"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















martes, 25 de diciembre de 2012

Wake up



Abrir los ojos, permitir que la luz sucia, cinérea del amanecer te hiera la mirada y te haga buscar un endeble, quizá ficticio, asilo entre las sábanas. Sentir que uno ha permanecido toda la noche combatiendo con un enemigo indefinido, de extraña procedencia, que sostiene nuestros errores en alto y los muestra como merecido trofeo, la cabeza seccionada agarrada desde los cabellos por una mano sangrienta que aún guarda la última mirada del condenado antes de que hubiera sido decapitado. En la mesita de noche tal vez una petaca, dos vasos, un licor amargo, un trago para los demonios ulteriores y tres para mí, yo pago. Y en las sábanas revueltas, en el jergón, en las mantas mullidas que no curan este frío crónico, un estar sudado de ti mismo, un trepar de la hiedra venenosa de la fiebre, un grito ahogado por la almohada. Amanece, el sol esclarece. Y es verdad -quizá la única verdad-, pero a veces duele. 

O dolía. Porque sé que sabes de lo que hablo: conoces la sensación de enfrentarte a un nuevo día, que nunca es nuevo en realidad, y decidir frente a tanta magnificencia del amanecer que la vida, cuanto menos, es absurda. Pero yo hace algún tiempo que no tengo ya esos despertares; ahora puedo girarme en la cama y sentir tu apretado talle contra mí, el relente tibio de tu aliento lavándome de lo más oscuro de mí mismo, tu mano sobre mi pecho o sobre mis genitales grabándome en la piel la idea del futuro, que toda la vida me pareció aterradora por inalcanzable. Me consta que, aun con todo, de vez en cuando y aunque no lo digas, tú todavía tienes esos despertares que más bien parecieran un inventario de errores cometidos y carencias, de un pudo ser y no fue, de todo lo irrecuperable... Y eso condiciona mi propio despertar. Entonces quizá lo mejor sería seguir durmiendo, no atestiguar la luz que nos baña, negar el sol que nos mantiene con vida aunque nos muestre la verdad, aunque ilumine también la mierda del mismo modo que ilumina las miradas e infiere la vida. Condiciona mi despertar, pero no es tarea pesada ni ingrata; muy al contrario, me lavo de mis errores y me desvisto de todos los dolores y salgo de la cama a trabajar mis días por ti. A veces encuentro de ti un simulacro de reproche por abandonar la cama y dejarte sola en ella, pero sé que un café en la mesita, una nota en la almohada y toda mi fuerza y mi coraje -que son tan pocos, pero son tan tuyos- concentrados en un abrazo de buenos días.

Hace tiempo descubrí esta canción por un fabuloso cover de Paolo Nutini. Luego, como suele ocurrir, accedí a la original, de una fuerza abrumadora. Buen conocedor de tus gustos y preferencias, a ti te gustará más la canción original, de Arcade Fire, por ser más alegre, por llevar ese himno como de mundo por tomar a la fuerza y sin permiso. Yo te dejo ambas. Para que me recuerdes, para que nunca te apartes ni te rindas, para que cuando la escuches sepas que hay una persona en el mundo que respira por ti.TE AMO.



miércoles, 19 de diciembre de 2012

One in a million




Hace ya casi un año comencé a escribirte este relato. De algún modo, por aquel entonces tenía sentido para mí el escribirlo. Ya no lo siento así, pero de todas formas he recordado por un momento y he decidido publicarlo, aunque inacabado, porque en ese entonces me gustó su desarrollo.  Quizá sirva para un proyecto futuro, espero que de ficción, o quizá quede relegado a esos legajos que proliferan en los cajones olvidados de un escritor mediocre como yo, pero el caso es que un año después lo he releído y el manuscrito sin acabar no me ha disgustado tanto como yo creí que lo haría. Anexo a este texto, publico también la canción One in a million, de Guns n´Roses, que da título al relato y que hasta hace poco ignoraba que te gustase tanto como a mí. No me olvides, por favor. Te amo.



Desde muy niño, Madrid siempre me pareció más Madrid -por así decirlo- si el contaminado entramado de sus calles, plazas y avenidas se encontraba aderezado por la luz de fugaz ensueño de los adornos navideños. Más reconocible la Plaza Mayor, para alguien como yo -madrileño de nacimiento, alumbrado en la calle O´Donnel y criado durante los largos y sofocantes veranos del centro peninsular en el Barrio de la Concepción y en Carabanchel, pero no por ello menos forastero en la cuadrícula de calles de la capital que cualquier turista que se precie, y así me gusta que sea-, cuando allí se levantan las casetas de Navidad con el género de sus artículos de broma o las figuritas para los belenes proliferando entre el griterío festivo de los vendedores y el bullicio atosigante de la muchedumbre. De igual modo, la Puerta del Sol no atendería para mí a su inmediato reconocimiento (ni siquiera durante la famosa noche de fin de año) si cada vez que transito por ella, ya sea durante las navidades o en cualquier otra época, no me viniese a la mente una escena en blanco y negro, de cruento invierno de hambruna y posguerra, instaurada en mi memoria no porque yo la haya presenciado ni vivido, sino porque me la han relatado tantas veces que mi vívida imaginación la reconstruye casi fidedignamente con la impronta y la garantía rememorativa que otorgan las imágenes, así sean ficticias o no, apócrifas o verídicas: la de mi abuela María, madre de mi padre, vendiendo en un puesto callejero a la intemperie juguetes baratos, de plástico de mala calidad, que, supongo, alguien compraría con prisa, de manera socorrida, tal vez resarciéndose de un olvido o apelando a la escasez de su faltriquera, la misma tarde de la cabalgata de los Reyes Magos. Y no me gusta la Navidad, y más bien la aborrezco por una sensación no definida de añoranza -añoranza de qué, de quién- que no sabría describir como quisiera; pero, lo mismo que tú sostienes que aunque no te guste esta festividad te entristece que retiren, pasadas ya las fechas señaladas, los adornos y las luces de las calles de esta ciudad, yo considero que una vez retirados Madrid parece menos Madrid.

Fue ese evento, la cabalgata de los Reyes Magos, lo que me condujo ese día allí, buscando con serena desesperación (si es que es lícito el oximoron) el mar contenido de tus ojos entre los ojos vacíos de la gente, abriéndome paso casi a empellones, a codazos, con la torpeza y la ansiedad de a quien, como nosotros, una angustia indefinible, de inexplicable procedencia, se le dispara en el centro del pecho cuando se siente engullido por un torrente de cuerpos ajenos. Edgar Allan Poe vislumbró a un ser temible en El hombre de la multitud; asimismo, Charles Bukowski solía desmayarse, desplomándose como un trapo sucio y mojado caído desde lo alto de una encimera de cocina, cuando debía esperar en una cola repleta de personas. Pero yo sabía que, pese a tu rechazo a las aglomeraciones y los síntomas fatales que se desatan en tu corporalidad cuando te ves rodeada por una turba -el infierno son los otros, dijo Sartre-, era casi seguro que esa tarde estarías, una entre un millón, abriéndote camino en la corriente de seres humanos, haciéndote un hueco entre las numerosas cabezas que te permitiese ver el paso de procesión de las carrozas iluminadas, quizá agachándote un instante para recoger alguno de los caramelos que se lanzan desde los vehículos y los remolques decorados y guardártelo en el bolso, confiando en que podría servirte en días venideros para paliar la ansiedad llevándotelo a la boca y entreteniéndote con su sabor cuando tuvieras que meterte en el metro o aguantar estoicamente de pie durante el trayecto del 138; no hace mucho me dijiste que aquel día era uno de los pocos que te gustaba de la Navidad, que se había convertido en una tradición particular acudir cada año, del brazo de tu padre, a la cabalgata del Paseo de Extremadura.

