"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















sábado, 31 de diciembre de 2011

Lo quiero todo



No suelo marcarme propósitos en esta noche del año que se va, ni menos aún pedir deseos. Si había algo que pedir, la vida ya me lo concedió hace seis meses. Pero sí pediré por todos vosotros, lectores de A DESHORAS: pido que lo queráis todo, y para eso, Manolo Garcia, el poeta de las pequeñas cosas, es más acertado que yo. FELIZ Y PRÓSPERO AÑO NUEVO A TODOS.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Ansiedad (del poemario "Ejercicios con lo oscuro")

"Ansiedad que partiste mi pecho a cuchillazos"

PABLO NERUDA




1ª VERSIÓN


Yo soy aquélla que cruza tus noches
y te hace ingresar en los derroches.


Aquélla, como un amor tan antiguo,
no olvidado, que vuelve de continuo


a espesar tu estática madrugada,
a darte visión nocturna, mal dada


hora de muertes, matanza de oxígeno,
amenaza de nadie que exige, no,


que te induce a abrevar en el Leteo,
que te otorga prisión como a un reo


que no quisiera salir de su celda.


En tu sueño interpongo mis leones,
la caza, el asedio, las sensaciones


de muerte inmediata y crucifijos
de miedo y otros muchos entresijos.


Soy la ansiedad raptora y tú el adicto
de mi éter de asfixia, tú el convicto


de mi nocturnidad: crezco del miedo
que te inflijo; subo, trepo y me enredo


al norte de tu sombra, predadora
al fin de tus complejos, segadora


de la represión que anuncia tu vigilia.



2ª VERSIÓN


Encaje de la sombra ciñéndose a mi pecho roto.
Escombrera acaso de amor maltrecho, soledad
al término de su puñal difuso.
Augurio equívoco de una muerte que nunca se equivoca.
Aullido del perro insomne que anuncia con su instinto
un muerto en la mañana.
Blues de los hipocondríacos.
Angustia, sobre todo angustia -ansiedad que partiste
mi pecho a cuchillazos-.
Branquia de pez fuera del agua, éter de asfixia.
Pulso enarbolado, corazón con espuela y noche
en el costado.
Corporalidad a gritos, pánico a ultranza.
Sensación de muerte inmediata abriendo claro túnel
hacia el miedo.
Enemigo invisible, francotirador apostado que acaso
disparase desde dentro de uno mismo.
Alerta falsa, alarma y síntoma ficticios
para un peligro en realidad inexistente
o desquiciada mano que mece la cuna en la que otra vez
no podré dormir.


Tu nomenclatura es una sesión
en el abismo;
cuántas definiciones para una misma penuria.


Y sin embargo no importa el nombre
con que los hombres no supieron nunca definirte;
no ahora, no para mí,
ahora cuando en mis sueños interpones tus leones
y dudo ya de mi cordura, de las sensaciones
o las noticias de mi cuerpo
que prevé esta noche un nuevo simulacro de la muerte.


Tu nombre, ahora lo sé,
es ansiedad;
pero lo mismo podría ser asedio.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Nebulosa (inédito)




A una gata


He regresado al poblado
donde los gatos otorgan el mundo,
ceden sus calles llenas de noche,
sus sombras aglomeradas
allí donde el hombre no puede verse a sí mismo.
Son anonimato y competente caza menor,
asedio, desvelo, vigilia y estilo;
ellos reinventan el erotismo aquí donde el mar
duele de hermoso y de cercano.


Yo:
forastero de estas calles para el reencuentro
-que no sucederá, que no se cumplirá-,
zozobra de amor, extraño en la ribera,
amante lejano del mar y su latido,
figura fronteriza en la esperanza de esta noche,
pobre hombre tratando de pasar inadvertido...
Siento que no pertenezco
a la muda historia de esta tierra.
Tantas veces mencioné el mar en mis páginas
(tantas que ya no me acuerdo), y ahora
no reconozco mi alma repartida en la bajamar.


Aquí arriesgo mis recuerdos por esos ojos verdes
vigilando en mitad de la noche cerrada,
letales de ternura.
                              Un contoneo
casi de humo, una elegancia imposible
por un año conteniendo estas coordenadas
en mi frustración.
Alcanzar el mar ha sido mi signo,
alcanzarla a ella y besar sus pies-espíritu.


Nebulosa está perdida
donde no llegan ni llegarán las palabras,
fugada de mis manos de hosco hueso,
de mi abrazo sin artificio,
deslizándose sin miedo,
internándose con un silencio de olas
en ésa que ya no es mi madrugada.
Fantástica Nebulosa, que violó
dulcemente mi soledad elegida
y arrastraba en sus formas un amor nunca escrito.


(Traes equilibrio en cada uno de tus etéreos
movimientos,
                       y en el pelaje, nocturnidad
y espuma.
                  Ven, gata, ánima, busca mi caricia
en esta orilla solitaria, en este poblado
de desencuentros, si es que es lícito
confiar en mí, pobre humano entre lo humano,
bípeda bestia
que tan torpemente prescindió de sus instintos.)


 Poblado marinero Torre la Sal, Ribera de Cabanes, agosto de 2003                                                            

viernes, 28 de octubre de 2011

Aristas del conocimiento (primera parte)




Cuando ella se marchó, aprendió a no hacerse ilusiones. Aprendió muchas cosas, en realidad: por ejemplo, que esa esperanza del todo estéril que le palpitaba en el pecho y que casi lo conminaba a intuir o prever de manera ingenua que ella no tardaría en volver, arrepentida de su decisión, era precisamente la ficción pueril urdida por su patética condición de hombre abandonado y la constatación amarga de que ella jamás volvería. Con esta dura revelación atesorada de pronto en el bolsillo de la camisa más cercano a donde está situado el corazón, como quien guarda con descuido una fórmula valiosísima y ultra secreta –la camisa estaba un poco arrugada y comenzó a ponérsela, sentado al borde de la cama, en cuanto comprendió que no tenía sentido esperarla, ya que ella jamás volvería-, aprendió que, a partir de ahora y durante las largas noches venideras, tendría que aprender a coserse la sombra él solo, lo mismo que Peter Pan sin Wendy (que, al fin y al cabo, es lo que él siempre había sido muy a su pesar), y si era posible cosérsela a los pies de la cama muchísimo mejor, porque así no podría salir ni conocer a más mujeres a las que trataría de ignorar deliberadamente puesto que había aprendido a no hacerse ilusiones. Aprendió tantas cosas, tantas, tantas cosas en ausencia de ella, que aprendió también que el aprendizaje no nos exime de volver a cometer errores, y que éstos, aunque aparentemente distintos cada vez y recortados contra un fondo de azares y circunstancias diferentes, a poco que uno les dé un par de vueltas, los ponga del derecho y del revés y los inspeccione muy de cerca, al igual que un joyero que le sacase brillo al muestrario de su género, casi siempre suelen ser los mismos una y otra vez. Así que aprendió de repente que, por más que se cosiera con auténtico esmero la sombra a los pies de la cama donde ella le abandonó, volvería a olvidar y a salir por ahí, volvería a internarse en la noche urbana de neones chillones y asfalto húmedo, a ingresar en la atmósfera cargada, nebulosa y turbia de los bares de copas para tratar de conocer a alguna mujer que mereciese la pena, por más que le pesara ir sin sombra a cualquier sitio. Porque, aunque había aprendido a no hacerse ilusiones, ya comenzaba también a aprender, en contraposición, que vivir es algo más que respirar y que una vida sin ilusiones no es una vida.


