"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















viernes, 26 de agosto de 2011

El pasado es una cárcel




“El pasado es una cárcel”, escribió magistralmente Pablo Neruda. ¿Quién se reconoce, pasado un tiempo, en esas fotografías de otra época? Pero tú las apruebas, las miras y te imagino riéndote con los ojos azules entrecerrados, porque no parezco yo, porque tengo el pelo largo y rizado y visto ropa que ya ha quedado obsoleta por esa fugacidad con que las modas pasan e inmediatamente nos convierten en personas desactualizadas, aunque nunca fui de seguirlas estrictamente y más bien me limité a coger parte de las mismas para tramar la mía propia, un estilo que nunca o casi nunca tuvo la aceptación del resto. Me preguntaste hace no mucho de qué color eran tus ojos. “Azules”, dije yo sin dudar un momento. Y tú aprobaste mi respuesta porque dices que hay muchas personas que creen que son verdes, con ese daltonismo de la gente que no es observadora o a quienes confunden ciertas tonalidades porque se quedaron varados en el aprendizaje de los colores lisos, puros, sin mezclas. Nunca me gustaron los ojos azules. Te lo dije mirándote a ellos, sumergiéndome con calma en esas dos ensenadas de mar sereno tras tus pestañas. “Los ojos azules son fríos”, te dije. Pero no los tuyos, que se abstraen y quedan detenidos en un punto que no sé concretar y en el que me gustaría recalar para poder ser el objetivo de tu mirada y la razón de tu ensimismamiento, habitando uno de esos silencios tuyos que me gustaría saber descifrar, traducir.


A veces me dan miedo esos silencios, y esa mirada prendida de la nada que parece retrotraerse a otros momentos, otras personas, quizá otras camas y otros besos. Otra vez el pasado, su celda de luz retrospectiva. Pero peor, porque no es el pasado de uno mismo, el que visto a través de los años parece tan irreal aunque sea cierto como el paisaje que corre tras la ventanilla y te mece en la abstracción. El pasado de uno mismo está mantenido a raya, como un tigre circense al cabo del látigo y el anillo de fuego. Pero tu pasado es un tigre que desconozco, que se dice domesticado aunque sienta que en cualquier momento puede lanzarme un zarpazo, emitir un rugido, despedazarme con saña feral. Al igual que en esas fotografías mías de otro tiempo que a ti te gusta mirar y comentar, yo quisiera saber todo de ti, invitar a tus propios fantasmas a sentarse a beber conmigo, conocer los pormenores fortuitos, la trama perfecta de tu destino que acabó conduciéndote a mí, y me formulo preguntas que no tengo derecho a hacerte. ¿Te quisieron tanto como yo esos antiguos amores tuyos? ¿Les dijiste las mismas palabras que me dices a mí ahora? ¿Es todo una mera repetición de gestos y ceremonias amatorias, o por el contrario debo estar seguro de la exclusividad de tu amor como si nunca antes te hubieras enamorado? Lo mismo podrías preguntarme tú, y no lo haces. Altruista siempre, solidaria, la niña de la forzada orfandad a la que yo quisiera poder viajar, cruzando años y decepciones, para tomarla de la mano y secarle las lágrimas y decirle tal vez que nada ocurre por nada, que al final de ese corredor de álamos blancos de su infancia, su adolescencia y su primera juventud estará esperándola mi contrapartida del futuro, para vestirla de besos y caricias. Pero yo pienso en tu pasado y me muero de celos, imagino con insana precisión cada detalle de tu vida con amores de otra época, las palabras que les dirías o te dirían, los rituales del sexo y la cotidianidad, el sabor de tus lágrimas cuando te sentiste herida y expulsada o cuando tú misma expulsaste a otros de tu vida. No tengo derecho, lo sé: ni a hacerte preguntas que quizá ni yo mismo sabría responderte en caso de que me las hicieses tú a mí, ni tampoco a desconfiar de ti, a hacerte hacedora de mis miedos, de mis experiencias pasadas, tal vez comparándote injustamente con personas que hicieron de mí el blanco perfecto de su irrespetuosidad y su deslealtad hasta ese punto en que casi cualquier gesto y cualquier palabra se convierten en burla.

