"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















jueves, 12 de mayo de 2011

Cuánto rock puedes soportar. Primera parte: 2. "La importancia de llamarse Patricia"

Uno puede cantarle a la libertad con varias octavas de emoción en la voz, hacer un graffiti de grandes letras negras y solemnes con esa palabra tan truculenta y relativa en el basamento o el pedestal de cualquier monumento con el que se sienta ofendido, dejarse el pelo largo y armarse de una guitarra y un perro para patearse las calles y así considerarse un espíritu libre, montar su propio festival de Woodstock, quemar su sujetador, subir el volumen de la música a toda leche para joder al vecino mojigato que siempre anda recordándote que no acudes a las reuniones de la comunidad, colgarse del cuello un collar de perro o una cadenita con una cruz invertida, gritar agresivas consignas contra el orden establecido, mudarse al campo y criar pollos y recolectar lechugas, emanciparse dando un portazo y “ahí os quedáis, carcamales”, irse a vivir a una casa okupa e incluso escribir con “k” las palabras que en realidad se escriben con “c” o con “q” por sentirse más lejos ideológicamente del opresor que te impone sus normas (aunque sólo sean ortográficas), pero con el tiempo he aprendido dos cosas respecto a esta palabra más manoseada que la madre de mi hija: la primera es que, por norma general, las personas que más libres dicen ser y más tiempo de su vida gastan en tratar de demostrarlo, son precisamente las que menos lo son; la segunda, que la forma más elemental y concisa, el signo que más representativo es de ese estado de ánimo –al fin y al cabo la libertad no es más que eso, a poco que uno lo piense detenidamente- no es ninguna bandera, ni tampoco unos dedos índice y corazón puestos en forma de “v” para la foto de rigor y los grandes titulares, ni tan siquiera una estatua que sirva de centinela impertérrito de algunas descomunales metrópolis, sino un retrete, un reluciente y frío retrete que sea propio, en el que poder sentarse tranquilamente cada mañana a evacuar mientras lee la nueva novela de Philip Roth, por ejemplo, o le echa un vistazo al último número de la Rolling Stone, agradeciéndole a la revista que haya degenerado hasta el punto de sacar a actrices porno en sus portadas en vez de a rockeros y pensando en cómo te vas a masturbar en honor a su director, cosa que haría de muy buen grado si mi hija no llevase un minuto ya aporreando la puerta y metiéndome prisa para que salga del cuarto de baño porque tiene que arreglarse para marcharse al instituto.


-¿Qué quieres, Patti? –digo al fin, resignado.

-¿Tú que crees? Llego tarde. Y te he dicho un millón de veces que no me llames Patti. Me llamo Patricia –oigo su voz ofuscada a través de la puerta cerrada.

Se llama Patti, en homenaje a la cantante y poetisa Patti Smith. Así acordamos llamarla su madre y yo. Pero ella, en el último momento, cuando ya nos encontrábamos frente a la ventanilla del Registro Civil, le dijo al funcionario que el nombre era Patricia, justo una semana antes de largarse con otro tipo y dejarme al cargo de un bebé de días. Y yo no tuve ganas de discutir, ni en la oficina de registro ni en los días posteriores a su marcha; ni siquiera me molesté en llamarla por teléfono para recriminarla por su traición. Hace ya mucho que me di cuenta de que discutir es una pérdida de tiempo y energía: mejor decir “sí” a todo, estar con todo de acuerdo, y luego hacer precisamente todo lo contrario a lo que se había acordado. Es un método que me va muy bien, me ahorra muchos disgustos y, además, les produce úlceras a mi encargado y a mi jefe de almacén, lo que supone un motivo más, bastante reconfortante, para seguir utilizándolo.

-De eso nada, guapa. Te llamas Patti.

-En el Libro de Familia pone Patricia, listillo.

-¿Eso pone? ¿En serio? –me hago el tonto, claro, aunque eso ya lo sabe mi hija.- Primera noticia… Supongo que tu madre se tiraría al funcionario del Registro Civil para que escribiese lo que a ella le diera la gana –respondo, mientras tiro la revista al suelo y cojo el rollo de papel higiénico para limpiarme el culo.