Se acoplaría entonces a cualquier barra de cualquier bar y le pediría a cualquier camarero escuálido y desastrado que le sirviera la cena en vaso largo, con mucho hielo, aprendiendo mientras daba el primer sorbo de la recapitulación que no es prudente ingerir esos venenos de garrafón con demasiada rapidez ni vehemencia, no por una escrupulosa atención a su salud, sino porque ya habría aprendido de ocasiones anteriores que, por más que el alcohol le aportase cierto grado de valor o descaro y anulara gran parte de su pudor y su timidez, la mejor manera de entablar conversación por primera vez con una mujer no es echarle el aliento dulzón y etílico a la cara. Así pues bebería despacio, con mucha calma, paladeando aquel matarratas mientras su mirada se perdería serenamente en los detalles de la decoración del local –una figurita de Elvis Presley, apostada entre las botellas de los estantes, que tal vez bailaría al son de de la música elegida en aquel garito; un surtidor de gasolina en una esquina del bar que, en realidad, sería una máquina de discos que ya nadie utilizaría; un póster enmarcado con la imagen en blanco y negro del jefe sioux Red Clow, y bajo su busto emplumado y repleto de abalorios un proverbio indio con grandes caracteres en cursiva-, hasta que otra mirada igualmente perdida acabase topándose con la suya. Si bien decir que él trataría de descifrar el propósito de esos ojos verdes, almendrados y serenos, un poco beodos, sosteniendo la mirada un momento y luego apartándola, para después volver a buscarla y, en caso de volver a encontrarla, corroborar quizá la reciprocidad mutua habida en las miradas de un hombre y una mujer que se buscan con los ojos. Porque había aprendido de otros hombres a no darlo todo por sentado, a ignorar los espejismos de la vanidad y de la penumbra ebria de algunos bares, y que antes de creer que a una mujer le gustas simplemente porque te está mirando, uno debe comprobar primero que no tiene la bragueta abierta, por ejemplo, o que no hay ningún lamparón de ron o whisky en la parte más visible de tu camisa. En esas circunstancias, no estando aún del todo seguro, sería entonces precavido hallar esa correspondencia tan anhelada en el añadido de una sonrisa, taimada primero y luego más amplia, mientras los ojos continuarían su pulso, seguirían buscándose y sosteniéndose en una distancia quizá ya abolida por el deseo.

Mantenido ya un primer y sólido contacto visual, lo próximo sería pensar cómo entrarle a la mujer. Hace tiempo que aprendió, no sin la crudeza agridulce que entrañan algunos aprendizajes, que un buen sentido del humor, a menudo, suele ser un camino más corto hacia el alma de una mujer que unos abdominales bien definidos, y también que la risa puede ser un buen preludio a un orgasmo, más aún si uno es capaz de reírse de sí mismo, de ridiculizarse un poco ante una mujer; porque si bien hay mujeres de muchos gustos y preceptos –también de las que prefieren unos abdominales bien definidos por encima de cualquier cosa-, un gran número de ellas había aprendido hacía mucho que es preferible un simio que sabe hacer cucamonas e indica su grado de sacrificio, ridiculizándose a fin de ganar su premio, a otro simio que únicamente sabe lanzar piedras, manejar herramientas simples y golpearse el pecho, y aunque estas mujeres resultan ser más crueles y pérfidas que las que prefieren los abdominales bien definidos (ya que, mientras estas últimas solicitan solamente los favores no meritorios de una generosa herencia genética o un culto al cuerpo tan pueril como efímero, en tanto que vayan haciéndose visibles los estragos de la vejez, las primeras exigen algo cercano a la anulación de la persona y una renovación continua del humor dirigido contra uno mismo que las llegara a conmover en las primeras semanas de relación, sin la posibilidad para el hombre, además, de hartarse de esta situación o de confesar y denunciar lo dicho en las últimas frases, por miedo a que lo tachen de machista), también suelen ser más duraderas, más constantes en las relaciones a largo plazo, que es lo que él buscaba sobre todo en una mujer, porque había aprendido que un polvo de una noche es un buen tonificante, una especie de vacación específica y de duración determinada, pero el sexo con amor es como tener un billete sólo de ida al destino deseado hace mucho tiempo atrás. Claro que también hay aprendizajes que anulan o dejan obsoletos a aprendizajes anteriores, y esto él lo aprendió en cuanto se le ocurrió pensar que la mayoría de las mujeres prefieren ambas cosas simultáneamente, el humor y los abdominales bien definidos, y por consiguiente aprendió también, de sopetón y con desconcierto, que uno puede pasar del optimismo más exaltado a la más funesta de las decepciones en apenas unos segundos, y que a él le hacía falta muy poco para que su autoestima acabase en el fondo del vaso, helada y nimia bajo los restos de hielo y licor, como una verga expuesta al frío, porque ya habría acabado su consumición y habría aprendido que, por más que uno trate de beber despacio y con el estómago lleno, si continúa bebiendo acabará borracho y haciendo imposibles álgebras mentales.

Por suerte para él, que a estas alturas ya habría perdido la poca confianza que siempre suele depositar en sí mismo y estaría decidiendo si entrarle a la mujer o entregarse sin reservas a los brazos fieles de la borrachera, no tendría que cometer ningún movimiento decisivo; tan sólo buscar sus ojos una vez más, pedirle al camarero una nueva consumición, tratar de aparentar que los siguientes tragos no estaban comenzando a hacerle efecto, como cuando un borracho hace eses al caminar no por culpa de su ebriedad, sino por empeñarse en disimular y tratar de seguir una antinatural línea recta que no sería posible conseguir ni andando completamente sobrio. No tendría que cometer ningún movimiento decisivo porque la mujer ya se habría levantado de su sitio –una mesa al fondo del local, quizá, o puede que el otro extremo de la barra de cinc-, con esa iniciativa y esa determinación admirable de algunas mujeres motivada por la inutilidad apoltronada de algunos hombres, y se habría acercado a él tal vez con el pretexto manido de pedirle fuego. Y ahí una respuesta ágil e ingeniosa de él (de pronto despejado y lúcido y consciente de sus pocas pero valiosas virtudes), una risa clara y fuerte de ella (puede que algo exagerada, él lo sabría, pero al fin y al cabo risa y constatación de su interés por él), un intercambio de nombres y de besos en las mejillas, un traslado o una mudanza de la banqueta y la consumición de la mujer hasta la nueva ubicación que permitiría eliminar la soledad ofensiva que produce groseros adjetivos machistas a la fémina que bebe sola en un bar, que la presupone docta en oficios disolutos (pero esto lo pensaría él, o ni siquiera él sino su propio asombro, que se sentiría gratamente extrañado de que una mujer tan bonita hubiese dado el primer paso y se habría preguntado ya si no sería prostituta), un contarse el uno al otro pedazos de la vida y antiguos idilios, sombras del pasado, de peso todavía conciso –se acordaría él ahora de la sombra todavía cosida a los pies de la cama y del abandono de ella, que jamás volvería-, que irían tornándose más difusas a menudo que la conversación fuese haciéndose más cómoda, más íntima, con algún roce casual de las manos, de las rodillas de ella más descubiertas de lo que él creía recordar cuando la vio en el garito al principio de la noche, dirigiéndose miradas y sonrisas.[...]



martes, 18 de octubre de 2011

Fragmento de la novela "Beatus Ille", de Antonio Muñoz Molina

Hay libros que a uno le hubiera gustado firmar como propios. "Beatus Ille", 1986, reveló a uno de los autores mejor dotados de nuestra literatura actual. Aquí os dejo uno de mis fragmentos favoritos de la novela. Disfrutadlo, pero no olvidéis acercaros a la librería o biblioteca más próxima y leer el resto. Decididamente, merece la pena.
Hubiera bastado decir que no por segunda vez, obligarla a que se retirara de la puerta, salir solo tal vez y aceptar el insomnio y la rabia, pero no hizo nada, sólo mirarla enfermo de deseo y de miedo: se sentó en la cama, dejó caer los zapatos, se levantó la falda para desabrocharse las medias. Minaya vio los largos muslos blancos, los pies al fin desnudos e indóciles a sus besos, rosados y blancos y moviéndose como peces en la penumbra de los espejos. Cuando le entreabría los muslos para descender al rosa húmedo de su vientre creyó escuchar el ruido de una puerta lejana, pero ya no le importó el miedo, y ni siquiera el pudor, ni la vida, ni la conciencia que se deshacía como la forma de la habitación y la identidad y los límites de su cuerpo. Oía la voz de Inés confundida en la suya y le mordía los labios mientras la miraba a los ojos para descubrir una mirada que nunca hasta esa noche le perteneció. Asidos como dos sombras rodaron al suelo arrastrando consigo las sábanas de la cama, y sobre la alfombra, entre las sábanas manchadas, se buscaban y derribaban y mordían en una persecución multiplicada por los espejos en el aire púrpura y oscuro. Como si hubieran sobrevivido a un naufragio en el mar y a la tentación de rendirse a una muerte dulcísima bajo las aguas se hallaron de nuevo inmóviles sobre la cama y no podían recordar cómo ni cuándo habían regresado a ella. "Ahora no me importa morirme", dijo Minaya. "Si me ofrecieras ahora mismo una copa de veneno la bebería entera." Sentada en la cama, Inés le acariciaba el pelo y la boca, y lentamente lo hizo volverse hacia ella, entre sus muslos, hasta que los labios de Minaya encontraron la hendidura rosa que ella misma entreabría con el pulgar y el índice de las dos manos para recibirlo. Pero no había ya premura ni desesperación, y la serena codicia del paladar se prolongaba y ascendía en la indagación de la mirada. Empujado por el aliento oscuro que había revivido más hondo cuando apuraba su vientre, subió hasta demorarse en los pechos, en la barbilla, en la boca, en el pelo mojado que le tapaba los pómulos, y luego sintió que se desvanecía estremeciéndose inmóvil, lúcido, suspendido en el límite de una dulzura sin regreso. "Tú no te muevas", dijo Inés, "tú no hagas nada", y empezó a moverse ondulada y girando bajo sus caderas, apresándolo, hiriéndolo, apurando el aire para expulsarlo muy lentamente al tiempo que se levantaba y curvaba hincando en las sábanas los codos y los talones, y sonreía con los ojos fijos en Minaya, murmurando, "despacio", diciéndole en voz baja palabras que él nunca se había atrevido a decirle. [...]

