"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















lunes, 9 de mayo de 2011

Cuánto rock puedes soportar. Primera parte: 1. "Yo sólo quería ser una estrella del rock"

Yo sólo quería ser una estrella del rock, un embajador del Jack Daniel´s, un coleccionista de sensaciones –por así decirlo-. Ya saben, los tópicos al uso: cuero ceñido y lentejuelas, champán y barbitúricos, velocidad, sexo y trayectoria, vivir deprisa y morir joven, tomar algunas curvas como se toman algunas drogas, dormir en la carretera, erigir un hogar cada noche en cualquier habitación de hotel… It´s only rock n´ roll, but I liken. (Oh, yeah!, etcétera.) Soy plenamente consciente de que decir este tipo de cosas a cierta edad como la mía puede sonar frívolo e inmaduro, cuando no ridículo (a no ser que uno sea Mick Jagger, claro está), tal como se emperra en decirme Patti, mi hija, pero en aquella época era lo que más deseaba en el mundo. Creo que en mi adolescencia no hubo más inquietud que ésa, no hubo la confusión ni la búsqueda incansable, aunque inverosímil y sin rumbo, que muchos presuponen en esa etapa turbulenta de la vida, ni tampoco demasiadas preguntas (con respuestas o sin ellas), ni grandes angustias existenciales, ni mucho menos la muy frecuente humedad cálida y viscosa, amarillenta en la inmaculada sábana de la madrugada y las buenas costumbres, con que algunos amigos míos firmaban, noche sí y noche también, sus obsesiones tras la caricia prolongada y a contrapelo del onanismo. Yo sólo quería ser una estrella del rock. Ni más, ni menos. Eso es todo.


Formé mi primera banda apenas cumplidos los dieciséis años, en 1.991, el último año en el que se vendieron en España más discos de vinilo que compactos. Se llamaba Algunas Madres Muertas, no me pregunten por qué ni traten de hallar trasfondos oscuros o disertaciones freudianas en ello. Si no recuerdo mal, el nombre lo cogí prestado de un relato que había escrito un colega de aquella época, Raúl Viso, un colgado triste y agnóstico que quería ser escritor a toda costa y que estaba demasiado embebido con las lecturas de Poe, Nietzsche y Baudelaire como para llegar a lograr su propósito. Leí el manuscrito (más por compromiso que por gusto, porque siempre andaba acosando con sus textos a todo el mundo a fin de conseguir opiniones sobre su estilo, aunque la mayoría de los que nos juntábamos entonces no teníamos ni pajolera idea de literatura), me gustó el título –el resto me pareció una mierda más oscura que la piel de Chuck Berry- y me lo apropié, sin más misterio. Porque siempre he sostenido que una buena banda de rock ha de tener no un nombre, sino el nombre. ¿Qué habría sido de bandas como The Rolling Stones, Guns n´ Roses, Led Zeppelin, entre otras muchas, sin esos nombres tan cojonudos? Muy cierto que lo verdaderamente importante de un combo rockero es la música que compone y ejecuta, pero firmar canciones grandiosas llamándose “Los Cantos Rodados”, “Pistolas y Rosas” o “Zepelín de Plomo” ayuda bastante a encontrar el rastro de cocaína que conduce al estrellato.

El caso es que, con nombre cojonudo o sin él, mi primera banda no alcanzó ni los seis meses de vida. En ese periodo de tiempo apenas dimos dos conciertos, y digo apenas porque el segundo concierto ni siquiera llegamos a finalizarlo: a la mitad de la actuación solté el micro –yo siempre he sido vocalista- y, allí mismo, sobre el escenario y ante un público escaso, variopinto y visiblemente aburrido, me lié a puñetazos con Ramón, el único guitarrista de la banda, un heavy trasnochado y narcisista que se creía con derecho de criticar todo lo que los demás miembros hacíamos simplemente porque: a) era el único de nosotros que recibía formación musical académica; b) su padre era el propietario de la plaza de garaje que nos hacía las veces de local de ensayo; c) su melena era lisa y negra como ala de cuervo (hasta el extremo de que, visto de espaldas, el muy degenerado parecía una tía) y, según él, era el que más ligaba de la banda, pese a que sufría un acusado estrabismo que le permitía mantener un ojo fijo en los trastes de su horrenda guitarra, con forma de hacha, mientras que con el otro ojo nos vigilaba avizoramente en busca de posibles errores que pudieran desbaratar la pieza musical que estuviésemos ensayando en ese momento. Le soportábamos porque, a pesar de todo, era un buen guitarrista. Pero aquella tarde de nuestro segundo y último concierto se pasó de la raya: el muy palurdo se dedicó, al finalizar la tercera canción de nuestro breve set list, a gastar bromas despectivas sobre mi forma de cantar y mi indumentaria a través del micrófono que él usaba para hacerme los coros. La poca gente que vino a vernos no entendía nada; los gestos de sus caras oscilaban entre el aburrimiento y el estupor, aunque eso a Ramón no le importaba en absoluto: su sobreactuado ego no le permitía ver el ridículo que estaba haciendo, y dijo sandeces como las siguientes:

-Muy bien, gente. Y tras el tercer tema me gustaría presentaros a nuestro líder –y la palabra “líder”, más que decirla, la paladeó con mucha sorna, separando a propósito sus dos sílabas para que quedase constancia entre el público del sarcasmo de sus palabras-, un grandísimo vocalista que probablemente os estará recordando a Robert Plant… si Robert Plant cantase como si le estuvieran pisando los cojones.