Es peligroso hacer preguntas, más aún cuando no deseas saber las respuestas. Peligroso acorralarte entre mis dudas, ahora que no sé si podría resistir otro golpe más, tu pérdida o tu adiós por culpa mis miedos. Entretanto, me remuevo en la cama y cambio de postura, miro la hora en la pantalla del móvil, vuelvo a darme la vuelta y te abrazo por detrás, mientras te miro durmiendo y rezo porque no estés soñando que ésa en la que duermes es otra cama, y mis brazos otros, y yo una mala copia de aquello que alguna vez perdiste.

sábado, 20 de agosto de 2011

El libro de Dalila (9): Eco civismo




Todos los grandes recuerdos de mi infancia, los más gratos y emblemáticos, los que menos me irrita o me avergüenza recordar, están íntimamente asociados a la Naturaleza, Dalila. Las primeras cintas cinematográficas que me fascinaron fueron las de aquel Tarzán en blanco y negro (que la industria después tuvo la desfachatez de colorear con técnicas modernas), interpretado no sé si con acierto por el campeón de natación Johnny Weissmüller –sin duda el Tarzán más famoso de cuantos ha habido en la historia del cine-, que era señor y protector de la jungla sentado a horcajadas en el cogote de su elefante y lo mismo esquivaba el potente ataque de un rinoceronte blanco a la carrera que se batía en el agua armado sólo con un cuchillo, a revolcones mortales, con cocodrilos que ahora, revisando otra vez esas cintas casi ochenta años después de que se filmaran, han quedado arcaicos, ridículos y como de cartón-piedra. Los primeros dibujos que realicé, sin demasiada mediocridad contando con la edad que tenía entonces –más o menos la tuya-, fueron de tiburones: me resultaba intensamente placentero llevar al papel el aerodinamismo extraordinario de su anatomía, un avión biológico de combate deslizándose rápida y sigilosamente por el cielo submarino. Las temporadas que pasé en la Sierra de Gredos, bien en esos campamentos de verano a los que me apuntaban mis padres o bien de acampada libre con la familia –sí, Dalila, uno podía en aquel entonces plantar una tienda casi en cualquier paraje y sentirse parte del entorno sin la necesidad de parcelarlo, de levantarle muros y alambradas a un territorio particular y decorarlo con bungaloes y piscinas e hipermercados-, oyendo por la noche el aullido de los lobos –aún quedaban unos pocos en el centro de la península- con una mezcla de miedo y fascinación, una dualidad de terror de antiguas leyendas y cuentos populares infantiles y también un poderoso atractivo de sentirse tan cerca de un hijo legítimo de la supervivencia, un animal que siempre he admirado enormemente –ya sabes que llevo uno tatuado en mi hombro derecho- por su credencial de renegado y por su ahínco en prevalecer, pese al acoso al que siempre ha sido sometido y la mala fama que se le atribuye injustamente, con la que no me cuesta hermanarme y aun sentirme identificado en estos últimos años, enfrentado a menudo a personas de nuestro entorno que confunden para interés y beneficio propios el amor con la complacencia, la sensibilidad con la debilidad, la disciplina con la tiranía. También las maravillosas jornadas que pasé junto a tus abuelos y tu tía en Estremera, bañándonos en el río Tajo, y de las que conservo una foto y una pequeña aventura: la foto es de las que menos me avergüenza mirar de mi infancia, y en ella aparecemos mi hermana y yo metidos en el agua verde del río, abrazados a nuestro padre, que nos sostiene en sus brazos porque éramos tan pequeños que aún no tocábamos el fondo y todavía no sabíamos nadar; la aventura es la de la riada que nos cercó allí pasando un fin de semana de acampada, sitiándonos la tormenta a la que no hicimos caso en una especie de pequeña isla improvisada y formada por el cauce desbordado del Tajo a la que la Guardia Civil no acertaba a acceder para rescatarnos, alcanzando nosotros a ver desde nuestra posición, borrosamente por la noche ya cerrada y las ráfagas de agua de una lluvia feroz y oblicua, el haz de sus linternas a lo lejos y las luces giratorias de sus coches patrulla.


