada que era como disculpar a la infaltable doctora, la cual permanecía con cara de bovino pastando, más perdida que una cabra en un salón de baile, "pero si el sarpullido no remite en unos días con el tratamiento que vamos a mandarle tendrás que volver a que la inyecten." Añadió también que si en las 72 horas de plazo de actuación del jarabe que te mandaron aparecía fiebre, seguramente se tratase del sarampión.

A todo esto, tú me mirabas desde la camilla algo confusa, con esa media sonrisa que en ti denota miedo aunque no lo demuestres. Y me sentí orgulloso de ti: no es fácil esbozar una sonrisa, aunque sólo sea un intento de ella, cuando el miedo lo tiene a uno acorralado contra la pared de un callejón sin salida. Sonreíste de igual modo cuando no hace mucho colisioné mi coche contra otro vehículo y tú te hiciste daño en la garganta con el cinturón, asegurándome que te encontrabas bien cuando te pregunté si te habías hecho daño. El caso es que el sarpullido no ha desaparecido, y ya han pasado los tres días de rigor. Ahora quien tiene miedo soy yo, y también quien tiene que esbozar una media sonrisa para no preocuparte, porque mañana te llevaré al hospital y me demostrarás de qué pasta estás hecha cuando te pinchen algo. 

Sé que aunque te duela no dirás nada, y siento en ti, cuando me miras, el orgullo que sientes por mí cuando te pregunto sobre tu estado, recrimino a tus familiares por darte cosas que te han prohibido tomar -conservas, cosas elaboradas, ultramarinos, congelados, etcétera; todo lo más natural posible y cocinado en casa- o te explico que es necesario que mañana vayamos al médico otra vez, que aún no estás curada, que no debes preocuparte, aunque yo esté muerto de preocupación. Esbozarás esa media sonrisa tuya, estoica, de cuando algo te da miedo o te sientes amenazada, y pasarás el trance buscando mi mirada para evitar la mirada del profesional que te atenderá, tal vez aguja en mano y con poca paciencia para tratar con niños de tu edad. Y yo me sentiré grande, grande de que busques mi mirada, grande de que seas más grande que yo cuando te enfrentas al miedo y eres capaz de sonreírle de un modo que yo no podría.

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