No dije nada. Me limité a acercarme al pie de mi micrófono como si fuese a decir algo, y luego le miré en silencio y sonreí ampliamente, con la mejor sonrisa que fui capaz de lucir después de lo que acababa de oír. Entonces él, aún más envalentonado por la omisión de mi réplica, volvió a acercar la boca a su micro y dijo algo acerca de que mi envidiable buen humor –así es como lo dijo, el hijoputa- era solamente igualable a mi capacidad asombrosa para vestir como un hortera, mirando al público con su ojo estrábico y guiñándome el otro en un ademán de falsa fraternidad, de complicidad y colegueo entre músicos que conocen muy bien la fórmula del humor para ganarse toda la expectación posible. Volví a sonreír. La gente se mantuvo en silencio, en el único momento en que el público mostró verdadero interés por nuestro show, de pronto roto por las risitas ahogadas y entrecortadas de algún gilipollas. Acto seguido, solté el pie del micrófono y me abalancé sobre Ramón con tanto impulso que ambos perdimos el equilibrio y caímos sobre las tablas de madera del angosto escenario, enredándonos de paso con los cables que iban de los amplificadores a la guitarra y a nuestros respectivos micrófonos. Nos levantamos casi a la misma vez: yo desembarazándome de la maraña de los cables y a la espera de que Ramón contraatacara; él lloriqueando por los arañazos que su ridícula guitarra había sufrido en la caída, acariciando su superficie como al lomo de un cachorro indefenso y abrazándola contra su pecho igual que si se le hubiera caído un bebé de entre los brazos. Aquello fue lo que terminó de enfurecerme. Ni siquiera su estrabismo pudo prevenirle: la primera hostia que le calcé casi hizo que el instrumento le orbitara alrededor de la cintura; la segunda lo sentó de culo, justo después de que el público se arrimase al escenario y comenzara a jalearnos para ver si nos arrancábamos la cabeza el uno al otro; la tercera se la propiné de rodillas sobre su pecho (y su mierda de guitarra), y fue la que acabó de noquearle. Un par de chicas del respetable, a las que Ramón había estado sacando la lengua lascivamente y haciendo gestos obscenos con su guitarra durante la actuación, como si el instrumento fuese una prolongación de su pene, emitieron grititos histéricos de júbilo y aplaudieron satisfechas mientras el resto de personas allí reunidas iban dispersándose y guardando un silencio repentino, sin duda causado por la recriminatoria presencia a mi espalda del director de la asociación juvenil que nos había contratado por apenas unas cuantas consumiciones gratuitos –sin alcohol, sobra decirlo-, un antiguo seminarista que se parecía indecentemente a Johnny Cash y que me llamó macarra, me agarró por la pechera y me echó del lugar sin darme tiempo siquiera a recoger mi humilde equipo.









Qué abismo ingrato e inabarcable puede llegar a abrirse entre lo que uno cree que llegará a ser cuando alcance cierta edad y lo que se acaba siendo en realidad cuando esa edad ya lo ha alcanzado a uno; qué callejero turbio la vida, tramado a partes iguales por azares y errores cometidos, donde uno nunca sabe con certeza en qué esquina tiene que torcer ni con quién o con qué se va a encontrar a la vuelta de la misma; qué hilos sueltos del destino desmadejado, espejismo disuelto del futuro próspero que uno suponía para sí mismo con la vanidad y la impertinencia de la juventud, que pone a vender enciclopedias a quien a los quince años se pensaba merecedor del premio Nóbel, que le coloca una pistola de hacer tatuajes entre las manos a quien quizá debería estar exponiendo en una galería de arte, que monta a una rockstar a lomos de una carretilla elevadora, como yo ahora en el oscuro y polvoriento almacén donde trabajo moviendo de un lado a otro y ubicando las últimas novedades editoriales. Si bien decir que este empleo no me disgusta, aunque ciertamente tampoco me apasione; me proporciona unos ingresos seguros que me permiten alimentar y educar a mi hija y pagar el alquiler del piso de ochenta metros cuadrados en los que ella y yo a menudo nos estorbamos –más yo a ella que ella a mí- con esa enemistad fraternal y sin auténtico odio con que mi hija suele recordarme su especial orfandad y los inconvenientes de ser una chica que se ha criado sin madre y que convive con un padre que pone el género musical que ella más detesta a un volumen más alto de lo que ninguna persona decente pueda llegar a soportar. Lo mejor de este puesto es, tal vez, que no requiere de grandes esfuerzos físicos, aunque a decir verdad tampoco requiere de grandes esfuerzos psíquicos; lo peor, es que para mí representa la constatación amarga de esos sueños que no llegué a cumplir. Yo sólo quería ser una estrella del rock. Ahora soy, en cambio, un mozo de almacén carretillero y un padre soltero que ocupa su tiempo escuchando viejos discos y leyendo las últimas novelas que aún no se han puesto a la venta en las librerías.

Continuará...

2 comentarios:

Rojo dijo...

Genial, seguiré con ganas futuros capítulos.

Raúl Viso dijo...

Muchísimas gracias, Rojo, por tu atención y por tu comentario.