También sabía que ya no estábamos juntos, que yo no había sabido estar a tu altura y tú me habías despedido de tu vida de la misma manera en que llegué a ella: como por casualidad, sigilosamente, dándome tiempo a adaptarme a la situación, a asumir las consecuencias de cada frase dicha y cada gesto dado como una gratitud exenta de palabras. Solamente que yo no conseguía acostumbrarme a tu ausencia, y por eso me acerqué a la cabalgata aquella tarde, y te busqué entre la multitud, y cuando al fin te encontré no me atreví a acercarme a ti y decirte lo que ahora te escribo, a pesar de que inexplicablemente no ibas del brazo de tu padre, sino sola, etérea entre el gentío con tu delgadez casi infantil, con tu mirada ojizarca prendida de ningún punto en concreto, esos ojos azules tuyos que hacen blanco en el vacío cuando caminas sin rumbo aparente. Me gustó comprobar entonces que no te habías abandonado tras nuestra ruptura, que estabas cuidándote y aún cabía en ti un poco de saludable vanidad: pude advertir que te habías cortado y teñido el pelo, a media melena y con una tonalidad de castaño a medio camino entre el chocolate y la caoba; sobre tus párpados superiores se vestía tu mirada con una sombra de ojos violácea, con purpurina, que aderezaba la luz -celeste a veces, y otras cobalto- que proyectan tus iris; en tus labios -gruesos, largos, que yo me moría por asaltar y besar sin previo aviso- lucía un brillo apaciguador, como un destello de luna reflejada en el piélago nocturno de un océano, que amortiguaba el gesto duro que suele darse en tu boca; tu talle estaba embutido en un vestido de lana o en un jersey tan largo que llegaba hasta la altura de tus muslos, de color negro, y tus piernas se cubrían con unos leggin del mismo color, que contrariamente a creer que te harían más delgada, ensalzaban tu figura. No pude reparar en tu calzado; cuando quise hacerlo, un grupo de personas te tapó y te perdí de vista durante algunos segundos que se me antojaron eternos, y ya luego te apareciste de nuevo y creí advertir que me mirabas durante un brevísimo instante, y ya no me importó lo que calzaran aquellos pies que besé tantas veces. Pero tú no me habías mirado: eso es lo que yo quise creer desde mi condición patética de hombre abandonado. No mirabas nada, en realidad, y de todas formas yo sabía que tus ojos no me buscarían ahora entre los ojos vacíos de la gente, que ya descreías de la sonrisa que, alguna vez, cuando todavía me amabas, esgrimía según tú con los ojos y no con la boca. Y casi prefería que fuera así: me gustaba mirarte sin que tú lo supieses, verte sin que tú me vieras a mí, descifrar el gesto que ni tú misma sabes que ejecutas cuando lo ejecutas, a solas, cuando tal vez prefieres ignorar tu propio reflejo en los escaparates de las tiendas o en las vidrieras de las marquesinas de las paradas de autobús o en las ventanillas de los vagones de metro, porque nunca fuiste una mujer excesivamente presumida. [...]







Cien metros





Apenas nunca fue necesario que me reprendieras, ni mucho menos aún que me gritases y reforzaras algunos de tus posibles castigos con una bofetada; no eres de los que cree que la letra con sangre entra, y únicamente bastaba con que clavases tu mirada en la mía, tornándola férrea, inconmovible, hecha de esa sólida y metálica frialdad que es más inusual y es más difícil de conseguir si, como tú, no se tienen los ojos claros, azules o grises. Así es como me hacías saber tu censura y tu reprobación por algo malo que yo hubiera hecho. Temía esa mirada y la inflexión de tu voz serena pero firme, tal vez por ser las únicas muestras que me llegaban de tu desacuerdo –perro que no ladra es mordedor-, y en secreto envidiaba no poseer idénticas dotes de mando y un método que, aunque sutil y tácito, era tan efectivo, para yo mismo hacerme ganar el respeto de los matones del colegio. Porque nunca logré, durante mi infancia y gran parte de mi adolescencia, entrever en ti ninguna debilidad; y yo, tan surtido de ellas, me sentía siempre vivir cien metros por detrás de ti, y me veía incapacitado para llegar a ser algún día la persona que tú esperabas que fuera.

Mis vaticinios se cumplieron –me empeñé en que se cumpliesen-, y seguramente también los tuyos. Sé que no lo dices, que ni aunque te torturaran reconocerías en voz alta que yo no he llegado a ser ese hijo que tú esperabas de mí, porque no hay sentimiento peor –sé de lo que hablo: también yo soy padre ahora- que el de un progenitor que alguna vez haya imaginado siquiera  el sentirse avergonzado de sus vástagos,  pero tus ojos –Dios mío, no sé de qué color son tus ojos; sé que no son claros, pero no podría aquí concretar un color exacto- a veces me atraviesan a través de la montura de las gafas y me miran con esa especie de confusión escéptica de quien contempla algo en lo que no cree. Me rebelé (absurda, estúpidamente) contra tu sutil figura de autoridad. No estudié como tú querías que hiciera –tantos veranos que me colocaste frente a los libros para que pasase los exámenes de septiembre, durante las eternas sobremesas de las vacaciones estivales, de camping o en apartamentos u hoteles frente al mar, mientras oía gritar de júbilo a mis efímeros amigos vacacionales en la playa o la piscina y tú sacrificabas tus siestas por ayudarme con las matemáticas- y me autoafirmé en mi temeridad por no convertirme en una persona igual que tú. La mayor y más fehaciente prueba de ello fue la pasión que desperté por las letras en la primera adolescencia, algo que tú no lograbas entender, porque siempre fuiste de números y preferías las asignaturas que guardasen una lógica demostrable e irrebatible: dos más dos son cuatro y puede probarse, pero ni siquiera un académico de la lengua podría haberte dado un argumento que fuese convincente para ti de por qué ciertas palabras llevan tilde y otras no; acatabas las normas ortográficas, pero no entendías su imposición.

De números o de letras, qué más da: peores y mayores distancias se han salvado o abolido entre padres e hijos, incluidas las ideológicas. Pero supone una prueba más de esta falaz intuición que me gana el ánimo cada vez que discuto contigo de cualquier cosa –política, modos de actuación frente a los contratiempos cotidianos, ideas de cómo desenvolverse en la vida-, y viene a mostrarme que tú y yo jamás llegaremos a entendernos. Y, por otra parte, eso qué importa, que nos entendamos o no: ambos somos individuos con una personalidad propia, muy demarcada; defendemos como leones nuestras respectivas verdades, y eso está bien, muy bien, siempre que no se pierda el respeto por el otro, esa palabra que tantos confunden con el miedo, yo mismo cuando sentía en mí esa mirada tuya de desaprobación. Al fin y al cabo, y aunque censures mi pasional forma de exponer mis argumentos, no fue otro sino tú quien me enseñó a luchar por lo que creo y a saber que uno no tiene derecho a llorar si antes no ha batallado.

No soy de los que piensa que la vejez quita cualidades a quien va acumulando cada vez más años; a lo sumo, sustituye unas dotes por otras, y quizá lo más detestable de hacerse viejo sea que se adquiere la experiencia que ya casi no es necesario aplicar a la vida. Con el paso del tiempo he logrado, al fin, entrever esas debilidades que no conseguía vislumbrar en ti cuando yo era pequeño. No lo celebro, de ninguna manera, pero eso te ha hecho más humano a mis ojos, porque siempre dabas la imagen de tener bajo un control absoluto cada uno de tus sentimientos, y yo siempre desconfié de esos individuos que piden calma cuando el barco se hunde y ya todo el mundo anda histérico. Ahora, por ejemplo, ya estás capacitado para decir “te quiero”, algo que nunca te oí decirme de tu propia voz en otros tiempos, excepto si era por escrito, en alguna tarjeta de cumpleaños. Y el otro día, después de una de nuestras últimas discusiones, te vi llorar. Sólo te he visto llorar tres veces en mi vida: la primera fue tras una fuerte discusión que tuviste con la que entonces era tu mujer, mi madre; la segunda, cuando os separasteis; la tercera, hace unas semanas, después de que mi desesperación por la situación en la que vivo desde hace unos años te reprochase ciertas carencias que tuve contigo, el reconocimiento de una palmada en la espalda de vez en cuando y el tomarme una cerveza contigo en la barra de cualquier bar, amigos contándose la vida, hombre frente a hombre. Te marchaste del piso con los ojos acuosos y un hilillo de voz, apenas audible, a modo de despedida; y algo más tarde, cuando llamé a tu casa para comprobar si habías llegado bien, te derrumbaste y me pediste perdón con un llanto desmesurado, más propio de un niño que de un hombre de tu edad. Para alguien como yo, que nunca se avergonzó de llorar si era necesario llorar, supuso un mazazo el comprender lo duro que debió ser para ti romper en llanto, pedirme perdón (aun cuando no tenías necesidad de hacerlo) y decirme que me querías. Sé que me quieres, no lo he dudado ni un instante a lo largo de esta vida absurda; tu forma de querer fue otra mucho más efectiva que la de las palabras dulcificadas: sacándome de atolladeros, no diciéndome lo que a mí me convenía escuchar, defendiéndome ante otros cuando tú mismo, quizá, dudabas de mi inocencia y aun de mi sinceridad, y mostrándome siempre ese tipo de lealtad inamovible que a veces sólo consiguen mostrarnos los enemigos más acérrimos.