Tu pelo (remanso) (Poema inédito)

Tu pelo.


                   Fábula o crepusculario
-yo no sé decir, aquí, ahora, con qué palabras-,
marea mansa, remanso de mi asombro,
calma al tacto, escalofrío en hebras, olorosa
materia, sentido que otorgar a los sentidos.


Tu pelo.


                   Lo peino y lo cepillo,
doy trayectoria a su caída, fascinada gravidez
como de caer en el sueño sin sobresaltos,
y desenredo de su alga oscura desastres
y estresores, mi propia propensión al desaliento.


Tu pelo.


                   Por debajo o por detrás
está tu cuello, ofrecido cisne sumiso y sensible
al beso y la caricia, al delicioso vampirismo
de un mordisco demorado en las lindes
de tu espalda, temática ya de otro poema.

lunes, 17 de octubre de 2011

Señales




He regresado a casa inexplicablemente cansado, como deslucido de manera anticipada por la jornada que mañana tendré que sobrellevar sin ella, que hace unas horas se despidió de mí con ese gesto suyo, melancólico y casi infantil, que hace que la ame, si cabe, todavía más. Después de cerrar la puerta y depositar las llaves en el cenicero que hay sobre el mueble del recibidor –hay uno de esos chismes para colgar las llaves detrás de la puerta, pero yo siempre las dejo en el interior de ese cenicero que nunca se usa- he echado una vertiginosa ojeada al mobiliario y a las estancias del piso, como quien se asegura de que todo en su hogar permanece inmutable, en orden, que ningún elemento de su seguridad y confort ha sido modificado durante la ausencia. Luego me he sentado a añorarla en el mismo sofá raído donde anoche nos contábamos la vida, hacíamos planes, escuchábamos en la televisión un directo de Kings of Leon, comentábamos los libros que estamos leyendo –ella prefiere la Generación del 27, mientras yo me identifico más con la promoción poética de los 50- o me tomaba de la mano y entrelazaba sus dedos a los míos mientras veíamos un documental de Robert Ressler, porque sólo a una mujer de su enorme valía puede interesarle más el trabajo del creador de los perfiles psicológicos de los asesinos en serie –y quien acuñó en los años 70, precisamente, ese término, serial killer- que las temporadas de rebajas.


Tienen un deje de involuntario abandono las casas de esas personas que viven solas, que no esperan a nadie ni nadie las espera a ellas cuando, a esa hora variable y no estipulada de fin de la jornada, regresan al hogar como con hojas secas en esa voz que no utilizarán para saludar o preguntar qué hay de cena o relatar los pormenores y anécdotas del día de trabajo. Puesto que con nadie conviven ni a nadie deben complacer o respetar, ese vaso sucio puede esperar algunas horas más en el fregadero, ese montón de ropa sin planchar sobre el respaldo del sofá no estorbará a nadie porque nadie se sentará en él, ni tampoco a nadie irritará que hayan algunas manchas de dentífrico en la loza del lavabo, por ejemplo. En caso de que esa persona que vive sola sea un hombre, el deje de abandono se hace considerablemente más visible. No es ya la limpieza del hogar, la organización del tiempo y el espacio, la administración de las tareas, la disciplina de unas costumbres saludablemente higiénicas; es que el hombre heterosexual que vive solo necesita de una mujer que colme su vida de pequeños detalles. No es una cuestión de machismo, sino de gusto estético y lucidez. Ella me hace falta cuando me distraigo y necesito a alguien que me advierta de que el penacho de ceniza de mi cigarrillo está a punto de derrumbarse y caer sobre mi ropa, cuando me indica el tiempo exacto de cocción que debe tener la pasta para que mi empeño en la cocina no sea un desastre gastronómico, cuando me recuerda que ya es la hora de que llame a mi hija o a cualquier otro miembro de mi familia… Para un hogar, nada como las señales que una mujer deja en él, repartidas por toda la casa como indicios a seguir.

Me levanto por fin del sofá cuando intuyo que el desasosiego de no tenerla, de no saber ya no esperarla, me hundirá en la pereza y en la más absoluta apatía, y, mientras me dispongo a realizar tareas que distraigan mi espera y adelgacen las horas hasta nuestro próximo encuentro, voy encontrando sus señales por donde quiera que vaya. Algunas, dejadas a propósito para que yo las encuentre: esas extensas notas de amor sobre el teclado de mi ordenador portátil; uno de sus bombones preferidos en la mesita de noche, junto al despertador y el libro que esté leyendo en ese momento; la parte de arriba de su pijama bajo mi almohada, previamente perfumada con su colonia… Otras, en cambio, son involuntarias pero igualmente válidas, ya que atestiguan de igual modo que ha llenado de luz mi casa durante unos días y que volverá a hacerlo en breve: algún pelo suyo en mis sábanas o en mi almohada, una colilla de su marca de cigarrillos en el cenicero de mi escritorio, el nombre de una de sus canciones favoritas no borrado en el historial de la barra del buscador de Internet.

Me gusta encontrar sus señales por toda la casa, ir topándome como al descuido con los indicios de su presencia, sobre todo si me confirman que volverá, que me quiere aun a pesar de ir conociendo de a poco mis múltiples defectos, mi dejadez y mi propensión a la catástrofe. Así, mientras me encierro en el cuarto de baño y me desnudo para meterme en la ducha y pienso que luego no debo despistarme y dejar la ropa tirada por el suelo (más por ella que por mí, aunque ahora no esté y no pueda verme), me veo un momento en el espejo de cuerpo entero de la mampara y descubro la última señal que me ha dejado: una marca violácea en mi cuello, practicada con sus dientes y sus labios, que me hace sonreír para adentro y pensar en qué momento pudo ponerla ahí sin que yo lo advirtiera.



Blues (del poemario "Ejercicios con lo oscuro")





Quien calla, otorga
(o eso fue lo que me enseñaron).



Con exacta barata filosofía
te miro de frente y no te huyo más que para negarte,
contradicción entre contradicciones;
de frente te miro y no te olvido
                                                 ninguno de mis días,
                                                 ninguna de mis horas,
pues olvidarte sería volcar mi tiempo impagable
en la fuga de tus fauces, olvidarme a mí mismo,
ser en tu asedio constante la saeta
más estricta del silencio.



Por sólo eso actúo según tu sigilo, predadora,
muerte sin convencimiento de matarme todavía,
y canto el blues de los hipocondríacos
pensándote hasta en el verbo.



Pero yo no me otorgo
hasta que tú no me calles.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Si luchas...




Me dices que estás cansada de pelear, aunque sobra decirlo, aunque no hace falta que me lo digas porque basta con oír atentamente, con escuchar tus legamosos silencios, con atisbar en tu mirada perdida en ningún punto en concreto y con recorrer, mediante un tacto de noche demorada y ternura, tu delgadez casi infantil para saber que estás seca por el dolor, yerma y baldía y árida cuando por culpa de mi atención despistable no te saco alguna sonrisa, por leve o taimada que sea, o no mantengo contigo una conversación amena, jovial, alejada en temática y forma a esos demonios que hurgan en tu corazón con una mano reptilesca de sombra. Cuántas veces te habré dicho en propia boca esto mismo que te escribo ahora, y te molestó que te lo dijera o me brindaste uno de esos silencios enervantes al otro lado del hilo telefónico que me obligaban a preguntarte si estabas ahí, si habías colgado el auricular.

