"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















miércoles, 18 de enero de 2012

Fragmento de la introducción al relato "De lo trascendente de la muerte de un perro". Pequeño homenaje

Hace ya un lustro que me dejó -nos dejó, a mi familia y a mí- Chulo, el perro de mi altura, mi hermano. El año pasado olvidé el aniversario de su muerte, despiste que me propuse no cometer este año y del que escribí la correspondiente entrada en su día. Poco más hay que decir al respecto: los seres vivos mueren y la vida no se detiene ante nadie; lo que tenía que escribir sobre él ya está hecho, o no, porque el mes siguiente a su fallecimiento me propuse escribir un relato titulado De lo trascendente de la muerte de un perro que me fue imposible acabar entonces por razones obvias y que, aun a día de hoy, continúa incompleto. Espero poder darle a esa narración el cierre que merece y finalizarla, en homenaje a él. Entretanto, publico ahora gran parte de la introducción que escribí para explicar las razones que me condujeron a escribir sobre un animal. Espero de corazón que sea del agrado de los lectores de A DESHORAS.



Tantas cosas que han de marcharse así, como lo hizo él, con el silencio burdo y acaso sospechado de lo que ha de perecer algún día, porque todo lo que existe ha de extinguirse irremediablemente, todo lo que vive habrá de morir tarde o temprano, y la única ley verdadera que se sostiene como tal en la constante resignación de esta vida es, precisamente, la culminación de dicha existencia. Tantos momentos venidos a una ingrata concavidad en el tiempo y la distancia que distan entre nuestro presente inmediato y la época en que esos momentos ocurrieron; tantos amigos que han ido quedando atrás, puesto que, como dijo aquél, la vida tira de un brazo mientras que la amistad tira del otro; tantos rostros detenidos en el espacio neutro e inmediatamente pretérito de una fotografía; tantos muertos de todo tipo, muertos en vida y muertos que aún viven porque los insufla el ejercicio constante de la memoria de los vivos, que los recuerdan y los sostienen en la forma más cercana a la inmortalidad que yo sepa imaginar... Ahora, mientras escribo este principio para relato (si es que estas páginas son eso, un relato y no la mera crónica de un triste, de un bucólico, de un asiduo a ciertas nostalgias), me doy cuenta de que siempre o casi siempre he escrito por desposesión, por pérdida irrevocable y consecuente regresión a lo que tuve, a lo que me fue dado o fui en alguna latitud ya muy remota, a lo que tal vez me perteneció de manera legítima en ciertas coordenadas ya irrecuperables.

Quizá por eso, porque hoy me late la sospecha de que mi escritura, la mayoría de las veces, no es más que un acto fehaciente de recuperación, un intento de perduración de lo que un día dejó de ser perdurable, de permanencia en suma, voy a permitirme el lujo -tal vez la condena- de no inventar personajes para esta historia, a todas luces, autobiográfica: todo lo que ocurra y se diga en ella me habrá sucedido en verdad (o casi, porque es cierto que hay ocasiones en que algunos recuerdos se vuelven apócrifos, y entonces uno no sabe distinguir muy bien entre los recuerdos intocados y los recuerdos que, a fuerza de visitarlos con cierta asiduidad, se han modificado con tanto tesón que llega un momento en que no se sabe si verdaderamente han ocurrido), siendo así que no utilizaré narradores ni interlocutores que hablen por mí, ni mi voz se disfrazará de ellos. Le debo a Chulo esta ingente desnudez, el perro de mi altura, que murió hace apenas un mes cerrando una etapa clave de mi vida y abriendo otra, llevándose con él (o legándome, sin saberlo) algo muchísimo más trascendente de lo que cabría suponer erróneamente de la muerte de un perro, de una mascota. Porque Chulo era ambas cosas, de acuerdo, pero también mi hermano. Y punto. Y a quien no sea capaz de entender -los lectores que tengan o hayan tenido perro me entenderán, o en su defecto los que tengan cualquier otro animal; me queda ese consuelo- vínculos tan sumamente estrechos entre un hombre y su perro, entre el Hombre, en definitiva, y sus demás hermanos animales en la Tierra, yo lo conmino a que lea con urgencia la Asnografía tan acertadamente escrita por don Juan Ramón Jiménez en su hermosísimo libro Platero y yo, y lo invito sin amabilidad a que salga de estas páginas, porque es muy probable que no comprenda nada o que me tache de loco o de tonto.