No pienses que el haberte visto de aquella manera me ha hecho entrever en ti a una persona más débil. Muy al contrario, pienso que ahora eres más grande que nunca. Y yo, pequeño siempre ante tu imagen, aunque ya hombre y por más zancadas que dé para alcanzarte, como el niño que camina más aprisa por la calle para andar a la par que su padre, siempre sabré que voy a cien metros por detrás de ti.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

"De ratones y hombres", de John Steinbeck




Novela no por breve menos intensa. Continúo con las reseñas de las obras de John Steinbeck, que sin ningún tipo de duda es el autor que más me ha ocupado y mejores ratos lectores me ha dado en este año que ya va llegando a su fin. Creo con convicción -palabra temeraria donde las haya- que un escritor se consagra, amén de por la obvia ejemplaridad que con el buen hacer con las letras consiga en sus textos, cuando en sus obras se reflejan ciertas obsesiones, cuando se da en toda su producción ciertos temas recurrentes que hacen que sus libros, en realidad, sean solamente uno, aunque abordado cada vez de distinta manera y de diversas perspectivas. En el caso del autor de Salinas, estos temas y obsesiones son la pobreza del sur de Estados Unidos, la precariedad laboral, la hambruna, la solidaridad para expiar culpas que nos han sido impuestas por la adversidad del lugar donde nos ha tocado nacer y vivir... Son grandes temas para abordar en una o varias novelas; sobre todo, si como Steinbeck se poseen esas enormes dotes para radiografiar el alma humana, sus flaquezas pero también su grandiosidad, y para construir con minuciosa precisión personajes sencillos.

Es el caso de Lennie y George, dos braceros casi vagabundos que recorren el estado en busca de trabajo y un lugar próspero donde asentarse. No me tiembla la mano al afirmar que de toda la obra del autor californiano, De ratones y hombres es la que tiene los personajes mejor desarrollados. Si ya en Al este del Edén la pérfida Cathy nos dio una muestra de las magníficas cualidades que Steinbeck tenía para alumbrar personajes consistentes, sólidos, con perfiles exhaustivos y minuciosos, en esta breve novela se constatan esas dotes e incluso se superan. Gracias a unos diálogos ejemplares, el escritor muestra al lector el retraso mental de Lennie y su enorme envergadura y fuerza física, sin que sea necesario recurrir a descripciones. George deberá ocuparse de él, con fastidio pero con cariño, sabiendo de antemano los sueños que no podrá  alcanzar al haber decidido mantenerse a su lado, pero a un mismo tiempo alimentando el sueño de Lennie (que quizá también sea el suyo propio) hasta sus últimas consecuencias, en lo que me parece el mayor canto a la amistad que haya podido darse jamás en la literatura. 

Novela, a mi parecer, redonda de principio a fin, muy por encima de otras obras más ambiciosas de su producción como puedan ser Al este del Edén y Las uvas de la ira. Tal vez la brevedad fuese crucial a la hora de cuidar tanto la historia, dado que en esas otras obras abismalmente más largas es muy difícil mantener en todo momento el alto nivel literario y más fácil caer en páginas algo gratuitas. Con un desenlace que ningún lector que se acerque a este libro podrá olvidar, De ratones y hombres se ha convertido para mí en la obra más lograda de John Steinbeck


miércoles, 5 de diciembre de 2012

"Libertad bajo palabra", de Octavio Paz

Aunque el género predominante de este volumen sea la poesía, este es uno de esos "libros-almanaque" que a mí tanto me gusta consumir. Reconozco que siento especial debilidad por este tipo de volúmenes que no están sujetos a un género concreto o que beben de muchos géneros distintos, o incluso en los que la frontera entre unos géneros y otros queda difusa, no demasiado marcada, así sean éstos la prosa poética, el diario íntimo, los textos breves o la simple correspondencia entre el autor y sus allegados u otros compañeros de letras. Hay numerosos títulos para poner de ejemplo -todos ellos muy interesantes, cuando no magistrales-, aunque la tarea de encasillarlos en un género en particular pertenezca, en primera instancia, al libre arbitrio de los lectores y los críticos: Mortal y rosa, de Francisco Umbral; o Último round, de Julio Cortázar; Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa; e incluso las cartas entre Anais Nin y Henry Miller, reunidas en el volumen Una pasión literaria, podrían perfectamente incluirse en ese "metagénero" tan amplio y diverso al que hago referencia.

No debería ser necesario decir que Octavio Paz (Ciudad de México, 31 de marzo de 1914 - 19 de abril de 1998) es uno de los poetas hispanos más grandes de todos los tiempos, al que en 1990 le fue concedido el Nóbel de literatura. Y digo que no debería ser necesario aludiendo a mi propia ignorancia, a mi imperdonable torpeza al no haberme acercado hasta hace muy poco a la obra de este gran autor. Fascinado de repente por él a raíz de unos pocos poemas suyos leídos en una antología de varios autores, mi chica me regaló este volumen (tan apropiado para acercarse por primera vez al mexicano y vislumbrar su manera de entender la literatura) y lo devoré sin miramientos, lo violé, lo subrayé, le doblé las páginas y, en definitiva, lo traté de la manera poco agradecida -o agradecida en tanto que con ella se constata su uso continuo, es decir, su lectura y relectura; los libros que permanecen inmaculados siempre me parecieron síntoma de estar abandonados y, por lo tanto, de ser aburridos- en que suelo tratar a los libros que más merecen mi respeto. La edición de esta obra que aquí reseño se fue gestando durante más de cincuenta años, y en palabras del propio Octavio Paz "este libro se fue haciendo poco a poco a través de los años, sin un plan fijo". Fue definitiva para el establecimiento de esta edición la colaboración del autor, que aclara problemas del texto y señala las fuentes de algunas alusiones.

Libertad bajo palabra (1935-1957) es el libro de la formación poética de Octavio Paz. En él se incluyen 207 poemas, algunos de ellos entre los más famosos de su producción, como mi favorito Bajo tu clara sombra, además de los textos y cuentos en clave también poética que conformaron una primigenia edición y que se reunieron con el mismo título. Este volumen sufrió muchísimos cambios durante los años que duró su gesta, hasta llegar a esta edición definitiva: se duplicó su contenido, se excluyeron algunos poemas y se vio sometido a esa necesaria metamorfosis de las obras que, paulatinamente, lo mismo que un hijo, van creciendo junto con su autor. Otras obras muy conocidas pasaron también por este necesario proceso, como Las flores del mal, de Baudelaire, o el ya mencionado Libro del desasosiego, del portugués Fernando Pessoa, al que los continuos hallazgos de nuevos papeles encontrados cada vez dan por imposible el cerrar una edición definitiva.

Para quien quiera asomarse a esta obra, advertirle que no se trata de una antología, por más apariencia que guarde de tal. En este libro se hace patente la abundancia, la diversidad, la excelencia de la obra de Octavio Paz, siempre englobada en el marco de la poesía aun cuando escribía prosa. Una maravilla encuadernada que es el cómputo de una vida, reescrita hasta alcanzar las cotas más altas de la belleza poética.




jueves, 15 de noviembre de 2012

"Cosmética del enemigo", de Amélie Nothomb




Comienzo a echar de menos historias con finales redondos, y aunque el de ésta que nos ofrece Amélie Nothomb, autora de confusa procedencia -nacida en Kobe (Japón), proveniente de una antigua familia belga, habiendo vivido su infancia y adolescencia en Extremo Oriente, en China y Japón, y no obstante considerada una autora francesa-, no me parece un mal final, creo que podría haberse elaborado más. A partir de la página ochenta y tantos -la novela es muy corta y sólo cuenta con noventa y seis páginas, con lo que tampoco es un mal resultado-, queda la agridulce sensación de haber querido hallar el desenlace con prisas durante el proceso creativo, siendo así que un relato tan sumamente original como este acaba cojeando, cayendo en ciertas incongruencias y divagaciones gratuitas. Aun con todo, la idea de esta historia me parece de una originalidad deslumbrante, y sus diálogos, magistrales. Es uno de esos libros que entretienen y, además, instruyen. 