Vale, me he pasado de la raya. (Esto es algo que me ocurre a menudo: abrir la boca más de la cuenta y luego, casi automáticamente, arrepentirme por ello. Es algo que estoy tratando de corregir… Lo del arrepentimiento, quiero decir, no lo de abrir la boca.) A Patti no la sienta bien que yo mencione la vida disoluta y promiscua de su madre, aunque la abandonase siendo sólo un bebé y la haya visto únicamente tres veces en sus dieciséis años de vida. Pero es que no entiendo la importancia que tiene para ella el que yo prefiera llamarla Patti en vez de Patricia; nunca me ha dado una razón argumentada de por qué debería llamarla así y no del otro modo.

-Papá…

Lo ha hecho a propósito: no me gusta que me llame papá. Prefiero que lo haga por mi nombre propio; me hace sentir más joven, aunque sólo tengo treinta y seis años, me conservo bastante bien y nadie puede decir que sea un viejo. Nadie, excepto Patti. Aunque, contradictoriamente, también me tache de inmaduro.

-¿Si, hija? –la digo en tanto que me subo los pantalones y me abrocho.

-…eres un cabrón.

Quito el pestillo y abro la puerta de un tirón, cabreado, todo casi en un mismo movimiento. Patti se echa hacia atrás, pega la espalda a la pared del pasillo. La he asustado. Me relajo, me tranquilizo aunque me enfurece que defienda de ese manera ciega a una madre que en realidad nunca tuvo. Al final, me limito a ponerle un dedo índice delante de la cara y la digo:

-A ti no te gusta que te llamen Patti, ¿no? Bien. A mí no me gusta que me llamen papá.

Me aparta de un empujón y se encierra en el cuarto de baño a llorar. A través de la puerta la oigo maldecir por el mal olor, blasfemar porque no he abierto la ventana ni he utilizado el ambientador ni la escobilla.









Llego tarde al trabajo. Es la segunda vez esta semana que llego tarde, y la quinta en el mes. El motivo es un atasco en la Autovía del Nordeste que ha vuelto a confirmarme que El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde no es sólo una novela de un tío llamado Robert L. Stevenson, y que al ser humano contemporáneo no le hacen falta brebajes que lo transformen en un ser malévolo, más feo que un pie sin uñas y con una carga considerable de mala leche; para eso basta con que a uno lo dejen frente a un volante, lo pongan en el asiento del conductor de un coche y lo sitien en un atasco. Para colmo, el vigilante de seguridad del recinto no quiere abrirme la barrera. Está mirándome desde su garita, impasible a pesar de que le he tocado el claxon ya varias veces, con esa cara que se gasta, imberbe y como reblandecida por el aburrimiento a causa de sus turnos insufribles de dieciséis horas seguidas abriendo y cerrando la dichosa barrera. Aun así, pese a tratarse de un trabajo simple, rutinario e insustancial, se lo toma con una profesionalidad desquiciante. Al final, acaba gritándome por la ventanita de la garita:

-¡La matrícula! O si no, no pasas.

Todos los trabajadores tenemos la obligación de llevar en el coche, en una zona de fácil visibilidad –preferiblemente, en el salpicadero- un cartón plastificado con la matrícula de nuestro vehículo impresa al lado del emblema de la empresa, a fin de llevar un control riguroso sobre quién entra en el recinto de trabajo y a qué hora, evitando así el acceso a personas ajenas sin necesidad de andar parándolas y preguntándolas adónde van. Estos cartones también se reparten a los familiares o amigos de algunos trabajadores, en caso de que éstos no tengan vehículo propio y deban ser traídos por otras personas. Mi cartón está en la guantera, con lo que no me costaría ningún esfuerzo sacarlo y enseñárselo, o bien colocarlo sobre el salpicadero para que él lo vea desde un primer momento a través del parabrisas y me abra la barrera, sin más, en cuanto el morro de mi coche se asoma al recinto. Pero es que me gusta hacer un poco más atractivas las soporíferas funciones de ese inspector de policía venido a menos. Acciono el elevalunas y le digo con mucha sorna:

-¿Qué pasa, majete, que no me conoces después de diez años trabajando aquí?

