"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















miércoles, 16 de febrero de 2011

El libro de Dalila (7): "Despertares"

Era tu despertar la cúspide del día o el único logro tangible de la jornada, no ya tan de mañana, pues desde bebé siempre fuiste niña de buen dormir. Pero no parecía acabar de retirarse la noche, no se inauguraba la luz de un nuevo día ni ocurría el milagro ordinario del amanecer, aunque el sol ya se hubiera elevado sobre la línea del horizonte varias horas antes, hasta que tú no despertabas.


A menudo yo pasaba noches enteras en vela, escribiendo o sencillamente vigilando tu sueño y el sueño de tu madre, centinela de vuestras respiraciones automatizadas, tan propenso desde niño a las aprensiones y el insomnio –un insomnio elegido, a decir verdad-, a vigilar el sueño de los demás, a sentarme en el borde de la cama y comprobar, con meticulosidad obsesiva, si aquellos a los que quiero respiran mientras duermen. Luego tu madre se despertaba para ir a trabajar, todavía siendo noche cerrada, y no se sorprendía de mi desvelo ni de mi aparente falta de cansancio; estaba ya acostumbrada a abrir los ojos en algún tramo del sueño y de la madrugada y ver desde nuestra cama la luz de mi despacho encendida. Dulcemente me reprochaba entonces el que yo no descansase, y me conminaba a que te pasara de la cuna a nuestra cama y me echase contigo a dormir. Yo urdía una excusa no demasiado convincente o una vaga promesa de complacencia y después me asomaba por la ventana de la cocina al patio para despedirla, y en tanto que trasegaba un nuevo café veía a tu madre coger su coche y alejarse por la cañada, para después quedarme embebido con el escenario que circunda a nuestra casa, asombrado e íntimamente satisfecho de haber adquirido aquella propiedad metida en el campo, sin vecinos ni calles asfaltadas, que me permitía escenas de una hermosura silvestre y atemporal: encendidos sistemas de constelaciones que brillaban sin mácula alejados del tráfago urbano y del cielo turbio y tóxico de las capitales; la bruma que se ceñía como gasa de materia orgánica al ancho y largo de la vía pecuaria o cañada por donde se llega a la propiedad; los caballos que, de cuando en cuando, alguien metía en la parcela a medio abandonar contigua a la nuestra –apenas una porción rectangular de campo, delimitada por alambradas sucias de herrumbre-, salvajes y eléctricos bajo la luz cerúlea de la luna llena, pastando las hierbas escarchadas, produciendo nubes de vaho cristalizado a un resoplido de sus ollares en la atmósfera aterida por los rigores del duro invierno a la intemperie o asomados a nuestro patio a través del vallado, relinchando y esperándome porque sabían que en algún momento de la mañana, cuando tú ya hubieras despertado, saltaría la alambrada para erguir el bidón de gasoil derribado, naranja de óxido, que tenían como escaso abrevadero y que yo me ocupaba de llenar con nuestra manguera para que no les faltase agua.

Cumplidas estas improvisadas ceremonias, volvía a la habitación de matrimonio con una sensación serena, reconfortante, como de tarea concluida o logro personal, y allí me sentaba al borde de la cama y contemplaba a través de los barrotes de la cuna tus facciones relajadas por el colmado de tu sueño profundo, esa calidad de sueño, grato y reparador, que se entrevé en el rostro calmo y como reblandecido de los niños al dormir y que yo no creo haber disfrutado nunca plenamente, ni siquiera a tan temprana edad. Absorto en tu reposo sagrado, en tu respiración pausada y apenas audible, en tu pecho que subía y bajaba y que era como un fuelle que en vez de dióxido de carbono produjese el silencio hospitalario de la casa (sólo interrumpido momentáneamente por el rumor del quemador de la caldera calentando el agua de los radiadores o por la risotada de una urraca madrugadora afuera, en el patio, donde en breve comenzaría a abrirse el día y una claridad grisácea otorgaría proporciones irreales al mobiliario del resto de las habitaciones a oscuras), tu propia tranquilidad me serenaba, haciendo aferrarme casi por un momento a la certeza algo manida de que la felicidad existe a ratos y reside en las cosas pequeñas, reordenaba las ideas que comienzan a suceder abotargadas e interrumpidas por confusas divagaciones tras haber sobrepasado ya cierto límite del cansancio y el desvelo. Era entonces que sentía fuerzas renovadas para sentarme a escribir, acuciado por esa claridad alucinada que tienen las ideas sometidas a una prolongada vigilia y por la agitación mental que convertía en improbable la posibilidad de dormir algo antes de que tú despertases, y regresaba a mi despacho a retomar mi trabajo, satisfecho de su ubicación porque ese cuarto propio reservado a mis inquietudes y manías está situado frente a la habitación de matrimonio y podía estar pendiente de cualquier cosa que necesitases mientras escribía.

