"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















sábado, 20 de agosto de 2011

El libro de Dalila (9): Eco civismo




Todos los grandes recuerdos de mi infancia, los más gratos y emblemáticos, los que menos me irrita o me avergüenza recordar, están íntimamente asociados a la Naturaleza, Dalila. Las primeras cintas cinematográficas que me fascinaron fueron las de aquel Tarzán en blanco y negro (que la industria después tuvo la desfachatez de colorear con técnicas modernas), interpretado no sé si con acierto por el campeón de natación Johnny Weissmüller –sin duda el Tarzán más famoso de cuantos ha habido en la historia del cine-, que era señor y protector de la jungla sentado a horcajadas en el cogote de su elefante y lo mismo esquivaba el potente ataque de un rinoceronte blanco a la carrera que se batía en el agua armado sólo con un cuchillo, a revolcones mortales, con cocodrilos que ahora, revisando otra vez esas cintas casi ochenta años después de que se filmaran, han quedado arcaicos, ridículos y como de cartón-piedra. Los primeros dibujos que realicé, sin demasiada mediocridad contando con la edad que tenía entonces –más o menos la tuya-, fueron de tiburones: me resultaba intensamente placentero llevar al papel el aerodinamismo extraordinario de su anatomía, un avión biológico de combate deslizándose rápida y sigilosamente por el cielo submarino. Las temporadas que pasé en la Sierra de Gredos, bien en esos campamentos de verano a los que me apuntaban mis padres o bien de acampada libre con la familia –sí, Dalila, uno podía en aquel entonces plantar una tienda casi en cualquier paraje y sentirse parte del entorno sin la necesidad de parcelarlo, de levantarle muros y alambradas a un territorio particular y decorarlo con bungaloes y piscinas e hipermercados-, oyendo por la noche el aullido de los lobos –aún quedaban unos pocos en el centro de la península- con una mezcla de miedo y fascinación, una dualidad de terror de antiguas leyendas y cuentos populares infantiles y también un poderoso atractivo de sentirse tan cerca de un hijo legítimo de la supervivencia, un animal que siempre he admirado enormemente –ya sabes que llevo uno tatuado en mi hombro derecho- por su credencial de renegado y por su ahínco en prevalecer, pese al acoso al que siempre ha sido sometido y la mala fama que se le atribuye injustamente, con la que no me cuesta hermanarme y aun sentirme identificado en estos últimos años, enfrentado a menudo a personas de nuestro entorno que confunden para interés y beneficio propios el amor con la complacencia, la sensibilidad con la debilidad, la disciplina con la tiranía. También las maravillosas jornadas que pasé junto a tus abuelos y tu tía en Estremera, bañándonos en el río Tajo, y de las que conservo una foto y una pequeña aventura: la foto es de las que menos me avergüenza mirar de mi infancia, y en ella aparecemos mi hermana y yo metidos en el agua verde del río, abrazados a nuestro padre, que nos sostiene en sus brazos porque éramos tan pequeños que aún no tocábamos el fondo y todavía no sabíamos nadar; la aventura es la de la riada que nos cercó allí pasando un fin de semana de acampada, sitiándonos la tormenta a la que no hicimos caso en una especie de pequeña isla improvisada y formada por el cauce desbordado del Tajo a la que la Guardia Civil no acertaba a acceder para rescatarnos, alcanzando nosotros a ver desde nuestra posición, borrosamente por la noche ya cerrada y las ráfagas de agua de una lluvia feroz y oblicua, el haz de sus linternas a lo lejos y las luces giratorias de sus coches patrulla.


Yo sé que esos momentos salvaron de algún modo mi infancia, la hicieron soportable y digna de ser recordada varias décadas después. Mi infancia está cimentada con el olor resinoso de los pinos, con un vuelo acrobático y casi suicida de vencejos haciéndole fisuras al cielo de la tarde del verano con la tijera oscura de sus alas, con las enciclopedias por entregas de zoología y vida salvaje que mis padres y mi abuelo, poco antes de morir, me regalaron; consta de una geografía individual e íntima mi infancia, salteada de ríos, pantanos, bosques y cerros, y la conforman nombres que me conmueven como Henares, Tajo, Tajuña, Entrepeñas, entre otros; conserva escondites particulares, propicios a la imaginación y a la calma, ínfimas tierras de Nunca Jamás casi inaccesibles al dolor y la decepción, maizales que me rebasaban en altura y me ofrecían su cobijo y su umbría en sobremesas calurosas, en siestas no respetadas, y la asaltan de repente unos versos magistrales de Luis Cernuda:





Y no es el silencio solamente,
La quietud del lugar, quien así lleva
Tu memoria hacia allá, mas la conciencia
De que allí tu vida tuvo su cima.





