"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















martes, 31 de enero de 2012

Los infieles


En aquel tiempo, buscaba atardeceres, los arrabales y la desdicha; ahora, las mañanas, el centro y la serenidad.


JORGE LUIS BORGES


Ha tiempo ya que no nos veíamos, que no se daba un encuentro entre nosotros, que a mí, tras la mala noche y el cansancio y los constantes cambios de postura y la madrugada de costado rumiando aprensiones y pensamientos rayanos en la obsesión, lúcidos en su gestación pero poco o nada efectivos en cuanto a practicidad se refiere para solucionar problemas de orden mundano y limar preocupaciones innecesarias –quizá sean los artistas y los sabios quienes explican el mundo, mas no los que saben vivir en él-, no se me concedía la accesible y humilde recompensa de toparme con la luz de tu presencia retirando de a poco las sombras residuales que, todavía a esa hora imprecisa en que ya es de día pero aún es de noche, se resisten a abandonar su morada clandestina de esquinas y recovecos para la telaraña, recodos tras el mobiliario donde aguardan pacientes y escuchan la respiración pausada, profunda y unánime de los habitantes de la casa que todavía duermen. Tiempo ha que no hallaba en tu presencia una ventana de persiana alzada, abierta a la sencilla esperanza de lograr una serenidad relativa contemplando cómo el mundo acciona sus goznes, cumple sus deberes, habilita su cotidianidad, gana su pan expuesto al frío intenso y la luminosidad cegadora de las mañanas de Madrid.

No hace mucho, esos encuentros nuestros y ese primer momento de la jornada explicaban mejor mi propia identidad que, ahora, mi cartilla de parado. Nos veíamos desde muy temprano, y yo agradecía íntimamente que se me otorgase el denostado privilegio de poder observar el decurso de tu ascensión, de toparme, casi de repente y en cualquier carretera perdida de la mano de Dios, por ejemplo (porque sabes que me gustaba conducir durante distancias asombrosas, siendo aún noche cerrada, paralelo a estepas y pantanos, para ir a tu encuentro), con una suerte de océano invertido y de colores fabulosos extendido sobre mi cabeza, de conducir muchos kilómetros enfrentado a un horizonte que era como la raya de luz bajo la puerta de una habitación a oscuras, e incluso de ponerme a escribir al abrigo de tu milagro ignorado por casi todos. También solía levantarme a esa hora que los demás consideran fastidiosa e indecente para ese propósito –sobre todo, si es fin de semana o día festivo-, aún resacoso de la noche insomne y boca arriba o de costado, con frío y sueño y como padeciendo una viscosidad en la piel de estar viviendo una vida que no quería llevar, y abandonaba el agobiante lecho marital para sentirme culpable e infiel satisfaciéndome con el acto de salir de casa y pasear muy de mañana por el campo para encontrarme contigo, sintiendo menos escarcha en los sembrados abiertos a la intemperie de febrero el loco que entre las sábanas de mi propia cama. Era mi momento, nuestro momento, el momento en que nos veíamos, en que yo hallaba en ti una tregua y, aun sobre todo, un desenlace para todas esas noches que ya en la infancia resultaron irregulares e inconfortables; y era un placer no estipulado prepararme un café a solas contigo y encender el primer cigarrillo del día, que prestásemos oídos al silencio, a los rumores y chasquidos y la respiración que tienen todos los hogares, tanto como cuando vivía en casa de mis padres como, varios años después, en mi propia casa, tal vez construyendo un verso de cabeza, gestando una idea para un relato o un proyecto de novela, ordenando y priorizando, a la primeriza luz de ensueño de tu presencia, mis problemas con una efectividad de pensamiento que no podía lograr durante la noche cerrada, viscosa y aprensiva, e incluso planeando ya, secretamente, en sorda conspiración, un cambio radical de vida, un abandono de las costumbres conyugales, del amor que se dice como tal pero es en realidad prisión.

Ha tiempo ya, entonces, que no nos encontrábamos. Durante este periodo te vi otras veces, de lejos, durante el día ya avanzado, altiva y distante, no ya solamente mía, sino compartida con otros, y tu luz y tu calor me llegaban ya sin fuerza, haciéndome sentir que habíamos perdido algo sagrado, que algo en nuestra relación había cambiado. Así es como decidí regresar al peligroso y desordenado hábito de vivir de nuevo de noche, y me di la vuelta en la cama y me abracé a la luz y el calor de otro cuerpo, con los ojos abiertos en la oscuridad, oyendo dormir a aquella que ahora me acompaña en la cama y la vida, y me sorprendió la mañana desvelado otra vez, paciendo los restos de la madrugada y esa presencia tuya que me reclamaba de nuevo, después de tanto tiempo. Pero yo ya no sabía celebrar cada día tu aparición, ni ser infiel como en otra época, ignorando esa voz somnolienta que se despereza ahora cada mediodía a mi lado y me dice y me ruega: “No te vayas, por favor… No quiero que te vayas, quédate aquí, durmiendo conmigo…”, incapaz de abandonarla en el lecho para ir a un temprano y renovado encuentro contigo. Aun así –no se lo digas a nadie, por favor, no me delates-, yo aún todavía te quiero. Siempre te querré. Que otros se queden con la luna: ella refulge solamente porque recibe tu luz, y además todo el mundo sabe que ella es un satélite y tú eres una estrella. Mas sólo yo sé que el sol es una hembra con nombre de varón.

1 comentario:

La Maga Lunera dijo...

No podía faltar tu mayor seguidora, tu fan en todos los aspectos de tu vida. Te leo, y tiemblo, te miro, y tiemblo.TE AMO.