"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















sábado, 7 de mayo de 2011

Primera vez




Le entusiasmaban los estrenos, la primera vez de cada experiencia y cada acontecimiento de la vida que hubiera de sucederle o ya le había sucedido. Sin embargo, esta predilección suya tan arraigada por la novedad que conlleva la primera vez de cada cosa vivida o aún por vivir en el glosario de una existencia no casaba en absoluto con su carácter incurablemente aprensivo, en el que los hechos repentinos o inesperados incidían de manera negativa, logrando derribar la barrera de seguridad interpuesta por el seguimiento riguroso, casi disciplinario, de una rutina y unas costumbres inquebrantablemente anodinas, agravando así su hipocondría y sus muchos miedos imaginarios. Soportaba no obstante esta turbadora dualidad por tratarse de la primera contradicción que se permitió en lo que él creía sus “férreas convicciones”, y le ganaba el estómago una cosquilla de gozo cuando se congratulaba recordando la primera vez que se percató de ella.

Así llegó a resultar consuelo y lenitivo, en sus noches más aterradoras –aquéllas en las que el sueño no entraba en él y empezaba a dejar volar insanamente la imaginación, suponiendo para sus seres queridos o para sí mismo, de modo ridículamente catastrófico y victimista, enfermedades terminales o extrañas o de diagnóstico erróneo y negligente, atendiendo a las señales ficticias y a cualquiera de las innumerables sensaciones cenestésicas que le llegaban desde su corporalidad y anunciaban una muerte que llegaría en cualquier momento pero que nunca, finalmente, había llegado a la mañana siguiente-, el ejercicio de recordar todas las primeras veces que la vida le brindó la oportunidad de experimentar, y aun incluso de ése otro que le hacía incurrir en placenteras ensoñaciones en las que vivía, por un momento y con todo lujo de detalles, las primeras veces que todavía habría de depararle el futuro (en caso de que esa muerte inmediata, que él predecía casi a diario, fuese nuevamente ficticia o incierta). Le complacía sobremanera rememorar, por ejemplo, los pormenores de la primera vez que tuvo relaciones sexuales, no ya cuando se desvirgó a los quince años con aquella primera novia suya tan formal y mojigata (que, por qué no decirlo, también), sino cuando algún tiempo antes de ese estreno él y una vecinita que tenía entonces habían asistido a los juegos sexuales y magreos previos. De igual modo, abrazado a la almohada en el espanto de su aprensión nocturna, se satisfacía evocando la primera vez que se puso frente a un volante y condujo un automóvil –la sensación renovada de libertad e independencia, la inercia agradable de la velocidad creciente, el aire veraniego colándose por la ventanilla abierta del conductor-, y lo mismo le ocurría cuando recordaba la primera vez que se fumó un cigarrillo, hasta el punto de que cuando su pavor le impedía continuar tumbado en la cama, esperando una muerte que no terminaba de llegar pero siempre se le revelaba inmediata e indudable, y se levantaba para aplacar un poco la ansiedad fumando, no se tragaba el humo por sentir otra vez esa reminiscencia del sabor primero del tabaco, del primer pitillo que se encendió en su pubertad.

Nunca acababa de llegar esa muerte, pero casi todas las noches él sentía señas inconfundibles de ella: un hormigueo impreciso en su brazo izquierdo, una irregularidad en su ritmo cardíaco, una falta repentina de aire, una opresión creciente en el pecho… Indicios todos ellos que su parte lúcida y serena, cabal, atribuía a un ataque de ansiedad y no a un improbable infarto. Pero esa noche era diferente; ya no cabía duda, por más que la voz impertinente de su sentido común le hiciese tratar de entender que esa misma certeza fatal la sentía cada noche sin que al final ocurriera nunca nada, excepto quizá la sensación de ridículo a la mañana siguiente por haber perdido de aquella manera los nervios y haberse dejado manipular tan fácilmente por un miedo absurdo e infundado. Esa noche era diferente, sin lugar ya a dudas: no era un hormigueo impreciso lo que recorría su brazo izquierdo, sino un auténtico adormecimiento de toda la extremidad; a su corazón le faltaban latidos por momentos, renqueando como el motor polvoriento de una vieja tartana; boqueaba como una de esas carpas de los estanques públicos que solicitan comida asomadas a la superficie, intentando acaparar todo el oxígeno que fuese posible; en el pecho tenía una losa que ya sugería terriblemente los detalles y el veteado del mármol que alguien escogería para su lápida, en cuanto se localizara su cuerpo sin vida y corriera la noticia de su muerte repentina e inexplicable. No cabía duda, y llegado a ese punto de no retorno lo único que deseaba él –su última voluntad- era morir con dignidad, serenamente, asimilando el fin de su vida con valentía y estoicismo; que los demás, sus familiares y amigos y allegados, llegasen a saber o siquiera a sospechar que había muerto neutralizado por el miedo, rogando deshonrosamente por su vida con el rostro inundado de lágrimas, para él resultaba un desenlace aún peor que su propia muerte. Trató entonces de infundirse valor a sí mismo, de serenarse en la desolación, evitando pensar a toda costa en todas esas personas que dejaba y en todas esas cosas que aún no había vivido, ni viviría ya, y procurando no arrastrar hasta el nicho o la tumba que ya lo esperaba sin saberlo el lastre del pudo ser y no fue, centrándose sobre todo en esas cosas que sí había tenido el privilegio de vivir, de experimentar, y haciendo un rápido recorrido de toda su existencia mediante una cadena vertiginosa de imágenes, escenas y recuerdos que, como suele decirse manidamente, es la vida entera y el cómputo total de la existencia pasando frente a uno cuando la muerte lo sorprende.

Supo así que si existía una sola manera de tratar de lograr valor o al menos calma durante ese último trance, sería recordando todas las primeras veces que su vida tan breve le permitió experimentar. De ese modo se vio por un momento recapitulando, en tanto que trataba de respirar con normalidad y contener las náuseas que le subían a la garganta y secarse el sudor frío de la frente, cada una de las primeras veces que vivió a lo largo de la vida, hasta que llegado a cierto punto muy avanzado de su ejercicio retrospectivo cayó de pronto en la cuenta de que aquélla era la primera vez que se moría de verdad. Entonces se tumbó en la cama, con una mano crispada cerrándose en torno a esa parte del pecho donde está ubicado el corazón, y se dispuso a disfrutar de la experiencia.




3 comentarios:

Anónimo dijo...

Sin palabras.Quizá esta ha sido también una de mis primeras veces.No es fácil sentir cada palabra ajena como si hubiera brotado de tus dedos,de tus tormentos.Grande,muy grande,amigo.(La Mirla :))

Raúl Viso dijo...

Muchísimas gracias, Mirla. ;)

Almudena dijo...

Soy hipocondriaca. Y tienes capacidad de descripción, has escrito situaciones para mí muy reales y que descibren a la perfección un hecho real. Enhorabuena-