Yo sé que esos momentos salvaron de algún modo mi infancia, la hicieron soportable y digna de ser recordada varias décadas después. Mi infancia está cimentada con el olor resinoso de los pinos, con un vuelo acrobático y casi suicida de vencejos haciéndole fisuras al cielo de la tarde del verano con la tijera oscura de sus alas, con las enciclopedias por entregas de zoología y vida salvaje que mis padres y mi abuelo, poco antes de morir, me regalaron; consta de una geografía individual e íntima mi infancia, salteada de ríos, pantanos, bosques y cerros, y la conforman nombres que me conmueven como Henares, Tajo, Tajuña, Entrepeñas, entre otros; conserva escondites particulares, propicios a la imaginación y a la calma, ínfimas tierras de Nunca Jamás casi inaccesibles al dolor y la decepción, maizales que me rebasaban en altura y me ofrecían su cobijo y su umbría en sobremesas calurosas, en siestas no respetadas, y la asaltan de repente unos versos magistrales de Luis Cernuda:





Y no es el silencio solamente,
La quietud del lugar, quien así lleva
Tu memoria hacia allá, mas la conciencia
De que allí tu vida tuvo su cima.





Te saco de tu vida ordinaria en el parque de costumbre y te llevo a visitar algunos de los lugares más significativos para mí. No me gusta que te quedes estancada siempre en el mismo sitio de juegos, tratando siempre con la misma gente, en tardes idénticas que en realidad son sólo una –todos los fuegos el fuego, dicho en palabras de Julio Cortázar- y en las que no hay cabida a la sorpresa, al conocimiento que otorga recibir con los brazos abiertos una saludable incertidumbre. Soy leal a los lugares y a las personas, mas no fiel, que no es lo mismo aunque lo parezca; por eso me irrita tanto que te sitien en los mismos lugares y te condicionen a ver siempre a las mismas personas cada día: no hay cabida a la sabiduría en la constante certeza, en la seguridad ficticia de que todo y todos permanecerán inmutables, porque los lugares y las personas acaban cambiando y esa dependencia hacia ellos, tarde o temprano, acabará siendo más desgracia que acierto en tu vida. Así que, siempre que el tiempo y el clima lo permiten, te llevo a pasear por el río Henares, por el Parque de los Cerros, por los enclaves naturales de la región, cada vez más deteriorados por la acción devastadora del ser humano. Tal vez sea mi manera de enseñarte que es absurdo y temerario trabajar en contra de la Naturaleza, Dalila, y me siento emocionado y plenamente orgulloso de ti cuando denuncias una botella de plástico flotando en la superficie del río, me felicitas por guardarme en el bolsillo de la camisa la colilla del cigarrillo que acabo de fumarme mientras paseamos, cuando te asombras de descubrir la luna a pleno día o prestas toda tu atención cuando te descubro un nuevo animal que tú no conocías. Los niños sois eco cívicos desde el mismo momento de nacer; desde muy temprana edad entendéis y tratáis a los animales como a vuestros hermanos, vuestros amigos, y no como a criaturas incómodas o sucias que complican los objetivos del hombre o sirven a éste de simple herramienta de trabajo, y la Naturaleza supone para vosotros el escenario ideal de todos los juegos posibles a imaginar; le dais a la luna un rostro y al sauce le otorgáis una potestad de anciano sabio de una ribera o un bosque, tratáis de lograr una agilidad similar a la de un mono, un tigre o un tiburón nunca son para vosotros devoradores de hombres, os hermanáis con el perro y el gato, envidiáis saludablemente el vuelo majestuoso del águila… Luego vendrán algunos adultos a tratar de inculcaros que la Naturaleza es incómoda y engorrosa, que los animales son sucios, obscenos, traen enfermedades y parásitos, que es más divertido molestar al león en la jaula del zoológico, a través de los barrotes, que permanecer en silencio y asombrarse íntimamente de tener la oportunidad de contemplar a semejante animal a una distancia privilegiada, que los recursos están para ser explotados sin darles tiempo siquiera a recuperarse.