-Razón de más para que ya conozcas las normas de la empresa y las acates. Todos los días me dices lo mismo y todos los días te doy la misma respuesta, joder, que pareces un crío…

-No te sulfures, hombre, que te va a subir la tensión y tu cardiólogo te va a castigar sin postre… -Abro la guantera, saco el cartón plastificado y lo agito jovialmente con una mano por fuera de la ventanilla.- ¿Contento?

Sin decir nada más, y con cara de pocos amigos, me abre la barrera. En cuanto comienza a elevarse, meto primera y suelto el embrague al tiempo que piso el acelerador, avanzo un par de metros –lo justo para rebasar la barrera-, me detengo otra vez y de nuevo le toco el claxon.

-¿Se puede saber qué coño quieres ahora?

-Darte recuerdos de tu señora. Mientras me preparaba el desayuno esta mañana me ha dicho que eras un capullo encantador, a pesar de ser un cornudo. Esa mujer te adora, tío, de verdad. Nunca estaré a tu altura.

Le veo salir precipitadamente de la garita, apretando la mandíbula y con una mano cerrándose en torno a la porra que lleva en el cinto. Aguanto un poco parado, con el motor al ralentí. Cuando ya le tengo casi encima de mi coche, arranco haciendo ruedas y salgo disparado hacia la última nave del recinto, esquivando tráileres que maniobran y aculan en los muelles de carga, en tanto que por la ventanilla abierta le saco un dedo corazón.









-Llegas tarde. Es la segunda vez esta semana, y la quinta en el mes –me dice mi encargado mientras saco la tarjeta de la cartera y ficho.

-Cuéntame algo que no sepa. Buenos días, ante todo –digo, exagerando un bostezo.

-Buenos días y un huevo. Tengo a dos carretilleros de baja, a Benji cabreado porque aún no se le ha cargado y a los de arriba echándome a los perros porque no sale el trabajo. Pero no voy a discutir contigo tan de mañana… Ya se encargarán de ponerte en tu lugar los de Recursos Humanos cuando te quiten dinero de la nómina o te sancionen con varios días de empleo y sueldo.

-Chupi. Vacaciones por la cara…

-Tú estás buscando que te despidan, ¿no es así, Quique?

No digo nada. Aparto mi mirada y la enfoco hacia el muelle número diez, donde Benji, un camionero interno de la empresa al que conozco bien y que se da un aire al vocalista de Meat Loaf, levanta el brazo y me enseña su reloj de pulsera para hacerme entender que está perdiendo la paciencia. Aparto la mirada también de Benji y vuelvo a posarla en Jaime, el encargado, que mueve la cabeza negativamente, con gesto de decepción y cansancio. Es un buen tío, y el mejor encargado que haya tenido en toda mi vida laboral; si sacas tu trabajo adelante, no te molesta en toda la jornada ni anda encima de ti, e incluso hace la vista gorda cuando entre las estanterías y los palets me enciendo algún cigarrillo, pese a que está taxativamente prohibido fumar en todo el recinto. No se merece el trato que a veces le doy, pero es que últimamente todo funciona mal en mi vida y yo sólo puedo pensar en mi hija, en su habitual descontento, en sus continuos reproches hacia cualquier cosa que digo o hago y en su defensa cerril hacia una madre a la que apenas conoce y que nunca se ha ocupado de ella.

-No sé qué te pasa, Quique –vuelve a hablar Jaime, sacándome de mi momentáneo ensimismamiento-, y ni sé si quiero saberlo, pero necesito que cojas el toro, cargues a Benji lo más rápido posible y te presentes en la puerta de mi oficina en cuanto acabes. Quiero que conozcas a alguien. Vas a encargarte de enseñar al nuevo carretillero.

Estoy a punto de protestar, diciéndole que a mí no me pagan para enseñar a nadie, cuando Jaime hace un gesto tajante con la mano y me dice:

-Ve a por el toro. Ya. Cagando leches.

Entonces yo comienzo a andar por uno de los numerosos pasillos atestados de estanterías, maldiciendo en dirección al cuarto de máquinas y cargadores y pensando en por qué mi hija me odia y todo el jodido mundo se me parece a alguna estrella del rock.