Qué derecho tengo a decirte cómo eres, pensarás ahora como en tantas otras ocasiones, mientras lees este texto. Trato de aleccionar a las personas, me reprochas; quién soy para levantar doctrinas que no son aplicables a todo el mundo, a todas las personas. Y quizá tengas razón: más de la que me gustaría admitir. Pero la diferencia entre nuestros distintos caracteres tal vez radique en que tú sostienes que sólo pueden hacerte daño aquellas cosas malas que dicen de ti los que te quieren y conocen, mientras yo me convenzo de justamente lo contrario: a mí sólo pueden hacerme daño las críticas que expongan aquellos que no me conocen, precisamente porque no me conocen; y así entiendo que las críticas que hacen de mí esas personas que me aman y conocen, por duras que sean, por hostigadas o motivadas que estén por el fragor de la discusión, encierran una parte valiosísima de verdad que están tratando de mostrarme por fuera de mí mismo, de hacerme aprender, de otorgarme un conocimiento que no me sería posible alcanzar de otro modo, sino alejándome un poco de aquello que soy para tomar perspectiva, lo mismo que esos lienzos que ganan en calidad dependiendo de si uno los contempla de cerca o de lejos.

Conozco la sensación, tú sabes que conozco de sobra la sensación. Cuando se ha peleado mucho, cuando uno ha pasado la vida tratando de mantener a raya a los leones que cercan y estrechan tus sueños y desgarran a zarpazos su sagrado descanso, la mayoría de las veces sin conseguirlo del todo, con logros a medias y recompensas tan flacas que casi se diría que no lo son, uno desearía dejarse morir o matar, ser el delfín que decide varar en la arena de la playa por voluntad propia, sin que los fútiles intentos de los ecologistas o los voluntarios playeros por devolverle al agua consigan convencer al animal de que debe regresar al océano, debe permitirse vivir. Últimamente me atormenta la idea de que tú seas ese delfín y yo el ecologista que se esfuerza de manera inútil, y entonces me frustra y me entristece mi impotencia, y es ahí donde se crea y reside y toma fuerza ese derecho que, según tú, no debería permitirme contigo ni con nadie: tengo derecho a pedirte que luches, porque si luchas por ti me estarás ayudando, estarás luchando también por mí. Que tú prevalezcas, o al menos lo intentes, significará que yo también he prevalecido, porque cada uno de los movimientos que cometo y de las decisiones que tomo y de las luchas que mantengo con innumerables enemigos visibles e invisibles –el peor de todos, yo mismo- se inspiran profundamente en ti. Si luchas tendrá sentido mi propia lucha. Y ahora no me digas que no tengo a derecho a pedirte tal cosa, porque tú me enseñaste que no es deshonroso pedir sin miedo a aquel a quien se ama.



viernes, 26 de agosto de 2011

El pasado es una cárcel




“El pasado es una cárcel”, escribió magistralmente Pablo Neruda. ¿Quién se reconoce, pasado un tiempo, en esas fotografías de otra época? Pero tú las apruebas, las miras y te imagino riéndote con los ojos azules entrecerrados, porque no parezco yo, porque tengo el pelo largo y rizado y visto ropa que ya ha quedado obsoleta por esa fugacidad con que las modas pasan e inmediatamente nos convierten en personas desactualizadas, aunque nunca fui de seguirlas estrictamente y más bien me limité a coger parte de las mismas para tramar la mía propia, un estilo que nunca o casi nunca tuvo la aceptación del resto. Me preguntaste hace no mucho de qué color eran tus ojos. “Azules”, dije yo sin dudar un momento. Y tú aprobaste mi respuesta porque dices que hay muchas personas que creen que son verdes, con ese daltonismo de la gente que no es observadora o a quienes confunden ciertas tonalidades porque se quedaron varados en el aprendizaje de los colores lisos, puros, sin mezclas. Nunca me gustaron los ojos azules. Te lo dije mirándote a ellos, sumergiéndome con calma en esas dos ensenadas de mar sereno tras tus pestañas. “Los ojos azules son fríos”, te dije. Pero no los tuyos, que se abstraen y quedan detenidos en un punto que no sé concretar y en el que me gustaría recalar para poder ser el objetivo de tu mirada y la razón de tu ensimismamiento, habitando uno de esos silencios tuyos que me gustaría saber descifrar, traducir.


A veces me dan miedo esos silencios, y esa mirada prendida de la nada que parece retrotraerse a otros momentos, otras personas, quizá otras camas y otros besos. Otra vez el pasado, su celda de luz retrospectiva. Pero peor, porque no es el pasado de uno mismo, el que visto a través de los años parece tan irreal aunque sea cierto como el paisaje que corre tras la ventanilla y te mece en la abstracción. El pasado de uno mismo está mantenido a raya, como un tigre circense al cabo del látigo y el anillo de fuego. Pero tu pasado es un tigre que desconozco, que se dice domesticado aunque sienta que en cualquier momento puede lanzarme un zarpazo, emitir un rugido, despedazarme con saña feral. Al igual que en esas fotografías mías de otro tiempo que a ti te gusta mirar y comentar, yo quisiera saber todo de ti, invitar a tus propios fantasmas a sentarse a beber conmigo, conocer los pormenores fortuitos, la trama perfecta de tu destino que acabó conduciéndote a mí, y me formulo preguntas que no tengo derecho a hacerte. ¿Te quisieron tanto como yo esos antiguos amores tuyos? ¿Les dijiste las mismas palabras que me dices a mí ahora? ¿Es todo una mera repetición de gestos y ceremonias amatorias, o por el contrario debo estar seguro de la exclusividad de tu amor como si nunca antes te hubieras enamorado? Lo mismo podrías preguntarme tú, y no lo haces. Altruista siempre, solidaria, la niña de la forzada orfandad a la que yo quisiera poder viajar, cruzando años y decepciones, para tomarla de la mano y secarle las lágrimas y decirle tal vez que nada ocurre por nada, que al final de ese corredor de álamos blancos de su infancia, su adolescencia y su primera juventud estará esperándola mi contrapartida del futuro, para vestirla de besos y caricias. Pero yo pienso en tu pasado y me muero de celos, imagino con insana precisión cada detalle de tu vida con amores de otra época, las palabras que les dirías o te dirían, los rituales del sexo y la cotidianidad, el sabor de tus lágrimas cuando te sentiste herida y expulsada o cuando tú misma expulsaste a otros de tu vida. No tengo derecho, lo sé: ni a hacerte preguntas que quizá ni yo mismo sabría responderte en caso de que me las hicieses tú a mí, ni tampoco a desconfiar de ti, a hacerte hacedora de mis miedos, de mis experiencias pasadas, tal vez comparándote injustamente con personas que hicieron de mí el blanco perfecto de su irrespetuosidad y su deslealtad hasta ese punto en que casi cualquier gesto y cualquier palabra se convierten en burla.