Aquella época fue de las más prolijas de mi vida literaria, y escribí muchísimo –casi todos los relatos cortos que han visto la luz o que no me resultan tan mediocres como para no dejárselos leer a algunas personas, datan de ese tiempo-, y cuando no escribía gestaba proyectos que, aun sin llevarlos a cabo a día de hoy, todavía permanecen en vigencia, a la espera de un giro propicio de las circunstancias que me permita tiempo libre y recursos para arrancarlos, ni más ni menos, con la frase exacta. A veces, abrumado de tanta literatura, de tanto enredarme con palabras y metáforas imposibles, de tanto querer parecerme sin conseguirlo a los autores que vigilaban mi vigilia desde los estantes, a fuerza de desesperarme e intoxicarme de café y cigarrillos, hacía caso a tu madre y volvía al dormitorio y te pasaba conmigo a la cama. Abrías los ojos durante un instante –esa mirada desconcertada que deben tener las personas que despiertan en un hotel de una ciudad extranjera, sin que la modorra les permita aún recordar dónde están-, y luego de comprobar quién te había cogido en brazos y trasladado a otro lugar de descanso, te abrazabas a mí en la cama y te volvías a quedar dormida. Y nuestro sueño entonces era afín durante un par de horas.

Nunca me despertabas, a pesar de que tú lo hacías primero y aunque tuvieras el pañal mojado. Sabías ya algunas palabras –“papá”, entre ellas-, pero no me llamabas; sólo te limitabas a permanecer en silencio a mi lado, balbuceando y tal vez estirando las manos para tratar de alcanzar las partículas de polvo suspendidas en los haces de luz solar que se filtraban por las mirillas de la persiana, que yo nunca cerraba del todo. Yo abría los ojos como por infalibilidad del instinto, como sintiendo de golpe, desde esa especie de fondo submarino de mi sueño, que tú ya estabas despierta y tenías necesidades, y te veía allí, tan cercana y mirándome, a veces con una manita diminuta y regordeta posada en una de mis mejillas, sonriendo. Entonces, tumbado en la cama boca arriba, te alzaba con los dos brazos y te elevaba hacia el techo y luego te hacía bajar hasta mi cara para restregar mi nariz contra la tuya –beso de esquimal-, o bien te sentaba a horcajadas sobre mi vientre y te balanceaba de atrás hacia delante y te sacaba la risa a pedorretas en la tripa, esa risa tuya clara y fuerte que inauguraba el día, que desbancaba al mismísimo sol en su antiguo y eterno cometido de abolir la oscuridad y abrir la jornada. Otras veces no me echaba contigo, sino que mi trabajo se prolongaba durante unas horas más y de cuando en cuando me asomaba al dormitorio para ver si estabas bien o si ya te habías despertado, y en una de ésas te descubría de pie en la cuna, sujeta a los barrotes con una mano y con la otra tratando de correr la cortina para mirar por la ventana, pues tu cuna estaba situada casi a los pies de ésta. También solías avisarme de tu despertar mediante un método que empezó como mero juego y acabó convirtiéndose en ritual o litúrgica costumbre. Hice colgar en la cuna, sobre tu cabeza, aquel muñeco de peluche que me regaló tu madre hace tantos años, un tigre de aspecto tierno con un cordel provisto de anilla que brotaba de su espalda, y que yo solía llevar colgado del retrovisor de mi primer coche. Al tirar del cordel, se accionaba un mecanismo por el cual el muñeco comenzaba a temblar y a rugir; un rugido feral, ronco y prolongado, salvaje, de implacable predador llamando a su destino en la espesura de la jungla –una grabación tomada, supongo, a un tigre o un león auténticos-, que quedaba en gracioso contraste con el aspecto afelpado e inofensivo del muñeco. Te enseñé, tumbada en la cuna, a alzar el brazo y aferrar la anilla con la mano y tirar del cordel para accionar el mecanismo. Al principio te costaba mucho esfuerzo (no agarrar la anilla, sino tirar del cordel dadas tus fuerzas limitadas), pero ya luego le cogiste el tranquillo y accionabas el mecanismo con facilidad, y a su vez el rugido que colmaba la acústica de la habitación accionaba tu propia risa, y soltabas carcajadas susceptibles de haber sido grabadas también e instaladas en el mecanismo de otro muñeco de peluche. Mi sorpresa llegó cuando, a partir de ese día en que te enseñé a accionar el mecanismo, si no me había echado contigo o tardaba más de la cuenta en echar un vistazo al dormitorio, empezaste a utilizar ese sonido para avisarme de que ya estabas despierta, a la vez que decías “papá”. Oía el rugido desde mi despacho y daba cuenta de tu despertar, y cuando entraba en la habitación estabas allí, tumbada en la cama boca arriba, con la anilla entre tus dedos, sonriendo y mirando hacia la puerta a través de los barrotes de la cuna, a la espera de mi irrupción en el dormitorio. Comprobé así, independientemente de docentes, libros, charlas y manuales, que un niño es un agujero negro inconmensurable dispuesto a succionar y engullir cualquier tipo de aprendizaje, y que por esa razón uno debe tener cuidado con sus propias palabras y acciones delante de él.