La Naturaleza, Dalila, devuelve con creces lo que recibe. No entiendo cómo el ser humano, tan propenso al acto de la venganza (o de esa venganza cívica que llamamos justicia), aún no ha aprendido que la Naturaleza es capaz de la mayor de las venganzas. Tan dadivosa es, tan sabia y agradecida, que incluso el maltrato lo recibe en toda su intensidad para después devolverlo multiplicado, como la inmundicia tirada al mar que las mareas, tarde o temprano, acaban devolviendo a las orillas. Pero el maltrato que nos devuelve, a diferencia del que nosotros le damos, es hermoso: sus desastres y catástrofes van cargadas de una belleza indescriptible, aterradora –un volcán escupiendo ríos luminosos de magma; una tormenta eléctrica de un azul único; un torbellino que somete a las casas y a los coches en la danza loable de su destrucción, su peonza de viento enfurecido trasladándose a través de los erales y las llanuras; un terremoto que resquebraja la tierra o la levanta, consiguiendo pétalos de hormigón como de asfalto floreciendo; un maremoto que insufla proporción y potencia a las olas, activa muros de agua viviente que avanzan imparables y devastan las costas y sus pueblos y ciudades-, tal vez para recordarnos que también nosotros somos hermosos porque somos uno con ella, nuestras vidas que creemos desligadas de otras formas de vida, independientes y superiores al mundo que nos circunda, nos protege, nos cuida o nos destruye, así lo tratemos nosotros a él.

Hace unos días un terremoto ha devastado Japón, provocando varias decenas de miles de fallecidos y desaparecidos. Para cuando tú llegues a leer estas páginas, este hecho tan sólo será una anécdota que ocurrió el año en que tenías cinco de edad. Pero hoy es rabiosa actualidad, y aunque es seguro que en un par de meses habremos olvidado las cifras y las imágenes, las réplicas sacudiendo el mobiliario de las oficinas y el tsunami arrastrando en su avance trasatlánticos y camiones como si de simples hojas caídas y movidas por la corriente de un arroyo se tratase, no puedo evitar pensar a qué desastres tendrá que verse sometida tu generación y las próximas a la tuya, la de tus hijos, la de mis nietos, en qué estado os estamos dejando el planeta que vosotros nos habéis prestado.

El libro de Dalila (6): Primer día




Hoy, Dalila, me he reconciliado. Por ti me he reconciliado, por no transferirte las inseguridades y los temores que manipularon mi propia infancia y me hicieron malvivirla o desaprovecharla, esa propensión a la tiniebla y al derrotismo que siempre hubo en mí y que, a día de hoy, todavía a veces me subyuga y se empecina en limitar el amor sagrado que siento por la vida aun en sus facetas más indeseables, tema extenso para un texto aparte. Flaca herencia sería la que recibieses del rencor y el despecho que llegué a sentir hacia el niño que un día fui en un tiempo sin horizontes.


Estabas tan ilusionada. En ti gravitaba la satisfacción ingente, inigualable, de quien descubre por primera vez el recurso placebo de la esperanza y todavía ignora que, pese al carácter benefactor y romántico de su propuesta, probablemente ése es el recurso menos infalible de a cuantos se pueda acceder durante el transcurso de la vida. Me decías, con ese balbuceo renqueante con que os expresáis los niños muy pequeños y que encierra más verdad y claridad que la más perfecta de las dicciones, que querías ir al colegio, que cuándo empezaban las clases, mientras yo buscaba la luz de tu nombre en la lista de admitidos que han colocado en la puerta del centro escolar tan cercano a donde vives con tu madre. Me sorprendieron sobremanera esas ansias, esas ganas tuyas por empezar las clases, porque nunca te llevamos a una guardería y jamás antes te habías separado de nosotros, de tu madre ni de mí: cuando ella trabajaba era yo quien te cuidaba y viceversa, solicitando cada uno turnos diferentes al del otro para poder estar contigo. Quizá es que desconoces la soga tensa y compacta de la rutina, la recompensa demorada de la disciplina –tan demorada, a decir verdad, que a veces incluso no parece ni una recompensa-, e ignoras que tendrás que pasar allí muchas horas al día, muchos días al mes, muchos meses al año, muchos años de tu vida; o tal vez sólo es que yo estoy nebuloso y regresivo, haciéndote injustamente partícipe de mi propia experiencia durante mi primer día de colegio, y supongo en ti, de manera errónea, mi mismo llanto aquel día y mi misma sensación de estar siendo entregado a un mundo hostil y absolutamente ajeno a mi ser.

