"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















sábado, 30 de julio de 2011

La fuga (poema inédito)




La noche era un corazón corrompido.


"Sálvame odio", gritaban
los helados gestos lunares,
el insomnio del neón autostopista,
proceso intermitente
hasta el amanecer del solitario.


Atrás, la despedida
breve y fugaz en apenas
una nota, un trozo de papel
en el que practicar las tachaduras
del pasado.
                     Y todas las frases
que no dijo, sitiadas en sí mismo
todas las explicaciones, las nomenclaturas
y las fechas y las cifras...
                                         "Me voy
a donde aún exista la lluvia."


Y ya después,
en la autopista, aceleró hasta comprobar
que no es sino distancia
la nocturnidad de nuestros actos.


No se puede huir de uno mismo:
lo dice la canción del fugitivo.

Fight (poema inédito)




Pero si callo, otorgo:
                                   me pisan.
Si digo, combato:
                               me acusan.
Si no permito ya nunca más
la burla que me brinda el ajeno
a mi vida, si no afirmo
de antemano y si medito antes
mi respuesta, mi apuesta que es
solamente mía, mi opinión
que tergiversan por maldita
la ofensiva, despiadadamente
me culpan, me cuestionan,
refutan mi propia sombra
y le atribuyen altura devoradora,
suma prepotencia de querer defender
con uñas justas quien soy.
(Y a quién coño le debo explicaciones.)

jueves, 28 de julio de 2011

Palabras




Un cigarrillo, una cerveza, el verano afuera y un invierno dentro de mí. Frases hechas, palabras manidas, lugares comunes, poesía de a céntimo la rima, una sensación de hartazgo que no sé, como debiera, trasvasar al papel, una especie de escritura automática atascada en las ranuras entre los pliegues del cerebro que me hace ir de unas palabras a otras escogiendo sinónimos, extrañas asociaciones de ideas, nomenclaturas, calificativos… Calificativos. Qué fácil escupirlos, qué fácil amartillarlos y dispararlos; las palabras se vierten con tanta gratuidad –en un papel, en las conversaciones, en mensajes telefónicos, incluso en la mente y en los silencios con que nos dirigimos palabras a nosotros mismos-, igual que un agua potable salida de un grifo demasiado tiempo abierto de la que desconocemos su auténtico valor. Enviamos palabras que otros recogen, y a un tiempo nosotros almacenamos otras tantas, en una logística de la comunicación, algunas para quedarse por siempre grabadas en nuestro recuerdo.


No es verdad que las palabras se las lleve el viento… Algunas tienen un peso conciso e insoportable, y son como anclas firmemente hundidas en nuestras profundidades. Yo guardo en una caja de tormentas unas cuantas que alguna vez me brindaron. A veces las dejo salir para darme una medida aproximada de mí mismo, o bien, en horas altas, para no reconocerme en ellas. “Me miro a través de tus ojos y veo un monstruo”; “eres una persona muy destructiva”; “te quedarás toda la vida solo”… También las hay de mejores intenciones, claro, benévolas, cariñosas, amables, que aquí un servidor no sólo se ha dedicado a cultivar enemigos, por más que piense que tener enemigos es instructivo y revitalizante y que la persona que no tiene ninguno no suele ser alguien de fiar; pero son las palabras que a uno le dirigen y con las que no está de acuerdo las que más me interesaron siempre, y no es difícil verme sacándolas a pasear, aireándolas en mis noches más solitarias, limpiándolas la bilis de la superficie hasta encontrar al fondo de la mugre esa piedra preciosa que anda siempre escondida en cada crítica. Cuando la encuentro, cuando refulge su brillo especial como la tapa de una lata de conservas vacía en el fondo de la bolsa de reciclaje, doy cuenta a veces de su inutilidad, lo mismo que si alguien tratase de pagar en el supermercado con un diamante; porque no hay nada que pueda decirme que no me haya dicho yo con anterioridad, ni quizá hacerme más daño del que a veces me inflijo a mí mismo. Es sabido que no hay método mejor para desacreditar al que te critica, que haberte criticado tú mismo antes.

