"Mis criaturas nacen de un largo rechazo."
PABLO NERUDA




















domingo, 23 de mayo de 2010

Un espejo terrible

"El hombre olvida que es un muerto que conversa con muertos."

JORGE LUIS BORGES






















“El muerto es un espejo terrible.”

Ésa es la conclusión a la que ha llegado Héctor tras diez largas horas de velar al difunto. Y aún serán dos horas más: el entierro tiene lugar a las nueve en punto de la mañana; teniendo en cuenta que en su Lotus marcan las siete, y que lleva desde las nueve de la noche del día anterior emplazado en el sofá rinconera del mortuorio número seis del tanatorio municipal, eso hará un total de doce horas interminables frente al cadáver.
De a poco va asaltándole la sensación perdurable, en parte angustiosa, de llevar allí sitiado diez días completos con sus diez noches. Un día por cada hora que ha transcurrido. “Cada minuto aquí adquiere una elasticidad desquiciante. Parece como si llevara mirándote a través de la mampara toda la vida, como si tú siempre hubieses estado muerto y tu madre y yo hubiéramos velado tu cuerpo en una noche sin fin.” Héctor habla al difunto desde un silencio legamoso que ya comienza a durar demasiado en la sala; hace ya más de una hora –para Héctor, un día con su noche- que la señora Estévez, la madre del mejor amigo de Héctor –el difunto, Omar Ayala Estévez-, no ha dicho una sola palabra, advirtiendo quizá en su fuero interno que ya tan sólo quedan dos míseras horas para despedirse de su hijo, para que tapen a Omar y lo enclaustren para siempre en un nicho apestoso. “Supongo que su concepto del tiempo aquí es diferente del mío, señora Estévez. Aquí dentro, las horas para mí son un metrónomo ralentizado, algo parecido a una gotera por donde no llega a filtrar del todo el agua, mientras que para usted, sencillamente, las horas ya no existen; su medida de tiempo es fulmínea, se ha reducido al relámpago de una tormenta lejana que se divisa por casualidad en el horizonte.” La habla desde el mismo silencio, diciéndola pero sin decirla, en que le habló a su hijo hace unos instantes –instantes que a Héctor se le antojan horas, del mismo modo que las horas se le antojan días-, sintiendo de repente un acceso de culpa por desear que termine ya, que entierren a Omar y la vida continúe irremisiblemente porque ése es el ciclo y hay que asumirlo y ya está, sin ningún afán de derrotismo y sin hacer uso de largos dramas.
Ese sentimiento ha dejado a Héctor más exhausto de lo que él mismo se creía. Necesita salir un rato de la sala, despejar la cabeza del abotargamiento, entretenerse con nimiedades fuera de la óptica de su amigo muerto y de la madre de éste, tal vez dar un breve paseo por el parking de las instalaciones, esperando a que el tiempo vuelva a activar un ritmo coherente. Para su alivio momentáneo, se acuerda de pronto de que la cafetería ya debe haber abierto: podrá tomarse una Castellana con hielo y un café con leche decente, no como el que a estado tomando toda la noche de la máquina expendedora; café emético de pésima calidad, con asquerosa leche en polvo, que no ha conseguido quitarle la modorra pero sí le ha producido una fugaz aunque engorrosa diarrea.
