"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















domingo, 1 de enero de 2012

El libro de Dalila (10): Del odio




Tendré que justificarme por este nuevo texto, Dalila. Ante qué o quién, no lo sé… ¿Unos lectores imaginarios, quizá? ¿Dios, ese dios, mantenido lúcidamente al margen de religiones y creencias, al que todos hablamos de manera íntima y personal, y que algunos buscamos como forma de consuelo y no de salvación? ¿Yo mismo, tal vez, que siempre fui mi propio juez y mi propio verdugo, mi mejor amigo y, aun sobre todo, mi peor enemigo? Porque este texto es una contradicción, mi niña, una de las muchas que rigen mi vida –la vida de todos, en realidad, a poco que uno deshabilite la falsía de las apariencias y rasque en la superficie de lo que los otros nos muestran- y que, aunque me definen como individuo, fastidian a veces como una china en el zapato y le otorgan a uno un continuo gesto absorto, como de neurótico inofensivo, un constante ceño fruncido cuando se es capaz de percatarse de ellas por sí solo y aun incluso individualizarlas. Es una contradicción porque, siendo como es esta esperanza de libro que te aguarda un libro de amor, habla del odio, ese sentimiento tan subestimado, inherente al ser humano, que desgraciadamente deberás conocer a lo largo de tu vida, en mayor o en menor medida, bien en tu propio pellejo o desde ti dirigido hacia otros. Y de ti dependerá, en el cómputo total de tus días, plantearte con calma, con serenidad, si te valió la pena sentirlo cuando lo proyectaste hacia fuera o si no te hizo más fuerte cuando fue dirigido desde los otros hacia tu persona; cada cual lucha sus batallas a lo largo de la vida, pero al final de éstas es la calidad de la persona la que define y la que diferencia a aquéllos que les dolió más la sangre propia o la ganada al enemigo, o las mismas a un tiempo.


El texto más oscuro que te haya escrito hasta ahora, Dalila, sin lugar a dudas. Tanto lo creo así, que es muy posible que nunca llegue a tus manos o que no se incluya en esta esperanza de libro cuando te sea entregado en el momento que yo considere oportuno. De mí habrás oído las peores cosas, los adjetivos más dañinos me habrán definido, con mayor o menor acierto, delante de ti: que un lobo de sangre me late en el pulso, que nunca he sabido amar, que soy un mal padre, que mi vida es disoluta, extraña y taciturna, que vivo y moriré solo como un perro, que os abandoné a ti y a tu madre… (Es curioso como, a ojos de la sociedad actual en general, la mujer que deja al hombre es una mujer decidida, independiente, segura de sí misma y de su valía, que no tolera fingimientos ni un amor falso que no siente, y al contrario, el hombre que abandona a la mujer por idénticos motivos, se equipara poco menos que a un genocida según en qué corrillos de alcahuetas y desocupados, siendo tratado como un inmaduro temeroso del compromiso, un sinvergüenza canalla y un bala perdida.) Me consta que, si no ahora, al menos en una etapa anterior de tu vida y todavía no muy lejana –ahora ya te estás haciendo mayor y adquiriendo tu propio criterio-, te adoctrinaron en mi contra. Lo sé porque en alguna ocasión, con la espontaneidad embarazosa a veces que rige el mundo de los niños, se te escapó delante de mí alguna misiva de odio dirigida hacia mi persona que otros te dijeron directamente o pronunciaron delante de ti con tanta torpeza, altivos e ignorantes, ingenuos al creer que una niña de tu edad sabría guardar un secreto, más aún si éste se refería a tu propio padre. Creo que con ese tipo de vilezas –ahora los expertos lo denominan Síndrome de Alienación Pariental- no buscaban exactamente que tú me odiases, sino más bien que me ignoraras en una justa medida, y que yo, conminado o influenciado por esa indiferencia tuya, acabase alejándome un poco de ti, no mucho, lo suficiente solamente para que no se me reprochase que no quería encargarme de mi hija, pero también para que no se me reprochara lo que se me reprocha ahora: que quiero pasar demasiado tiempo contigo y que eso te está trastornando, como si pasar tiempo con tu padre, siempre y cuando no sea bajo el mismo techo y en familia y siendo sumiso hasta en los más ínfimos protocolos de la vida conyugal y las buenas costumbres, fuese perjudicial para tu salud.

¿Soy tan destructivo como dicen, Dalila? Debiéramos poder salirnos de nosotros mismos para tener una medida exacta de lo que somos, de lo que mostramos al resto, una imagen fidedigna desde la que tomar perspectiva para poder pincelar y corregir los aspectos mas detestables de nuestra personalidad. No es posible, claro, y tú no responderás a esa pregunta; no a esa edad en que, para un niño, un padre se equipara poco menos que a un superhéroe, así el resto del mundo le asegure que en realidad es un monstruo. Tampoco quiero que respondas, y ni tan siquiera que leas este texto; la sola escritura de esta misiva ya me otorga la misma baja calidad de persona que la de mis detractores, y lo que es peor: a ti te convierte en un arma arrojadiza, un bumerang de sentimientos impuestos que es incapaz de detener el minúsculo torbellino de sus locos giros en tanto que una mano lo lanza y decide su trayectoria. Con lo que no añadiré ni una palabra más, aunque el tema me dé casi para una novela. La herramienta más fiable de un escritor no es el bolígrafo, ni la estilográfica, ni siquiera el teclado, sino la papelera… Y un escritor también lo es por cuando entiende cuál es el momento de dejar de escribir.