"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















sábado, 20 de agosto de 2011

El libro de Dalila (6): Primer día




Hoy, Dalila, me he reconciliado. Por ti me he reconciliado, por no transferirte las inseguridades y los temores que manipularon mi propia infancia y me hicieron malvivirla o desaprovecharla, esa propensión a la tiniebla y al derrotismo que siempre hubo en mí y que, a día de hoy, todavía a veces me subyuga y se empecina en limitar el amor sagrado que siento por la vida aun en sus facetas más indeseables, tema extenso para un texto aparte. Flaca herencia sería la que recibieses del rencor y el despecho que llegué a sentir hacia el niño que un día fui en un tiempo sin horizontes.


Estabas tan ilusionada. En ti gravitaba la satisfacción ingente, inigualable, de quien descubre por primera vez el recurso placebo de la esperanza y todavía ignora que, pese al carácter benefactor y romántico de su propuesta, probablemente ése es el recurso menos infalible de a cuantos se pueda acceder durante el transcurso de la vida. Me decías, con ese balbuceo renqueante con que os expresáis los niños muy pequeños y que encierra más verdad y claridad que la más perfecta de las dicciones, que querías ir al colegio, que cuándo empezaban las clases, mientras yo buscaba la luz de tu nombre en la lista de admitidos que han colocado en la puerta del centro escolar tan cercano a donde vives con tu madre. Me sorprendieron sobremanera esas ansias, esas ganas tuyas por empezar las clases, porque nunca te llevamos a una guardería y jamás antes te habías separado de nosotros, de tu madre ni de mí: cuando ella trabajaba era yo quien te cuidaba y viceversa, solicitando cada uno turnos diferentes al del otro para poder estar contigo. Quizá es que desconoces la soga tensa y compacta de la rutina, la recompensa demorada de la disciplina –tan demorada, a decir verdad, que a veces incluso no parece ni una recompensa-, e ignoras que tendrás que pasar allí muchas horas al día, muchos días al mes, muchos meses al año, muchos años de tu vida; o tal vez sólo es que yo estoy nebuloso y regresivo, haciéndote injustamente partícipe de mi propia experiencia durante mi primer día de colegio, y supongo en ti, de manera errónea, mi mismo llanto aquel día y mi misma sensación de estar siendo entregado a un mundo hostil y absolutamente ajeno a mi ser.

Íbamos los dos –tú y yo- cogidos de la mano, de vuelta a casa de tu abuela, y te enfurruñaste al saber que aquel no era tu primer día de clase, que aún tendrías que esperar unas semanas para conocer ese mundo que a ti se te abría nuevo y expectante tras los altos muros y las verjas, atractivo por desconocido, y del que habías oído hablar por boca de otros, tu madre ensalzando siempre los juegos y las excursiones, yo limitándome a omitir los rasgos que me resultan más detestables de una institución de la que, incluso en presente, no me cuesta encontrar semejanzas entre el patio de un colegio y el de una prisión. (Puedo escribirte ahora todo esto, aun a riesgo de que se me tilde de mal educador, porque este libro o esta esperanza de libro, esta melopea de palabras que quisieran ser algo más conciso y hermoso, estos remiendos de mi vida frente a la plenitud que me gusta imaginar para la tuya, no te será entregado hasta una edad que yo considere prudente –y aun muchos de estos textos serán debidamente censurados antes de que te lleguen a tus manos, e incluso destruidos, para que no puedas comprobar lo más oscuro que acontece o a veces vive dentro de tu padre-, y seguramente para entonces tu carrera académica ya habrá finalizado o se hallará en un tramo en el que ya se te hayan revelado sus ventajas con más fuerza que sus inconvenientes, sólo posibles estos últimos si te niegas por voluntad propia, como tan torpemente hice yo, a permitirte aprender, conocer, vivir.

