"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















domingo, 10 de abril de 2011

Biblioteca

Tomo asiento y contemplo mi humilde biblioteca –adjetivo éste un tanto desacertado, arbitrario quizá, para denotar su brevedad o escasez, pues ninguna biblioteca me parece humilde por escueta que sea- en la calma algo soporífera de la sobremesa. Hay migas aún en el mantel, moscas primaverales afanándose en los restos de comida, los platos y cubiertos están sin fregar, mi hija practica una siesta profunda y pesada en el cuarto de al lado, el campo se ofrece, tras la ventana que tengo enfrente, todavía festivamente verde, no agostado aún por la inclemencia abrasadora del verano por llegar, sugestionando posibles poemas o relatos en mis cuadernos también dormidos… Da igual. Ninguna tarea ha de ocuparme ahora, excepto ésa titánica de contemplar mi biblioteca y tratar de darle un orden concreto.


Titánica por lo imposible. Hace ya tiempo que sospecho que los libros cambian de lugar a su antojo, que por más que uno trate de darles una ubicación acertada o exacta en los estantes, ellos solos se mudarán con más pericia genérica y estética. Aun así, yo me empeño obstinadamente en imponerles el orden que creo el correcto, reservo de modo ingenuo una estantería para cada género, narrativa allá, poesía aquí (por no hablar de los géneros inclasificables, por esos libros almanaque, diarios íntimos, experimentos loables de la literatura) y en cada una es preciso separar a autores extranjeros de autores nacionales, y en cada uno es preciso separar a autores clásicos de autores actuales, y en cada uno es preciso detenerse, coger una de sus obras, acariciar sus lomo como al de un animal extraordinario, peinarla o airearla a base de pasar sus páginas, hacer un alto en un pasaje memorable, admitir que nunca se podrá llegar a escribir igual, asumir que ése es el libro que me hubiera gustado firmar como propio, soñar con lograr en el papel algo mínimamente parecido, mientras los volúmenes van proliferando por el suelo, formando cordilleras de ediciones, y la tarea de devolverlos al sitio perfecto que imaginé para ellos queda aplazada para el día siguiente, pura utopía.

Pero al día siguiente ya están las prisas, ya es lunes y ceremonia ingrata y carrera hacia las obligaciones, así que uno va desmontando las montañas de libros del suelo, y éstos vuelven a las estanterías, regresan a su lugar predilecto, aunque no es el que imaginé para ellos ni mucho menos, sino uno aleatorio y caótico, como de adolescente que hace un montón con toda su ropa y la mete a presión en el armario para hacer ver que su cuarto está ordenado, que no arregla el desorden sino que lo oculta. Al cabo de finalizar la tarea a toda carrera, me doy cuenta de que no es casual el (des) orden que allí se ha decidido, ajeno a mi voluntad y, tal vez, incluso a mis preferencias. Me paro a contemplar el resultado, que yo ya auguro demencial, y me percato de que la edición de Las mil y una noches descansa junto a los dos volúmenes de La novela de Genji, y que éstos se apoyan contra las obras completas de Borges, que siempre alabó esas dos obras. Lo mismo ocurre con Cortázar, que fuma con parsimonia echándole el humo a los dos tomos de Cuentos 1 y 2, de Edgar A. Poe, que precisamente el autor de Rayuela se ocupó de traducir magistralmente. Benito Pérez Galdós y Arturo Pérez-Reverte, y a su diestra Dumas, Conrad, Homero, Quevedo, Cervantes; Marcel Proust y Antonio Muñoz Molina, ambos compañeros de Roth… Los ejemplos son múltiples y variados, una telaraña perfectamente tejida de referencias de unos autores a otros autores a los que admiraban o de los que tomaron el relevo literario.

Sé que otro día volveré a tomar asiento, a contemplar mi biblioteca y a tratar de ordenarla según mis preferencias y criterio. Sé que será imposible lograrlo. Sé que me gustará que sea imposible lograrlo, porque sé que los deseos más suculentos y atractivos son aquellos que se nos niegan, de los que de antemano conocemos su negativa o su imposibilidad.