"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















jueves, 12 de mayo de 2011

Cuánto rock puedes soportar. Primera parte: 2. "La importancia de llamarse Patricia"

Uno puede cantarle a la libertad con varias octavas de emoción en la voz, hacer un graffiti de grandes letras negras y solemnes con esa palabra tan truculenta y relativa en el basamento o el pedestal de cualquier monumento con el que se sienta ofendido, dejarse el pelo largo y armarse de una guitarra y un perro para patearse las calles y así considerarse un espíritu libre, montar su propio festival de Woodstock, quemar su sujetador, subir el volumen de la música a toda leche para joder al vecino mojigato que siempre anda recordándote que no acudes a las reuniones de la comunidad, colgarse del cuello un collar de perro o una cadenita con una cruz invertida, gritar agresivas consignas contra el orden establecido, mudarse al campo y criar pollos y recolectar lechugas, emanciparse dando un portazo y “ahí os quedáis, carcamales”, irse a vivir a una casa okupa e incluso escribir con “k” las palabras que en realidad se escriben con “c” o con “q” por sentirse más lejos ideológicamente del opresor que te impone sus normas (aunque sólo sean ortográficas), pero con el tiempo he aprendido dos cosas respecto a esta palabra más manoseada que la madre de mi hija: la primera es que, por norma general, las personas que más libres dicen ser y más tiempo de su vida gastan en tratar de demostrarlo, son precisamente las que menos lo son; la segunda, que la forma más elemental y concisa, el signo que más representativo es de ese estado de ánimo –al fin y al cabo la libertad no es más que eso, a poco que uno lo piense detenidamente- no es ninguna bandera, ni tampoco unos dedos índice y corazón puestos en forma de “v” para la foto de rigor y los grandes titulares, ni tan siquiera una estatua que sirva de centinela impertérrito de algunas descomunales metrópolis, sino un retrete, un reluciente y frío retrete que sea propio, en el que poder sentarse tranquilamente cada mañana a evacuar mientras lee la nueva novela de Philip Roth, por ejemplo, o le echa un vistazo al último número de la Rolling Stone, agradeciéndole a la revista que haya degenerado hasta el punto de sacar a actrices porno en sus portadas en vez de a rockeros y pensando en cómo te vas a masturbar en honor a su director, cosa que haría de muy buen grado si mi hija no llevase un minuto ya aporreando la puerta y metiéndome prisa para que salga del cuarto de baño porque tiene que arreglarse para marcharse al instituto.


-¿Qué quieres, Patti? –digo al fin, resignado.

-¿Tú que crees? Llego tarde. Y te he dicho un millón de veces que no me llames Patti. Me llamo Patricia –oigo su voz ofuscada a través de la puerta cerrada.

Se llama Patti, en homenaje a la cantante y poetisa Patti Smith. Así acordamos llamarla su madre y yo. Pero ella, en el último momento, cuando ya nos encontrábamos frente a la ventanilla del Registro Civil, le dijo al funcionario que el nombre era Patricia, justo una semana antes de largarse con otro tipo y dejarme al cargo de un bebé de días. Y yo no tuve ganas de discutir, ni en la oficina de registro ni en los días posteriores a su marcha; ni siquiera me molesté en llamarla por teléfono para recriminarla por su traición. Hace ya mucho que me di cuenta de que discutir es una pérdida de tiempo y energía: mejor decir “sí” a todo, estar con todo de acuerdo, y luego hacer precisamente todo lo contrario a lo que se había acordado. Es un método que me va muy bien, me ahorra muchos disgustos y, además, les produce úlceras a mi encargado y a mi jefe de almacén, lo que supone un motivo más, bastante reconfortante, para seguir utilizándolo.

-De eso nada, guapa. Te llamas Patti.

-En el Libro de Familia pone Patricia, listillo.

-¿Eso pone? ¿En serio? –me hago el tonto, claro, aunque eso ya lo sabe mi hija.- Primera noticia… Supongo que tu madre se tiraría al funcionario del Registro Civil para que escribiese lo que a ella le diera la gana –respondo, mientras tiro la revista al suelo y cojo el rollo de papel higiénico para limpiarme el culo.