Continuará...

lunes, 9 de mayo de 2011

Cuánto rock puedes soportar. Primera parte: 1. "Yo sólo quería ser una estrella del rock"

Yo sólo quería ser una estrella del rock, un embajador del Jack Daniel´s, un coleccionista de sensaciones –por así decirlo-. Ya saben, los tópicos al uso: cuero ceñido y lentejuelas, champán y barbitúricos, velocidad, sexo y trayectoria, vivir deprisa y morir joven, tomar algunas curvas como se toman algunas drogas, dormir en la carretera, erigir un hogar cada noche en cualquier habitación de hotel… It´s only rock n´ roll, but I liken. (Oh, yeah!, etcétera.) Soy plenamente consciente de que decir este tipo de cosas a cierta edad como la mía puede sonar frívolo e inmaduro, cuando no ridículo (a no ser que uno sea Mick Jagger, claro está), tal como se emperra en decirme Patti, mi hija, pero en aquella época era lo que más deseaba en el mundo. Creo que en mi adolescencia no hubo más inquietud que ésa, no hubo la confusión ni la búsqueda incansable, aunque inverosímil y sin rumbo, que muchos presuponen en esa etapa turbulenta de la vida, ni tampoco demasiadas preguntas (con respuestas o sin ellas), ni grandes angustias existenciales, ni mucho menos la muy frecuente humedad cálida y viscosa, amarillenta en la inmaculada sábana de la madrugada y las buenas costumbres, con que algunos amigos míos firmaban, noche sí y noche también, sus obsesiones tras la caricia prolongada y a contrapelo del onanismo. Yo sólo quería ser una estrella del rock. Ni más, ni menos. Eso es todo.


Formé mi primera banda apenas cumplidos los dieciséis años, en 1.991, el último año en el que se vendieron en España más discos de vinilo que compactos. Se llamaba Algunas Madres Muertas, no me pregunten por qué ni traten de hallar trasfondos oscuros o disertaciones freudianas en ello. Si no recuerdo mal, el nombre lo cogí prestado de un relato que había escrito un colega de aquella época, Raúl Viso, un colgado triste y agnóstico que quería ser escritor a toda costa y que estaba demasiado embebido con las lecturas de Poe, Nietzsche y Baudelaire como para llegar a lograr su propósito. Leí el manuscrito (más por compromiso que por gusto, porque siempre andaba acosando con sus textos a todo el mundo a fin de conseguir opiniones sobre su estilo, aunque la mayoría de los que nos juntábamos entonces no teníamos ni pajolera idea de literatura), me gustó el título –el resto me pareció una mierda más oscura que la piel de Chuck Berry- y me lo apropié, sin más misterio. Porque siempre he sostenido que una buena banda de rock ha de tener no un nombre, sino el nombre. ¿Qué habría sido de bandas como The Rolling Stones, Guns n´ Roses, Led Zeppelin, entre otras muchas, sin esos nombres tan cojonudos? Muy cierto que lo verdaderamente importante de un combo rockero es la música que compone y ejecuta, pero firmar canciones grandiosas llamándose “Los Cantos Rodados”, “Pistolas y Rosas” o “Zepelín de Plomo” ayuda bastante a encontrar el rastro de cocaína que conduce al estrellato.

El caso es que, con nombre cojonudo o sin él, mi primera banda no alcanzó ni los seis meses de vida. En ese periodo de tiempo apenas dimos dos conciertos, y digo apenas porque el segundo concierto ni siquiera llegamos a finalizarlo: a la mitad de la actuación solté el micro –yo siempre he sido vocalista- y, allí mismo, sobre el escenario y ante un público escaso, variopinto y visiblemente aburrido, me lié a puñetazos con Ramón, el único guitarrista de la banda, un heavy trasnochado y narcisista que se creía con derecho de criticar todo lo que los demás miembros hacíamos simplemente porque: a) era el único de nosotros que recibía formación musical académica; b) su padre era el propietario de la plaza de garaje que nos hacía las veces de local de ensayo; c) su melena era lisa y negra como ala de cuervo (hasta el extremo de que, visto de espaldas, el muy degenerado parecía una tía) y, según él, era el que más ligaba de la banda, pese a que sufría un acusado estrabismo que le permitía mantener un ojo fijo en los trastes de su horrenda guitarra, con forma de hacha, mientras que con el otro ojo nos vigilaba avizoramente en busca de posibles errores que pudieran desbaratar la pieza musical que estuviésemos ensayando en ese momento. Le soportábamos porque, a pesar de todo, era un buen guitarrista. Pero aquella tarde de nuestro segundo y último concierto se pasó de la raya: el muy palurdo se dedicó, al finalizar la tercera canción de nuestro breve set list, a gastar bromas despectivas sobre mi forma de cantar y mi indumentaria a través del micrófono que él usaba para hacerme los coros. La poca gente que vino a vernos no entendía nada; los gestos de sus caras oscilaban entre el aburrimiento y el estupor, aunque eso a Ramón no le importaba en absoluto: su sobreactuado ego no le permitía ver el ridículo que estaba haciendo, y dijo sandeces como las siguientes:

