"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















viernes, 26 de agosto de 2011

El pasado es una cárcel




“El pasado es una cárcel”, escribió magistralmente Pablo Neruda. ¿Quién se reconoce, pasado un tiempo, en esas fotografías de otra época? Pero tú las apruebas, las miras y te imagino riéndote con los ojos azules entrecerrados, porque no parezco yo, porque tengo el pelo largo y rizado y visto ropa que ya ha quedado obsoleta por esa fugacidad con que las modas pasan e inmediatamente nos convierten en personas desactualizadas, aunque nunca fui de seguirlas estrictamente y más bien me limité a coger parte de las mismas para tramar la mía propia, un estilo que nunca o casi nunca tuvo la aceptación del resto. Me preguntaste hace no mucho de qué color eran tus ojos. “Azules”, dije yo sin dudar un momento. Y tú aprobaste mi respuesta porque dices que hay muchas personas que creen que son verdes, con ese daltonismo de la gente que no es observadora o a quienes confunden ciertas tonalidades porque se quedaron varados en el aprendizaje de los colores lisos, puros, sin mezclas. Nunca me gustaron los ojos azules. Te lo dije mirándote a ellos, sumergiéndome con calma en esas dos ensenadas de mar sereno tras tus pestañas. “Los ojos azules son fríos”, te dije. Pero no los tuyos, que se abstraen y quedan detenidos en un punto que no sé concretar y en el que me gustaría recalar para poder ser el objetivo de tu mirada y la razón de tu ensimismamiento, habitando uno de esos silencios tuyos que me gustaría saber descifrar, traducir.


A veces me dan miedo esos silencios, y esa mirada prendida de la nada que parece retrotraerse a otros momentos, otras personas, quizá otras camas y otros besos. Otra vez el pasado, su celda de luz retrospectiva. Pero peor, porque no es el pasado de uno mismo, el que visto a través de los años parece tan irreal aunque sea cierto como el paisaje que corre tras la ventanilla y te mece en la abstracción. El pasado de uno mismo está mantenido a raya, como un tigre circense al cabo del látigo y el anillo de fuego. Pero tu pasado es un tigre que desconozco, que se dice domesticado aunque sienta que en cualquier momento puede lanzarme un zarpazo, emitir un rugido, despedazarme con saña feral. Al igual que en esas fotografías mías de otro tiempo que a ti te gusta mirar y comentar, yo quisiera saber todo de ti, invitar a tus propios fantasmas a sentarse a beber conmigo, conocer los pormenores fortuitos, la trama perfecta de tu destino que acabó conduciéndote a mí, y me formulo preguntas que no tengo derecho a hacerte. ¿Te quisieron tanto como yo esos antiguos amores tuyos? ¿Les dijiste las mismas palabras que me dices a mí ahora? ¿Es todo una mera repetición de gestos y ceremonias amatorias, o por el contrario debo estar seguro de la exclusividad de tu amor como si nunca antes te hubieras enamorado? Lo mismo podrías preguntarme tú, y no lo haces. Altruista siempre, solidaria, la niña de la forzada orfandad a la que yo quisiera poder viajar, cruzando años y decepciones, para tomarla de la mano y secarle las lágrimas y decirle tal vez que nada ocurre por nada, que al final de ese corredor de álamos blancos de su infancia, su adolescencia y su primera juventud estará esperándola mi contrapartida del futuro, para vestirla de besos y caricias. Pero yo pienso en tu pasado y me muero de celos, imagino con insana precisión cada detalle de tu vida con amores de otra época, las palabras que les dirías o te dirían, los rituales del sexo y la cotidianidad, el sabor de tus lágrimas cuando te sentiste herida y expulsada o cuando tú misma expulsaste a otros de tu vida. No tengo derecho, lo sé: ni a hacerte preguntas que quizá ni yo mismo sabría responderte en caso de que me las hicieses tú a mí, ni tampoco a desconfiar de ti, a hacerte hacedora de mis miedos, de mis experiencias pasadas, tal vez comparándote injustamente con personas que hicieron de mí el blanco perfecto de su irrespetuosidad y su deslealtad hasta ese punto en que casi cualquier gesto y cualquier palabra se convierten en burla.

Es peligroso hacer preguntas, más aún cuando no deseas saber las respuestas. Peligroso acorralarte entre mis dudas, ahora que no sé si podría resistir otro golpe más, tu pérdida o tu adiós por culpa mis miedos. Entretanto, me remuevo en la cama y cambio de postura, miro la hora en la pantalla del móvil, vuelvo a darme la vuelta y te abrazo por detrás, mientras te miro durmiendo y rezo porque no estés soñando que ésa en la que duermes es otra cama, y mis brazos otros, y yo una mala copia de aquello que alguna vez perdiste.