"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















martes, 16 de agosto de 2011

Los celos




Una alarma que salta de pronto en el centro del pecho, levantando defensas, accionando resortes, trazando líneas divisorias. La duda insidiosa, la inseguridad expuesta en su faceta más indeseable y obsesiva. Una sensación ingrata de asalto y abordaje, de invasión, de casa tomada, de bárbaros que saquean el santuario, queman el altar y violan a la deidad. Sedición, traición, imaginarias ambas en la mayoría de los casos pero no por ello menos hirientes. Muros de confianza que retornan al barro primero, que se vuelven endebles mientras dura el trance. Fantasmas del pasado que arriban por la seducción y no por la culpa o el arrepentimiento. Los celos.

Soy un hombre celoso. Muy celoso, a decir verdad. Ya, ya sé, no me vengan ahora argumentando lo que no tiene razón de ser: clara muestra de inseguridad, carencia de autoestima, aniquilamiento de la confianza, relación afectiva abocada al fracaso... Y bla, bla, bla. Todo eso, o casi, ya lo puse en el párrafo anterior, y además me consta lo mal visto que está, a día de hoy, en estos tiempos de imbecilidad voluntaria en los que nos preocupa tantísimo ser políticamente correctos y ofender al resto pese a ser, a la práctica y la mayoría de las veces, unos hijos de perra, decir que se es celoso. Pues lo soy. No a mucha honra, claro está, pero sí lo suficientemente celoso para dar prueba de mi amor, entre otras muchas maneras más diplomáticas y placenteras, y para demostrarme que aún tengo sangre en las venas, que me importa la otra persona que he merecido al igual que esa misma persona me merece -un escalofrío me ha recorrido cuando se me ha pasado un momento por la cabeza el escribir "que me importa la otra persona que me pertenece al igual que a esa misma persona la pertenezco", cuando me he visto tentado de utilizar un sinónimo de la palabra "posesión" o similar, por estrictamente literario que sea su sentido, no vaya a ser que se me abalancen los amigos de la demagogia feminista radical y pidan pena de muerte a este tirano machista-, que no soy un pusilánime y me jode que traten de levantarme a la chorva.

Así que dejo a metrosexuales modernos y de postín y a los aliados de las buenas voluntades que rayan la gilipollez el derecho a criticar al hombre de las cavernas que habita dentro de esta gruta oscura y fría que son
mis celos. Todavía recuerdo aquella vez que un amigo, el cual siempre condenaba mis celos como algo retrógrado y opresivo, montó una escenita con su novia de celos. "¿Has visto cómo tú también sientes celos?", le dije. "Yo siento celos cuando tengo motivos...", se defendió. A lo que le respondí: "Si tienes motivos, no son celos: son cuernos."

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