"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















viernes, 28 de octubre de 2011

Aristas del conocimiento (primera parte)




Cuando ella se marchó, aprendió a no hacerse ilusiones. Aprendió muchas cosas, en realidad: por ejemplo, que esa esperanza del todo estéril que le palpitaba en el pecho y que casi lo conminaba a intuir o prever de manera ingenua que ella no tardaría en volver, arrepentida de su decisión, era precisamente la ficción pueril urdida por su patética condición de hombre abandonado y la constatación amarga de que ella jamás volvería. Con esta dura revelación atesorada de pronto en el bolsillo de la camisa más cercano a donde está situado el corazón, como quien guarda con descuido una fórmula valiosísima y ultra secreta –la camisa estaba un poco arrugada y comenzó a ponérsela, sentado al borde de la cama, en cuanto comprendió que no tenía sentido esperarla, ya que ella jamás volvería-, aprendió que, a partir de ahora y durante las largas noches venideras, tendría que aprender a coserse la sombra él solo, lo mismo que Peter Pan sin Wendy (que, al fin y al cabo, es lo que él siempre había sido muy a su pesar), y si era posible cosérsela a los pies de la cama muchísimo mejor, porque así no podría salir ni conocer a más mujeres a las que trataría de ignorar deliberadamente puesto que había aprendido a no hacerse ilusiones. Aprendió tantas cosas, tantas, tantas cosas en ausencia de ella, que aprendió también que el aprendizaje no nos exime de volver a cometer errores, y que éstos, aunque aparentemente distintos cada vez y recortados contra un fondo de azares y circunstancias diferentes, a poco que uno les dé un par de vueltas, los ponga del derecho y del revés y los inspeccione muy de cerca, al igual que un joyero que le sacase brillo al muestrario de su género, casi siempre suelen ser los mismos una y otra vez. Así que aprendió de repente que, por más que se cosiera con auténtico esmero la sombra a los pies de la cama donde ella le abandonó, volvería a olvidar y a salir por ahí, volvería a internarse en la noche urbana de neones chillones y asfalto húmedo, a ingresar en la atmósfera cargada, nebulosa y turbia de los bares de copas para tratar de conocer a alguna mujer que mereciese la pena, por más que le pesara ir sin sombra a cualquier sitio. Porque, aunque había aprendido a no hacerse ilusiones, ya comenzaba también a aprender, en contraposición, que vivir es algo más que respirar y que una vida sin ilusiones no es una vida.


Se acoplaría entonces a cualquier barra de cualquier bar y le pediría a cualquier camarero escuálido y desastrado que le sirviera la cena en vaso largo, con mucho hielo, aprendiendo mientras daba el primer sorbo de la recapitulación que no es prudente ingerir esos venenos de garrafón con demasiada rapidez ni vehemencia, no por una escrupulosa atención a su salud, sino porque ya habría aprendido de ocasiones anteriores que, por más que el alcohol le aportase cierto grado de valor o descaro y anulara gran parte de su pudor y su timidez, la mejor manera de entablar conversación por primera vez con una mujer no es echarle el aliento dulzón y etílico a la cara. Así pues bebería despacio, con mucha calma, paladeando aquel matarratas mientras su mirada se perdería serenamente en los detalles de la decoración del local –una figurita de Elvis Presley, apostada entre las botellas de los estantes, que tal vez bailaría al son de de la música elegida en aquel garito; un surtidor de gasolina en una esquina del bar que, en realidad, sería una máquina de discos que ya nadie utilizaría; un póster enmarcado con la imagen en blanco y negro del jefe sioux Red Clow, y bajo su busto emplumado y repleto de abalorios un proverbio indio con grandes caracteres en cursiva-, hasta que otra mirada igualmente perdida acabase topándose con la suya. Si bien decir que él trataría de descifrar el propósito de esos ojos verdes, almendrados y serenos, un poco beodos, sosteniendo la mirada un momento y luego apartándola, para después volver a buscarla y, en caso de volver a encontrarla, corroborar quizá la reciprocidad mutua habida en las miradas de un hombre y una mujer que se buscan con los ojos. Porque había aprendido de otros hombres a no darlo todo por sentado, a ignorar los espejismos de la vanidad y de la penumbra ebria de algunos bares, y que antes de creer que a una mujer le gustas simplemente porque te está mirando, uno debe comprobar primero que no tiene la bragueta abierta, por ejemplo, o que no hay ningún lamparón de ron o whisky en la parte más visible de tu camisa. En esas circunstancias, no estando aún del todo seguro, sería entonces precavido hallar esa correspondencia tan anhelada en el añadido de una sonrisa, taimada primero y luego más amplia, mientras los ojos continuarían su pulso, seguirían buscándose y sosteniéndose en una distancia quizá ya abolida por el deseo.

