"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















domingo, 3 de julio de 2011

Materia luminosa




Me dijiste que estarías esperándome literariamente en el río, y aunque yo tampoco, como el protagonista Horacio Oliveira en la novela Rayuela de Julio Cortázar, te vi detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua, viendo pasar una pinaza color borravino (…y por qué no nos habremos ido en ella cuando todavía era tiempo), ni aquel río era el Sena sino el Manzanares (ni maldita hacía la falta, con esa panorámica de luz espectral a lo lejos del Palacio de Oriente y de la Catedral de la Almudena), me gustó que usases esa palabra, “literariamente”. Luego de desencontrarnos minuciosamente a causa de mi pérdida, en una confusión divertida de llamadas al móvil dándonos cada uno su ubicación exacta, cruzándonos el uno con el otro por el Paseo de Extremadura sin percatarnos, nos vimos y nos abrazamos y volvimos a perdernos (esta vez juntos, en la carretera, hacia el final de la noche, o casi), y mucho después, otra vez en la orilla del Manzanares, pude advertir en tu mirada atenta y observadora, aparentemente fija en ninguna parte, y en tus silencios nunca incómodos –tan difícil entre dos seres humanos que los silencios no resulten incómodos, y así me lo hiciste saber- a la cazadora de historias, a la escritora, pude advertir la disciplina del insomnio de los que no desean bajar la guardia y necesitan vivir desvelados contradictoriamente por un sueño, y entendí de pronto que sabrías entender cualquier circunstancia de mi vida, cualquier defecto, cualquier error que hubiera podido cometer en el pasado, cualquiera de los muchos demonios y fantasmas que se sientan a veces a los pies de la cama y ofrecen un trago o dos de su petaca de la culpa.

Cuántas veces se me habrá reprochado el hacer literatura de mi vida… No me refiero ya a escribir, a dedicarse a una orfebrería de palabras que acaben resultando un proyecto creativo tangible, sino a “ser novelero”, expresión ésa que me irrita bastante porque siempre suelen escupirla con muy mala folla aquellas personas que carecen absolutamente de imaginación, que desdeñan o simplifican el trabajo de los demás, que prescinden por completo, y casi me atrevería a decir que temerariamente, de las virtudes de la curiosidad y el asombro, e incluso a veces miran el mundo con el desprecio o la indiferencia de los que son incapaces de aportar algo a su construcción, a su lógica, necesaria evolución. Pero yo sabía que a ti no te importaría que yo hiciese literatura de toda aquella noche y de la tarde siguiente (e incluso desde tus silencios me dictaste palabras, quizá sin ni siquiera saberlo), ni me tildarías de provinciano en caso de utilizar el Manzanares en vez del Sena como escenario y atrezzo para construir una historia que, como siempre en mi modo de utilizar la escritura como paliativo para el olvido ingrato, atesorase lo que habíamos vivido esos dos días. Uno, que es plenamente consciente de su fragilidad, que sabe de antemano que cada gesto y cada mirada y cada palabra traen consecuencias implícitas, que entiende que desde mucho antes de salir al exterior tras abandonar el refugio cálido y oscuro de la matriz la vida ya está abocada al desastre, que nada sucede por nada, que hay un orden oculto que no alcanzamos a ver la mayor de las veces pero dicta nuestros más mínimos movimientos, ha optado por ir rescatando escenas, acumulando crepúsculos, miradas, sonrisas, entramados de luces nocturnas y urbanitas vistas desde la altura conmovedora de un mirador, rastros espumosos de aviones plateados en el cielo limpio de la mañana o la tarde, lagos desde donde se contempla la vida bullir en el verano y, en definitiva, una materia luminosa que lo ayudase a alumbrar la noche gélida que siempre acaba llegando, bien en la muerte o la ruptura, que es otra forma de muerte porque conlleva las mismas ceremonias, la domesticación de una nueva costumbre en la que el que falta, el muerto o el desaparecido o el abandonado o el que abandona, debe otra vez a aprender a existir.

Dadora sin medida de todos tus matices, con ese exhibicionismo delicioso de los que nos pasamos la vida tratando de ocultar nuestros puntos flacos al resto por eso de tener una cierta ventaja sobre el enemigo, yo sé que al fondo del corredor azul de tus ojos laten el coraje y la valentía de aquellos que saben asumir las consecuencias, de los que, a fuerza de ser castigados, ya conocen de antemano el acorralamiento contra las cuerdas y la impostura de la lona. Hay quien a eso le llama “fatalidad”, ignorando desde el espejismo de su altivez que la caída le llegará tarde o temprano, y que es preciso saber eso para tener a mano un botiquín de consuelos y lenitivos que ayuden a sobrellevar el trance. “Qué ostión nos vamos a dar”, me dijiste. También: “Vamos en un coche suicida, sin frenos y directos al acantilado.” Pero a mí ya nadie puede quitarme el vértigo placentero de la altura antes de caer, ni negarme que disfruté conduciendo ese coche en plena noche, con una mano al volante y la otra masturbándote, mientras tus ojos entrecerrados me miraban y el viento por la ventanilla te arrancaba un mechón de pelo de la cara. Nadie. Lo sé tan bien como que ahora mismo estarás en el río, mirando hacia el agua o con la mirada perdida hacia ningún punto en concreto, hablándome en silencio porque acabo de entrar en tu perímetro visual y me he sentado a tu lado mientras escribía todo esto.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Daría lo que fuera por vivir una noche así,un encuentro tan bonito,un desencuentro tan dulce y un final tan sensual.Este texto es pura magia.Debe tener en realidad algún trocito de Maga.Ostión,pero qué rico.

Monse dijo...

Es, en verdad, "materia luminosa", brillante, diría yo... Excelente, Raúl!! No paro de leerlo...

Almudena dijo...

Mágico, ese ámbiente que denominas provinciano, no es otra cosa que magia. Magia que envuelve, la realidad de las cosas. Yo también tuve una historia de silencios y abrazos en el Manzanares... Así, que... No puedo decir, más que "Fantástico".

"...ese exhibicionismo delicioso de los que nos pasamos la vida tratando de ocultar nuestros puntos flacos al resto por eso de tener una cierta ventaja sobre el enemigo..."