Vale, me he pasado de la raya. (Esto es algo que me ocurre a menudo: abrir la boca más de la cuenta y luego, casi automáticamente, arrepentirme por ello. Es algo que estoy tratando de corregir… Lo del arrepentimiento, quiero decir, no lo de abrir la boca.) A Patti no la sienta bien que yo mencione la vida disoluta y promiscua de su madre, aunque la abandonase siendo sólo un bebé y la haya visto únicamente tres veces en sus dieciséis años de vida. Pero es que no entiendo la importancia que tiene para ella el que yo prefiera llamarla Patti en vez de Patricia; nunca me ha dado una razón argumentada de por qué debería llamarla así y no del otro modo.

-Papá…

Lo ha hecho a propósito: no me gusta que me llame papá. Prefiero que lo haga por mi nombre propio; me hace sentir más joven, aunque sólo tengo treinta y seis años, me conservo bastante bien y nadie puede decir que sea un viejo. Nadie, excepto Patti. Aunque, contradictoriamente, también me tache de inmaduro.

-¿Si, hija? –la digo en tanto que me subo los pantalones y me abrocho.

-…eres un cabrón.

Quito el pestillo y abro la puerta de un tirón, cabreado, todo casi en un mismo movimiento. Patti se echa hacia atrás, pega la espalda a la pared del pasillo. La he asustado. Me relajo, me tranquilizo aunque me enfurece que defienda de ese manera ciega a una madre que en realidad nunca tuvo. Al final, me limito a ponerle un dedo índice delante de la cara y la digo:

-A ti no te gusta que te llamen Patti, ¿no? Bien. A mí no me gusta que me llamen papá.

Me aparta de un empujón y se encierra en el cuarto de baño a llorar. A través de la puerta la oigo maldecir por el mal olor, blasfemar porque no he abierto la ventana ni he utilizado el ambientador ni la escobilla.









Llego tarde al trabajo. Es la segunda vez esta semana que llego tarde, y la quinta en el mes. El motivo es un atasco en la Autovía del Nordeste que ha vuelto a confirmarme que El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde no es sólo una novela de un tío llamado Robert L. Stevenson, y que al ser humano contemporáneo no le hacen falta brebajes que lo transformen en un ser malévolo, más feo que un pie sin uñas y con una carga considerable de mala leche; para eso basta con que a uno lo dejen frente a un volante, lo pongan en el asiento del conductor de un coche y lo sitien en un atasco. Para colmo, el vigilante de seguridad del recinto no quiere abrirme la barrera. Está mirándome desde su garita, impasible a pesar de que le he tocado el claxon ya varias veces, con esa cara que se gasta, imberbe y como reblandecida por el aburrimiento a causa de sus turnos insufribles de dieciséis horas seguidas abriendo y cerrando la dichosa barrera. Aun así, pese a tratarse de un trabajo simple, rutinario e insustancial, se lo toma con una profesionalidad desquiciante. Al final, acaba gritándome por la ventanita de la garita:

-¡La matrícula! O si no, no pasas.

Todos los trabajadores tenemos la obligación de llevar en el coche, en una zona de fácil visibilidad –preferiblemente, en el salpicadero- un cartón plastificado con la matrícula de nuestro vehículo impresa al lado del emblema de la empresa, a fin de llevar un control riguroso sobre quién entra en el recinto de trabajo y a qué hora, evitando así el acceso a personas ajenas sin necesidad de andar parándolas y preguntándolas adónde van. Estos cartones también se reparten a los familiares o amigos de algunos trabajadores, en caso de que éstos no tengan vehículo propio y deban ser traídos por otras personas. Mi cartón está en la guantera, con lo que no me costaría ningún esfuerzo sacarlo y enseñárselo, o bien colocarlo sobre el salpicadero para que él lo vea desde un primer momento a través del parabrisas y me abra la barrera, sin más, en cuanto el morro de mi coche se asoma al recinto. Pero es que me gusta hacer un poco más atractivas las soporíferas funciones de ese inspector de policía venido a menos. Acciono el elevalunas y le digo con mucha sorna:

-¿Qué pasa, majete, que no me conoces después de diez años trabajando aquí?