Mantenido ya un primer y sólido contacto visual, lo próximo sería pensar cómo entrarle a la mujer. Hace tiempo que aprendió, no sin la crudeza agridulce que entrañan algunos aprendizajes, que un buen sentido del humor, a menudo, suele ser un camino más corto hacia el alma de una mujer que unos abdominales bien definidos, y también que la risa puede ser un buen preludio a un orgasmo, más aún si uno es capaz de reírse de sí mismo, de ridiculizarse un poco ante una mujer; porque si bien hay mujeres de muchos gustos y preceptos –también de las que prefieren unos abdominales bien definidos por encima de cualquier cosa-, un gran número de ellas había aprendido hacía mucho que es preferible un simio que sabe hacer cucamonas e indica su grado de sacrificio, ridiculizándose a fin de ganar su premio, a otro simio que únicamente sabe lanzar piedras, manejar herramientas simples y golpearse el pecho, y aunque estas mujeres resultan ser más crueles y pérfidas que las que prefieren los abdominales bien definidos (ya que, mientras estas últimas solicitan solamente los favores no meritorios de una generosa herencia genética o un culto al cuerpo tan pueril como efímero, en tanto que vayan haciéndose visibles los estragos de la vejez, las primeras exigen algo cercano a la anulación de la persona y una renovación continua del humor dirigido contra uno mismo que las llegara a conmover en las primeras semanas de relación, sin la posibilidad para el hombre, además, de hartarse de esta situación o de confesar y denunciar lo dicho en las últimas frases, por miedo a que lo tachen de machista), también suelen ser más duraderas, más constantes en las relaciones a largo plazo, que es lo que él buscaba sobre todo en una mujer, porque había aprendido que un polvo de una noche es un buen tonificante, una especie de vacación específica y de duración determinada, pero el sexo con amor es como tener un billete sólo de ida al destino deseado hace mucho tiempo atrás. Claro que también hay aprendizajes que anulan o dejan obsoletos a aprendizajes anteriores, y esto él lo aprendió en cuanto se le ocurrió pensar que la mayoría de las mujeres prefieren ambas cosas simultáneamente, el humor y los abdominales bien definidos, y por consiguiente aprendió también, de sopetón y con desconcierto, que uno puede pasar del optimismo más exaltado a la más funesta de las decepciones en apenas unos segundos, y que a él le hacía falta muy poco para que su autoestima acabase en el fondo del vaso, helada y nimia bajo los restos de hielo y licor, como una verga expuesta al frío, porque ya habría acabado su consumición y habría aprendido que, por más que uno trate de beber despacio y con el estómago lleno, si continúa bebiendo acabará borracho y haciendo imposibles álgebras mentales.