Te saco de tu vida ordinaria en el parque de costumbre y te llevo a visitar algunos de los lugares más significativos para mí. No me gusta que te quedes estancada siempre en el mismo sitio de juegos, tratando siempre con la misma gente, en tardes idénticas que en realidad son sólo una –todos los fuegos el fuego, dicho en palabras de Julio Cortázar- y en las que no hay cabida a la sorpresa, al conocimiento que otorga recibir con los brazos abiertos una saludable incertidumbre. Soy leal a los lugares y a las personas, mas no fiel, que no es lo mismo aunque lo parezca; por eso me irrita tanto que te sitien en los mismos lugares y te condicionen a ver siempre a las mismas personas cada día: no hay cabida a la sabiduría en la constante certeza, en la seguridad ficticia de que todo y todos permanecerán inmutables, porque los lugares y las personas acaban cambiando y esa dependencia hacia ellos, tarde o temprano, acabará siendo más desgracia que acierto en tu vida. Así que, siempre que el tiempo y el clima lo permiten, te llevo a pasear por el río Henares, por el Parque de los Cerros, por los enclaves naturales de la región, cada vez más deteriorados por la acción devastadora del ser humano. Tal vez sea mi manera de enseñarte que es absurdo y temerario trabajar en contra de la Naturaleza, Dalila, y me siento emocionado y plenamente orgulloso de ti cuando denuncias una botella de plástico flotando en la superficie del río, me felicitas por guardarme en el bolsillo de la camisa la colilla del cigarrillo que acabo de fumarme mientras paseamos, cuando te asombras de descubrir la luna a pleno día o prestas toda tu atención cuando te descubro un nuevo animal que tú no conocías. Los niños sois eco cívicos desde el mismo momento de nacer; desde muy temprana edad entendéis y tratáis a los animales como a vuestros hermanos, vuestros amigos, y no como a criaturas incómodas o sucias que complican los objetivos del hombre o sirven a éste de simple herramienta de trabajo, y la Naturaleza supone para vosotros el escenario ideal de todos los juegos posibles a imaginar; le dais a la luna un rostro y al sauce le otorgáis una potestad de anciano sabio de una ribera o un bosque, tratáis de lograr una agilidad similar a la de un mono, un tigre o un tiburón nunca son para vosotros devoradores de hombres, os hermanáis con el perro y el gato, envidiáis saludablemente el vuelo majestuoso del águila… Luego vendrán algunos adultos a tratar de inculcaros que la Naturaleza es incómoda y engorrosa, que los animales son sucios, obscenos, traen enfermedades y parásitos, que es más divertido molestar al león en la jaula del zoológico, a través de los barrotes, que permanecer en silencio y asombrarse íntimamente de tener la oportunidad de contemplar a semejante animal a una distancia privilegiada, que los recursos están para ser explotados sin darles tiempo siquiera a recuperarse.

La Naturaleza, Dalila, devuelve con creces lo que recibe. No entiendo cómo el ser humano, tan propenso al acto de la venganza (o de esa venganza cívica que llamamos justicia), aún no ha aprendido que la Naturaleza es capaz de la mayor de las venganzas. Tan dadivosa es, tan sabia y agradecida, que incluso el maltrato lo recibe en toda su intensidad para después devolverlo multiplicado, como la inmundicia tirada al mar que las mareas, tarde o temprano, acaban devolviendo a las orillas. Pero el maltrato que nos devuelve, a diferencia del que nosotros le damos, es hermoso: sus desastres y catástrofes van cargadas de una belleza indescriptible, aterradora –un volcán escupiendo ríos luminosos de magma; una tormenta eléctrica de un azul único; un torbellino que somete a las casas y a los coches en la danza loable de su destrucción, su peonza de viento enfurecido trasladándose a través de los erales y las llanuras; un terremoto que resquebraja la tierra o la levanta, consiguiendo pétalos de hormigón como de asfalto floreciendo; un maremoto que insufla proporción y potencia a las olas, activa muros de agua viviente que avanzan imparables y devastan las costas y sus pueblos y ciudades-, tal vez para recordarnos que también nosotros somos hermosos porque somos uno con ella, nuestras vidas que creemos desligadas de otras formas de vida, independientes y superiores al mundo que nos circunda, nos protege, nos cuida o nos destruye, así lo tratemos nosotros a él.

Hace unos días un terremoto ha devastado Japón, provocando varias decenas de miles de fallecidos y desaparecidos. Para cuando tú llegues a leer estas páginas, este hecho tan sólo será una anécdota que ocurrió el año en que tenías cinco de edad. Pero hoy es rabiosa actualidad, y aunque es seguro que en un par de meses habremos olvidado las cifras y las imágenes, las réplicas sacudiendo el mobiliario de las oficinas y el tsunami arrastrando en su avance trasatlánticos y camiones como si de simples hojas caídas y movidas por la corriente de un arroyo se tratase, no puedo evitar pensar a qué desastres tendrá que verse sometida tu generación y las próximas a la tuya, la de tus hijos, la de mis nietos, en qué estado os estamos dejando el planeta que vosotros nos habéis prestado.

No hay comentarios: