"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















jueves, 16 de junio de 2011

Tierra (relato corto de Palo Rodríguez Ortega)

Fue culpa del olor de la tierra mojada.

Había llovido toda la noche y al abrir las ventanas del amanecer ese aroma acre me azotó con fuerza, mezclado con los olores del mar lejano. Desde que apenas levantaba un palmo del suelo he encontrado tremendamente erótico el olor de la tierra húmeda, reconociendo en él el hálito remoto del animal en celo. Así que de ventana a ventana , le hice un gesto imperceptible con la mano. Yo siempre había querido ser escritora, él siempre había querido follarme. Con los nervios de la niña que corre a abrir un regalo, bajélas escaleras y dejé una nota en su buzón:

"La puerta está abierta. Ven. Entra."

Volví a casa y me puse a escribir. A intentarlo. Cuando la imaginación se desboca es imposible anudarla, y una sucesión de imágenes tórridas se paseaban por mi cabeza y mi entrepierna. No llevaba ropa interior, quería oler igual que la tierra. Una vez, en medio de una tormenta, presa de la locura me metí un puñado de tierra en la boca. Si ahora pudiera, iría metiendo puñaditos en cada recoveco de mi cuerpo.

Sonó la puerta al abrirse con un extraño quejido que me erizó la piel. La habitación en penumbra recortaba mi silueta entre las sombras de la pared. Escuché sus pasos y sólo alcancé a levantarme de la silla. Ni siquiera volví la cabeza, podría ser cualquiera. Yo sabía que era él. Sentí su nariz perdida en mi nuca, la incipiente barba rasgando la piel del cuello, el calor de la nuez de Adán delineando mis clavículas. Entre los dos levantamos, casi rompimos, mi falda. La suave curva del pene acarició mis nalgas. Casi dolía. Doblándome sobre el escritorio me presenté a él como una ofrenda. Mientras se abría paso a mi cuerpo, a lo lejos, gritaban las gaviotas. Gemí rompiendo el silencio de mi habitación mientras él empujaba agarrando mi pelo, que se derramaba sobre su pecho. Mordía mis hombros como si quisiera comerme y su saliva caía mezclándose con mi sudor y la tinta de mis manos. Eyaculó y se quebró sobre mi cuerpo, dejándome tendida, bajo su peso, en mi mesa de trabajo que olía a cera para muebles y a sexo profano. El orgasmo me supo a sal y a caracolas. Salió de la alcoba tal como había entrado, en silencio... Sobre mis papeles, su semen, brillante, emborronaba mis letras. Con un dedo lo llevé hasta mi nariz y aspiré, olí con fuerza. No tuve ninguna duda. Olía a tormenta. Y el océano bailaba dentro de mi boca...

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