jueves, 21 de julio de 2011

Carta a un suicida




Hoy soñé contigo de nuevo. Decir que fue un sueño extraño sería recalcar lo obvio; no conozco ninguno que no lo sea, y además no lo voy a narrar aquí porque considero que no hay nada más aburrido como que alguien te cuente sus sueños. Llevábamos años sin mantener contacto cuando te hiciste desaparecer, y la noticia de tu despedida me llegó de casualidad y por terceros, aunque a tiempo para que pudiera asistir a tu funeral vertiginoso e irreal, donde nadie te veló y en el que casi no se nos dejó a los presentes contemplar siquiera tu cuerpo sin vida, apenas diez minutos (y no en una sala de velatorio, sino en una antesala del tanatorio, grande y de luz fría de fluorescentes, que de no ser porque no vi ningún vehículo habría jurado que se trataba de las cocheras donde se estacionan los coches fúnebres y de duelo), tiempo más que suficiente para que un escalofrío me recorriese de pies a cabeza y para que pudiera doblar el espinazo ante tu ataúd y darte un beso en la cara, que casi se diría que esgrimía un gesto placentero, en el que parecía que se asomaba una sonrisa taimada a la tersura violácea de tus labios, y que, imagino (o quiero creer), debe ser el ademán de quienes al fin dan por concluida una tarea larga, pesada e ingrata, que en tu caso fue la vida misma.

Como digo, llevábamos años sin mantener contacto –la escasa información que me llegaba de ti era a través de otras personas, a menudo difusa y desactualizada-, pero cuando aún vivías yo soñaba a menudo que hacías lo que años después acabarías haciendo, y ahora que ya no vives sueño que estás vivo todavía y que vas a volver a quitarte la vida, que te despides de nosotros, no por carta como hiciste en la realidad (esa carta que nunca nadie me dejó leer y en la que, según dicen, detallabas los motivos por los que no sentías ganas ya de vivir: el escarnio, la vergüenza, la culpa, esos agentes de la tiniebla que asaltan más a las buenas personas que a las malas –las malas personas no los sienten, o los sienten y los ignoran, seguras de su impunidad, sobre todo la que ellas mismas se brindan, y si algo tengo cada vez más claro es que las malas personas son las que siempre, en cualquier circunstancia, duermen a pierna suelta- en las peores noches que nadie debería merecer y las hacen quizá sobresaltarse en plena madrugada, sentarse al borde de la cama, tal vez encender un cigarrillo, beber agua, secarse el sudor de la frente y tratar de respirar con calma…), sino en persona, uno por uno de todos nosotros, tus familiares y amigos y allegados, como alguien que se marchase a una guerra cruenta y de tiempo indefinido de la que tiene la certeza que no va a regresar.

Decía Nietzsche que pensar en el suicidio es una forma de controlarse y ayuda a pasar más de una mala noche. Lejos de estar de acuerdo con esa reflexión lapidaria e inmediata, sí diré no obstante que yo también, en alguna época de mi vida, pensé en la idea del suicidio. Ni que decir tiene que mi desmesurado miedo a la muerte me impediría cometer tal acto (aunque los libros de psiquiatría afirmen que el proceso por el que pasa un suicida hasta que consigue su propósito transcurre por diversas fases, que empiezan precisamente por un miedo exacerbado a la muerte y acaban por la visualización en su mente de su propio cadáver, con todo lujo de detalles), y que aun padeciendo tristezas insufribles una vez por semana (entiéndase la ironía) soy de los que prefieren ser matado que muerto en esta vida. Pero esta actitud no desacredita mi denuncia hacia la opinión de esas personas que consideran que el suicida es un cobarde. Creo más bien que el que afirma tal cosa con toda gratuidad, sin haberse visto acorralado por las vivencias peores que nadie puede merecer –o puede creer que se ha visto acorralado, ignorando que todo, siempre, por muy malo que ya sea, puede ir a peor-, sólo trata de ocultar su incapacidad para, en el hipotético caso de que llegase el momento decisivo, mostrar dignidad y acabar con su propia vida, disfrazando de valentía y capacidad de lucha su temor a mirar directamente a los ojos del abismo. Porque el suicida me parece digno, honorable; comete un acto de amor propio, considera que no merece esa existencia y prescinde de ella, inicia una revolución personal para terminar con lo que le produce dolor, para aniquilar lo que le está aniquilando, en este caso la vida misma. Es una victoria precisamente de la existencia que quiere vapulearlo el que el suicida acabe con su vida, pero una victoria a medias, como la del soldado que muere mientras mata, cargada del orgullo y la honorabilidad del escorpión que prefiere clavarse el aguijón antes que ser pasto del círculo de fuego, del delfín que decide por cuenta propia varar en la playa antes que ahogarse entre residuos, del samurái que se hará el harakiri antes que concederle a sus enemigos el placer de matarle.

