"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















sábado, 18 de junio de 2011

Uno de esos días

Hoy es uno de esos días, apático por estático, detenido (detenido engañosamente, porque el enemigo invencible del tiempo también en esta pausa aparente está girando sus ruedas), en el que no hay cambios de ningún tipo, ni sorpresas, ni imprevistos buenos o malos, en el que la calma que a veces tanto se añora se vuelve enervante, fastidiosa, como un silencio absoluto que nos pusiera nerviosos en mitad de la noche. No hay pena, pero tampoco gloria, y el aburrimiento e incluso la procrastinación vienen a joder como amigos inoportunos que se presentasen a cenar sin avisar, le revuelven a uno el cabello y los papeles, le llenan la boca de bostezos, le hacen mirar la vida del modo en que se contempla un mueble demasiado visto cada día. Condeno muchas veces en mis textos y poemas esta pelea constante contra mí mismo, pero cuando dentro de mí se ven columnas de humo a lo lejos, una llanura infestada de alambres de espino y cadáveres, y una bandera clavada ondeando triunfal y a medio desgarrar sobre un montículo, echo de menos no tenerme un poquito más de rencor, buscar una nueva excusa para mantenerme insomne, en guardia, para fustigarme el culo diciéndome que no me acomode mientras mato moscas con el rabo.


No tengo ganas de nada. Pongo música y al minuto y medio la quito; abro un cuaderno y no encuentro soluciones para acabar ese poema en concreto, o las fórmulas que utilicé para escribir un relato hace días ya no me parecen tan infalibles como entonces; retomo el proyecto de una novela, pero tras comprobar que debo reescribir todo el trabajo hecho hasta entonces, la vuelvo a abandonar al fondo del cajón; cojo unas cuartillas para comenzar a hacer un dibujo y el simple hecho de no tener a mano el portaminas o el rotulador que necesito me quita las ganas de ponerme a dibujar; aprovecho esa infertilidad para fomentar mi lado más mundano: enciendo la tele, pero tras recorrer los innumerables canales (la gran mayoría innecesarios) la vuelvo a apagar; me pongo a organizar en un archivador las facturas, las escrituras de la casa, las declaraciones de la renta, los ticket de la compra, todos esos papelajos que te obligan a ir acumulando y que uno quisiera verlos arder junto al buzón y el propio código postal, y al minuto me agobio porque no sé qué orden concreto debo darles en los diferentes apartados y vuelvo a guardarlos todos juntos con la esperanza de que acaben devorándose unos a otros en su apiñamiento. Lo peor de este estado es la certeza de saber que no cambiará a lo largo de la jornada, por más que en el transcurso de ésta se den de pronto oportunidades para abolir el tedio: no tendré ganas de salir si un amigo me llama para ir a tomar una cerveza (e incluso es probable que su llamada me incomode un poco, por eso de que a veces los amigos me molestan cuanto más fieles son), por ejemplo, o me fastidiará comprobar que me falta algo que me obligará a salir de casa a comprar, pan o tabaco, qué sé yo, o me entrará una pereza absoluta cuando deba meterme en la ducha, o lavarme los dientes, o hacer la cama, e incluso cuando deba meterme en ésta para acostarme me dará pereza dormir –algo completamente absurdo pero cierto-, pero la misma sensación me producirá el mantenerme despierto.

¿Somos nosotros, nuestro modo de vida? ¿Hemos llegado al punto de querer vivir tan vertiginosamente que ya no sabemos estar disfrutando de los breves periodos de paz que otorga la vida? Vivir también es esperar y no hacer nada, pero Montaigne lo explicó mejor que yo:



Somos grandes necios. “He pasado la vida en la ociosidad”, decimos; “hoy nada he hecho”. ¡Pues qué! ¿Acaso no habéis vivido? […] La más gloriosa obra del hombre consiste en vivir a propósito.

jueves, 16 de junio de 2011

Tierra (relato corto de Palo Rodríguez Ortega)

Fue culpa del olor de la tierra mojada.

Había llovido toda la noche y al abrir las ventanas del amanecer ese aroma acre me azotó con fuerza, mezclado con los olores del mar lejano. Desde que apenas levantaba un palmo del suelo he encontrado tremendamente erótico el olor de la tierra húmeda, reconociendo en él el hálito remoto del animal en celo. Así que de ventana a ventana , le hice un gesto imperceptible con la mano. Yo siempre había querido ser escritora, él siempre había querido follarme. Con los nervios de la niña que corre a abrir un regalo, bajélas escaleras y dejé una nota en su buzón:

"La puerta está abierta. Ven. Entra."

Volví a casa y me puse a escribir. A intentarlo. Cuando la imaginación se desboca es imposible anudarla, y una sucesión de imágenes tórridas se paseaban por mi cabeza y mi entrepierna. No llevaba ropa interior, quería oler igual que la tierra. Una vez, en medio de una tormenta, presa de la locura me metí un puñado de tierra en la boca. Si ahora pudiera, iría metiendo puñaditos en cada recoveco de mi cuerpo.

Sonó la puerta al abrirse con un extraño quejido que me erizó la piel. La habitación en penumbra recortaba mi silueta entre las sombras de la pared. Escuché sus pasos y sólo alcancé a levantarme de la silla. Ni siquiera volví la cabeza, podría ser cualquiera. Yo sabía que era él. Sentí su nariz perdida en mi nuca, la incipiente barba rasgando la piel del cuello, el calor de la nuez de Adán delineando mis clavículas. Entre los dos levantamos, casi rompimos, mi falda. La suave curva del pene acarició mis nalgas. Casi dolía. Doblándome sobre el escritorio me presenté a él como una ofrenda. Mientras se abría paso a mi cuerpo, a lo lejos, gritaban las gaviotas. Gemí rompiendo el silencio de mi habitación mientras él empujaba agarrando mi pelo, que se derramaba sobre su pecho. Mordía mis hombros como si quisiera comerme y su saliva caía mezclándose con mi sudor y la tinta de mis manos. Eyaculó y se quebró sobre mi cuerpo, dejándome tendida, bajo su peso, en mi mesa de trabajo que olía a cera para muebles y a sexo profano. El orgasmo me supo a sal y a caracolas. Salió de la alcoba tal como había entrado, en silencio... Sobre mis papeles, su semen, brillante, emborronaba mis letras. Con un dedo lo llevé hasta mi nariz y aspiré, olí con fuerza. No tuve ninguna duda. Olía a tormenta. Y el océano bailaba dentro de mi boca...

martes, 14 de junio de 2011

Dentro

Un abrazo no obliga. Nos servirá
ahora este momento
en que las brasas de tu baile están pidiendo sacrificio,
así como la espiga de tu talle
clama por toda mi sangre acumulada.
Como el mercurio, te quiero
maleable para hacer soportable mi lucha íntima,
el acerado rigor que habrá de complacerte
mientras rescato de tus pechos
una leche no materna.


Un abrazo no obliga. Nos servirá
ahora este momento
para soportar las imposturas de la noche
que los viejos amores regaron sobre nuestro insomnio.
Y si estoy dentro de ti, soy consuelo;
y si tú encima peso grato y volumen de espuma,
mientras me pregunto quién cosió alas níveas a tu espalda
si ruge en tu boca el exceso malsonante
y tu sexo, bajo la falda y al término,
es otra boca con toda el hambre atrasada.