Es peligroso hacer preguntas, más aún cuando no deseas saber las respuestas. Peligroso acorralarte entre mis dudas, ahora que no sé si podría resistir otro golpe más, tu pérdida o tu adiós por culpa mis miedos. Entretanto, me remuevo en la cama y cambio de postura, miro la hora en la pantalla del móvil, vuelvo a darme la vuelta y te abrazo por detrás, mientras te miro durmiendo y rezo porque no estés soñando que ésa en la que duermes es otra cama, y mis brazos otros, y yo una mala copia de aquello que alguna vez perdiste.

sábado, 20 de agosto de 2011

El libro de Dalila (9): Eco civismo




Todos los grandes recuerdos de mi infancia, los más gratos y emblemáticos, los que menos me irrita o me avergüenza recordar, están íntimamente asociados a la Naturaleza, Dalila. Las primeras cintas cinematográficas que me fascinaron fueron las de aquel Tarzán en blanco y negro (que la industria después tuvo la desfachatez de colorear con técnicas modernas), interpretado no sé si con acierto por el campeón de natación Johnny Weissmüller –sin duda el Tarzán más famoso de cuantos ha habido en la historia del cine-, que era señor y protector de la jungla sentado a horcajadas en el cogote de su elefante y lo mismo esquivaba el potente ataque de un rinoceronte blanco a la carrera que se batía en el agua armado sólo con un cuchillo, a revolcones mortales, con cocodrilos que ahora, revisando otra vez esas cintas casi ochenta años después de que se filmaran, han quedado arcaicos, ridículos y como de cartón-piedra. Los primeros dibujos que realicé, sin demasiada mediocridad contando con la edad que tenía entonces –más o menos la tuya-, fueron de tiburones: me resultaba intensamente placentero llevar al papel el aerodinamismo extraordinario de su anatomía, un avión biológico de combate deslizándose rápida y sigilosamente por el cielo submarino. Las temporadas que pasé en la Sierra de Gredos, bien en esos campamentos de verano a los que me apuntaban mis padres o bien de acampada libre con la familia –sí, Dalila, uno podía en aquel entonces plantar una tienda casi en cualquier paraje y sentirse parte del entorno sin la necesidad de parcelarlo, de levantarle muros y alambradas a un territorio particular y decorarlo con bungaloes y piscinas e hipermercados-, oyendo por la noche el aullido de los lobos –aún quedaban unos pocos en el centro de la península- con una mezcla de miedo y fascinación, una dualidad de terror de antiguas leyendas y cuentos populares infantiles y también un poderoso atractivo de sentirse tan cerca de un hijo legítimo de la supervivencia, un animal que siempre he admirado enormemente –ya sabes que llevo uno tatuado en mi hombro derecho- por su credencial de renegado y por su ahínco en prevalecer, pese al acoso al que siempre ha sido sometido y la mala fama que se le atribuye injustamente, con la que no me cuesta hermanarme y aun sentirme identificado en estos últimos años, enfrentado a menudo a personas de nuestro entorno que confunden para interés y beneficio propios el amor con la complacencia, la sensibilidad con la debilidad, la disciplina con la tiranía. También las maravillosas jornadas que pasé junto a tus abuelos y tu tía en Estremera, bañándonos en el río Tajo, y de las que conservo una foto y una pequeña aventura: la foto es de las que menos me avergüenza mirar de mi infancia, y en ella aparecemos mi hermana y yo metidos en el agua verde del río, abrazados a nuestro padre, que nos sostiene en sus brazos porque éramos tan pequeños que aún no tocábamos el fondo y todavía no sabíamos nadar; la aventura es la de la riada que nos cercó allí pasando un fin de semana de acampada, sitiándonos la tormenta a la que no hicimos caso en una especie de pequeña isla improvisada y formada por el cauce desbordado del Tajo a la que la Guardia Civil no acertaba a acceder para rescatarnos, alcanzando nosotros a ver desde nuestra posición, borrosamente por la noche ya cerrada y las ráfagas de agua de una lluvia feroz y oblicua, el haz de sus linternas a lo lejos y las luces giratorias de sus coches patrulla.


Yo sé que esos momentos salvaron de algún modo mi infancia, la hicieron soportable y digna de ser recordada varias décadas después. Mi infancia está cimentada con el olor resinoso de los pinos, con un vuelo acrobático y casi suicida de vencejos haciéndole fisuras al cielo de la tarde del verano con la tijera oscura de sus alas, con las enciclopedias por entregas de zoología y vida salvaje que mis padres y mi abuelo, poco antes de morir, me regalaron; consta de una geografía individual e íntima mi infancia, salteada de ríos, pantanos, bosques y cerros, y la conforman nombres que me conmueven como Henares, Tajo, Tajuña, Entrepeñas, entre otros; conserva escondites particulares, propicios a la imaginación y a la calma, ínfimas tierras de Nunca Jamás casi inaccesibles al dolor y la decepción, maizales que me rebasaban en altura y me ofrecían su cobijo y su umbría en sobremesas calurosas, en siestas no respetadas, y la asaltan de repente unos versos magistrales de Luis Cernuda:





Y no es el silencio solamente,
La quietud del lugar, quien así lleva
Tu memoria hacia allá, mas la conciencia
De que allí tu vida tuvo su cima.





Te saco de tu vida ordinaria en el parque de costumbre y te llevo a visitar algunos de los lugares más significativos para mí. No me gusta que te quedes estancada siempre en el mismo sitio de juegos, tratando siempre con la misma gente, en tardes idénticas que en realidad son sólo una –todos los fuegos el fuego, dicho en palabras de Julio Cortázar- y en las que no hay cabida a la sorpresa, al conocimiento que otorga recibir con los brazos abiertos una saludable incertidumbre. Soy leal a los lugares y a las personas, mas no fiel, que no es lo mismo aunque lo parezca; por eso me irrita tanto que te sitien en los mismos lugares y te condicionen a ver siempre a las mismas personas cada día: no hay cabida a la sabiduría en la constante certeza, en la seguridad ficticia de que todo y todos permanecerán inmutables, porque los lugares y las personas acaban cambiando y esa dependencia hacia ellos, tarde o temprano, acabará siendo más desgracia que acierto en tu vida. Así que, siempre que el tiempo y el clima lo permiten, te llevo a pasear por el río Henares, por el Parque de los Cerros, por los enclaves naturales de la región, cada vez más deteriorados por la acción devastadora del ser humano. Tal vez sea mi manera de enseñarte que es absurdo y temerario trabajar en contra de la Naturaleza, Dalila, y me siento emocionado y plenamente orgulloso de ti cuando denuncias una botella de plástico flotando en la superficie del río, me felicitas por guardarme en el bolsillo de la camisa la colilla del cigarrillo que acabo de fumarme mientras paseamos, cuando te asombras de descubrir la luna a pleno día o prestas toda tu atención cuando te descubro un nuevo animal que tú no conocías. Los niños sois eco cívicos desde el mismo momento de nacer; desde muy temprana edad entendéis y tratáis a los animales como a vuestros hermanos, vuestros amigos, y no como a criaturas incómodas o sucias que complican los objetivos del hombre o sirven a éste de simple herramienta de trabajo, y la Naturaleza supone para vosotros el escenario ideal de todos los juegos posibles a imaginar; le dais a la luna un rostro y al sauce le otorgáis una potestad de anciano sabio de una ribera o un bosque, tratáis de lograr una agilidad similar a la de un mono, un tigre o un tiburón nunca son para vosotros devoradores de hombres, os hermanáis con el perro y el gato, envidiáis saludablemente el vuelo majestuoso del águila… Luego vendrán algunos adultos a tratar de inculcaros que la Naturaleza es incómoda y engorrosa, que los animales son sucios, obscenos, traen enfermedades y parásitos, que es más divertido molestar al león en la jaula del zoológico, a través de los barrotes, que permanecer en silencio y asombrarse íntimamente de tener la oportunidad de contemplar a semejante animal a una distancia privilegiada, que los recursos están para ser explotados sin darles tiempo siquiera a recuperarse.

La Naturaleza, Dalila, devuelve con creces lo que recibe. No entiendo cómo el ser humano, tan propenso al acto de la venganza (o de esa venganza cívica que llamamos justicia), aún no ha aprendido que la Naturaleza es capaz de la mayor de las venganzas. Tan dadivosa es, tan sabia y agradecida, que incluso el maltrato lo recibe en toda su intensidad para después devolverlo multiplicado, como la inmundicia tirada al mar que las mareas, tarde o temprano, acaban devolviendo a las orillas. Pero el maltrato que nos devuelve, a diferencia del que nosotros le damos, es hermoso: sus desastres y catástrofes van cargadas de una belleza indescriptible, aterradora –un volcán escupiendo ríos luminosos de magma; una tormenta eléctrica de un azul único; un torbellino que somete a las casas y a los coches en la danza loable de su destrucción, su peonza de viento enfurecido trasladándose a través de los erales y las llanuras; un terremoto que resquebraja la tierra o la levanta, consiguiendo pétalos de hormigón como de asfalto floreciendo; un maremoto que insufla proporción y potencia a las olas, activa muros de agua viviente que avanzan imparables y devastan las costas y sus pueblos y ciudades-, tal vez para recordarnos que también nosotros somos hermosos porque somos uno con ella, nuestras vidas que creemos desligadas de otras formas de vida, independientes y superiores al mundo que nos circunda, nos protege, nos cuida o nos destruye, así lo tratemos nosotros a él.