Se desencaja del sofá y le pregunta a la señora Estévez –la única asistente al velatorio junto con él mismo- qué es lo que quiere para desayunar: algo de bollería y un café, un té quizá aunque no es nada recomendable, una manzanilla o un poleo menta al menos que temple los nervios y asiente el estómago. Tal como Héctor había previsto segundos antes de hacerle la pregunta, la señora Estévez no quiere nada: lo que desea asentar es su dolor, no su estómago; asentar su dolor, su sufrimiento, atesorarlo oscuramente en su interior para no arriesgarse a olvidar a Omar, su único hijo y la única persona que le quedaba con vida en el mundo. Héctor prefiere no insistir y se dirige entonces a la puerta, pero antes de llegar a ella y cerrarla tras de sí echa un nuevo vistazo a la mampara de cristal donde su amigo está expuesto dentro de un ataúd (madera de roble, color caoba señorial, triple llave de seguridad, los mejores acabados; eso ponía en el contrato del seguro de decesos, como si a la pobre señora Estévez la estuviesen vendiendo un Maserati en vez del angosto receptáculo donde yace ahora su hijo) flanqueado por cuatro bombillas puntiagudas de luz tenue, una en cada esquina de la caja, que hacen las veces de velas. “Ya has empezado a cambiar el gesto, colega. El espejo terrible se abomba y desfigura el reflejo.”
Cuando sale al exterior lo sorprende agradablemente un principio de amanecer y una leve brisa gélida. Falta todavía un buen rato para que el sol despunte, pero entre el celaje más inmediato a levante comienza a abrirse una claridad azul grisáceo. Por entre las lápidas y las colmenas de nichos que circundan el austero edificio, fluctúa una bruma proveniente del río que corre al otro lado de la verja del cementerio. En los cerros cercanos que rodean el lugar, la misma bruma asciende un poco y se ciñe al principio de sus faldas y cantiles arcillosos como si disfrutara de vida propia. Es una escena hermosa, contrariamente a lo que se pueda llegar a pensar por razones obvias.
Sólo han transcurrido quince minutos desde la última vez que Héctor consultó el reloj. Se ha dejado el abrigo en el mortuorio y el intenso frío no tarda en calarle los huesos. Se sube el cuello de la americana, enciende el enésimo cigarrillo de la noche (no sin cierta dificultad, debido al leve entumecimiento de las manos) y comienza a caminar hacia la cafetería. No está muy lejos; a unos veinte metros escasos de los mortuorios. Le sorprende, y en parte le frustra, no encontrarse a nadie durante el trayecto. Por norma general, el tanatorio siempre está abarrotado (“Si quieres que tu negocio nunca vaya a pique, procura que ese negocio sea una funeraria”, es su pensamiento más gratuito, manido e inmediato): los mortuorios donde permanecen los difuntos antes de la sepultura o la cremación son siempre un constante entrar y salir de seres queridos, incluso a horas tan intempestivas; pero, casualmente, esa mañana pareciera que sólo van a enterrar a Omar. Esto hace reflexionar a Héctor sobre la pronunciada soledad en que se encontraba su amigo, que después de todo no es tanta cuando Héctor la compara con esa otra soledad absoluta en que se encuentra, a día de hoy, la pobre señora Estévez. ¿No tiene vecinos, conocidos, algún amigo viviendo en otra provincia o uno de esos parientes lejanos que sólo se dejan ver en las bodas y los funerales? Héctor también se había estado preguntando por el cierre de la cafetería durante la noche. Lo más lógico es que un establecimiento de esas características preste un servicio ininterrumpido de veinticuatro horas; sin embargo, una hora antes de la medianoche el encargado del turno de tarde echó el cierre, y no ha sido hasta hace quince minutos que la chica encargada del turno de mañana ha cambiado el cartel de CERRADO por el de ABIERTO. Quizá si en el tanatorio hubiese habido más difuntos con sus respectivas familias –más clientes, en suma-, esa noche la cafetería hubiera permanecido abierta. De no ser así, no sería descabellado suponer o imaginar que la dirección del Cementerio Jardín –ése es el nombre que recibe el tanatorio-cementerio municipal, casi más propio de un campo de golf que de un camposanto- hubiese considerado que es un gasto innecesario el uso exclusivo de unos servicios que va a disfrutar una sola familia –en este caso, ni eso; solamente dos personas que apenas se conocen, la señora Estévez y él mismo, sosteniéndose la una a la otra en el burdo trance de la pérdida-, aun habiendo pagado dicha familia por esos mismos servicios. “Han sido muy considerados al dejarnos la máquina expendedora y la calefacción de la sala encendidas.” El sarcasmo de Héctor proviene de más allá del cansancio y la tristeza, y no del enfado, pues con tanto sueño que lo azuza ya no está seguro de sus elucubraciones.
