"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















jueves, 21 de julio de 2011

Carta a un suicida




Hoy soñé contigo de nuevo. Decir que fue un sueño extraño sería recalcar lo obvio; no conozco ninguno que no lo sea, y además no lo voy a narrar aquí porque considero que no hay nada más aburrido como que alguien te cuente sus sueños. Llevábamos años sin mantener contacto cuando te hiciste desaparecer, y la noticia de tu despedida me llegó de casualidad y por terceros, aunque a tiempo para que pudiera asistir a tu funeral vertiginoso e irreal, donde nadie te veló y en el que casi no se nos dejó a los presentes contemplar siquiera tu cuerpo sin vida, apenas diez minutos (y no en una sala de velatorio, sino en una antesala del tanatorio, grande y de luz fría de fluorescentes, que de no ser porque no vi ningún vehículo habría jurado que se trataba de las cocheras donde se estacionan los coches fúnebres y de duelo), tiempo más que suficiente para que un escalofrío me recorriese de pies a cabeza y para que pudiera doblar el espinazo ante tu ataúd y darte un beso en la cara, que casi se diría que esgrimía un gesto placentero, en el que parecía que se asomaba una sonrisa taimada a la tersura violácea de tus labios, y que, imagino (o quiero creer), debe ser el ademán de quienes al fin dan por concluida una tarea larga, pesada e ingrata, que en tu caso fue la vida misma.

Como digo, llevábamos años sin mantener contacto –la escasa información que me llegaba de ti era a través de otras personas, a menudo difusa y desactualizada-, pero cuando aún vivías yo soñaba a menudo que hacías lo que años después acabarías haciendo, y ahora que ya no vives sueño que estás vivo todavía y que vas a volver a quitarte la vida, que te despides de nosotros, no por carta como hiciste en la realidad (esa carta que nunca nadie me dejó leer y en la que, según dicen, detallabas los motivos por los que no sentías ganas ya de vivir: el escarnio, la vergüenza, la culpa, esos agentes de la tiniebla que asaltan más a las buenas personas que a las malas –las malas personas no los sienten, o los sienten y los ignoran, seguras de su impunidad, sobre todo la que ellas mismas se brindan, y si algo tengo cada vez más claro es que las malas personas son las que siempre, en cualquier circunstancia, duermen a pierna suelta- en las peores noches que nadie debería merecer y las hacen quizá sobresaltarse en plena madrugada, sentarse al borde de la cama, tal vez encender un cigarrillo, beber agua, secarse el sudor de la frente y tratar de respirar con calma…), sino en persona, uno por uno de todos nosotros, tus familiares y amigos y allegados, como alguien que se marchase a una guerra cruenta y de tiempo indefinido de la que tiene la certeza que no va a regresar.

Decía Nietzsche que pensar en el suicidio es una forma de controlarse y ayuda a pasar más de una mala noche. Lejos de estar de acuerdo con esa reflexión lapidaria e inmediata, sí diré no obstante que yo también, en alguna época de mi vida, pensé en la idea del suicidio. Ni que decir tiene que mi desmesurado miedo a la muerte me impediría cometer tal acto (aunque los libros de psiquiatría afirmen que el proceso por el que pasa un suicida hasta que consigue su propósito transcurre por diversas fases, que empiezan precisamente por un miedo exacerbado a la muerte y acaban por la visualización en su mente de su propio cadáver, con todo lujo de detalles), y que aun padeciendo tristezas insufribles una vez por semana (entiéndase la ironía) soy de los que prefieren ser matado que muerto en esta vida. Pero esta actitud no desacredita mi denuncia hacia la opinión de esas personas que consideran que el suicida es un cobarde. Creo más bien que el que afirma tal cosa con toda gratuidad, sin haberse visto acorralado por las vivencias peores que nadie puede merecer –o puede creer que se ha visto acorralado, ignorando que todo, siempre, por muy malo que ya sea, puede ir a peor-, sólo trata de ocultar su incapacidad para, en el hipotético caso de que llegase el momento decisivo, mostrar dignidad y acabar con su propia vida, disfrazando de valentía y capacidad de lucha su temor a mirar directamente a los ojos del abismo. Porque el suicida me parece digno, honorable; comete un acto de amor propio, considera que no merece esa existencia y prescinde de ella, inicia una revolución personal para terminar con lo que le produce dolor, para aniquilar lo que le está aniquilando, en este caso la vida misma. Es una victoria precisamente de la existencia que quiere vapulearlo el que el suicida acabe con su vida, pero una victoria a medias, como la del soldado que muere mientras mata, cargada del orgullo y la honorabilidad del escorpión que prefiere clavarse el aguijón antes que ser pasto del círculo de fuego, del delfín que decide por cuenta propia varar en la playa antes que ahogarse entre residuos, del samurái que se hará el harakiri antes que concederle a sus enemigos el placer de matarle.

Fue tu funeral presto y extraño, tenebroso, irreal, de noche, secreto, donde apenas se nos dejó ver tu cuerpo sin vida para que no reparásemos en el mal estado en que quedaste, como imagino que serían las ceremonias funerales en esos corrales de los muertos de hace cincuenta o sesenta años donde sólo se enterraba a los suicidas a los que Dios no acogería en su gloria por tomar una decisión que no les correspondía a ellos mismos tomar, pese a tratarse de su propia vida. No lloré, creo recordar, aun cuando incluso lloro hasta en los funerales de esas personas que no me tocan de cerca, y a los que uno va por compromiso o por alentar a otra persona que sí nos importa realmente, quizá por esa cita de John Donne que dice: La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti. No sé si la razón de que yo no llorase aquella noche, contrario a mi emotividad, tenía que ver con el estado de irrealidad que viví a raíz de saber de tu muerte y sus motivos, pero yo quiero pensar que no lo hice por respeto a la decisión que tomaste, la idea elaborada y meditada del verdadero suicida y no de aquellos que se quitan la vida una vez al mes, procurando que sus intentos siempre sean fallidos o forzando las circunstancias para que les sean propicias y que alguien pueda salvarles en el último momento, como el imbécil que se tira desde un primero o el niño que decide aguantar la respiración, enfurruñado con el mundo. Y en ningún momento, mientras cerraban la caja y veía por última vez tu rostro, sereno y relajado, se me ocurrió pensar que eras un cobarde.

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