Hace unos días un terremoto ha devastado Japón, provocando varias decenas de miles de fallecidos y desaparecidos. Para cuando tú llegues a leer estas páginas, este hecho tan sólo será una anécdota que ocurrió el año en que tenías cinco de edad. Pero hoy es rabiosa actualidad, y aunque es seguro que en un par de meses habremos olvidado las cifras y las imágenes, las réplicas sacudiendo el mobiliario de las oficinas y el tsunami arrastrando en su avance trasatlánticos y camiones como si de simples hojas caídas y movidas por la corriente de un arroyo se tratase, no puedo evitar pensar a qué desastres tendrá que verse sometida tu generación y las próximas a la tuya, la de tus hijos, la de mis nietos, en qué estado os estamos dejando el planeta que vosotros nos habéis prestado.

El libro de Dalila (6): Primer día




Hoy, Dalila, me he reconciliado. Por ti me he reconciliado, por no transferirte las inseguridades y los temores que manipularon mi propia infancia y me hicieron malvivirla o desaprovecharla, esa propensión a la tiniebla y al derrotismo que siempre hubo en mí y que, a día de hoy, todavía a veces me subyuga y se empecina en limitar el amor sagrado que siento por la vida aun en sus facetas más indeseables, tema extenso para un texto aparte. Flaca herencia sería la que recibieses del rencor y el despecho que llegué a sentir hacia el niño que un día fui en un tiempo sin horizontes.


Estabas tan ilusionada. En ti gravitaba la satisfacción ingente, inigualable, de quien descubre por primera vez el recurso placebo de la esperanza y todavía ignora que, pese al carácter benefactor y romántico de su propuesta, probablemente ése es el recurso menos infalible de a cuantos se pueda acceder durante el transcurso de la vida. Me decías, con ese balbuceo renqueante con que os expresáis los niños muy pequeños y que encierra más verdad y claridad que la más perfecta de las dicciones, que querías ir al colegio, que cuándo empezaban las clases, mientras yo buscaba la luz de tu nombre en la lista de admitidos que han colocado en la puerta del centro escolar tan cercano a donde vives con tu madre. Me sorprendieron sobremanera esas ansias, esas ganas tuyas por empezar las clases, porque nunca te llevamos a una guardería y jamás antes te habías separado de nosotros, de tu madre ni de mí: cuando ella trabajaba era yo quien te cuidaba y viceversa, solicitando cada uno turnos diferentes al del otro para poder estar contigo. Quizá es que desconoces la soga tensa y compacta de la rutina, la recompensa demorada de la disciplina –tan demorada, a decir verdad, que a veces incluso no parece ni una recompensa-, e ignoras que tendrás que pasar allí muchas horas al día, muchos días al mes, muchos meses al año, muchos años de tu vida; o tal vez sólo es que yo estoy nebuloso y regresivo, haciéndote injustamente partícipe de mi propia experiencia durante mi primer día de colegio, y supongo en ti, de manera errónea, mi mismo llanto aquel día y mi misma sensación de estar siendo entregado a un mundo hostil y absolutamente ajeno a mi ser.

Íbamos los dos –tú y yo- cogidos de la mano, de vuelta a casa de tu abuela, y te enfurruñaste al saber que aquel no era tu primer día de clase, que aún tendrías que esperar unas semanas para conocer ese mundo que a ti se te abría nuevo y expectante tras los altos muros y las verjas, atractivo por desconocido, y del que habías oído hablar por boca de otros, tu madre ensalzando siempre los juegos y las excursiones, yo limitándome a omitir los rasgos que me resultan más detestables de una institución de la que, incluso en presente, no me cuesta encontrar semejanzas entre el patio de un colegio y el de una prisión. (Puedo escribirte ahora todo esto, aun a riesgo de que se me tilde de mal educador, porque este libro o esta esperanza de libro, esta melopea de palabras que quisieran ser algo más conciso y hermoso, estos remiendos de mi vida frente a la plenitud que me gusta imaginar para la tuya, no te será entregado hasta una edad que yo considere prudente –y aun muchos de estos textos serán debidamente censurados antes de que te lleguen a tus manos, e incluso destruidos, para que no puedas comprobar lo más oscuro que acontece o a veces vive dentro de tu padre-, y seguramente para entonces tu carrera académica ya habrá finalizado o se hallará en un tramo en el que ya se te hayan revelado sus ventajas con más fuerza que sus inconvenientes, sólo posibles estos últimos si te niegas por voluntad propia, como tan torpemente hice yo, a permitirte aprender, conocer, vivir.

Algún tiempo después, y a tan sólo unos días de que al fin pudieras vivir tu tan ansiada primera jornada escolar, nos reunieron a los padres de los alumnos para explicarnos las normas y los protocolos del centro, los libros y el material escolar que teníamos que comprar, la dinámica de trabajo que los profesores utilizarán durante el curso y esas otras cuestiones que, aunque necesarias, a mí me hacen bostezar humanamente. En un principio, tu madre y yo acordamos que no te llevaríamos con nosotros a la reunión, pero ya luego pensamos que no te vendría mal conocer de antemano el lugar donde vas a pasar los próximos años de tu vida –años cruciales, aunque qué año no lo es en la vida de uno-, entre otros motivos diversos que, en tu madre, tienen que ver más con esa fascinación envidiable y casi infantil que siente por las cosas más mundanas y cotidianas, y en mí, por una actitud infundada y similar a la de quien desea conocer de antemano a su enemigo para que, en el momento decisivo de la lucha, éste no se antoje más grande y más fuerte de lo que realmente es. Así que te llevamos con nosotros, y nada más cruzar la puerta de metal e ingresar en el patio de las instalaciones se te llenó la cara de luz, se avivaron y brillaron tus ojos como a fiebre, fue de repente tu boca una sonrisa de luna en cuarto creciente. Tirabas con fuerza de nuestras manos, de los faldones de mi camisa, conminándonos a entrar en el edificio pese a que aún no habías visto el patio en su totalidad, como cuando en el Día de Reyes apenas has comenzado a abrir el primer regalo ya quieres averiguar el contenido de un segundo y hasta de un tercero, tan integrada ya desde pequeña en esta sociedad actual, equivocada aunque inevitable su equivocación a veces, ansiosa de recompensas fáciles e inmediatas.

Para que los niños que acompañabais a algunos de nosotros –los padres- no estorbaseis durante la reunión, algunos profesores os prepararon un aula aparte con juegos y películas de dibujos animados. Ahí fue cuando yo empecé a temer tu posible llanto, tu resistencia a que te separasen de nosotros, aunque fuera sólo durante hora y media. Sin embargo, te dejaste llevar y conducir sin polémica, deseosa de descubrir a fondo lo que se te ofrecía nuevo y a estrenar, y esa rápida adaptabilidad y curiosidad tuyas tocó una fibra secreta dentro de mí, pulsó estas sienes mías siempre cargadas de temores imaginarios, de absurdos malentendidos, de prejuicios que me empeño en deshabilitar armándome de curiosidad y adquiriendo una cultura que yo mismo me vedé durante mucho tiempo, y disipó las nieblas en las que a veces me debo mover a tientas, recio y gris, plagado de incertezas, de dudas, de contradicciones que me definen como individuo, deseando o quizá rogando que cada nuevo paso no sea un paso en falso. A una sonrisa tuya el colegio perdió esa tenebrosidad que yo recordaba de sus pasillos y recovecos, como si tu sola presencia fuese la señal para inducir a alguien que fuese encendiendo las luces a nuestro paso; a un grito o un comentario de admiración fugado de tus labios, regresaron a mí los olores beatíficos y durante tanto tiempo olvidados de los lapiceros, las tizas, los libros de texto; descubrí en las paredes cuadros que habían hecho antiguos alumnos que ahora debían tener mi misma edad; me sorprendí a mí mismo sonriendo mientras me sentaba, grandullón y ridículo, en ese pupitre con tu foto de carné pegada y que ya antes de comenzar las clases se ha asignado como tuyo. Tuyo… Es tuyo, Dalila: cógelo como esa ofrenda que se acepta para que la descortesía de no aceptarla no resulte peor gesto que la avaricia de aceptarla; acaricia su superficie lisa y aséptica como al lomo de un animal mitológico al que sólo tú tienes el privilegio de ver y tocar; juega con él sacándole el mayor partido; prevé y acepta sus múltiples posibilidades y el germen de tu futuro; entiéndelo como un territorio propio, un cuarto particular, un escondite ideal si lo prefieres, lugar de tránsito y sitio de tu recreo y tu formación, una nave prodigiosa y propicia que te permitirá huir o defenderte de los fanatismos y de la brutalidad de los ignorantes voluntarios, un habitáculo de confort instructivo, crisálida de contrachapado y metal donde tendrá lugar tu metamorfosis, donde se forjará una parte muy importante de tu personalidad. Si acaso algún día, como me ocurrió a mí, llegas a verlo como una celda, como un zulo, mira de nuevo y piensa antes de echarle la culpa a nadie, respira hondo y observa a tu alrededor, indaga, pregunta, inspecciona, busca las razones y los motivos por los cuales algunos de nosotros tememos más a un pupitre con un libro encima que a un revólver.