Fue tu funeral presto y extraño, tenebroso, irreal, de noche, secreto, donde apenas se nos dejó ver tu cuerpo sin vida para que no reparásemos en el mal estado en que quedaste, como imagino que serían las ceremonias funerales en esos corrales de los muertos de hace cincuenta o sesenta años donde sólo se enterraba a los suicidas a los que Dios no acogería en su gloria por tomar una decisión que no les correspondía a ellos mismos tomar, pese a tratarse de su propia vida. No lloré, creo recordar, aun cuando incluso lloro hasta en los funerales de esas personas que no me tocan de cerca, y a los que uno va por compromiso o por alentar a otra persona que sí nos importa realmente, quizá por esa cita de John Donne que dice: La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti. No sé si la razón de que yo no llorase aquella noche, contrario a mi emotividad, tenía que ver con el estado de irrealidad que viví a raíz de saber de tu muerte y sus motivos, pero yo quiero pensar que no lo hice por respeto a la decisión que tomaste, la idea elaborada y meditada del verdadero suicida y no de aquellos que se quitan la vida una vez al mes, procurando que sus intentos siempre sean fallidos o forzando las circunstancias para que les sean propicias y que alguien pueda salvarles en el último momento, como el imbécil que se tira desde un primero o el niño que decide aguantar la respiración, enfurruñado con el mundo. Y en ningún momento, mientras cerraban la caja y veía por última vez tu rostro, sereno y relajado, se me ocurrió pensar que eras un cobarde.

sábado, 16 de julio de 2011

La barba (poema inédito)




La dejo crecer cuando algo me preocupa
y busco enmascarar mi párvula inocencia;
también cuando necesito el gesto duro
con que a veces se nos exige mirar la vida
sin asombro
                      y resignarnos.
No es larga y espesa, plateada,
de sabio; es rala y poco poblada, negra,
de convicto: como mi vida,
está llena de huecos.
Al poco me aburro y la recorto
o directamente me la afeito: detesto entonces
al niño que aparece
y se escondía detrás de ella.
Me irrita su insistencia, así en la piel
como en la impaciencia que me mueve;
será incipiente aun cuando yo haya muerto
y los maquilladores de lo inerte deban arreglarla,
darme póstumo aspecto de recto hombre
que quiso y fue querido, que aprendió
de sus errores, por más que sepan
que la muerte santifica injustamente
y que no fui ni la mitad de hombre
que los que tal vez me lloren se imaginan.

lunes, 11 de julio de 2011

Confesión del ex culpado (del poemario "Desdén de las cunetas")




Tan difícil ahora, en la nunca tregua
de las noches con silencio al fondo
o en el lienzo incorregible de lo ya sucedido,
componer del daño infligido una imagen benévola,
deshabilitar el arrepentimiento sucedáneo
incapaz de reparar lo que ya está roto,
diezmado por las consecuencias no previstas
de las decisiones que más bien fueron apuestas...


Salí de la jaula para quedarme a un metro
de la puerta
                      y no ir más allá.
Animal de excepción,
de caricia larga y cautiverio,
me acostumbré a los golpes del amo
y no supe distinguir ya esa mano con aquella otra
que me alimentaba.


Como yo, hay presos que tras una larga condena
entienden el sol como un fuego inoportuno,
hermoso y terrible su orbe ígneo,
la explosión interior del astro mandatario
que más bien deslumbra la seguridad oscura de la celda
en vez de proyectar un haz de calor,
trasvasar una corriente luminosa
donde encuentre estelar cauce imparable la vida.

Procrastinación (del poemario "Desdén de las cunetas")




¿Hasta cuándo vas a seguir buscanso excusas
para no tener que levantarte en armas,
para nunca desasirte, aunque sea a contrapelo,
de esa pérfida desidia que legisla tu vida,
mejor dicho la aplaza, la anula,
la inhabilita para la acción
haciéndote gran experto en nada?


Adolece la intención de ser
solamente eso:
amago inútil de un golpe nunca dado,
poema huraño de quien no cuenta las sílabas,
torpe aplazamiento, vagancia difusa,
suficiencia disoluta con las manos en los bolsillos.


A simple vuelo de mosca se te escapa la vida,
despistable en lo más elemental, como si ésta
te sobrara. Y no es así.
                                       Perla preciosa,
tu vida; el tedio
es sólo el oficio de clausura y polvo
de los muertos a los que fácilmente se censura.
Vívela como si fuera tu último momento,
quiérela como si ya no la tuvieras.