Te daba el biberón, te cambiaba el pañal y te vestía, e inmediatamente tú señalabas la ventana, pidiéndome apenas sin palabras que te asomase por ella. Era otro de nuestros juegos, de nuestros guiños personales entre nosotros. (Nadie sabrá nunca, jamás, por más que trate de afirmar que me conoce, lo que esos momentos significaron para mí, la veracidad del orgullo y el privilegio que supone haber sido sólo yo quien los vivió contigo, la exclusividad de esa vivencia, sentimiento semejante al de un avaro que ocultase monedas en un calcetín; nadie sabrá nunca el amor abrumador, incontenible, único, titánico, que siento comprimirme el pecho cuando rescato esos recuerdos en mis noches de ahora sin ti…) Te colocaba de pie sobre el baúl de tu madre situado al pie de la ventana –es un baúl sombrío, una antigualla feísima que tu madre utilizaba para guardar sus innumerables zapatos y que a mí siempre se me ha asemejado a un ataúd del siglo XVIII; traté muchas veces de convencerla para que lo tirase, pero ella se empeñó en quedárselo e incluso lo restauró y lo pintó de negro y granate, y ahora me alegro de que no me hiciera caso porque está ligado a estos recuerdos de los que te hablo-, agarrándote por la cintura con un brazo, y te gustaba ver la era de trigo y la larga recta de la carretera que conduce hacia Mondéjar. Yo te animaba a despedir a los coches que pasaban por allí, y alzabas una mano y balbuceabas las palabras “Adiós, cochecitos”; y si lo que aparecía de repente, tras el cambio de rasante, era un camión o una motocicleta, tus ojos se abrían como platos y buscabas en mi mirada la aprobación o la complicidad, como esperando que yo me congraciase con tus mismos gustos automovilísticos.

Busqué el alba a toda costa, al fondo de mis noches contra el sueño, al fondo de mis carencias y mis errores, de mis miedos, de lo peor que me habita y me enmascara, como ansiado desenlace cotidiano en la novela que todos –íntima, ridículamente-, nos hacemos de nuestra propia vida, y el alba estaba en ti. Si el sol dudase un momento, se apagaría, dijo William Blake. Pero yo nunca dudaré de tu amor, y nadie podrá refutarme que, durante un tiempo, aun con mi nocturnidad y mi alevosía, con mis costumbres taciturnas y extrañas, fui el dueño absoluto del amanecer.