Hoy, Dalila, es tu primer día de colegio. Y mientras nos das un beso y te colocas solícita en la fila, sonriendo, bailando un poco, aprendiendo una canción que tu profesora repite como un mantra, me parece ver a tu lado a un niño que se parece mucho a ti, que casi se diría, por sus facciones, que puede ser tu hermano, y que también me sonríe en una distancia que no es física, una distancia de mucho tiempo y más olvido que él está aboliendo a un golpe de su mano, oscilando en la forma de un adiós y despidiéndose ya de los reproches que le hice en un tiempo sin horizontes.

jueves, 18 de agosto de 2011

Zahorí (poema inédito)

A Palo Rodríguez Ortega


Me buscaste -zahorí
incansable a un alma subterránea-
cuando intentaba la tristeza
de ciertas sonrisas resignadas con que cobran
sentido algunos exilios personales.


Versificadas álgebras de niebla,
ginebra amarga de las noches
donde de fondo suenan canciones idóneas
que sanan mientras duele
su música hecha de un vaso colmado
y corazones que buscan remansos en el pulso;
así este insomnio con que hoy
te escribo y te agradezco
no es mío, ya lo sabes:
mi desvelo está construido a partes iguales
a raíz de cosas inconclusas y jaurías,
de metas alcanzadas y ficticias amenazas;
el tuyo es más bien
el de la niña fascinada con la luna,
imaginaria de caricias que deseas
para convertir en ramas de un nido
los clavos que se dicen muelles
en el duro somier de tu cama.

martes, 16 de agosto de 2011

Los celos




Una alarma que salta de pronto en el centro del pecho, levantando defensas, accionando resortes, trazando líneas divisorias. La duda insidiosa, la inseguridad expuesta en su faceta más indeseable y obsesiva. Una sensación ingrata de asalto y abordaje, de invasión, de casa tomada, de bárbaros que saquean el santuario, queman el altar y violan a la deidad. Sedición, traición, imaginarias ambas en la mayoría de los casos pero no por ello menos hirientes. Muros de confianza que retornan al barro primero, que se vuelven endebles mientras dura el trance. Fantasmas del pasado que arriban por la seducción y no por la culpa o el arrepentimiento. Los celos.

Soy un hombre celoso. Muy celoso, a decir verdad. Ya, ya sé, no me vengan ahora argumentando lo que no tiene razón de ser: clara muestra de inseguridad, carencia de autoestima, aniquilamiento de la confianza, relación afectiva abocada al fracaso... Y bla, bla, bla. Todo eso, o casi, ya lo puse en el párrafo anterior, y además me consta lo mal visto que está, a día de hoy, en estos tiempos de imbecilidad voluntaria en los que nos preocupa tantísimo ser políticamente correctos y ofender al resto pese a ser, a la práctica y la mayoría de las veces, unos hijos de perra, decir que se es celoso. Pues lo soy. No a mucha honra, claro está, pero sí lo suficientemente celoso para dar prueba de mi amor, entre otras muchas maneras más diplomáticas y placenteras, y para demostrarme que aún tengo sangre en las venas, que me importa la otra persona que he merecido al igual que esa misma persona me merece -un escalofrío me ha recorrido cuando se me ha pasado un momento por la cabeza el escribir "que me importa la otra persona que me pertenece al igual que a esa misma persona la pertenezco", cuando me he visto tentado de utilizar un sinónimo de la palabra "posesión" o similar, por estrictamente literario que sea su sentido, no vaya a ser que se me abalancen los amigos de la demagogia feminista radical y pidan pena de muerte a este tirano machista-, que no soy un pusilánime y me jode que traten de levantarme a la chorva.

Así que dejo a metrosexuales modernos y de postín y a los aliados de las buenas voluntades que rayan la gilipollez el derecho a criticar al hombre de las cavernas que habita dentro de esta gruta oscura y fría que son
mis celos. Todavía recuerdo aquella vez que un amigo, el cual siempre condenaba mis celos como algo retrógrado y opresivo, montó una escenita con su novia de celos. "¿Has visto cómo tú también sientes celos?", le dije. "Yo siento celos cuando tengo motivos...", se defendió. A lo que le respondí: "Si tienes motivos, no son celos: son cuernos."

miércoles, 10 de agosto de 2011

Rutas contigo (poema inédito)




Porque a veces te me asemejas
a una música lenta y triste
que suena en una plaza extraña
de una ciudad remota y extranjera.


Te acordarás ahora
de esa pareja que se abrazaba frente al río.
Los observamos y te dije
que no me importaría estar en su pellejo:
nómadas por forasteros, amándose
perdidos por un Madrid fabuloso
que para ellos sería
lo mismo que si nosotros estuviésemos en Praga,
guiris españoles devorándose el instinto.


Tienen idénticas cualidades
 mujeres y ciudades:
su misma extrañeza deliciosa, mezcla
de expectativa y fascinación,
durante su primer recorrido;
su misma arquitectura del reproche
un tiempo después
tras haberlas habitado.


Entretanto, te contaba
que mi madre estaba en Venecia
amando a su hombre, fascinada de máscaras
de carnaval y canales, Puente
de los Suspiros, una llamada perdida
para indicarme días más tarde
que ya había llegado a Eslovenia.


Tú escuchabas con la atenta retentiva
que caracteriza a quienes
les resulta agradable una charla;
yo pensaba en todas esas rutas que hice contigo
por todas esas ciudades remotas y extranjeras
que nunca visitamos juntos.

sábado, 30 de julio de 2011

La fuga (poema inédito)




La noche era un corazón corrompido.


"Sálvame odio", gritaban
los helados gestos lunares,
el insomnio del neón autostopista,
proceso intermitente
hasta el amanecer del solitario.


Atrás, la despedida
breve y fugaz en apenas
una nota, un trozo de papel
en el que practicar las tachaduras
del pasado.
                     Y todas las frases
que no dijo, sitiadas en sí mismo
todas las explicaciones, las nomenclaturas
y las fechas y las cifras...
                                         "Me voy
a donde aún exista la lluvia."


Y ya después,
en la autopista, aceleró hasta comprobar
que no es sino distancia
la nocturnidad de nuestros actos.


No se puede huir de uno mismo:
lo dice la canción del fugitivo.

Fight (poema inédito)




Pero si callo, otorgo:
                                   me pisan.
Si digo, combato:
                               me acusan.
Si no permito ya nunca más
la burla que me brinda el ajeno
a mi vida, si no afirmo
de antemano y si medito antes
mi respuesta, mi apuesta que es
solamente mía, mi opinión
que tergiversan por maldita
la ofensiva, despiadadamente
me culpan, me cuestionan,
refutan mi propia sombra
y le atribuyen altura devoradora,
suma prepotencia de querer defender
con uñas justas quien soy.
(Y a quién coño le debo explicaciones.)

jueves, 28 de julio de 2011

Palabras




Un cigarrillo, una cerveza, el verano afuera y un invierno dentro de mí. Frases hechas, palabras manidas, lugares comunes, poesía de a céntimo la rima, una sensación de hartazgo que no sé, como debiera, trasvasar al papel, una especie de escritura automática atascada en las ranuras entre los pliegues del cerebro que me hace ir de unas palabras a otras escogiendo sinónimos, extrañas asociaciones de ideas, nomenclaturas, calificativos… Calificativos. Qué fácil escupirlos, qué fácil amartillarlos y dispararlos; las palabras se vierten con tanta gratuidad –en un papel, en las conversaciones, en mensajes telefónicos, incluso en la mente y en los silencios con que nos dirigimos palabras a nosotros mismos-, igual que un agua potable salida de un grifo demasiado tiempo abierto de la que desconocemos su auténtico valor. Enviamos palabras que otros recogen, y a un tiempo nosotros almacenamos otras tantas, en una logística de la comunicación, algunas para quedarse por siempre grabadas en nuestro recuerdo.