La vida, esa gotera.

domingo, 10 de julio de 2011

Sin cauce en ti (del poemario "Desdén de las cunetas")




Distancia son tus letras, tus silencios,
eso que dices y callas a un tiempo
sin acabar de denunciarlo
en las inmediaciones del poema.
Distancia las frases solamente sugeridas.
Distancia la ofensa en la mirada
con que a veces espías la felicidad
de los otros,
                       que no es tal
(o no es tan grandiosa al menos,
cribadas ya las apariencias),
pero es más que suficiente para hacerte sentir
que tu amor está roto, que llegas tarde
siempre a tu propia vida.


Ese yo fragmentado es lo que te reduce
al anónimo.
                     Eres o estás
solo en tus palabras
por vivir a destiempo con el resto,
porque tú oficias las despedidas,
tú compones los adioses permanentes,
tú eres y cometes o prolongas la distancia
de aquellos que un día encontraron
cauce en ti.


Pero a mí no me engañas. Aun con tu orgullo,
¿no es cierto?, aun con tu pose solemne
de hombre herido pero fiel a sí mismo,
independiente, que prescinde ya del todo
de tanto beso a granel y palmaditas
en la espalda, que busca el qué
sin dar nunca sentido a su búsqueda
y se pierde y vuelve a encontrarse
en el desdén de las cunetas
y desdeña la felicidad consabida
de la promesa en el altar y los domingos por la tarde,
del vermut con los amigos
y las temporadas de rebajas,
yo sé que anudarías a golpe y espuela los kilómetros
por desandar el camino ingrávido de tu soledad,
parcela de bienestar para quien sabe
elegirla sin pena ni lamento.


Tú solo. Tú solo, otra vez,
a hierro matas y a hierro mueres,
creas y más destruyes, y no duermes,
y despiertas de tu propia vigilia,
y temes, te temes a ti mismo, temes
la fe que no tienes, y rezas
por costumbre a las deidades de la contradicción.

miércoles, 6 de julio de 2011

Brindis (del poemario "Desdén de las cunetas")




La copa en mis manos
está quemando.
La duda escora en su fuego líquido;
partículas de corcho
-¡hombre al agua!- sugieren
náufragos.
                    Y alzo así ambas
(la copa, la duda)
a gesto perdido, como sabiéndome
celebrado de ningún logro,
porque una amarga resignación
incita a este trago
y la memoria se asoma al relumbro del vino
y amago un brindis
que no consumo.


Dejo a otros celebrar sus errores,
les cedo el sopor beodo
por el que descienden como mediante
una trenza de espejismos:
yo quiero estar solo en mitad de tantos,
ser codo en la barra
y poema en el tintero,
silencio, por sobre todo silencio
de testigo de su afecto exaltado,
al fondo del cristal bogar
como por un río alumbrado de escenas
vividas.
               Ya tuve otros amigos
-ruidosos, bárbaros, disolutos-
que aseguraban ser el licor prometido.
Se fueron. O tal vez
nunca acudieron a la cita
del compromiso y la lealtad acérrima.


París era una fiesta;
pero yo bebo solo ahora,
y me gusta.
                      Saberme así,
curado de máscaras, celebrándome
a mí mismo,
como un Walt Whitman difícil y afeitado
que entrase a destiempo en sus propios versos.


Todo está ya
en otro tiempo.
Si continúan ellos allí,
en su Neverland excesivo, no me importa;
yo sigo aquí tranquilo,
                                    fumo
y no reniego de aquello que me dieron
por más que ahora ya no me sirva.


Voy a brindar por mí, no a amagar
sino a cumplir, a cometer
ese gesto, verter esa sangre y sus grados
en esta otra sangre congelada en mis venas.


Y que el olvido me sea propicio.
Y que el Diablo reconozca a los suyos.

domingo, 3 de julio de 2011

Materia luminosa




Me dijiste que estarías esperándome literariamente en el río, y aunque yo tampoco, como el protagonista Horacio Oliveira en la novela Rayuela de Julio Cortázar, te vi detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua, viendo pasar una pinaza color borravino (…y por qué no nos habremos ido en ella cuando todavía era tiempo), ni aquel río era el Sena sino el Manzanares (ni maldita hacía la falta, con esa panorámica de luz espectral a lo lejos del Palacio de Oriente y de la Catedral de la Almudena), me gustó que usases esa palabra, “literariamente”. Luego de desencontrarnos minuciosamente a causa de mi pérdida, en una confusión divertida de llamadas al móvil dándonos cada uno su ubicación exacta, cruzándonos el uno con el otro por el Paseo de Extremadura sin percatarnos, nos vimos y nos abrazamos y volvimos a perdernos (esta vez juntos, en la carretera, hacia el final de la noche, o casi), y mucho después, otra vez en la orilla del Manzanares, pude advertir en tu mirada atenta y observadora, aparentemente fija en ninguna parte, y en tus silencios nunca incómodos –tan difícil entre dos seres humanos que los silencios no resulten incómodos, y así me lo hiciste saber- a la cazadora de historias, a la escritora, pude advertir la disciplina del insomnio de los que no desean bajar la guardia y necesitan vivir desvelados contradictoriamente por un sueño, y entendí de pronto que sabrías entender cualquier circunstancia de mi vida, cualquier defecto, cualquier error que hubiera podido cometer en el pasado, cualquiera de los muchos demonios y fantasmas que se sientan a veces a los pies de la cama y ofrecen un trago o dos de su petaca de la culpa.