Jérome Angust, empresario que en el aeropuerto escucha el anuncio de que su vuelo sufre un retraso, se topará con un inesperado e insolente interlocutor, Textor Texel, que le dará charla a pesar de su resistencia manifiesta. Durante esta impuesta conversación, Angust irá descubriendo la personalidad depravada y sociópata de su no solicitado acompañante, y en su fuero interno se irán perfilando sus más secretos y monstruosos fantasmas, convirtiéndose así su espera en un auténtico infierno ulterior. 

Cosmética del enemigo se convirtió en el fenómeno literario del otoño del 2001 en Francia, donde agotó en la primera semana tras su publicación la nada desdeñable tirada de 150.000 ejemplares. Tanto los lectores como la crítica coincidieron en el buen hacer con las letras de Nothomb. A mí, sin embargo, me ha faltado un poco más de paciencia por parte de la autora para elaborar un final que no pareciese escrito con prisas de última hora, aunque sin duda volveré a recurrir a ella y a consumir otras obras suyas, tales como Metafísica de los tubos, novela que ya aguarda en mi mesita de noche para ser leída.

martes, 6 de noviembre de 2012

Madrid languidece (del poemario "Algo sagrado")




Dónde estás, en qué calles,
transida tu mirada
de multitud y pétreo laberinto,
cediendo tus andares
al juego perverso que la ciudad
nos depara, en qué línea de metro,
descendiendo de nuevo a la ansiedad
por corredores que ignoran tu nombre,
que te engullen y en donde no me hallas
ni te hallo, mi chula,
reina de las aceras.


Amar una ciudad porque se ama
a quien así la habita
-cartografía de tu paso absorto-,
y alfombrar con claveles de tus labios
el piropo que quizá te ganara
con casto rubor de las avenidas,
portar en los ojos el homenaje
de las calles que te hicieron mujer,
esclarecer mi insomnio en tu pasado
levantando en las plazas
un vuelo de palomas.


Yo te busco, te busco,
te intuyo detrás de cada placa
que nomina una calle que te viera
crecer, busco tus ojos
entre los ojos de siete millones
de almas desnortadas,
soplo las níveas plumas de tu nombre
para hacer mullidas las calzadas,
donde caerá en blando
el monstruo de mis celos
cuando al fin lo derribe.


Yo te busco, amor, y no te hallo,
y está oscuro -soy yo-,
y Madrid languidece
como en un vientre un niño muerto.

lunes, 5 de noviembre de 2012

"Las uvas de la ira", de John Steinbeck




No puedo -ni debo- tamizar la sensación de frío, de rigurosa neutralidad, que me ha causado la lectura de Las uvas de la ira, la obra más famosa de John Steinbeck, aunque sin duda ha constatado un fenómeno que no por frecuente resulta menos curioso: que la mayoría, muchas veces, se equivoca, y que las obras más sonadas de un autor no siempre son las mejores, o acaso es que acaban denostadas de tanto estar en boca de todos. Como una película que, de tan ensalzada por público y crítica, al verla nos parece inferior a lo que nos mostraban los tráilers, o como esas canciones convertidas a radiofórmulas que acaban resultando las peores que pueda albergar un álbum de música, así quizá me ha ocurrido con esta lectura. No alcanzo a entender entonces que a esta novela se la considere mejor y más importante que Al este del edén, también del escritor californiano. Puede que la familia Joad sea más famosa  que la familia Trask -incluso Bruce Springsteen basó en ella su undécimo álbum, The ghost of Tom Joad-, pero la construcción de la primera, a mi parecer, pese a todo el dramatismo al que se ve expuesta por los acontecimientos históricos de la época, no alcanza la magistralidad y las cotas de desgarro lúcidamente elaborado que Steinbeck, gran conocedor de las flaquezas humanas, logró con la segunda. 

Tal vez esta pequeña decepción pase por considerar la obra más como una novela que como una crónica. Si me ciño estrictamente a juzgar la historia de los Joad como un relato de ficción, el resultado me parece algo parco, insuficiente, un quiero y no puedo, un construir una trama que, pudiendo haber resultado idónea para una novela coral, nunca llega a ninguna parte; si, por el contrario, asimilo esta triste aventura como fiel reflejo de una época no muy distinta a la que ahora, desgraciadamente, nos toca vivir, se abre ante mi entendimiento una crónica cruda y polvorienta de la tragedia que supuso para muchos americanos la Depresión económica que, originada por el crack bursátil de 1929, azotó durante la década de los años treinta a los Estados Unidos. Es por esto último, y no por su carga literaria, por lo que Las uvas de la ira me parece una obra valiosa: contiene todos los fatídicos elementos que caracterizan una crisis económica como la que ahora, tan presente, nos asola -esto es, el paro, la hambruna, la emigración, la xenofobia, la deleznable picaresca de unos motivada por la desgracia de los otros, la exclusión social, el deshaucio, el agresivo afán recaudatorio y la falta absoluta de piedad de los bancos, etcétera-, y se hace cargo de una rabiosísima actualidad, pese a tratarse de una obra escrita hace setenta y tres años. 

Tom Joad, recién salido de la cárcel por haber matado a un hombre en defensa propia, acude a reunirse con su familia en una humilde granja de Oklahoma. Allí se encuentra con que la tierra que él recordaba ya no es la misma, y que su imparable declive condenará a los Joad a un éxodo por las carreteras de Estados Unidos, en busca de la falsa promisión de California. Una vez llegados a ese edén de cartón-piedra que muestran los folletos que captan trabajadores, con promesas incumplidas de casas blancas y naranjos al sol, comprobarán la fragilidad del Sueño Americano y aprenderán que un ser humano, acorralado y forzado a sufrir la indignación por la precariedad y el hambre de sus hijos, es poco más que un animal dispuesto a lo que sea. 

La ira, la furia como paliativo del miedo, como vía de escape y combustible primordial para alcanzar el coraje que requiere la supervivencia. Este, presumiblemente, es el mensaje que el autor de Salinas quiere trasmitirnos con esta novela; pero el foco de acción de la historia no se corresponde a la palabra escrita, el relato flojea, hay mucho ruido y  pocas nueces, aunque con algunas escenas memorables, como la que cierra el libro -un ejemplo de altruismo y compasión-, y el uso de metáforas algo bíblicas a las que Steinbeck nos tiene acostumbrados para las clausuras de sus obras. Final abierto que nos hace preguntarnos, tras la lectura de la historia, dónde estará el fantasma de Tom Joad y si ya habrá comenzado su revolución.




miércoles, 24 de octubre de 2012

Hasta que se duerma...



No le costaría ningún trabajo arrancar este mundo de raíz y devolverlo al vacío. Todo lo que tenía que hacer era morirse.

YUKIO MISHIMA


¿A dónde llevo este dolor mío? 
Corro, pero se queda a mi lado 
Entonces ábreme un tajo, derrámame 
Hay cosas dentro que gritan y aúllan 
Y el dolor aún me odia 
Así que abrázame, hasta que se duerma 

Como la maldición, como el animal solitario 
Lo alimentas una vez y ahora se queda 
Ahora se queda 
Entonces ábreme un tajo pero cuidado 
Hay cosas dentro que nada les preocupa 
Y la suciedad aún me mancha 
Así que lávame, hasta que este limpio 

Te agarra, así que abrázame 
Te mancha, así que abrázame 
Te odia, así que abrázame 
Te abraza, así que abrázame... 
Hasta que se duerma 

Dime, entonces, porque me elegiste 
No quiero tu apretón, no quiero tu codicia 
No la quiero 
Me abriré un tajo, haré que desaparezcas 
Ya no puedes lastimar a nadie 
Y el miedo aún me estremece 
Así que abrázame, hasta que se duerma 

Te agarra, así que abrázame 
Te mancha, así que abrázame 
Te odia, así que abrázame 
Te abraza, te abraza, te abraza... 
Hasta que se duerma ... 

(No lo quiero, no lo quiero 
quiero, quiero, quiero ¡no!) 

Entonces ábreme un tajo pero cuidado 
Hay cosas dentro que nada les preocupa 
Y la suciedad aún me mancha 
Así que lávame, hasta que me limpie 

Me abriré un tajo, haré que desaparezcas 
Ya no vas a lastimar a nadie 
Y el odio aún me modela 
Así que abrázame, hasta que se duerma

Me arrancarán, te arrancarán





Me arrancarán de ti, te apartarán de un tirón de mi abrazo más hondo, nos amputarán a los dos, nos marcarán a hierro candente el estigma en el alma que es preludio de una vida plagada de fracasos, porque nos dividirán y de esa división han de surgir tu inseguridad y la mía: la tuya, porque un niño debe alimentarse de la protección y el respectivo aprendizaje vital que cada uno de los cónyuges, padre y madre, le aporte como legado único; la mía, porque mi vida ya no será tal, sino el absurdo y la vergüenza, el escarnio por no poder haberte defendido, porque el enemigo contra el que lucho solo es una gigantesca máquina de guerra armada de leyes inamovibles, pétreas, cerriles, leyes inconmovibles que no contemplan al menor y convierten en criminales a todos los varones, que no dudan en abolir la presunción de inocencia cuando conviene, que pisan corazones y cosifican al hombre, convirtiéndolo en poco más que en una cuenta bancaria y un receptáculo de semen. Pero no acabará ahí la pesadilla, porque una vez escindidos el uno del otro, te adoctrinarán en mi contra, te avasallarán con informaciones falsas, te inyectarán el suero del descrédito hacia tu padre, escupirán mi nombre virulento para que ya en el suelo, insustancial y pisoteado, veas la escoria que soy. Me olvidarás, seguro, porque no creo en las hermandades de la sangre, sino del acercamiento, y la familia es algo completamente sobrevalorado cuando, como en cada cosa ejercida en la vida, no se trabaja, cuando no se fortalecen los vínculos a diario, con un binomio de cariño y educación, y esa persona que ahora es tu padre, esa figura protectora para ti (aunque yo ya no sea un hombre, sino un pelele), acabará por convertirse en un simple visitador y, en última instancia, un desconocido. Me olvidarás, Dalila, y yo, armado solamente con la desventaja y la impotencia, me iré muy lejos, de la mano de un viaje sin vuelta, allí donde el olvido es igual para todos.
Ya ha comenzado la acción degenerativa, el proceso por el que tú has de convertirte en arma arrojadiza y moneda de cambio. Y a mí no se me permite defenderte de la suma injusticia de que te arranquen de esa figura que para ti, por ahora, en presente, es sagrada. Contemplo tu sonrisa cuando me abrazas y me pregunto cuánto queda para que la borren de tu cara y, en su lugar, dibujen una mueca de payaso triste, un trazo grotesco y chillón en el lugar donde tenías la boca. Para defenderte tendría que saltarme las leyes, convertirme en estadística en las páginas de prensa y en los informativos de la televisión, manchar mi reputación y la de tantos hombres buenos, justos, respetuosos, igualitarios, grandes padres, grandes trabajadores, grandes figuras de amor y protección, y entonces los juzgados se harían cada vez más impenetrables, las togas de los jueces serían de un negro más intenso, un martillazo seco sobre el estrado que aplastaría sin remisión a tantísimos hombres de buena voluntad. Cuando eso ocurra, cuando suenen las trompetas del juicio y la página con la sentencia sea un filo limpio dispuesto ya para amputarme de ti, mi vida no valdrá nada, y yo tomaré la resolución de aferrarme a la última cota de dignidad que ya podría permitirme a mí mismo: prescindir de ella si no puedo vivirla contigo a mi lado.

miércoles, 17 de octubre de 2012

"Hijo de Dios" y "La oscuridad exterior", de Cormac McCarthy




Dos reseñas en una para venir a confirmar lo que tiempo ha llevo sospechando: que me he convertido en un ferviente admirador de Cormac McCarthy, la sorpresa literaria más satisfactoria que he podido hallar en los últimos tres años, aun cuando no todas sus novelas me parezcan obras magistrales. Es el caso de estos dos relatos que reseño en esta entrada, Hijo de Dios -quizá la más floja de las dos- y La oscuridad exterior, historias loables en cuanto a la originalidad de su temática, pero que flaquean, a mi parecer, en su ejecución. Así con todo, no faltan en ellas todos los elementos a los que el autor estadounidense nos tiene acostumbrados: sus abrumadores conocimientos de la naturaleza, un elenco de personajes singulares, poco más que vagabundos, en constante peregrinación para ir en busca de lo mejor o peor de sí mismos, supervivientes a veces de su propio yo interior, y parajes de belleza salvaje y semi apocalíptica. Aunque de calidad muchísimo menor que otros títulos de su producción como pueden ser La carretera, No es país para viejos o En la frontera (esta última novela reseñada también en este blog; veánse las etiquetas), uno puede encontrar en estas dos historias toda la fuerza narrativa de McCarthy, su prosa sincopada a veces, su deliberada  y acertada ausencia de signos de puntuación que darían a sus relatos unas pausas o descansos que resultaría incongruente otorgar a personajes que viven sin tregua, en constante movimiento. 

Hijo de Dios es la historia de Lester Ballard, un joven inadaptado, casi hermitaño, al que su sexualidad reprimida y la expulsión de las tierras de sus antepasados le incita a merodear por la comarca de Frog Mountain, en busca de víctimas que satisfagan su lujuria insaciable. El relato es de una brutalidad abrumadora, rayano en la repugnancia, sobre todo por no asistir por parte del narrador de la historia a ninguna mínima muestra de moralidad. Pero, quizá por eso precisamente, el perfil de esta especie de asesino en serie se antoja tan real, tan susceptible de causar en el lector sentimientos de absoluto rechazo, como esos actores a los que cogemos manía tras haberlos visto siempre interpretando papeles de malo de la película. La novela apenas cuenta con un argumento, excepto tal vez el de las andanzas y traperías de un auténtico hijo de la gran puta de la América rural y profunda, pero la certera prosa del autor consigue entretener al lector hasta la última página.

La segunda novela a reseñar, La oscuridad exterior, ya es harina de otro costal. De hecho, para alguien que sea asiduo a las obras de McCarthy, quizá podrá intuir en esta obra un primer germen de esa otra obra suya tan exitosa y llevada al cine, La carretera, o al menos distinguir en ella denominadores comunes: el instinto de protección, el desconocimiento ante parajes inhóspitos, la hostilidad de congéneres extraños y hostigadores, de oscuros perseguidores que conminan a aguzar los sentidos en pos de esa ausencia de leyes que conlleva la supervivencia. Sin embargo, este relato también conserva, al igual que Hijo de Dios, elementos que pueden producir el rechazo y el asco del lector, en contra de los valores más significativos del ser humano que despierta la novela La carretera. Una mujer da a luz al hijo de su propio hermano en la cabaña que los dos habitan en condiciones indigentes. Éste engaña a la mujer, abandona al bebé en el bosque y le dice que ha muerto, pero la criatura es rescatada por un trapero nómada que recorre la región infatigablemente vendiendo sus artículos de segunda mano. Al descubrir la mentira de su hermano, la mujer emprende un viaje vital en busca de su hijo, en tanto que por los caminos y senderos que recorre proliferan extraños ahorcados de los árboles, víctimas de un grupo de misteriosos y aterradores desconocidos que darán caza a los protagonistas durante todo el relato. Lo más meritorio de la historia es que no se explica en ningún momento el móvil de los perseguidores, por qué ahorcan a la gente ni qué motivos tienen para hostigar a los dos hermanos, todo para acabar con un final extraño y apocalíptico, y que aun así la historia no pierda coherencia ni atractivo.

Insisto entonces en recomendar apasionadamente a este autor, aun cuando no todas sus novelas puedan despertar en el lector su atractivo o incluso su simpatía. A veces aterrador como Stephen King, otras aguerrido como William Faulkner, la mayor de ellas perfecto conocedor de los elementos de la naturaleza y aventurero como Jack London o Conrad, versátil y original a rabiar. Por mi parte, de su producción tengo a la espera de leer la novela Meridiano de sangre, y ya estoy frotándome las manos de imaginar cuánta originalidad y belleza paisajística encontraré en sus páginas.

martes, 16 de octubre de 2012

"La destrucción o el amor", de Vicente Aleixandre




Este es el primer libro de poesía que reseño. Me he cuidado mucho de reseñar poemarios en esta bitácora, teniendo en cuenta que, en materia de poesía, tratándose de un género literario que da cabida a múltiples interpretaciones por parte de los consumidores del mismo, una crítica puede ser (tanto si es constructiva como destructiva) desacertada con los sentidos que su contenido pueda despertar en los lectores. Yo, por mi parte -y en mi calidad de poeta, o no tanto, sino de aprendiz de poeta-, siempre me sentí más ligado a la Promoción poética de los 50 que a la Generación del 27, tal vez porque pasé mi vida escuchando las taciturnas y grisáceas historias de posguerra de mi padres y porque la poética ejecutada por sus miembros -sobre todo, la de José Ángel Valente- me llegó más certeramente al corazón. Aun así, de la Generación del 27 también distingo a mis predilectos, y éstos no son otros que, por orden de preferencia, Luis Cernuda y Vicente Aleixandre, a los cuales considero mejores poetas que a sus coetáneos Federico García Lorca y Rafael Alberti. Disculpen la herejía, pero al primero lo considero el niño mimado de la poesía española, y salvando algunas cosas como su poemario Poeta en Nueva York, me parece que está sobrevalorado -espero que no se me echen encima todos esos flamencos que lo tienen en tan alta estima-; del segundo, sólo me parece salvable algunos poemas de su obra Sobre los ángeles, y su poética, la mayor de las veces, me parece facilona y rayana en lo cursi o lo infantil. 