Por suerte para él, que a estas alturas ya habría perdido la poca confianza que siempre suele depositar en sí mismo y estaría decidiendo si entrarle a la mujer o entregarse sin reservas a los brazos fieles de la borrachera, no tendría que cometer ningún movimiento decisivo; tan sólo buscar sus ojos una vez más, pedirle al camarero una nueva consumición, tratar de aparentar que los siguientes tragos no estaban comenzando a hacerle efecto, como cuando un borracho hace eses al caminar no por culpa de su ebriedad, sino por empeñarse en disimular y tratar de seguir una antinatural línea recta que no sería posible conseguir ni andando completamente sobrio. No tendría que cometer ningún movimiento decisivo porque la mujer ya se habría levantado de su sitio –una mesa al fondo del local, quizá, o puede que el otro extremo de la barra de cinc-, con esa iniciativa y esa determinación admirable de algunas mujeres motivada por la inutilidad apoltronada de algunos hombres, y se habría acercado a él tal vez con el pretexto manido de pedirle fuego. Y ahí una respuesta ágil e ingeniosa de él (de pronto despejado y lúcido y consciente de sus pocas pero valiosas virtudes), una risa clara y fuerte de ella (puede que algo exagerada, él lo sabría, pero al fin y al cabo risa y constatación de su interés por él), un intercambio de nombres y de besos en las mejillas, un traslado o una mudanza de la banqueta y la consumición de la mujer hasta la nueva ubicación que permitiría eliminar la soledad ofensiva que produce groseros adjetivos machistas a la fémina que bebe sola en un bar, que la presupone docta en oficios disolutos (pero esto lo pensaría él, o ni siquiera él sino su propio asombro, que se sentiría gratamente extrañado de que una mujer tan bonita hubiese dado el primer paso y se habría preguntado ya si no sería prostituta), un contarse el uno al otro pedazos de la vida y antiguos idilios, sombras del pasado, de peso todavía conciso –se acordaría él ahora de la sombra todavía cosida a los pies de la cama y del abandono de ella, que jamás volvería-, que irían tornándose más difusas a menudo que la conversación fuese haciéndose más cómoda, más íntima, con algún roce casual de las manos, de las rodillas de ella más descubiertas de lo que él creía recordar cuando la vio en el garito al principio de la noche, dirigiéndose miradas y sonrisas.[...]



martes, 18 de octubre de 2011

Fragmento de la novela "Beatus Ille", de Antonio Muñoz Molina

Hay libros que a uno le hubiera gustado firmar como propios. "Beatus Ille", 1986, reveló a uno de los autores mejor dotados de nuestra literatura actual. Aquí os dejo uno de mis fragmentos favoritos de la novela. Disfrutadlo, pero no olvidéis acercaros a la librería o biblioteca más próxima y leer el resto. Decididamente, merece la pena.
Hubiera bastado decir que no por segunda vez, obligarla a que se retirara de la puerta, salir solo tal vez y aceptar el insomnio y la rabia, pero no hizo nada, sólo mirarla enfermo de deseo y de miedo: se sentó en la cama, dejó caer los zapatos, se levantó la falda para desabrocharse las medias. Minaya vio los largos muslos blancos, los pies al fin desnudos e indóciles a sus besos, rosados y blancos y moviéndose como peces en la penumbra de los espejos. Cuando le entreabría los muslos para descender al rosa húmedo de su vientre creyó escuchar el ruido de una puerta lejana, pero ya no le importó el miedo, y ni siquiera el pudor, ni la vida, ni la conciencia que se deshacía como la forma de la habitación y la identidad y los límites de su cuerpo. Oía la voz de Inés confundida en la suya y le mordía los labios mientras la miraba a los ojos para descubrir una mirada que nunca hasta esa noche le perteneció. Asidos como dos sombras rodaron al suelo arrastrando consigo las sábanas de la cama, y sobre la alfombra, entre las sábanas manchadas, se buscaban y derribaban y mordían en una persecución multiplicada por los espejos en el aire púrpura y oscuro. Como si hubieran sobrevivido a un naufragio en el mar y a la tentación de rendirse a una muerte dulcísima bajo las aguas se hallaron de nuevo inmóviles sobre la cama y no podían recordar cómo ni cuándo habían regresado a ella. "Ahora no me importa morirme", dijo Minaya. "Si me ofrecieras ahora mismo una copa de veneno la bebería entera." Sentada en la cama, Inés le acariciaba el pelo y la boca, y lentamente lo hizo volverse hacia ella, entre sus muslos, hasta que los labios de Minaya encontraron la hendidura rosa que ella misma entreabría con el pulgar y el índice de las dos manos para recibirlo. Pero no había ya premura ni desesperación, y la serena codicia del paladar se prolongaba y ascendía en la indagación de la mirada. Empujado por el aliento oscuro que había revivido más hondo cuando apuraba su vientre, subió hasta demorarse en los pechos, en la barbilla, en la boca, en el pelo mojado que le tapaba los pómulos, y luego sintió que se desvanecía estremeciéndose inmóvil, lúcido, suspendido en el límite de una dulzura sin regreso. "Tú no te muevas", dijo Inés, "tú no hagas nada", y empezó a moverse ondulada y girando bajo sus caderas, apresándolo, hiriéndolo, apurando el aire para expulsarlo muy lentamente al tiempo que se levantaba y curvaba hincando en las sábanas los codos y los talones, y sonreía con los ojos fijos en Minaya, murmurando, "despacio", diciéndole en voz baja palabras que él nunca se había atrevido a decirle. [...]

