"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















jueves, 28 de julio de 2011

Palabras




Un cigarrillo, una cerveza, el verano afuera y un invierno dentro de mí. Frases hechas, palabras manidas, lugares comunes, poesía de a céntimo la rima, una sensación de hartazgo que no sé, como debiera, trasvasar al papel, una especie de escritura automática atascada en las ranuras entre los pliegues del cerebro que me hace ir de unas palabras a otras escogiendo sinónimos, extrañas asociaciones de ideas, nomenclaturas, calificativos… Calificativos. Qué fácil escupirlos, qué fácil amartillarlos y dispararlos; las palabras se vierten con tanta gratuidad –en un papel, en las conversaciones, en mensajes telefónicos, incluso en la mente y en los silencios con que nos dirigimos palabras a nosotros mismos-, igual que un agua potable salida de un grifo demasiado tiempo abierto de la que desconocemos su auténtico valor. Enviamos palabras que otros recogen, y a un tiempo nosotros almacenamos otras tantas, en una logística de la comunicación, algunas para quedarse por siempre grabadas en nuestro recuerdo.


No es verdad que las palabras se las lleve el viento… Algunas tienen un peso conciso e insoportable, y son como anclas firmemente hundidas en nuestras profundidades. Yo guardo en una caja de tormentas unas cuantas que alguna vez me brindaron. A veces las dejo salir para darme una medida aproximada de mí mismo, o bien, en horas altas, para no reconocerme en ellas. “Me miro a través de tus ojos y veo un monstruo”; “eres una persona muy destructiva”; “te quedarás toda la vida solo”… También las hay de mejores intenciones, claro, benévolas, cariñosas, amables, que aquí un servidor no sólo se ha dedicado a cultivar enemigos, por más que piense que tener enemigos es instructivo y revitalizante y que la persona que no tiene ninguno no suele ser alguien de fiar; pero son las palabras que a uno le dirigen y con las que no está de acuerdo las que más me interesaron siempre, y no es difícil verme sacándolas a pasear, aireándolas en mis noches más solitarias, limpiándolas la bilis de la superficie hasta encontrar al fondo de la mugre esa piedra preciosa que anda siempre escondida en cada crítica. Cuando la encuentro, cuando refulge su brillo especial como la tapa de una lata de conservas vacía en el fondo de la bolsa de reciclaje, doy cuenta a veces de su inutilidad, lo mismo que si alguien tratase de pagar en el supermercado con un diamante; porque no hay nada que pueda decirme que no me haya dicho yo con anterioridad, ni quizá hacerme más daño del que a veces me inflijo a mí mismo. Es sabido que no hay método mejor para desacreditar al que te critica, que haberte criticado tú mismo antes.