-Muy bien, gente. Y tras el tercer tema me gustaría presentaros a nuestro líder –y la palabra “líder”, más que decirla, la paladeó con mucha sorna, separando a propósito sus dos sílabas para que quedase constancia entre el público del sarcasmo de sus palabras-, un grandísimo vocalista que probablemente os estará recordando a Robert Plant… si Robert Plant cantase como si le estuvieran pisando los cojones.

No dije nada. Me limité a acercarme al pie de mi micrófono como si fuese a decir algo, y luego le miré en silencio y sonreí ampliamente, con la mejor sonrisa que fui capaz de lucir después de lo que acababa de oír. Entonces él, aún más envalentonado por la omisión de mi réplica, volvió a acercar la boca a su micro y dijo algo acerca de que mi envidiable buen humor –así es como lo dijo, el hijoputa- era solamente igualable a mi capacidad asombrosa para vestir como un hortera, mirando al público con su ojo estrábico y guiñándome el otro en un ademán de falsa fraternidad, de complicidad y colegueo entre músicos que conocen muy bien la fórmula del humor para ganarse toda la expectación posible. Volví a sonreír. La gente se mantuvo en silencio, en el único momento en que el público mostró verdadero interés por nuestro show, de pronto roto por las risitas ahogadas y entrecortadas de algún gilipollas. Acto seguido, solté el pie del micrófono y me abalancé sobre Ramón con tanto impulso que ambos perdimos el equilibrio y caímos sobre las tablas de madera del angosto escenario, enredándonos de paso con los cables que iban de los amplificadores a la guitarra y a nuestros respectivos micrófonos. Nos levantamos casi a la misma vez: yo desembarazándome de la maraña de los cables y a la espera de que Ramón contraatacara; él lloriqueando por los arañazos que su ridícula guitarra había sufrido en la caída, acariciando su superficie como al lomo de un cachorro indefenso y abrazándola contra su pecho igual que si se le hubiera caído un bebé de entre los brazos. Aquello fue lo que terminó de enfurecerme. Ni siquiera su estrabismo pudo prevenirle: la primera hostia que le calcé casi hizo que el instrumento le orbitara alrededor de la cintura; la segunda lo sentó de culo, justo después de que el público se arrimase al escenario y comenzara a jalearnos para ver si nos arrancábamos la cabeza el uno al otro; la tercera se la propiné de rodillas sobre su pecho (y su mierda de guitarra), y fue la que acabó de noquearle. Un par de chicas del respetable, a las que Ramón había estado sacando la lengua lascivamente y haciendo gestos obscenos con su guitarra durante la actuación, como si el instrumento fuese una prolongación de su pene, emitieron grititos histéricos de júbilo y aplaudieron satisfechas mientras el resto de personas allí reunidas iban dispersándose y guardando un silencio repentino, sin duda causado por la recriminatoria presencia a mi espalda del director de la asociación juvenil que nos había contratado por apenas unas cuantas consumiciones gratuitos –sin alcohol, sobra decirlo-, un antiguo seminarista que se parecía indecentemente a Johnny Cash y que me llamó macarra, me agarró por la pechera y me echó del lugar sin darme tiempo siquiera a recoger mi humilde equipo.









