"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















lunes, 26 de septiembre de 2011

Si luchas...




Me dices que estás cansada de pelear, aunque sobra decirlo, aunque no hace falta que me lo digas porque basta con oír atentamente, con escuchar tus legamosos silencios, con atisbar en tu mirada perdida en ningún punto en concreto y con recorrer, mediante un tacto de noche demorada y ternura, tu delgadez casi infantil para saber que estás seca por el dolor, yerma y baldía y árida cuando por culpa de mi atención despistable no te saco alguna sonrisa, por leve o taimada que sea, o no mantengo contigo una conversación amena, jovial, alejada en temática y forma a esos demonios que hurgan en tu corazón con una mano reptilesca de sombra. Cuántas veces te habré dicho en propia boca esto mismo que te escribo ahora, y te molestó que te lo dijera o me brindaste uno de esos silencios enervantes al otro lado del hilo telefónico que me obligaban a preguntarte si estabas ahí, si habías colgado el auricular.

Qué derecho tengo a decirte cómo eres, pensarás ahora como en tantas otras ocasiones, mientras lees este texto. Trato de aleccionar a las personas, me reprochas; quién soy para levantar doctrinas que no son aplicables a todo el mundo, a todas las personas. Y quizá tengas razón: más de la que me gustaría admitir. Pero la diferencia entre nuestros distintos caracteres tal vez radique en que tú sostienes que sólo pueden hacerte daño aquellas cosas malas que dicen de ti los que te quieren y conocen, mientras yo me convenzo de justamente lo contrario: a mí sólo pueden hacerme daño las críticas que expongan aquellos que no me conocen, precisamente porque no me conocen; y así entiendo que las críticas que hacen de mí esas personas que me aman y conocen, por duras que sean, por hostigadas o motivadas que estén por el fragor de la discusión, encierran una parte valiosísima de verdad que están tratando de mostrarme por fuera de mí mismo, de hacerme aprender, de otorgarme un conocimiento que no me sería posible alcanzar de otro modo, sino alejándome un poco de aquello que soy para tomar perspectiva, lo mismo que esos lienzos que ganan en calidad dependiendo de si uno los contempla de cerca o de lejos.

Conozco la sensación, tú sabes que conozco de sobra la sensación. Cuando se ha peleado mucho, cuando uno ha pasado la vida tratando de mantener a raya a los leones que cercan y estrechan tus sueños y desgarran a zarpazos su sagrado descanso, la mayoría de las veces sin conseguirlo del todo, con logros a medias y recompensas tan flacas que casi se diría que no lo son, uno desearía dejarse morir o matar, ser el delfín que decide varar en la arena de la playa por voluntad propia, sin que los fútiles intentos de los ecologistas o los voluntarios playeros por devolverle al agua consigan convencer al animal de que debe regresar al océano, debe permitirse vivir. Últimamente me atormenta la idea de que tú seas ese delfín y yo el ecologista que se esfuerza de manera inútil, y entonces me frustra y me entristece mi impotencia, y es ahí donde se crea y reside y toma fuerza ese derecho que, según tú, no debería permitirme contigo ni con nadie: tengo derecho a pedirte que luches, porque si luchas por ti me estarás ayudando, estarás luchando también por mí. Que tú prevalezcas, o al menos lo intentes, significará que yo también he prevalecido, porque cada uno de los movimientos que cometo y de las decisiones que tomo y de las luchas que mantengo con innumerables enemigos visibles e invisibles –el peor de todos, yo mismo- se inspiran profundamente en ti. Si luchas tendrá sentido mi propia lucha. Y ahora no me digas que no tengo a derecho a pedirte tal cosa, porque tú me enseñaste que no es deshonroso pedir sin miedo a aquel a quien se ama.