Íbamos los dos –tú y yo- cogidos de la mano, de vuelta a casa de tu abuela, y te enfurruñaste al saber que aquel no era tu primer día de clase, que aún tendrías que esperar unas semanas para conocer ese mundo que a ti se te abría nuevo y expectante tras los altos muros y las verjas, atractivo por desconocido, y del que habías oído hablar por boca de otros, tu madre ensalzando siempre los juegos y las excursiones, yo limitándome a omitir los rasgos que me resultan más detestables de una institución de la que, incluso en presente, no me cuesta encontrar semejanzas entre el patio de un colegio y el de una prisión. (Puedo escribirte ahora todo esto, aun a riesgo de que se me tilde de mal educador, porque este libro o esta esperanza de libro, esta melopea de palabras que quisieran ser algo más conciso y hermoso, estos remiendos de mi vida frente a la plenitud que me gusta imaginar para la tuya, no te será entregado hasta una edad que yo considere prudente –y aun muchos de estos textos serán debidamente censurados antes de que te lleguen a tus manos, e incluso destruidos, para que no puedas comprobar lo más oscuro que acontece o a veces vive dentro de tu padre-, y seguramente para entonces tu carrera académica ya habrá finalizado o se hallará en un tramo en el que ya se te hayan revelado sus ventajas con más fuerza que sus inconvenientes, sólo posibles estos últimos si te niegas por voluntad propia, como tan torpemente hice yo, a permitirte aprender, conocer, vivir.

Algún tiempo después, y a tan sólo unos días de que al fin pudieras vivir tu tan ansiada primera jornada escolar, nos reunieron a los padres de los alumnos para explicarnos las normas y los protocolos del centro, los libros y el material escolar que teníamos que comprar, la dinámica de trabajo que los profesores utilizarán durante el curso y esas otras cuestiones que, aunque necesarias, a mí me hacen bostezar humanamente. En un principio, tu madre y yo acordamos que no te llevaríamos con nosotros a la reunión, pero ya luego pensamos que no te vendría mal conocer de antemano el lugar donde vas a pasar los próximos años de tu vida –años cruciales, aunque qué año no lo es en la vida de uno-, entre otros motivos diversos que, en tu madre, tienen que ver más con esa fascinación envidiable y casi infantil que siente por las cosas más mundanas y cotidianas, y en mí, por una actitud infundada y similar a la de quien desea conocer de antemano a su enemigo para que, en el momento decisivo de la lucha, éste no se antoje más grande y más fuerte de lo que realmente es. Así que te llevamos con nosotros, y nada más cruzar la puerta de metal e ingresar en el patio de las instalaciones se te llenó la cara de luz, se avivaron y brillaron tus ojos como a fiebre, fue de repente tu boca una sonrisa de luna en cuarto creciente. Tirabas con fuerza de nuestras manos, de los faldones de mi camisa, conminándonos a entrar en el edificio pese a que aún no habías visto el patio en su totalidad, como cuando en el Día de Reyes apenas has comenzado a abrir el primer regalo ya quieres averiguar el contenido de un segundo y hasta de un tercero, tan integrada ya desde pequeña en esta sociedad actual, equivocada aunque inevitable su equivocación a veces, ansiosa de recompensas fáciles e inmediatas.