Cuántas veces se me habrá reprochado el hacer literatura de mi vida… No me refiero ya a escribir, a dedicarse a una orfebrería de palabras que acaben resultando un proyecto creativo tangible, sino a “ser novelero”, expresión ésa que me irrita bastante porque siempre suelen escupirla con muy mala folla aquellas personas que carecen absolutamente de imaginación, que desdeñan o simplifican el trabajo de los demás, que prescinden por completo, y casi me atrevería a decir que temerariamente, de las virtudes de la curiosidad y el asombro, e incluso a veces miran el mundo con el desprecio o la indiferencia de los que son incapaces de aportar algo a su construcción, a su lógica, necesaria evolución. Pero yo sabía que a ti no te importaría que yo hiciese literatura de toda aquella noche y de la tarde siguiente (e incluso desde tus silencios me dictaste palabras, quizá sin ni siquiera saberlo), ni me tildarías de provinciano en caso de utilizar el Manzanares en vez del Sena como escenario y atrezzo para construir una historia que, como siempre en mi modo de utilizar la escritura como paliativo para el olvido ingrato, atesorase lo que habíamos vivido esos dos días. Uno, que es plenamente consciente de su fragilidad, que sabe de antemano que cada gesto y cada mirada y cada palabra traen consecuencias implícitas, que entiende que desde mucho antes de salir al exterior tras abandonar el refugio cálido y oscuro de la matriz la vida ya está abocada al desastre, que nada sucede por nada, que hay un orden oculto que no alcanzamos a ver la mayor de las veces pero dicta nuestros más mínimos movimientos, ha optado por ir rescatando escenas, acumulando crepúsculos, miradas, sonrisas, entramados de luces nocturnas y urbanitas vistas desde la altura conmovedora de un mirador, rastros espumosos de aviones plateados en el cielo limpio de la mañana o la tarde, lagos desde donde se contempla la vida bullir en el verano y, en definitiva, una materia luminosa que lo ayudase a alumbrar la noche gélida que siempre acaba llegando, bien en la muerte o la ruptura, que es otra forma de muerte porque conlleva las mismas ceremonias, la domesticación de una nueva costumbre en la que el que falta, el muerto o el desaparecido o el abandonado o el que abandona, debe otra vez a aprender a existir.

Dadora sin medida de todos tus matices, con ese exhibicionismo delicioso de los que nos pasamos la vida tratando de ocultar nuestros puntos flacos al resto por eso de tener una cierta ventaja sobre el enemigo, yo sé que al fondo del corredor azul de tus ojos laten el coraje y la valentía de aquellos que saben asumir las consecuencias, de los que, a fuerza de ser castigados, ya conocen de antemano el acorralamiento contra las cuerdas y la impostura de la lona. Hay quien a eso le llama “fatalidad”, ignorando desde el espejismo de su altivez que la caída le llegará tarde o temprano, y que es preciso saber eso para tener a mano un botiquín de consuelos y lenitivos que ayuden a sobrellevar el trance. “Qué ostión nos vamos a dar”, me dijiste. También: “Vamos en un coche suicida, sin frenos y directos al acantilado.” Pero a mí ya nadie puede quitarme el vértigo placentero de la altura antes de caer, ni negarme que disfruté conduciendo ese coche en plena noche, con una mano al volante y la otra masturbándote, mientras tus ojos entrecerrados me miraban y el viento por la ventanilla te arrancaba un mechón de pelo de la cara. Nadie. Lo sé tan bien como que ahora mismo estarás en el río, mirando hacia el agua o con la mirada perdida hacia ningún punto en concreto, hablándome en silencio porque acabo de entrar en tu perímetro visual y me he sentado a tu lado mientras escribía todo esto.