Al entrar en el local, el cambio brusco de frío a calor le produce un escalofrío placentero. Le llegan olores gratos y conciliadores a café y bollería recién hecha. Una chica rubia, de unos veinticinco años de edad, espera al otro lado de la barra a que Héctor termine de frotarse rabiosamente las manos, con el fin de desentumecerlas, y haga por fin su pedido. Copa de anís Castellana con hielo y café con leche en vaso de caña, con dos sobres de azúcar. La chica esboza una bonita sonrisa taimada, harto practicada por quien debe atender a diario a clientes que merecen un trato especial de misericordia, y comienza a preparar el pedido con una desenvuelta profesionalidad. Entretanto, Héctor apura su cigarrillo y contempla, a través de las grandes cristaleras del local, el avance apenas perceptible del alba: ahora la claridad cerúlea se ha ensanchado y brillan intensamente, como astros de frío, los últimos luceros. Algo más allá, entre los cerros lejanos que sustituyen a la línea imaginaria del horizonte, hay un vago proyecto de sol, un ínfimo resplandor púrpura que aún no se atreve a estallar. Y qué le importa a él si todavía no amanece; lo único que desea es echarse a dormir, que le den sagrada sepultura a Omar y la vida comience a fluctuar otra vez hacia una rutina soportable. Y de pronto, Omar, su nombre, el agudo acentuamiento de aguas al final, la sola mención de su nombre que de repente significa recobrar todo lo demás, su recuerdo que aún es reciente y doloroso, el recuerdo de su voz, de sus gestos, de su cara…; su cara precisamente ahora que ya no es su cara, aunque la señora Estévez, buena madre impertérrita y subjetiva, se empecine en decir que está muy guapo, que parece que duerme. Pero Omar no duerme; Omar está muerto, y su rostro lo dice y su carne lo dice, tan tersa que parece de cera. “El muerto es un espejo terrible”, corrobora Héctor. “En él, los vivos contemplamos nuestro imparable desarrollo aun después de la muerte, lo que llegaremos a ser tarde o temprano, esa materia truncada de marioneta rota, endeblemente rígida, con los hilos invisibles colgando de las articulaciones.” Pero no, no quiere pensar en ello, no quiere esa imagen de Omar en su mente cuando toque recordarlo en el transcurso de la vida ya sin él; demasiadas horas sin dormir están pasando factura.
La Castellana la toma nada más servida, en dos largos tragos; al café, en cambio, le da un espacio de tiempo, bebiéndolo a sorbos y fumando un nuevo cigarrillo. Aunque no conviene demorarse demasiado: le dijo a la señora Estévez que no tardaría, como si eso a ella la importase. Cuando ya sólo quedan los posos en el fondo del vaso, Héctor aplasta la colilla en el cenicero que la chica puso junto al pedido, deja el vaso sobre la barra y le entrega a la chica unas monedas. Ni siquiera se queda a recibir el cambio; vuelve a subirse el cuello de la americana y sale de la cafetería en dirección al mortuorio número seis.