Algún tiempo después, y a tan sólo unos días de que al fin pudieras vivir tu tan ansiada primera jornada escolar, nos reunieron a los padres de los alumnos para explicarnos las normas y los protocolos del centro, los libros y el material escolar que teníamos que comprar, la dinámica de trabajo que los profesores utilizarán durante el curso y esas otras cuestiones que, aunque necesarias, a mí me hacen bostezar humanamente. En un principio, tu madre y yo acordamos que no te llevaríamos con nosotros a la reunión, pero ya luego pensamos que no te vendría mal conocer de antemano el lugar donde vas a pasar los próximos años de tu vida –años cruciales, aunque qué año no lo es en la vida de uno-, entre otros motivos diversos que, en tu madre, tienen que ver más con esa fascinación envidiable y casi infantil que siente por las cosas más mundanas y cotidianas, y en mí, por una actitud infundada y similar a la de quien desea conocer de antemano a su enemigo para que, en el momento decisivo de la lucha, éste no se antoje más grande y más fuerte de lo que realmente es. Así que te llevamos con nosotros, y nada más cruzar la puerta de metal e ingresar en el patio de las instalaciones se te llenó la cara de luz, se avivaron y brillaron tus ojos como a fiebre, fue de repente tu boca una sonrisa de luna en cuarto creciente. Tirabas con fuerza de nuestras manos, de los faldones de mi camisa, conminándonos a entrar en el edificio pese a que aún no habías visto el patio en su totalidad, como cuando en el Día de Reyes apenas has comenzado a abrir el primer regalo ya quieres averiguar el contenido de un segundo y hasta de un tercero, tan integrada ya desde pequeña en esta sociedad actual, equivocada aunque inevitable su equivocación a veces, ansiosa de recompensas fáciles e inmediatas.

Para que los niños que acompañabais a algunos de nosotros –los padres- no estorbaseis durante la reunión, algunos profesores os prepararon un aula aparte con juegos y películas de dibujos animados. Ahí fue cuando yo empecé a temer tu posible llanto, tu resistencia a que te separasen de nosotros, aunque fuera sólo durante hora y media. Sin embargo, te dejaste llevar y conducir sin polémica, deseosa de descubrir a fondo lo que se te ofrecía nuevo y a estrenar, y esa rápida adaptabilidad y curiosidad tuyas tocó una fibra secreta dentro de mí, pulsó estas sienes mías siempre cargadas de temores imaginarios, de absurdos malentendidos, de prejuicios que me empeño en deshabilitar armándome de curiosidad y adquiriendo una cultura que yo mismo me vedé durante mucho tiempo, y disipó las nieblas en las que a veces me debo mover a tientas, recio y gris, plagado de incertezas, de dudas, de contradicciones que me definen como individuo, deseando o quizá rogando que cada nuevo paso no sea un paso en falso. A una sonrisa tuya el colegio perdió esa tenebrosidad que yo recordaba de sus pasillos y recovecos, como si tu sola presencia fuese la señal para inducir a alguien que fuese encendiendo las luces a nuestro paso; a un grito o un comentario de admiración fugado de tus labios, regresaron a mí los olores beatíficos y durante tanto tiempo olvidados de los lapiceros, las tizas, los libros de texto; descubrí en las paredes cuadros que habían hecho antiguos alumnos que ahora debían tener mi misma edad; me sorprendí a mí mismo sonriendo mientras me sentaba, grandullón y ridículo, en ese pupitre con tu foto de carné pegada y que ya antes de comenzar las clases se ha asignado como tuyo. Tuyo… Es tuyo, Dalila: cógelo como esa ofrenda que se acepta para que la descortesía de no aceptarla no resulte peor gesto que la avaricia de aceptarla; acaricia su superficie lisa y aséptica como al lomo de un animal mitológico al que sólo tú tienes el privilegio de ver y tocar; juega con él sacándole el mayor partido; prevé y acepta sus múltiples posibilidades y el germen de tu futuro; entiéndelo como un territorio propio, un cuarto particular, un escondite ideal si lo prefieres, lugar de tránsito y sitio de tu recreo y tu formación, una nave prodigiosa y propicia que te permitirá huir o defenderte de los fanatismos y de la brutalidad de los ignorantes voluntarios, un habitáculo de confort instructivo, crisálida de contrachapado y metal donde tendrá lugar tu metamorfosis, donde se forjará una parte muy importante de tu personalidad. Si acaso algún día, como me ocurrió a mí, llegas a verlo como una celda, como un zulo, mira de nuevo y piensa antes de echarle la culpa a nadie, respira hondo y observa a tu alrededor, indaga, pregunta, inspecciona, busca las razones y los motivos por los cuales algunos de nosotros tememos más a un pupitre con un libro encima que a un revólver.

Hoy, Dalila, es tu primer día de colegio. Y mientras nos das un beso y te colocas solícita en la fila, sonriendo, bailando un poco, aprendiendo una canción que tu profesora repite como un mantra, me parece ver a tu lado a un niño que se parece mucho a ti, que casi se diría, por sus facciones, que puede ser tu hermano, y que también me sonríe en una distancia que no es física, una distancia de mucho tiempo y más olvido que él está aboliendo a un golpe de su mano, oscilando en la forma de un adiós y despidiéndose ya de los reproches que le hice en un tiempo sin horizontes.

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