"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















lunes, 24 de enero de 2011

Homenaje insuficiente



Pensaba irme a dormir. Me he prometido a mí mismo acostarme más temprano, dormir más y mejor, no ser un escritor del tipo nosferatu, de ésos que escriben por la noche y duermen por el día; me lo he prometido con la absoluta convicción y seguridad de quien sabe que está realizando promesas que no va a cumplir. Ya estaba sentado en la cama, quitándome los calcetines y embutiéndome en mi pijama con dibujos estampados de Tom y Jerry, cuando lo he visto: he visto el reloj que mi hermana me regaló estas navidades y que consiste en un disco de vinilo provisto de números y agujas y un mecanismo propio de reloj, donde tras todas estas cosas aparece impresa en su superficie la imagen de mi perro Chulo a todo color; un precioso regalo que colgué en la pared que hay enfrente de mi cama, junto a una fotografía enmarcada de mi hija y yo en el Parque de Atracciones de Madrid, para poder contemplarlo constantemente y, en última instancia, que me diera la hora. Quien me haya leído de manera más o menos asidua sabrá que no es la primera vez que menciono a Chulo en alguno de mis escritos: un poema titulado El hueco, de la primera parte de mi poemario Los territorios heridos, está dedicado a él, escrito en noviembre de 2006, cuando aún no había muerto pero mi familia y yo sabíamos que ya no le quedaba mucho, y recientemente he retomado un relato titulado De lo trascendente de la muerte de un perro que empecé a parir a los pocos días de que se le practicase la eutanasia para aliviar su sufrimiento y que por aquel entonces no tuve fuerzas para continuar. Todo esto viene al caso porque, contemplando su imagen en el reloj mientras cumplo con las cansinas ceremonias de todos los días, he caído en la cuenta, de repente y no sin escándalo, que el martes pasado hizo ya cuatro años que nos dejó. El hecho en sí no revestiría más gravedad si no fuera porque se me olvidó la fecha; una efeméride más de cuantas uno va acumulando a lo largo de su vida, pero que un par de años atrás no se me hubiera pasado por alto.

“[…] me doy cuenta de que siempre o casi siempre he escrito por desposesión, por pérdida irrevocable y consecuente regresión a lo que tuve, a lo que me fue dado o fui en alguna latitud ya muy remota, a lo que tal vez me perteneció de manera legítima en ciertas coordenadas ya irrecuperables." Eso puse en el exordio preliminar al relato que estoy retomando sobre la muerte de Chulo. Lo sé: es mediocre que un autor se cite a sí mismo. Pero con esas palabras quiero recalcar la lucha que siempre he mantenido contra el olvido, que al fin y al cabo es la muerte verdadera. Es curioso que la vida estipule treguas, velos en la memoria que nos impidan rebozarnos más de la cuenta en el barrizal de algunos recuerdos con carácter doloroso, que el cuerpo y la mente se inventen sistemas de defensa para paliar o amortiguar el sufrimiento: un desvanecimiento oportuno cuando el dolor físico se vuelve insoportable, una desmemoria fortuita cuando se corre el riesgo de vivir en una noche sin fin plagada de escenas pasadas que nunca duermen, una lucidez ansiosa cuando nos vemos expuestos a un peligro. Es sabio, y es necesario. Pero yo no puedo evitar sentirme mal por haber olvidado esa fecha, 18 de enero de 2007, ni consolarme o disculparme por esta sensación de sedición que me ha embargado en cuanto me he dado cuenta de que el martes se me pasó por alto.

Lloré muchísimo aquel día y aquella madrugada. Tanto como lo hacen los hombres que han perdido a un amigo insustituible. Pasé la noche despierto, velando su recuerdo como se hace con los seres humanos en la sala de luz tenue y materiales nobles de un tanatorio, en silencio, llorando sordamente para no despertar a mi hija de apenas un año entonces, mirando a oscuras por la ventana de la cocina y fumando y bebiendo café hasta producirme migraña, porque desde esa ventana del piso bajo en el que vivía entonces podía ver parte de la calle Santa Fe, donde está situada la clínica veterinaria y donde el cuerpo sin vida de mi perro aún reposaba en la mesa del quirófano –esa misma tarde la veterinaria nos dijo que los restos mortales los trasladarían al día siguiente, y ninguno de nosotros, creo, quiso saber adónde-, solo, con sus hermosas facciones ya transformadas por los medicamentos y la muerte, tal vez acostumbrándose a la oscuridad, como dice la canción. Me culpé por no haber solicitado su cadáver, por no habérmelo llevado conmigo para enterrarlo en la propiedad que acababa de adquirir y a la que todavía no me había mudado –la ley permite darle sepultura a tus mascotas, siempre y cuando el lugar elegido sea de tu exclusiva propiedad-; inmediatamente me dije que aquello que reposaba en la mesa metálica del quirófano era sólo una carcasa, que las ceremonias funerales de los hombres son absurdas; pensé en mi hermana, que continuó viviendo con Chulo después de que yo me independizara y tendría que enfrentarse por la mañana a ese hueco del que hablo en mi poema, cuando mi perro ya no saltase en la cama sobre ella para cubrirla de lametazos y darle los buenos días; volví a culparme por no haberme llevado conmigo su cuerpo todavía incorrupto pero ya para mí irreconocible. Lloré algunos días más, ya sin tanta intensidad, cuando pasaba por enfrente de alguna fotografía suya o descubría en mi ropa rastros de su pelambre entre azafranada y canela. Lloré también algunos meses después, cuando se me aparecía en sueños y volvía a revivir dolorosamente los avatares de su enfermedad y su posterior sacrificio, o cuando pasaba por la calle por donde solía sacarlo a hacer sus necesidades. Hasta que un día descubrí que podía recordarlo sin llorar, y entonces me sentí sedicioso y traidor, y me entró un pánico terrible de pensar que su recuerdo podría ser barrido por el olvido, y volví a llorar y me sentí mejor por ese mezquino homenaje de mis lágrimas.