Qué abismo ingrato e inabarcable puede llegar a abrirse entre lo que uno cree que llegará a ser cuando alcance cierta edad y lo que se acaba siendo en realidad cuando esa edad ya lo ha alcanzado a uno; qué callejero turbio la vida, tramado a partes iguales por azares y errores cometidos, donde uno nunca sabe con certeza en qué esquina tiene que torcer ni con quién o con qué se va a encontrar a la vuelta de la misma; qué hilos sueltos del destino desmadejado, espejismo disuelto del futuro próspero que uno suponía para sí mismo con la vanidad y la impertinencia de la juventud, que pone a vender enciclopedias a quien a los quince años se pensaba merecedor del premio Nóbel, que le coloca una pistola de hacer tatuajes entre las manos a quien quizá debería estar exponiendo en una galería de arte, que monta a una rockstar a lomos de una carretilla elevadora, como yo ahora en el oscuro y polvoriento almacén donde trabajo moviendo de un lado a otro y ubicando las últimas novedades editoriales. Si bien decir que este empleo no me disgusta, aunque ciertamente tampoco me apasione; me proporciona unos ingresos seguros que me permiten alimentar y educar a mi hija y pagar el alquiler del piso de ochenta metros cuadrados en los que ella y yo a menudo nos estorbamos –más yo a ella que ella a mí- con esa enemistad fraternal y sin auténtico odio con que mi hija suele recordarme su especial orfandad y los inconvenientes de ser una chica que se ha criado sin madre y que convive con un padre que pone el género musical que ella más detesta a un volumen más alto de lo que ninguna persona decente pueda llegar a soportar. Lo mejor de este puesto es, tal vez, que no requiere de grandes esfuerzos físicos, aunque a decir verdad tampoco requiere de grandes esfuerzos psíquicos; lo peor, es que para mí representa la constatación amarga de esos sueños que no llegué a cumplir. Yo sólo quería ser una estrella del rock. Ahora soy, en cambio, un mozo de almacén carretillero y un padre soltero que ocupa su tiempo escuchando viejos discos y leyendo las últimas novelas que aún no se han puesto a la venta en las librerías.

Continuará...

sábado, 7 de mayo de 2011

Primera vez




Le entusiasmaban los estrenos, la primera vez de cada experiencia y cada acontecimiento de la vida que hubiera de sucederle o ya le había sucedido. Sin embargo, esta predilección suya tan arraigada por la novedad que conlleva la primera vez de cada cosa vivida o aún por vivir en el glosario de una existencia no casaba en absoluto con su carácter incurablemente aprensivo, en el que los hechos repentinos o inesperados incidían de manera negativa, logrando derribar la barrera de seguridad interpuesta por el seguimiento riguroso, casi disciplinario, de una rutina y unas costumbres inquebrantablemente anodinas, agravando así su hipocondría y sus muchos miedos imaginarios. Soportaba no obstante esta turbadora dualidad por tratarse de la primera contradicción que se permitió en lo que él creía sus “férreas convicciones”, y le ganaba el estómago una cosquilla de gozo cuando se congratulaba recordando la primera vez que se percató de ella.

Así llegó a resultar consuelo y lenitivo, en sus noches más aterradoras –aquéllas en las que el sueño no entraba en él y empezaba a dejar volar insanamente la imaginación, suponiendo para sus seres queridos o para sí mismo, de modo ridículamente catastrófico y victimista, enfermedades terminales o extrañas o de diagnóstico erróneo y negligente, atendiendo a las señales ficticias y a cualquiera de las innumerables sensaciones cenestésicas que le llegaban desde su corporalidad y anunciaban una muerte que llegaría en cualquier momento pero que nunca, finalmente, había llegado a la mañana siguiente-, el ejercicio de recordar todas las primeras veces que la vida le brindó la oportunidad de experimentar, y aun incluso de ése otro que le hacía incurrir en placenteras ensoñaciones en las que vivía, por un momento y con todo lujo de detalles, las primeras veces que todavía habría de depararle el futuro (en caso de que esa muerte inmediata, que él predecía casi a diario, fuese nuevamente ficticia o incierta). Le complacía sobremanera rememorar, por ejemplo, los pormenores de la primera vez que tuvo relaciones sexuales, no ya cuando se desvirgó a los quince años con aquella primera novia suya tan formal y mojigata (que, por qué no decirlo, también), sino cuando algún tiempo antes de ese estreno él y una vecinita que tenía entonces habían asistido a los juegos sexuales y magreos previos. De igual modo, abrazado a la almohada en el espanto de su aprensión nocturna, se satisfacía evocando la primera vez que se puso frente a un volante y condujo un automóvil –la sensación renovada de libertad e independencia, la inercia agradable de la velocidad creciente, el aire veraniego colándose por la ventanilla abierta del conductor-, y lo mismo le ocurría cuando recordaba la primera vez que se fumó un cigarrillo, hasta el punto de que cuando su pavor le impedía continuar tumbado en la cama, esperando una muerte que no terminaba de llegar pero siempre se le revelaba inmediata e indudable, y se levantaba para aplacar un poco la ansiedad fumando, no se tragaba el humo por sentir otra vez esa reminiscencia del sabor primero del tabaco, del primer pitillo que se encendió en su pubertad.