Tu pelo (remanso) (Poema inédito)

Tu pelo.


                   Fábula o crepusculario
-yo no sé decir, aquí, ahora, con qué palabras-,
marea mansa, remanso de mi asombro,
calma al tacto, escalofrío en hebras, olorosa
materia, sentido que otorgar a los sentidos.


Tu pelo.


                   Lo peino y lo cepillo,
doy trayectoria a su caída, fascinada gravidez
como de caer en el sueño sin sobresaltos,
y desenredo de su alga oscura desastres
y estresores, mi propia propensión al desaliento.


Tu pelo.


                   Por debajo o por detrás
está tu cuello, ofrecido cisne sumiso y sensible
al beso y la caricia, al delicioso vampirismo
de un mordisco demorado en las lindes
de tu espalda, temática ya de otro poema.

lunes, 17 de octubre de 2011

Señales




He regresado a casa inexplicablemente cansado, como deslucido de manera anticipada por la jornada que mañana tendré que sobrellevar sin ella, que hace unas horas se despidió de mí con ese gesto suyo, melancólico y casi infantil, que hace que la ame, si cabe, todavía más. Después de cerrar la puerta y depositar las llaves en el cenicero que hay sobre el mueble del recibidor –hay uno de esos chismes para colgar las llaves detrás de la puerta, pero yo siempre las dejo en el interior de ese cenicero que nunca se usa- he echado una vertiginosa ojeada al mobiliario y a las estancias del piso, como quien se asegura de que todo en su hogar permanece inmutable, en orden, que ningún elemento de su seguridad y confort ha sido modificado durante la ausencia. Luego me he sentado a añorarla en el mismo sofá raído donde anoche nos contábamos la vida, hacíamos planes, escuchábamos en la televisión un directo de Kings of Leon, comentábamos los libros que estamos leyendo –ella prefiere la Generación del 27, mientras yo me identifico más con la promoción poética de los 50- o me tomaba de la mano y entrelazaba sus dedos a los míos mientras veíamos un documental de Robert Ressler, porque sólo a una mujer de su enorme valía puede interesarle más el trabajo del creador de los perfiles psicológicos de los asesinos en serie –y quien acuñó en los años 70, precisamente, ese término, serial killer- que las temporadas de rebajas.


