"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















lunes, 31 de enero de 2011

Domingo triste




Escribo “Domingo triste” en la barra de estado de mi perfil, en la red social Facebook, y al cabo lo borro porque me pregunto qué domingo no lo es. Triste, quiero decir. Hay días de la semana que van perdiendo su color a medida que van avanzando las horas, puesto a mí me gusta imaginarle colores a los días de la semana, y así como los lunes tienen ese azul oscuro, los martes son marrones, los miércoles presumen un amarillo que va deviniendo en color beige según va acabándose la jornada, los jueves poseen un verde de vegetación y frondosidad, los viernes lucen un naranja rosáceo de crepúsculo de mediados de septiembre y los sábados son también de color azul, aunque cobalto o celeste según el ánimo en vez del oscuro de los lunes, los domingos son para mí de un color rojo sangre, un rojo encendido que coagula y va ennegreciéndose o desluciéndose, lo mismo que la pintura metalizada en la chapa de los coches abandonados y expuestos a las inclemencias de la intemperie.

Si hay algo que permanece en absoluta inmutabilidad frente a la fugacidad del tiempo y el transcurso de los años, son los domingos; tienen, a cualquier edad –esto es, a las edades a las que he ido sobreviviendo-, esa cualidad de desastre previsto con anticipación, de cosa que va a concluir muy a nuestro pesar. Como la misma vida, como los amores que son sometidos a una larga distancia geográfica y se les niega el acercamiento diario que haría fuerte sus vínculos. No me parecen distintos los domingos de la infancia a los domingos que ahora vivo; ahora como entonces, adolece en ellos una capacidad degenerativa muy pronunciada, demasiado visible a los sentidos y el ánimo, y así como amanecen radiantes de ilusión y serenidad, de churros y periódico en el desayuno, de mañana gratamente demorada con coches aparcados en las aceras y en los pasos de cebra, de mediodía con vermut y amigos, de comida tardía a base de cocido madrileño o paella, luego de la siesta comprobamos que la luz ha cambiado y que nos quedan pocas horas para que la tregua llegue a su fin. Sobre todo en invierno, cuando la tenebrosidad del frío intenso y la vagancia del sol y las pocas horas de luz solar imprimen a las cosas y al ánimo funestas apariencias.

Cuando un domingo va finalizando, cuando ya se inclina y se asoma al vórtice de la semana laboral por llegar en breve, nos damos cuenta de repente de todas las cosas que no hemos hecho y que nos habría gustado hacer durante la jornada; y algunos, como yo, incluso podemos llegar a arrepentirnos de haber remoloneado más de la cuenta entre las sábanas y no haber salido temprano de casa a disfrutar de la ciudad lavada de multitudes –el infierno son los otros, dijo Jean-Paul Sartre-, no borrada por la prisa y los deberes cotidianos, entregada y solitaria y limpia y radiante en la gran resaca del sábado noche.