Pero vamos al libro del que habla esta entrada, que no quiero buscarme más enemigos de los que ya tengo, por más que ése sea un saludable hábito que practican las personas que deciden posicionarse y ser fieles a sí mismas y a sus creencias. La destrucción o el amor es un hermoso canto a la unidad amorosa, desde el inicio del sentimiento hasta el momento en que éste acaba, un recorrido poético por todo el proceso amatorio que sufren los enamoramientos abocados a un fin, y además resulta un gran ejemplo de la mejor poesía surrealista que se ha escrito en este país. El poemario está seccionado en seis bloques de poemas, y le valió al autor el Premio Nacional de Literatura en 1933. Su buen hacer con las letras también le supusieron el ingreso en la Real Academia de la Lengua, así como numerosos galardones, entre ellos el Premio de la Crítica y el Nóbel.

Sin nada más que añadir, sólo puedo recomendar este volumen que ha servido de guía para tantas generaciones de poetas posteriores, y hacer hincapié en que no todos los poetas que hacen tanto ruido son los mejores.

Breves desiderables: V. Tu cuello: descenso




Amar el cuello enfebrecido
que roto al pie de un mármol solo
retiene su sangrienta llamada
como ese corazón que contiene su anhelo.

VICENTE ALEIXANDRE




Es un vértigo insabido, un cisne
de satén tan umbrío
durmiendo entre las algas de tu pelo.
Es pilar y es sostén
de tu cabeza que imanta la luna,
soñadora, tal y como te quiero
soñando el futuro próxima a mí,
próxima como tu cuerpo al deseo,
como mi larga caricia a tu nuca.
Es gacela derribada en la almohada
que por su quinta vértebra
espera un escalofrío de médula
con que se haga de seda su muerte,
su muerte displicente
al predador que estrangulan mis manos.
Y es el descenso y la fascinación
hechos algo más que obtusas palabras,
descenso al consulado de tus hombros
y más allá tu espalda, otra vez
tu espalda interviniendo en el poema.

miércoles, 3 de octubre de 2012

La niebla en el alma (apunte para una novela)




Es tan sencillo suicidarse como asesinar. Más
sencillo aún, porque la víctima no se resiste.

STEPHEN MARLOWE, El faro de la última orilla





Las ideas son a prueba de balas, es sabido. Un hombre puede disparar a otro hombre, matarlo, pero no a sus ideas. En cambio, las ideas sí que pueden a uno descerrajarle un tiro limpio en la sesera, procurarle un único billete de ida  a  la santa tierra de  los  títeres sin cabeza.  Sobre todo –tanto más peligrosas- si son las ideas propias las que acaban por guarecerse en las palmas de tus manos para dirigirlas oscuramente y que se deslicen y se cierren en torno a la culata de ese arma que comienza a apoyarse, imagino, con una frialdad irreal, casi ficticia, sobre cualquiera de tus sienes.

A mi padre las ideas también se le guarecieron en la palma de la mano durante el extraño atardecer del 19 de enero de 1982, pero a él no le encañonaron a una de las sienes, sino bajo la barbilla y con los dos cañones de la vieja escopeta colocados oblicuamente, que no es lo mismo aunque lo parezca, porque hay suicidios y suicidios, y suicidas y suicidas; y mi viejo, obsesivo y metódico como pocos, sabía que, además de resultar incómodo por tratarse de un arma de grandes dimensiones, pegándose un tiro en la sien era improbable que sobreviviera pero no imposible, milagro que no ocurriría ni en el mejor de los casos si el tiro se lo pegaba bajo la barbilla y con los cañones colocados de modo oblicuo, inclinados levemente hacia la garganta, que entonces los proyectiles harían un trayecto completo, destrozando primero parte de ésta e inmediatamente astillando la mandíbula, para después continuar su ascenso letal hasta la bóveda del cráneo y más allá, buscando la salida y, de paso, colmando de fuego el epicentro del cerebro y haciéndolo estallar como a una manzana pisoteada. Mi padre sabía eso (tal vez como dilucidaron el forense o la policía científica y prefirieron no explicarle a mi madre), al igual que sabía que de haberse cortado las venas en vez de pegarse un tiro, la forma más eficaz hubiese sido haber practicado en la cara interior de la muñeca un tajo vertical, no horizontal, para que las venas allí alojadas sufrieran un daño irreparable y fuese casi imposible detener la hemorragia. Mi padre, sin duda, sabía ese tipo de cosas; los volúmenes que encontré en su ajada biblioteca sobre suicidio, pulsión de muerte, formas de tortura y enfermedades mentales estaban casi tan manoseados como algunas de sus novelas favoritas.




Supe de la verdadera causa de la muerte de mi padre veintiséis años después de que ocurriese, cuando aún no hacía ni cuarenta y ocho horas que había dado sepultura al cuerpo sin vida de mi madre, hinchado y exhausto de luchar sin una sombra de éxito contra una enfermedad de la que no me molestaré en hablar. Estaba en el dormitorio que había sido de ella, en el modesto piso que las dos ocupábamos en la parte vieja de la ciudad, hurgando en sus pertenencias para tratar de encontrar algo entre ellas que de algún modo pudiera devolverme su esencia –algo: un objeto, un antiguo frasco de perfume, un libro quizá que a ella la marcase y que yo pudiera leer y releer como forma de comunión con la mujer que me había traído al mundo-, que me aportase un rastro todavía fresco de su paso crucial por mi vida, que me confirmara que hubo un tiempo precioso en que existió, ya que hay ocasiones en las que se pasa por trances dramáticos en que necesitamos indicios que atestigüen o nos recuerden que ciertos hechos concretos de nuestra vida han sucedido en verdad, cuando de pronto comenzó a definirse en mi organismo una angustia indecible, una sensación irracional y repentina de muerte inmediata que se manifestó a través de mi cuerpo mediante palpitaciones muy rápidas y vigorosas, falta de aire y opresión en el pecho. Fui presa del pánico en pocos segundos: sentí ganas de salir corriendo, de pedir auxilio a gritos o buscar ayuda sanitaria urgente. Traté de calmarme y mantener la compostura sin conseguirlo, y la dolorosa certeza de esta imposibilidad me hizo al fin romper a llorar, no sé si por miedo a mi posible muerte o por la vergüenza que sentía hacia mí misma al dejarme dominar de forma tan sumisa y patética por ese mismo miedo, y entonces los síntomas desaparecieron casi tan súbitamente como habían aparecido. El llanto fue un paliativo, cumplió como debía su función de desahogo, resultó ser una necesidad que yo no me había permitido desde hacía mucho, desde el fatídico día en que mi madre y yo fuimos al hospital a recoger sus resultados y la diagnosticaron aquella enfermedad terminal, la dieron un plazo como quien sabe la fecha exacta de caducidad de algún alimento y la imprime en su correspondiente etiqueta; y meses más tarde, en la fase final de su sufrimiento, y aun algunos días después, cuando los empleados del cementerio ya empujaban su ataúd hacia el interior del nicho, tampoco derramé ni una sola lágrima, ni siquiera en la intimidad y el silencio legamoso posterior al funeral, mentalizada primero de que debía ser fuerte por las dos, mientras durase el proceso terrible de su enfermedad, y luego, tras el entierro y la ceremonia, convencida soberbiamente de que yo no necesitaba llorar. Sin embargo lloré, más tarde que temprano lloré, y lo hice con toda la engorrosa morralla que conlleva un llanto histérico y prolongado –tan poco propio de mí-, con pucheros e hipos y mocos y lágrimas negras de rimel corrido, así hasta vaciarme, hasta sentir que podía respirar de nuevo. Y entonces comprendí, realmente comprendí, aunque yo ya era una mujer adulta, la importancia psicológica y afectiva que tiene para un niño saberse huérfano en el mundo.

Estaba ya buscando un Kleenex en el primer cajón de la mesita de noche de mi madre, resuelta a no dejar rastro en mi cara que demostrase que había estado llorando, como si me debiera explicaciones a mí misma, cuando vi la caja. Uno de sus ángulos sobresalía de entre los numerosos vestidos de mi madre, alineados impecablemente –era una mujer presumida y orgullosa que no se permitió ninguna dejadez personal cuando mi viejo la abandonó contando yo apenas tres años de edad, aunque me enteré de eso al mismo tiempo que tuve noticia del suicidio de mi padre- a lo largo de todo el armario empotrado, el cual aún permanecía abierto cuando a mí me sorprendió el ataque de ansiedad mientras revisaba su vestuario y sus efectos personales. Corrí las perchas con los vestidos a fin de sustraer con más comodidad la caja del fondo del armario, la cual reposaba sobre la cajonera que mi madre hizo instalar ahí dentro, siempre atormentada por el poco espacio del piso y por las prendas que debía tirar y renovar sin encontrar tiempo nunca para dedicarse a ello. Era una caja ordinaria de cartón, demasiado ancha y profunda, no muy pesada aunque suficiente incómoda de agarrar y manipular. [...]


"Claus y Lucas", de Agota Kristof




Recién acabo de enterarme de que el 27 de julio de 2011 falleció, a los 75 años de edad, Agota Kristof. Estaba buscando una foto de la autora húngara para poner en esta reseña, cuando me he dado de bruces con la noticia. Murió en Suiza, donde residía desde 1956, exiliada por su activismo contra el régimen prosoviético. No es extraño en mí andar tan desactualizado, al menos en materia de literatura contemporánea, si consideramos que apenas leo novedades editoriales; si algún libro relativamente actual cae en mis manos es tras varios años después de su publicación, casi por casualidad o porque otras personas se han empeñado en que lo lea, y ya he dicho en reseñas anteriores de este blog que es muy difícil que los nuevos autores aparecidos puedan llegar a sorprenderme o emocionarme tanto como los de toda la vida.

Pero no es exactamente el caso de esta autora: primero, porque comenzó su andadura allá por 1987, y segundo porque, aunque por primera vez reunidas en un solo volumen, las tres novelas que conforman esta saga datan de los años 1987, 1988 y 1991, respectivamente. Fue en 2007 cuando se reunieron El gran cuaderno, La prueba y La tercera mentira. No me duelen prendas a la hora de reconocer que no está siendo un libro fácil de reseñar: el carácter extraño del argumento de cada una de las tres novelas -denominador común entre ellas- unido al desamparo al que se ven constantemente sometidos los personajes, hacen de este volumen, por tramos, un tanto confuso de leer, pese a que su estilo narrativo es seco, llano, sin florituras que adornen la crudeza de su prosa, a veces tratando de ser (al menos, en la primera novela) humorística.Yo llegué a este volumen hace un par de años, cuando me dirigí a la librería con algún dinero en el bolsillo y, raro en mí, me dejé convencer por el dueño, empeñado en que me interesase por autores que antes no conocía, abandonando por primera vez en sus estantes a mis predilectos. No me resultaba fácil sustituir a mis autores favoritos por una autora que no conocía, de la que antes nunca había leído nada, pero el buen hacer del librero, su esfuerzo y su asesoramiento -cada vez se echan más en falta profesionales así, acostumbrado a tratar con apoltronadas ratas de biblioteca que solamente se limitan a mirarte por encima de la montura de sus gafas, tras el mostrador y la caja, y a las que parece no importarles que las compres un libro o no-, me instó a ser agradecido y probar suerte con lo que me ofrecía.

La primera novela del volumen, El gran cuaderno, me pareció terriblemente divertida y audaz, un verdadero propósito en tratar de desarbolar de una vez por todas ese tópico manido acerca de la inocencia de la infancia. En ella, a causa de la guerra, los gemelos Claus y Lucas se ven de pronto escindidos de sus padres y obligados a vivir con su abuela, una anciana déspota, cruel y analfabeta. Los hermanos, condicionados por múltiples carencias vitales y afectivas, aprenderán las leyes de la vida, a ser autodidactas en muchos ámbitos, y se dedicarán a anotar sus proezas y progresos en un gran cuaderno. En la segunda novela, La prueba, los gemelos se separan: uno de ellos cruza la frontera y el otro se queda en un país que, aunque lejos de la guerra, está dominado por un régimen autoritario. Se hace patente el desgarro de Lucas al verse separado quizá de la parte más importante de sí mismo, su gemelo Claus, y de esa ausencia él construye la esperanza de poder suplir su dolor mediante el altruismo y el hacer el bien al prójimo, para aprender al regreso de Claus que, muchas veces, la generosidad puede preceder a la maldad. La tercera novela, La tercera mentira, es para mí la más confusa, y aquí se abandona ya del todo el tono humorístico de la primera para embarcarse en un viaje que oscila entre las ruinas del pasado, ya acabados los horrores de la guerra, y la falsa esperanza de llegar a alcanzar la plenitud que, bien mirado, pese a la idealización de cualquier pretérito, nunca se tuvo. 

Un libro extraño, sin duda, nimbado de cierta magia que hace que uno visualice en blanco y negro las escenas que lee. Aunque no me parezca de lo mejor que he leído, me aportó buenos ratos y me entretuvo mucho, propósito sencillo éste, el entretenimiento, que debieran perseguir tantas otras obras.

lunes, 1 de octubre de 2012

Breves desiderables: III. Tu frente: cima




Allí está, la cima, alta cumbre
donde ocurre tu sagaz pensamiento,
pared de muselina
y parapeto tras del cual tus dudas,
a las mías idénticas,
se excluyen de abismarse
y fijar su ojo abierto en el insomnio.


Yo sé que, en tanta noche por delante,
he de retirarte un mechón de pelo
y exonerar la fiebre con mis manos,
posarlas en tu frente
buscando suavizar los fuegos fatuos
surgidos del desvelo,
buscando, con mi beso protector,
adelgazarla como a una restinga
que lame el mar antiguo
con su son de grava y cantos rodados.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Chitón




No hay cosa que me irrite más sobre la faz de la Tierra que las personas que no escuchan y no dejan hablar a nadie. No soy un hombre maniático; tengo algunas rarezas, como todo el mundo, pero en cuestión de manías estoy bastante limpio: no me molestan la luz ni el ruido para dormir, no me molesta que alguien me pida un cigarrillo por la calle (siempre y cuando lo haga con educación, faltaría más), no me irrita que alguien pruebe de mi comida, no soy escrupuloso, no tengo rituales específicos para hacer tal o cual cosa, no soy fácilmente escandalizable, no tengo ningún problema en hablar con cualquier tipo de persona, independientemente de su condición social, su raza, religión, sus creencias políticas (si no son extremistas, lo mismo me da hacia la derecha que hacia la izquierda), y únicamente soy más susceptible cuando escribo, tarea que me gusta desempeñar con el máximo silencio posible y sin distracciones de ningún tipo. Pero a las personas que no escuchan y/o no dejan hablar, con mucho gusto las agarraría del pescuezo y lo retorcería como a una bayeta usada. 