Tienen un deje de involuntario abandono las casas de esas personas que viven solas, que no esperan a nadie ni nadie las espera a ellas cuando, a esa hora variable y no estipulada de fin de la jornada, regresan al hogar como con hojas secas en esa voz que no utilizarán para saludar o preguntar qué hay de cena o relatar los pormenores y anécdotas del día de trabajo. Puesto que con nadie conviven ni a nadie deben complacer o respetar, ese vaso sucio puede esperar algunas horas más en el fregadero, ese montón de ropa sin planchar sobre el respaldo del sofá no estorbará a nadie porque nadie se sentará en él, ni tampoco a nadie irritará que hayan algunas manchas de dentífrico en la loza del lavabo, por ejemplo. En caso de que esa persona que vive sola sea un hombre, el deje de abandono se hace considerablemente más visible. No es ya la limpieza del hogar, la organización del tiempo y el espacio, la administración de las tareas, la disciplina de unas costumbres saludablemente higiénicas; es que el hombre heterosexual que vive solo necesita de una mujer que colme su vida de pequeños detalles. No es una cuestión de machismo, sino de gusto estético y lucidez. Ella me hace falta cuando me distraigo y necesito a alguien que me advierta de que el penacho de ceniza de mi cigarrillo está a punto de derrumbarse y caer sobre mi ropa, cuando me indica el tiempo exacto de cocción que debe tener la pasta para que mi empeño en la cocina no sea un desastre gastronómico, cuando me recuerda que ya es la hora de que llame a mi hija o a cualquier otro miembro de mi familia… Para un hogar, nada como las señales que una mujer deja en él, repartidas por toda la casa como indicios a seguir.

Me levanto por fin del sofá cuando intuyo que el desasosiego de no tenerla, de no saber ya no esperarla, me hundirá en la pereza y en la más absoluta apatía, y, mientras me dispongo a realizar tareas que distraigan mi espera y adelgacen las horas hasta nuestro próximo encuentro, voy encontrando sus señales por donde quiera que vaya. Algunas, dejadas a propósito para que yo las encuentre: esas extensas notas de amor sobre el teclado de mi ordenador portátil; uno de sus bombones preferidos en la mesita de noche, junto al despertador y el libro que esté leyendo en ese momento; la parte de arriba de su pijama bajo mi almohada, previamente perfumada con su colonia… Otras, en cambio, son involuntarias pero igualmente válidas, ya que atestiguan de igual modo que ha llenado de luz mi casa durante unos días y que volverá a hacerlo en breve: algún pelo suyo en mis sábanas o en mi almohada, una colilla de su marca de cigarrillos en el cenicero de mi escritorio, el nombre de una de sus canciones favoritas no borrado en el historial de la barra del buscador de Internet.

Me gusta encontrar sus señales por toda la casa, ir topándome como al descuido con los indicios de su presencia, sobre todo si me confirman que volverá, que me quiere aun a pesar de ir conociendo de a poco mis múltiples defectos, mi dejadez y mi propensión a la catástrofe. Así, mientras me encierro en el cuarto de baño y me desnudo para meterme en la ducha y pienso que luego no debo despistarme y dejar la ropa tirada por el suelo (más por ella que por mí, aunque ahora no esté y no pueda verme), me veo un momento en el espejo de cuerpo entero de la mampara y descubro la última señal que me ha dejado: una marca violácea en mi cuello, practicada con sus dientes y sus labios, que me hace sonreír para adentro y pensar en qué momento pudo ponerla ahí sin que yo lo advirtiera.



Blues (del poemario "Ejercicios con lo oscuro")





Quien calla, otorga
(o eso fue lo que me enseñaron).



Con exacta barata filosofía
te miro de frente y no te huyo más que para negarte,
contradicción entre contradicciones;
de frente te miro y no te olvido
                                                 ninguno de mis días,
                                                 ninguna de mis horas,
pues olvidarte sería volcar mi tiempo impagable
en la fuga de tus fauces, olvidarme a mí mismo,
ser en tu asedio constante la saeta
más estricta del silencio.



Por sólo eso actúo según tu sigilo, predadora,
muerte sin convencimiento de matarme todavía,
y canto el blues de los hipocondríacos
pensándote hasta en el verbo.



Pero yo no me otorgo
hasta que tú no me calles.