Para que los niños que acompañabais a algunos de nosotros –los padres- no estorbaseis durante la reunión, algunos profesores os prepararon un aula aparte con juegos y películas de dibujos animados. Ahí fue cuando yo empecé a temer tu posible llanto, tu resistencia a que te separasen de nosotros, aunque fuera sólo durante hora y media. Sin embargo, te dejaste llevar y conducir sin polémica, deseosa de descubrir a fondo lo que se te ofrecía nuevo y a estrenar, y esa rápida adaptabilidad y curiosidad tuyas tocó una fibra secreta dentro de mí, pulsó estas sienes mías siempre cargadas de temores imaginarios, de absurdos malentendidos, de prejuicios que me empeño en deshabilitar armándome de curiosidad y adquiriendo una cultura que yo mismo me vedé durante mucho tiempo, y disipó las nieblas en las que a veces me debo mover a tientas, recio y gris, plagado de incertezas, de dudas, de contradicciones que me definen como individuo, deseando o quizá rogando que cada nuevo paso no sea un paso en falso. A una sonrisa tuya el colegio perdió esa tenebrosidad que yo recordaba de sus pasillos y recovecos, como si tu sola presencia fuese la señal para inducir a alguien que fuese encendiendo las luces a nuestro paso; a un grito o un comentario de admiración fugado de tus labios, regresaron a mí los olores beatíficos y durante tanto tiempo olvidados de los lapiceros, las tizas, los libros de texto; descubrí en las paredes cuadros que habían hecho antiguos alumnos que ahora debían tener mi misma edad; me sorprendí a mí mismo sonriendo mientras me sentaba, grandullón y ridículo, en ese pupitre con tu foto de carné pegada y que ya antes de comenzar las clases se ha asignado como tuyo. Tuyo… Es tuyo, Dalila: cógelo como esa ofrenda que se acepta para que la descortesía de no aceptarla no resulte peor gesto que la avaricia de aceptarla; acaricia su superficie lisa y aséptica como al lomo de un animal mitológico al que sólo tú tienes el privilegio de ver y tocar; juega con él sacándole el mayor partido; prevé y acepta sus múltiples posibilidades y el germen de tu futuro; entiéndelo como un territorio propio, un cuarto particular, un escondite ideal si lo prefieres, lugar de tránsito y sitio de tu recreo y tu formación, una nave prodigiosa y propicia que te permitirá huir o defenderte de los fanatismos y de la brutalidad de los ignorantes voluntarios, un habitáculo de confort instructivo, crisálida de contrachapado y metal donde tendrá lugar tu metamorfosis, donde se forjará una parte muy importante de tu personalidad. Si acaso algún día, como me ocurrió a mí, llegas a verlo como una celda, como un zulo, mira de nuevo y piensa antes de echarle la culpa a nadie, respira hondo y observa a tu alrededor, indaga, pregunta, inspecciona, busca las razones y los motivos por los cuales algunos de nosotros tememos más a un pupitre con un libro encima que a un revólver.

Hoy, Dalila, es tu primer día de colegio. Y mientras nos das un beso y te colocas solícita en la fila, sonriendo, bailando un poco, aprendiendo una canción que tu profesora repite como un mantra, me parece ver a tu lado a un niño que se parece mucho a ti, que casi se diría, por sus facciones, que puede ser tu hermano, y que también me sonríe en una distancia que no es física, una distancia de mucho tiempo y más olvido que él está aboliendo a un golpe de su mano, oscilando en la forma de un adiós y despidiéndose ya de los reproches que le hice en un tiempo sin horizontes.

jueves, 18 de agosto de 2011

Zahorí (poema inédito)

A Palo Rodríguez Ortega


Me buscaste -zahorí
incansable a un alma subterránea-
cuando intentaba la tristeza
de ciertas sonrisas resignadas con que cobran
sentido algunos exilios personales.