Cuando entra en la sala, descubre a la señora Estévez llorando otra vez. Llora sin histeria, con una calma que Héctor nunca supondría en sí mismo de encontrarse él en idénticas circunstancias. Tal vez, cuando llegue el momento definitivo de tapar la caja, de echarle el cierre a una vida, la señora Estévez acabe por liberar ya del todo sus emociones y romperse como solamente puede romperse una madre cuyo único hijo ha fallecido; porque su propia existencia, a partir de entonces, ya sólo será el anhelo truncado y el ansia inútil de recuperar esa otra existencia que la pertenecía de manera legítima, una realidad anterior, que ahora parece ficticia, en la que Omar vivía a su lado y no importaba que fueran sólo dos personas en el vasto mundo. Héctor quisiera saber consolarla, sentarse cerca de ella y echarla una mano al hombro, o quizá abrazarla, o al menos decir las frases recurrentes y socorridas en estos casos, los tópicos al uso, “es que no somos nada” y “siempre se van los mejores” y bla, bla, bla; pero cómo hablarle a una madre de la pérdida impagable de su hijo, cómo tratar de explicarle la alianza antagónica, el tácito tratado que él entiende que existe entre la vida y la muerte, menos aún cuando se conocen desde hace tan sólo unas horas. Además, Héctor nunca fue del tipo de dar palmaditas en la espalda por ningún motivo; sus halagos o sus condolencias siempre fueron tan reservadas y cautelosas como cualquiera de sus emociones, de sus sentimientos, incluida su tristeza, que a simple vista parece inexistente dadas las circunstancias. “De todos modos, el llanto es bueno cuando se ocupa de supurar algo en nosotros que no vive en orden. De no ser así, implosionaríamos de alguna manera.” Lo piensa un hombre que no acostumbra a llorar, que lleva casi once horas –once días- contemplando con una estoica entereza el cadáver de su mejor amigo, sin una lágrima, sin una fugaz mueca de dolor.
Al final decide no molestar a la señora Estévez y sentarse en el sillón más cercano a la mampara de hosco cristal donde el muerto no parece el mismo muerto de hace unas horas, al igual que el muerto de hace unas horas no parecía el vivo de hace unos días. Toda la unidad física del difunto está gritando el cambio: la carne, de apariencia fofa y globosa, es en realidad pétrea como el pecho de un dios, mientras que el cabello parece desoxigenado, con una textura como de paja o esparto; y también los labios, que se han amoratado muy ligeramente y se han tensado hasta el punto de que parece que el muerto sonríe, sonríe a Héctor en tanto que éste lucha contra el sueño. El proceso de pudrición, aparentemente imperceptible y retardado por los métodos de conservación utilizados al embalsamar el cadáver, ha comenzado a activar su maquinaria biológica involutiva, a cometer acciones degenerativas, con sus fases solamente visibles a la manera de un amanecer, es decir, cuando alguien contempla la aurora y sucede que parece que no sucede nada, y entonces cierra los ojos y vuelve a abrirlos tras un breve espacio de tiempo, y ahí sí consigue distinguir una evolución plausible del rosa al violeta y luego al azul, todo en una óptica de absoluto sigilo, como de cazador felino acercándose a pausas letales a su codiciada presa. Porque Héctor ha cerrado los ojos, en un momento dado los ha cerrado para paliar el escozor en ellos y contentar momentáneamente a la modorra, pero el instante se amplía y el duermevela entra en vigor, horada por dentro los párpados hasta descender al vértice impreciso del sueño, y aquí Héctor resiste y comprende que se está quedando dormido, y entonces se sobresalta y abre de golpe los ojos y emerge otra vez a la sala, con la vista siempre dirigida a la mampara de cristal donde su amigo ha vuelto a cambiar un poco, lo mismo que ese amanecer que sucede fuera de la sala. Aunque no es ni será la única tentativa del sueño: más pronto que tarde, Héctor volverá a cerrar los ojos (involuntariamente esta vez), y ya no se dará ese retroceso de antes, sino que sus energías malogradas sucumbirán al abrazo afelpado del sueño, y Héctor podrá dormir al menos una hora, exactamente hasta que dos hombres trajeados como guardaespaldas vengan a recoger el ataúd para llevarlo a la pequeña parroquia que hay un poco más allá de los mortuorios, en sentido contrario a la cafetería, y posteriormente, después de la misa breve e insulsa, a la suite mortuoria que a la pobre señora Estévez la estará costando no pocas mensualidades.