Como ahora, mientras contemplo su imagen en el reloj y oigo el ritmo marcial del segundero en el silencio de la noche, constatación gráfica del insomnio, metáfora infalible de la fugacidad del tiempo, segundos y pasos y pasos y segundos para alejarnos de aquello que nos lastima, mientras pienso que es flaco consuelo e insuficiente homenaje, para resarcirme por ese pequeño olvido, pasar otra noche en vela recordando a Chulo cuatro años después de su adiós.

3 comentarios:

Rojo dijo...

Emotivo recordatorio, y muy cercano, pues ya te comenté que yo también perdí así a mi pe... a mi amigo Momo. Fue también hace 4, casi 5 años. Mi mujer sí creo que recuerda el día exacto, pero yo para las fechas no soy muy bueno. A Momo, lo mandé incinerar, y sus cenizas las tengo en una caja de latón, dentro de una hermosa caja de madera tallada, que con toda la ceremonia buscamos una tarde por Algeciras. Fue lo primero que entró en mi recién adquirido piso, entré yo, con la ropa que llevaba puesta y debajo del brazo la caja con las cenizas de mi pequeño amigo. En vida, le había prometido que cuando yo tuviera mi propia casa, él sería el rey, víaviamos aún con mi madre y su compañera, la gata Celeste. La gata le quitó su trono en casa, y luego llegaron mis pájaros, y también ocurrió lo mismo. Pero en mi nueva casa no sería así...pero unos meses antes, enfermó, y nada se puso hacer y tuve que sacrificarlo, algo así como cortarme las manos con un hacha mellado y oxidado, pues esa herida no ha curado jamás, ni lo hará.

Isa dijo...

Viso, precioso homenaje. Cómo te entiendo, y a ti Rojo.
Yo viví algo parecido, estuve 18 años con mi amigo Drake, un pequeño grifón al que recogimos con 15 día, tuvimos que sacrificarlo pero con tan mala pata que nos equivocamos de dia y falleció en casa. No puedo olvidar el sufrimiento que pasaría un día más por aquel olvido, y recuerdo también mi cobardía porque el día clave huí de casa para no llevarlo yo, era imposible para mi. Tuvo mi madre que pasar el trago de llevarlo con una mantita al veterinario, volver a casa porque no estaba el veterinario y al dia siguiente antes de llevarlo morir en sus brazos. Hace como 15 años de ésto y hago lo posible por recordarlo todos los dias, porque olvidé la fecha y me siento doblemente culpable. Lo incineramos y antes de mi huída, le corte un trocito de pelo que lo conservo en una cajita.

Erika dijo...

No tengo palabras, solo lágrimas....
Precioso Raúl. Yo si me acordé de ese fatídico día. Pero no te sientas mal por no haberte dado cuenta, que no olvidado, que no es lo mismo.
Yo no sabía que se podía incinerar, si no lo hubiese hecho, lo que si hice fue cortar un mechón de su pelo, que de vez en cuando acaricio pensando que sigue conmigo...
Isa, yo no puse fecha para acabar con su sufrimiento era consciente de que algún día lo tendría que hacer, pero no me sentiría capaz de sacarlo de casa para no volver a traerlo, y cada vez que lo pensaba me hundía. En mi caso ....Diosss es muy duro, y jamás dejraré de sentirme mal por ello, yo volvía de trabajar y él al verme se puso a saltar y a darme besos, y yo más contenta todabía, hasta que le ví que se me desplomó, y se volvía otra vez a mi a saludarme y otra vez se desplomó...le cojí en brazos y salí a correr al veterinario, se me estaba muriendo en mis brazos, y yo no podía hacer nada...(si no se hubiera puesto tan contento al verme no se habría alterado tanto y no hubiese pasado esto)
En el veterinario me dijeron que estaba agonizando y que le tenían que poner la inyeccion para que no sufriera más, solo les pedí que esperaran a mi hermano, tenía que despedirse de él, como lo hicimos todos, y lo último que escucho es todo lo que le queríamos. Murió mientras nos escuchaba darle ánimos y le acariciabamos, besábamos y le decíamos que le queríamos...