Versificadas álgebras de niebla,
ginebra amarga de las noches
donde de fondo suenan canciones idóneas
que sanan mientras duele
su música hecha de un vaso colmado
y corazones que buscan remansos en el pulso;
así este insomnio con que hoy
te escribo y te agradezco
no es mío, ya lo sabes:
mi desvelo está construido a partes iguales
a raíz de cosas inconclusas y jaurías,
de metas alcanzadas y ficticias amenazas;
el tuyo es más bien
el de la niña fascinada con la luna,
imaginaria de caricias que deseas
para convertir en ramas de un nido
los clavos que se dicen muelles
en el duro somier de tu cama.

martes, 16 de agosto de 2011

Los celos




Una alarma que salta de pronto en el centro del pecho, levantando defensas, accionando resortes, trazando líneas divisorias. La duda insidiosa, la inseguridad expuesta en su faceta más indeseable y obsesiva. Una sensación ingrata de asalto y abordaje, de invasión, de casa tomada, de bárbaros que saquean el santuario, queman el altar y violan a la deidad. Sedición, traición, imaginarias ambas en la mayoría de los casos pero no por ello menos hirientes. Muros de confianza que retornan al barro primero, que se vuelven endebles mientras dura el trance. Fantasmas del pasado que arriban por la seducción y no por la culpa o el arrepentimiento. Los celos.

Soy un hombre celoso. Muy celoso, a decir verdad. Ya, ya sé, no me vengan ahora argumentando lo que no tiene razón de ser: clara muestra de inseguridad, carencia de autoestima, aniquilamiento de la confianza, relación afectiva abocada al fracaso... Y bla, bla, bla. Todo eso, o casi, ya lo puse en el párrafo anterior, y además me consta lo mal visto que está, a día de hoy, en estos tiempos de imbecilidad voluntaria en los que nos preocupa tantísimo ser políticamente correctos y ofender al resto pese a ser, a la práctica y la mayoría de las veces, unos hijos de perra, decir que se es celoso. Pues lo soy. No a mucha honra, claro está, pero sí lo suficientemente celoso para dar prueba de mi amor, entre otras muchas maneras más diplomáticas y placenteras, y para demostrarme que aún tengo sangre en las venas, que me importa la otra persona que he merecido al igual que esa misma persona me merece -un escalofrío me ha recorrido cuando se me ha pasado un momento por la cabeza el escribir "que me importa la otra persona que me pertenece al igual que a esa misma persona la pertenezco", cuando me he visto tentado de utilizar un sinónimo de la palabra "posesión" o similar, por estrictamente literario que sea su sentido, no vaya a ser que se me abalancen los amigos de la demagogia feminista radical y pidan pena de muerte a este tirano machista-, que no soy un pusilánime y me jode que traten de levantarme a la chorva.

Así que dejo a metrosexuales modernos y de postín y a los aliados de las buenas voluntades que rayan la gilipollez el derecho a criticar al hombre de las cavernas que habita dentro de esta gruta oscura y fría que son
mis celos. Todavía recuerdo aquella vez que un amigo, el cual siempre condenaba mis celos como algo retrógrado y opresivo, montó una escenita con su novia de celos. "¿Has visto cómo tú también sientes celos?", le dije. "Yo siento celos cuando tengo motivos...", se defendió. A lo que le respondí: "Si tienes motivos, no son celos: son cuernos."

miércoles, 10 de agosto de 2011

Rutas contigo (poema inédito)




Porque a veces te me asemejas
a una música lenta y triste
que suena en una plaza extraña
de una ciudad remota y extranjera.


Te acordarás ahora
de esa pareja que se abrazaba frente al río.
Los observamos y te dije
que no me importaría estar en su pellejo:
nómadas por forasteros, amándose
perdidos por un Madrid fabuloso
que para ellos sería
lo mismo que si nosotros estuviésemos en Praga,
guiris españoles devorándose el instinto.


Tienen idénticas cualidades
 mujeres y ciudades:
su misma extrañeza deliciosa, mezcla
de expectativa y fascinación,
durante su primer recorrido;
su misma arquitectura del reproche
un tiempo después
tras haberlas habitado.


Entretanto, te contaba
que mi madre estaba en Venecia
amando a su hombre, fascinada de máscaras
de carnaval y canales, Puente
de los Suspiros, una llamada perdida
para indicarme días más tarde
que ya había llegado a Eslovenia.


Tú escuchabas con la atenta retentiva
que caracteriza a quienes
les resulta agradable una charla;
yo pensaba en todas esas rutas que hice contigo
por todas esas ciudades remotas y extranjeras
que nunca visitamos juntos.