Lo despierta un trajín de personas que andan de acá para allá, entrando y saliendo de la sala; un rumor plañidero, de gente que llora o conversa a media voz, que va empujando la gasa del sueño hasta conseguir desgarrarla. Héctor abre los ojos: vuelve a encontrarse en el interior de materiales nobles del mortuorio número seis. Y sin embargo, no entiende de dónde ha salido tanta gente, y tampoco recuerda ese ángulo de la sala, con la señora Estévez frente a él y, sentado a su lado, un desconocido al que no consigue verle la cara; una de tantas personas que han acudido a última hora. (Después de todo, Omar y su madre no estaban tan solos como Héctor pensaba.) Juraría que antes de quedarse dormido se encontraba ubicado frente a la mampara, arrellanado en el sillón de piel caoba más cercano a ésta, quedando la señora Estévez contiguamente a su derecha y una pared color crema a su izquierda. Pareciera como si la minúscula habitación tras el grueso cristal donde se expone a los difuntos (el ataúd inclinado levemente hacia delante para que los espectadores, familiares y amigos, puedan reflejarse largamente en el espejo terrible y asuman de a poco la fugacidad de sus vidas) se hubiera trasladado lo mismo que se traslada un mueble. Héctor piensa que esa confusión puede deberse a que ha despertado de un sueño breve pero muy profundo de apenas una hora –y ahora sí es una hora y no un día; el tiempo ha vuelto a normalizarse-, o incluso a la oblicuidad de la luz que ahora penetra en la sala, despunte al fin del día vertiendo una conclusión, un ansiado desenlace en esa noche que a Héctor se le antojaba infinita.
Sabe, por la luz que ahora se filtra, que son cerca de las nueve, que muy pronto vendrán para llevarse a Omar y oficiar la ceremonia. Aun así necesita saber la hora exacta, cuántos minutos de tregua le quedan antes de que deba sostener a la señora Estévez y, tal vez, rescatarla de los brazos del desmayo. Pero la mano, la extremidad entera no responde, las órdenes de su cerebro no llegan hasta la muñeca, que debiera girar un poco para mostrar el Lotus. Desconcertado, convencido con la posibilidad de que el brazo se le haya quedado dormido por una mala postura durante el sueño, decide que sea la cabeza la que gire hacia la muñeca y no al revés. Tampoco responde. De hecho, todo su cuerpo está paralizado, a excepción de sus ojos. Trata de mirar hacia sus manos: no puede verlas; solamente alcanza a ver la continuidad del resto de su cuerpo a partir de éstas, que Héctor las recuerda cruzadas sobre el vientre antes de quedarse dormido. De todas formas, su cuerpo no es más que un bulto blanco repleto de pliegues, porque una sábana le cubre desde los pies hasta los hombros; nota la presión de la tela ciñéndose al ancho y largo de su tronco inmóvil, de toda su envergadura, que se recorta contra un material color caoba, aunque no es la piel hospitalaria del sillón en el que se quedó dormido, sino algo mucho más consistente. Es entonces cuando comprende que está dentro de un ataúd. No un ataúd cualquiera, sino el ataúd que Omar debiera estar ocupando, como antes de que Héctor se quedase dormido.