Nunca acababa de llegar esa muerte, pero casi todas las noches él sentía señas inconfundibles de ella: un hormigueo impreciso en su brazo izquierdo, una irregularidad en su ritmo cardíaco, una falta repentina de aire, una opresión creciente en el pecho… Indicios todos ellos que su parte lúcida y serena, cabal, atribuía a un ataque de ansiedad y no a un improbable infarto. Pero esa noche era diferente; ya no cabía duda, por más que la voz impertinente de su sentido común le hiciese tratar de entender que esa misma certeza fatal la sentía cada noche sin que al final ocurriera nunca nada, excepto quizá la sensación de ridículo a la mañana siguiente por haber perdido de aquella manera los nervios y haberse dejado manipular tan fácilmente por un miedo absurdo e infundado. Esa noche era diferente, sin lugar ya a dudas: no era un hormigueo impreciso lo que recorría su brazo izquierdo, sino un auténtico adormecimiento de toda la extremidad; a su corazón le faltaban latidos por momentos, renqueando como el motor polvoriento de una vieja tartana; boqueaba como una de esas carpas de los estanques públicos que solicitan comida asomadas a la superficie, intentando acaparar todo el oxígeno que fuese posible; en el pecho tenía una losa que ya sugería terriblemente los detalles y el veteado del mármol que alguien escogería para su lápida, en cuanto se localizara su cuerpo sin vida y corriera la noticia de su muerte repentina e inexplicable. No cabía duda, y llegado a ese punto de no retorno lo único que deseaba él –su última voluntad- era morir con dignidad, serenamente, asimilando el fin de su vida con valentía y estoicismo; que los demás, sus familiares y amigos y allegados, llegasen a saber o siquiera a sospechar que había muerto neutralizado por el miedo, rogando deshonrosamente por su vida con el rostro inundado de lágrimas, para él resultaba un desenlace aún peor que su propia muerte. Trató entonces de infundirse valor a sí mismo, de serenarse en la desolación, evitando pensar a toda costa en todas esas personas que dejaba y en todas esas cosas que aún no había vivido, ni viviría ya, y procurando no arrastrar hasta el nicho o la tumba que ya lo esperaba sin saberlo el lastre del pudo ser y no fue, centrándose sobre todo en esas cosas que sí había tenido el privilegio de vivir, de experimentar, y haciendo un rápido recorrido de toda su existencia mediante una cadena vertiginosa de imágenes, escenas y recuerdos que, como suele decirse manidamente, es la vida entera y el cómputo total de la existencia pasando frente a uno cuando la muerte lo sorprende.

Supo así que si existía una sola manera de tratar de lograr valor o al menos calma durante ese último trance, sería recordando todas las primeras veces que su vida tan breve le permitió experimentar. De ese modo se vio por un momento recapitulando, en tanto que trataba de respirar con normalidad y contener las náuseas que le subían a la garganta y secarse el sudor frío de la frente, cada una de las primeras veces que vivió a lo largo de la vida, hasta que llegado a cierto punto muy avanzado de su ejercicio retrospectivo cayó de pronto en la cuenta de que aquélla era la primera vez que se moría de verdad. Entonces se tumbó en la cama, con una mano crispada cerrándose en torno a esa parte del pecho donde está ubicado el corazón, y se dispuso a disfrutar de la experiencia.