Espero, entonces, quede claro que esta narración es para Chulo, para no arriesgarme a olvidarlo, para que viva por siempre en mí y en mis palabras, que son la única pertenencia tangible que ya puedo darle en este trance no del todo domeñable de la pérdida, de la fugacidad del tiempo y sus inevitables consecuencias.

Se me permitirá, por razones obvias, que no entre en detalles de cómo fue el fallecimiento de mi perro. Sólo incluiré algunos datos fatuos, tales como que tuvo una buena vida plena de cuidados y cariño (quién sabe, tal vez de encontrarse Chulo con vida no opinaría del mismo modo; pero es que los vivos, a menudo, tendemos a conceder a los muertos cualidades y valores concretos que quizá en vida nunca sintieron como suyos, imponiéndoles sin darnos cuenta, en la indefensión de su inexistencia, parte de nuestra propia personalidad) y una vejez espléndida, casi sin ningún tipo de achaque -duró cerca de quince años, que serían unos ciento cinco para un perro-, y que el pasado dieciocho de enero de 2007, durante la tarde, tras comprobar que el animal no podía prolongar más su existencia y se encontraba en estado agónico, parte de mi familia y yo nos reunimos en la clínica veterinaria para que al fin lo liberaran, le otorgasen paz mediante una fuerte sedación y la consiguiente práctica de la eutanasia, que por cierto la ley, en la mayoría de países del mundo, no permite en seres humanos y sí en animales, lo que demuestra una vez más que el hombre es incurablemente propenso a desear para los demás lo que no desea para sí mismo. En cualquier caso, a mi familia y a mí la práctica de la eutanasia, incluso en humanos, nunca nos ha parecido peor destino que morir asediado por la impotencia y el dolor, y preferimos que fuese de ese modo, preferimos dar a nuestro amigo una muerte digna y conciliadora, en la medida de lo posible, para no prolongar más el ahogo acuciante de su sufrimiento.

No está siendo éste un invierno especialmente duro; y sin embargo, esa tarde la recordaré siempre como una de las más frías de mi vida, plomiza y lejana como si distasen muchísimos años desde lo acontecido, pese a que sólo ha transcurrido un mes desde entonces. (No puedo o debo negar que esta sensación de disociación con la coherencia del tiempo me posiciona un poco más cerca del olvido, que es la muerte verdadera, causándome una tristeza injusta por resignada; tanto más como recordar el escenario antiséptico donde murió Chulo, la mesa metálica del quirófano que sugería un frío absoluto en contraste con el calor insoportable que hacía en aquel lugar.) Se fue como no podía irse de otra forma, acorde con su personalidad honorable y combativa: luchando, tratando de zafarse, negándose a la muerte y, a un mismo tiempo, recibiéndola de a poco con una última acometida. Tras contemplar, adorar y llorar largo rato su cadáver, mi familia y yo salimos a la calle Santa Fe enrarecidos por el duelo, sumidos en ese silencio legamoso que sigue siempre a la muerte de un ser querido, tiempo neutro de reflexión donde cada uno, de una manera íntima e individual, rinde para adentro de sí mismo su particular homenaje al desaparecido y lo llora con un llanto cansado, ya sin lágrimas, un llanto interior, si lo prefieren, que nadie más que uno mismo puede ver. [...]

1 comentario:

La Maga Lunera dijo...

Tristemente maravilloso. Un homenaje digno y dulce para todos aquellos que amamos a los animales y sabemos del dolor que causa su perdida.Grande.