Algo en lo más profundo de él le otorga la dolorosa certeza de saber que no está soñando. Las preguntas evidentes que lo asaltan (¿Qué hace él ahí dentro?; ¿Dónde está el cuerpo de su amigo?; ¿Por qué se han llevado el cuerpo y con qué fines, y por qué lo han sustituido por el suyo?) no le permiten mantener la sangre fría ni pensar con claridad. Trata de mover su cuerpo convulsivamente, se da una ansiedad extrema por zafarse de la mortaja opresora, por saltar del receptáculo de la caja y echar a correr. Pero hacia dónde, si la puerta debe estar cerrada seguramente con llave –es improbable que sea tan fácil acceder a los difuntos- y la mampara de cristal debe tener un grosor a prueba de balas. Además, nada de esto es posible: su cuerpo continúa inmóvil, petrificado por la parálisis y por esa especie de crisálida para muertos que lo cubre; puede sentir la enorme presión que ejerce la sábana ceñida a su cuerpo desnudo –Héctor sabe que está desnudo, siente esa soltura de la piel liberada de ropa, sobre todo a la altura de los genitales- y el forraje de raso del interior del ataúd, acariciando el cabello, en la nuca y en las orejas a ambos lados de la cabeza. Sus pensamientos suceden desesperados, cerriles, en círculo: convulsionarse, zafarse de la mortaja, saltar del ataúd, correr hacia dónde, la puerta cerrada y la mampara de cristal, imposible escapatoria, la puerta cerrada y la mampara de cristal, imposible escapatoria, la puerta cerrada y la mampara de cristal… y la señora Estévez al otro lado de ella, tan pendiente de los restos mortales de su hijo en esos últimos minutos, siempre centinela del escaparate, del espejo terrible, a la espera de que la arranquen de su vástago, bendita señora Estévez. Héctor quiere gritar, llamar su atención a toda costa; algún sonido lo suficientemente elevado debería poder filtrarse por las junturas de silicona de la mampara. Pero la garganta ha perdido la emisión, la boca permanece también inmóvil y sellada, y ahora Héctor se da cuenta de que tiene algo dentro de ella, un cuerpo extraño, como de pelusa, que le toca la lengua en algunos puntos; probablemente algodón que han colocado allí, estratégicamente o puede que con fines estéticos, a ambos lados del interior de los carrillos, los maquilladores de la funeraria. De todas formas, es inminente que la señora Estévez acabe por percatarse del error. Porque tiene que ser un error, aunque esta esperanza (que no es certeza en absoluto) conduce a Héctor a pensar otra vez en el destino que haya podido sufrir el cuerpo de su amigo.
La señora Estévez no mira ahora; permanece sentada en el mismo lugar con la cara entre las manos, ademán inconfundible de un llanto sordo y prolongado. El desconocido está inclinado hacia ella, vuelto a medias de espaldas, y la sostiene por los hombros contra su cuerpo, consolándola. De a poco, el llanto de la señora Estévez va agravándose. Héctor lo sabe por la agitación de su cuerpo, síncope del hipo ansioso que surge de un llanto histérico, incontrolable. Esto indica, sin lugar a dudas, que ya vienen a buscarlo, que los empleados del tanatorio ya están disponiéndolo todo para el entierro y ya se acercan. Casi no tiene tiempo de pensarlo, cuando oye un descorrer de cerrojos en la puerta metálica que recuerda a la izquierda de la minúscula habitación, aunque ahora, del otro lado de la mampara, la intuye inmediatamente a su derecha sin llegar a verla por su horizontalidad de muerto y su inmovilidad. Oye pisadas dentro de la habitación, ve faldones de trajes negros y piernas embutidas en pantalones de vestir del mismo color. Ninguno de los empleados se digna a inclinarse frente a él, ninguno de ellos se percata de que Héctor tiene los ojos abiertos. Los escucha coger la tapa del ataúd, que recuerda apoyada contra la pared del fondo, junto con la corona de flores que él mismo compró sin mucha convicción puesto que su amigo sostenía que las flores hay que regalarlas en vida. Héctor intenta de nuevo liberarse, dar señales de vida desesperadamente, ahora con más ahínco. Siendo los ojos la única parte de su anatomía que puede mover, se limita a abrirlos como platos para ver si así se percatan los empleados, la señora Estévez o cualquiera de los asistentes a última hora. Ninguno mira, todos parecen ignorar, más aún la señora Estévez sumida en ese llanto desesperado, velados los ojos por las lágrimas, que la impiden ver cómo le arrebatan a su supuesto hijo. Vislumbrando la esperanza, el final lógico que acabe con esa situación absurda y terrorífica, el desconocido que sujeta a la señora Estévez gira la cabeza y su mirada y la mirada de Héctor se encuentran. Entonces Héctor se topa de frente, otra vez, con el espejo terrible: el rostro de Omar se le aparece como antes de que muriera, el rostro de Omar Ayala Estévez, el difunto, su mejor amigo, el mismo que sostiene a su madre en último momento y sonríe a Héctor un segundo antes de que los empleados tapen la caja.

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