-Razón de más para que ya conozcas las normas de la empresa y las acates. Todos los días me dices lo mismo y todos los días te doy la misma respuesta, joder, que pareces un crío…

-No te sulfures, hombre, que te va a subir la tensión y tu cardiólogo te va a castigar sin postre… -Abro la guantera, saco el cartón plastificado y lo agito jovialmente con una mano por fuera de la ventanilla.- ¿Contento?

Sin decir nada más, y con cara de pocos amigos, me abre la barrera. En cuanto comienza a elevarse, meto primera y suelto el embrague al tiempo que piso el acelerador, avanzo un par de metros –lo justo para rebasar la barrera-, me detengo otra vez y de nuevo le toco el claxon.

-¿Se puede saber qué coño quieres ahora?

-Darte recuerdos de tu señora. Mientras me preparaba el desayuno esta mañana me ha dicho que eras un capullo encantador, a pesar de ser un cornudo. Esa mujer te adora, tío, de verdad. Nunca estaré a tu altura.

Le veo salir precipitadamente de la garita, apretando la mandíbula y con una mano cerrándose en torno a la porra que lleva en el cinto. Aguanto un poco parado, con el motor al ralentí. Cuando ya le tengo casi encima de mi coche, arranco haciendo ruedas y salgo disparado hacia la última nave del recinto, esquivando tráileres que maniobran y aculan en los muelles de carga, en tanto que por la ventanilla abierta le saco un dedo corazón.









-Llegas tarde. Es la segunda vez esta semana, y la quinta en el mes –me dice mi encargado mientras saco la tarjeta de la cartera y ficho.

-Cuéntame algo que no sepa. Buenos días, ante todo –digo, exagerando un bostezo.

-Buenos días y un huevo. Tengo a dos carretilleros de baja, a Benji cabreado porque aún no se le ha cargado y a los de arriba echándome a los perros porque no sale el trabajo. Pero no voy a discutir contigo tan de mañana… Ya se encargarán de ponerte en tu lugar los de Recursos Humanos cuando te quiten dinero de la nómina o te sancionen con varios días de empleo y sueldo.

-Chupi. Vacaciones por la cara…

-Tú estás buscando que te despidan, ¿no es así, Quique?

No digo nada. Aparto mi mirada y la enfoco hacia el muelle número diez, donde Benji, un camionero interno de la empresa al que conozco bien y que se da un aire al vocalista de Meat Loaf, levanta el brazo y me enseña su reloj de pulsera para hacerme entender que está perdiendo la paciencia. Aparto la mirada también de Benji y vuelvo a posarla en Jaime, el encargado, que mueve la cabeza negativamente, con gesto de decepción y cansancio. Es un buen tío, y el mejor encargado que haya tenido en toda mi vida laboral; si sacas tu trabajo adelante, no te molesta en toda la jornada ni anda encima de ti, e incluso hace la vista gorda cuando entre las estanterías y los palets me enciendo algún cigarrillo, pese a que está taxativamente prohibido fumar en todo el recinto. No se merece el trato que a veces le doy, pero es que últimamente todo funciona mal en mi vida y yo sólo puedo pensar en mi hija, en su habitual descontento, en sus continuos reproches hacia cualquier cosa que digo o hago y en su defensa cerril hacia una madre a la que apenas conoce y que nunca se ha ocupado de ella.

-No sé qué te pasa, Quique –vuelve a hablar Jaime, sacándome de mi momentáneo ensimismamiento-, y ni sé si quiero saberlo, pero necesito que cojas el toro, cargues a Benji lo más rápido posible y te presentes en la puerta de mi oficina en cuanto acabes. Quiero que conozcas a alguien. Vas a encargarte de enseñar al nuevo carretillero.

Estoy a punto de protestar, diciéndole que a mí no me pagan para enseñar a nadie, cuando Jaime hace un gesto tajante con la mano y me dice:

-Ve a por el toro. Ya. Cagando leches.

Entonces yo comienzo a andar por uno de los numerosos pasillos atestados de estanterías, maldiciendo en dirección al cuarto de máquinas y cargadores y pensando en por qué mi hija me odia y todo el jodido mundo se me parece a alguna estrella del rock.

Continuará...

1 comentario:

Almudena dijo...

Esto puede ser otra novela Raúl. Es muy bueno y engancha.