No es verdad que las palabras se las lleve el viento… Algunas tienen un peso conciso e insoportable, y son como anclas firmemente hundidas en nuestras profundidades. Yo guardo en una caja de tormentas unas cuantas que alguna vez me brindaron. A veces las dejo salir para darme una medida aproximada de mí mismo, o bien, en horas altas, para no reconocerme en ellas. “Me miro a través de tus ojos y veo un monstruo”; “eres una persona muy destructiva”; “te quedarás toda la vida solo”… También las hay de mejores intenciones, claro, benévolas, cariñosas, amables, que aquí un servidor no sólo se ha dedicado a cultivar enemigos, por más que piense que tener enemigos es instructivo y revitalizante y que la persona que no tiene ninguno no suele ser alguien de fiar; pero son las palabras que a uno le dirigen y con las que no está de acuerdo las que más me interesaron siempre, y no es difícil verme sacándolas a pasear, aireándolas en mis noches más solitarias, limpiándolas la bilis de la superficie hasta encontrar al fondo de la mugre esa piedra preciosa que anda siempre escondida en cada crítica. Cuando la encuentro, cuando refulge su brillo especial como la tapa de una lata de conservas vacía en el fondo de la bolsa de reciclaje, doy cuenta a veces de su inutilidad, lo mismo que si alguien tratase de pagar en el supermercado con un diamante; porque no hay nada que pueda decirme que no me haya dicho yo con anterioridad, ni quizá hacerme más daño del que a veces me inflijo a mí mismo. Es sabido que no hay método mejor para desacreditar al que te critica, que haberte criticado tú mismo antes.

jueves, 21 de julio de 2011

Carta a un suicida




Hoy soñé contigo de nuevo. Decir que fue un sueño extraño sería recalcar lo obvio; no conozco ninguno que no lo sea, y además no lo voy a narrar aquí porque considero que no hay nada más aburrido como que alguien te cuente sus sueños. Llevábamos años sin mantener contacto cuando te hiciste desaparecer, y la noticia de tu despedida me llegó de casualidad y por terceros, aunque a tiempo para que pudiera asistir a tu funeral vertiginoso e irreal, donde nadie te veló y en el que casi no se nos dejó a los presentes contemplar siquiera tu cuerpo sin vida, apenas diez minutos (y no en una sala de velatorio, sino en una antesala del tanatorio, grande y de luz fría de fluorescentes, que de no ser porque no vi ningún vehículo habría jurado que se trataba de las cocheras donde se estacionan los coches fúnebres y de duelo), tiempo más que suficiente para que un escalofrío me recorriese de pies a cabeza y para que pudiera doblar el espinazo ante tu ataúd y darte un beso en la cara, que casi se diría que esgrimía un gesto placentero, en el que parecía que se asomaba una sonrisa taimada a la tersura violácea de tus labios, y que, imagino (o quiero creer), debe ser el ademán de quienes al fin dan por concluida una tarea larga, pesada e ingrata, que en tu caso fue la vida misma.

Como digo, llevábamos años sin mantener contacto –la escasa información que me llegaba de ti era a través de otras personas, a menudo difusa y desactualizada-, pero cuando aún vivías yo soñaba a menudo que hacías lo que años después acabarías haciendo, y ahora que ya no vives sueño que estás vivo todavía y que vas a volver a quitarte la vida, que te despides de nosotros, no por carta como hiciste en la realidad (esa carta que nunca nadie me dejó leer y en la que, según dicen, detallabas los motivos por los que no sentías ganas ya de vivir: el escarnio, la vergüenza, la culpa, esos agentes de la tiniebla que asaltan más a las buenas personas que a las malas –las malas personas no los sienten, o los sienten y los ignoran, seguras de su impunidad, sobre todo la que ellas mismas se brindan, y si algo tengo cada vez más claro es que las malas personas son las que siempre, en cualquier circunstancia, duermen a pierna suelta- en las peores noches que nadie debería merecer y las hacen quizá sobresaltarse en plena madrugada, sentarse al borde de la cama, tal vez encender un cigarrillo, beber agua, secarse el sudor de la frente y tratar de respirar con calma…), sino en persona, uno por uno de todos nosotros, tus familiares y amigos y allegados, como alguien que se marchase a una guerra cruenta y de tiempo indefinido de la que tiene la certeza que no va a regresar.

Decía Nietzsche que pensar en el suicidio es una forma de controlarse y ayuda a pasar más de una mala noche. Lejos de estar de acuerdo con esa reflexión lapidaria e inmediata, sí diré no obstante que yo también, en alguna época de mi vida, pensé en la idea del suicidio. Ni que decir tiene que mi desmesurado miedo a la muerte me impediría cometer tal acto (aunque los libros de psiquiatría afirmen que el proceso por el que pasa un suicida hasta que consigue su propósito transcurre por diversas fases, que empiezan precisamente por un miedo exacerbado a la muerte y acaban por la visualización en su mente de su propio cadáver, con todo lujo de detalles), y que aun padeciendo tristezas insufribles una vez por semana (entiéndase la ironía) soy de los que prefieren ser matado que muerto en esta vida. Pero esta actitud no desacredita mi denuncia hacia la opinión de esas personas que consideran que el suicida es un cobarde. Creo más bien que el que afirma tal cosa con toda gratuidad, sin haberse visto acorralado por las vivencias peores que nadie puede merecer –o puede creer que se ha visto acorralado, ignorando que todo, siempre, por muy malo que ya sea, puede ir a peor-, sólo trata de ocultar su incapacidad para, en el hipotético caso de que llegase el momento decisivo, mostrar dignidad y acabar con su propia vida, disfrazando de valentía y capacidad de lucha su temor a mirar directamente a los ojos del abismo. Porque el suicida me parece digno, honorable; comete un acto de amor propio, considera que no merece esa existencia y prescinde de ella, inicia una revolución personal para terminar con lo que le produce dolor, para aniquilar lo que le está aniquilando, en este caso la vida misma. Es una victoria precisamente de la existencia que quiere vapulearlo el que el suicida acabe con su vida, pero una victoria a medias, como la del soldado que muere mientras mata, cargada del orgullo y la honorabilidad del escorpión que prefiere clavarse el aguijón antes que ser pasto del círculo de fuego, del delfín que decide por cuenta propia varar en la playa antes que ahogarse entre residuos, del samurái que se hará el harakiri antes que concederle a sus enemigos el placer de matarle.

Fue tu funeral presto y extraño, tenebroso, irreal, de noche, secreto, donde apenas se nos dejó ver tu cuerpo sin vida para que no reparásemos en el mal estado en que quedaste, como imagino que serían las ceremonias funerales en esos corrales de los muertos de hace cincuenta o sesenta años donde sólo se enterraba a los suicidas a los que Dios no acogería en su gloria por tomar una decisión que no les correspondía a ellos mismos tomar, pese a tratarse de su propia vida. No lloré, creo recordar, aun cuando incluso lloro hasta en los funerales de esas personas que no me tocan de cerca, y a los que uno va por compromiso o por alentar a otra persona que sí nos importa realmente, quizá por esa cita de John Donne que dice: La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti. No sé si la razón de que yo no llorase aquella noche, contrario a mi emotividad, tenía que ver con el estado de irrealidad que viví a raíz de saber de tu muerte y sus motivos, pero yo quiero pensar que no lo hice por respeto a la decisión que tomaste, la idea elaborada y meditada del verdadero suicida y no de aquellos que se quitan la vida una vez al mes, procurando que sus intentos siempre sean fallidos o forzando las circunstancias para que les sean propicias y que alguien pueda salvarles en el último momento, como el imbécil que se tira desde un primero o el niño que decide aguantar la respiración, enfurruñado con el mundo. Y en ningún momento, mientras cerraban la caja y veía por última vez tu rostro, sereno y relajado, se me ocurrió pensar que eras un cobarde.