Recién llego de una reunión de padres del colegio de mi hija y, como siempre que se dan estas citas en la escuela, vengo con una sensación a caballo entre el cabreo y el desamparo. No soy un acérrimo defensor de los profesores -tampoco es que sea un gran detractor-, porque considero que, en esto de la docencia, hay demasiado profesor y muy poco maestro, mucha suficiencia al elegir profesión dependiendo de la nota sacada en su día en selectividad y muy poca vocación, muchos intereses de bienestar personal y poca preocupación por el futuro de las generaciones venideras, muchas miras al presente más inmediato y ningún atisbo al mañana, mucho abuso de poder y muy pocas ganas de una igualdad real, mucha pugna entre docentes y padres y poco o ningún entendimiento. Pero al César lo que es del César, y el tutor que le ha tocado este año a mi hija ha merecido con creces que me quitase el sombrero ante él y que partiese una lanza a su favor frente a muchos de los padres allí reunidos. Y es que es increíble que a un grupo de veinte padres (y madres, no se me vaya a ofender alguna feminista talibán) se les tenga que llamar, en el aula, más la atención que a los menores -nuestros hijos- que nos acompañaban en la reunión. La escenita hay que cogerla con pinzas, que se dice por estos pagos: el profesor tratando de explicar la dinámica de trabajo y los objetivos a conseguir durante el curso, en tanto que la una hablaba con la otra sobre si tal o cual niño convidaba o no a sus compañeros en su cumpleaños, dos madres llegaban con media hora de retraso (riendo joviales por haber interrumpido la reunión, que por lo visto les hacía mucha gracia), a aquél de más allá le atronaba el chunda-chunda del teléfono móvil, otra mujer nos contaba sus penas y desgracias personales y la gran mayoría discutía acerca de si era mejor o no una cooperativa para comprar el material escolar, todo esto antes incluso de darle la oportunidad al profesor de explicarnos con detalle en qué consiste exactamente la opción de la cooperativa. A todo esto, mientras contemplaba al profesor teniendo que interrumpir sus frases cada dos palabras, a mí me iba subiendo un creciente mosqueo por la sangre, y a poco no me he levantado de mi sitio y me he puesto a su vera para decirle: "Tú por el ala izquierda y yo por el ala derecha. A repartir hostias se ha dicho y a ver si se callan todos de una puta vez: la letra con sangre no entra, pero de todos modos éstos no van a gotear mucha porque la tienen solamente en la sinhueso." Juro por mi hija que he estado en garitos de copas menos ruidosos que ese aula y conocido a peluqueros, taxistas y prostitutas que prestaban más oídos que este nutrido grupo de maleducados. 

Lo peor es cuando la persona que habla por los codos no atiende a sutiles señales. Entonces, lo mismo da que le pongas cara de fastidio, que abras un libro y te pongas a leer durante su charla, que le respondas con escuetos y secos monosílabos, o incluso, cuando a unas malas, resignado ya, intentas meter baza en la conversación y la cotorra en cuestión no te permite ni pronunciar dos palabras seguidas. Es ahí cuando uno quisiera llevar un kit especializado para estas ocasiones: esto es, cinta americana de buena calidad para amordazar, una soga resistente con nudo corredizo incluido o un aerosol de pimienta. Para gente pacífica, existe también el pack más light, que no consiste en otra cosa que un ipod, provisto de auriculares, con la discografía entera de Pantera y Sepultura, o bien un buen megáfono para hablar más alto y tapar las palabras del otro, hasta que se aburra, o mejor aún, para gritarle: ¡Chitón!

Breves desiderables: II. Tu boca: provisión





La acecho con mis dedos, la repaso
como a huella dactilar pintándola,
porque oficie de artesano que desbasta
el gesto duro que suele darse en ella,
boca voraz, estuario de mis besos,
recinto en que ofrecerte
mi lengua subsidiaria,
oquedad de la fruta umbría que vive
nutrida de tu aliento y su relente,
pico letal del labio superior
tal boca de azor desmayado en la caza
del aire, ese hálito a prodigio
y producción de tus depredaciones,
denticulares así como la marca
que, con hambre atrasada, sobre mi cuello
rubricaste.


Escancia ese rescoldo
de tu saliva ahora en mi boca,
prodúcela con gozo desde la tuya
y déjala caer en mi garganta,
que yo sabré beberla
como licor divino,
como mistela de muerte tan pródiga
envidiada por todos.


Necesito que me des el reducto
de tu sed, de tu hambre,
tornarme paladar en esa entrada
al sentido, y allí entonces nutrirme
del alimento tibio de tus labios,
posar en ellos, voraces, los míos,
y de ese beso, al fin, aprovisionarnos.

martes, 25 de septiembre de 2012

Los tebeos son literatura




Los tebeos son literatura. Este viene a ser el gran titular que resuma lo que vengo a explicar con esta entrada. Porque es cierto, porque los tebeos también son literatura, porque ya está bien de que se trate de fomentar la lectura con métodos erróneos... ¿Meterle entre dos rebanadas de pan con chocolate, a unos críos, El lazarillo de Tormes? ¿Tratar de captar a unos adolescentes en el buen hábito de la lectura diciéndoles que leyendo El Quijote experimentarán más sensaciones y verán más cosas que cogiéndose un ciego de maría en los bancos del parque de su barrio? Seamos serios, por favor, pero además seamoslo de la manera más efectiva que existe para ser serio, que es tomar por una cosa muy seria el buen humor. Con estos métodos arcaicos de Ministerio de Cultura apoltronado en su suficiencia sólo conseguiremos disuadir a la juventud, en vez de ganar nuevos adeptos para esa sana, buena y revitalizante costumbre de leer a diario. 

Para alguien como yo, que fui muy mal estudiante, el haber sido tan aficionado a los tebeos me salvó de convertirme en un auténtico merluzo, de esos que se enorgullecen de no haber agarrado un libro en su puta vida y que afirman -golpes solemnes en el pecho a mano abierta, tratándose de un jambo, y ruidos de masticación de chicle y deglución de saliva, tratándose de una choni- que su escuela fue la calle, en tanto que no saben qué responder si se les pregunta qué es una democracia (juro por mi hija que esto lo he visto en la televisión, y es verídico). Sí, también mi escuela fue la calle -es una escuela tan buena como otra cualquiera-, pero no fue la única; también lo fueron los viajes, la carretera, el paisaje, la naturaleza, algún maestro entre tanto profesor y, sobre todo, entre otras muchas cosas en las que se incluye también la propia escuela, el dibujo y los tebeos. Gracias a la afición que tuve por el dibujo a muy temprana edad, pude aprender a tener sensibilidad y a saber respetar el trabajo de los otros, a no simplificar una tarea ejecutada por un segundo o un tercero -fuera cual fuese ésta, artística o sencillamente laboral-, a interesarme ya no solamente por los ilustradores que plagaban de dinamismo las páginas que leía -Todd McFarlane, John Byrne, Francis Leinil Yu, contándose entre mis favoritos-, sino por los grandes pintores -Dalí, Turner, Sorolla, también entre mis preferidos en este ámbito-, porque al final acabé tomando durante muchos años clases de pintura. 
La constante lectura de tebeos hizo que aprendiese más ortografía que en cualquier clase de lenguaje, me enseñó a sentir cierto desamparo si no tenía frente a mí unas líneas que leer antes de irme a dormir o si no podía disponer de algún tipo de letra impresa en caso de despertar en plena noche, fugado de las fauces de una pesadilla. Con cinco años apenas, visionar a Superman abrazando a Lois Lane fallecida dentro de su coche durante un terremoto, me hizo preguntarles a mis padres, por vez primera, sobre el concepto de la muerte, amén de comenzar a intuir, entre el variopinto cúmulo de sensaciones y sentimientos a los que se ve expuesto un ser humano, la eterna soledad del héroe. No fue necesario a esas edades que leyese La bella y la bestia o que Robert Louis Stevenson me describiese que dentro de cada uno de nosotros habita un Mr. Hyde que pugna por salir (aunque luego me acercase a esa magnífica obra como a tantas otras), porque eso ya me lo enseñó Bruce Banner al verse expuesto a una explosión de rayos Gamma y convertirse en el Increíble Hulk. Me interesé por grandes nombres de la literatura, tales como Mark Twain e Isaac Asimov, de oírlos citados en boca de Reed Richards, líder de los Cuatro Fantásticos, y cuando muchos televidentes alucinaron de que se pudiera reproducir una copia genética perfecta de una linda ovejita, algunos consumidores de tebeos y de literatura de ciencia ficción hacía ya muchos años que sabíamos lo que era un clon. 

De acuerdo, ya sabemos que aquí podría comentar para rebatirme cualquier aburrido fundamentalista, pero para quienes, como yo, no tuvimos la decencia -pido perdón ahora- de interesarnos por Homero a los siete años, los tebeos fueron el mejor puente al que hayamos podido acceder para cruzar a la orilla de la literatura universal. Hoy mismo he desempolvado algunos tebeos que tenía guardados por ahí, y fascinado aún de sus guiones magistralmente escritos -la saga de Fénix Oscura, nada menos; que alguien la abra y que tenga el valor de decirme que Chris Claremont no es un literato-, de sus sublimes ilustraciones, de sus explosiones de color y dinamismo, he pensado que el escritor que me habita le debe mucho, muchísimo, a todas esas viñetas.